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Agenda cultural

Galoperas de Punta Carapá: Descalzas y enjoyadas

Con la reciente partida de Doña Nena, la danza tradicional que encontró su lugar en la Chacarita perdió a una de sus grandes referentes. Liliana Segovia, Fredi Casco y Rocío Robledo comparten aquí sus experiencias con las célebres, vitales y longevas galoperas.

Doña Ramona y Doña Nena fotografiadas por Fredi Casco, 2010

Doña Ramona y Doña Nena fotografiadas por Fredi Casco, 2010

Punta Carapá, también conocida como Chacarita Alta, siempre se definió como un espacio en el que personas humildes instalaron a lo largo del tiempo sus precarias viviendas bajo el apremio del sol, las lluvias y los vendavales.

No deja de ser significativo que de esta zona hayan emergido manifestaciones tan genuinas de arte popular como la guarania y las galoperas. Tampoco deja de llamar la atención el intenso contraste entre estas formas de arte, la miseria circundante y las crecidas crueles del río Paraguay.

En Punta Carapá es palpable el modo en que aún hoy se conserva parte de una memoria asuncena esencialmente transmitida de manera oral. En el caso del barrio, la construcción del oratorio, las fiestas patronales de San Blas, las figuras de José Asunción Flores y Manuel Ortiz Guerrero, las serenatas callejeras y las promesas danzantes de las galoperas a cambio del amor.

Risas, caderas y pies

Si bien la danza de las galoperas destellaba sobre todo en las fiestas patronales de San Blas, en el imaginario popular se recreaba también la forma en que el rítmico movimiento de caderas, la libertad de movimientos y el encanto del syryry las dotaba de poder y autonomía como mujeres. A esta aura hechizante que las envolvía se sumaba, sin embargo, la nota imperiosa de lo cotidiano: el trabajo, el sudor de la kuña guapa, la mano de la madre que ordena la casa.

En su libro Mis bodas de oro con el folklore paraguayo, Mauricio Cardozo Ocampo cuenta que a las galoperas se las conocía, en realidad, con el nombre de raída potî. Con ello se pretendía significar que eran mujeres pobres y descalzas, pero limpias y enjoyadas. Iban vestidas con anchas polleras con volados, adornadas con hojas de pacholi y el pecho cubierto por el typoi, una blusa inspirada en una indumentaria indígena precolombina. Las mangas eran de encaje ju o de ñanduti.

Pero, más allá de lo visible (el atuendo y la danza), en el fondo de ellas palpitaba una creencia devota avivada con risas, caderas y pies. Acerca de su baile, su sentido y particularidades, Liliana Segovia nos explica: “Es más que una danza. Es un ritual pagano-religioso. Ellas bailan en honor al santo de su devoción, San Blas, y a la Virgen de la Merced. Con su baile ofrecen espiritualmente la promesa de amor”. Con el tiempo, esta práctica devino en una tradición que no cualquier mujer podía heredar. Debía ser merecedora del ritual, algo en lo cual influía quizás la predisposición a la danza festiva y a la independencia femenina.

Liliana Segovia, de la serie Galoperas. Cortesía

Liliana Segovia, de la serie Galoperas. Cortesía

La galopera más antigua

En la actualidad, son pocas las mujeres que mantienen la tradición galopera. En la Chacarita se cuentan anécdotas y pueden apreciarse imágenes alusivas en los murales artísticos desarrollados como parte de un proyecto de revitalización del patrimonio cultural del barrio. Pero se respira la nostalgia de aquellas fiestas populares, parte de cuyo esplendor se recobró fugazmente en 2010, según nos cuenta Fredi Casco:

“Mi primera experiencia con las galoperas fue en el año 2010. Para celebrar el 15 de agosto se organizó un vy’a guasu en la Chacarita. En Punta Carapá, se armó una fiesta que se llenó de piriritas, guirnaldas y grupos musicales en cada esquina del barrio. Fue entonces cuando me encontré por primera vez con estas galoperas históricas, Doña Ramona y Doña Nena, y necesité fotografiarlas”.

Fredi Casco vio a Doña Nena por última vez en octubre de 2021, durante una serenata que se organizó para celebrar su cumpleaños. Como realizando una última fotografía, esta vez en la sola memoria, recordó el ambiente festivo y a las galoperas, ya reducidas en número, bailando alrededor de la cumpleañera.

© Fredi Casco

© Fredi Casco

Doña Nena, cuyo nombre era Clotilde Acosta Arzamendia, era, hasta el miércoles pasado, día en que falleció, la galopera más antigua de Punta Carapá. “La última custodia de esta tradición”, en palabras de Liliana Segovia, quien pone acento en el modo en que el sentido original de esta danza se ha ido perdiendo.

Con la desaparición física de Doña Nena parece haberse perdido a una de las últimas representantes genuinas de la tradición de las galoperas. Sin embargo, el recuerdo que muchos tienen de la mujer es vívido e insistente, como si aún pudieran verla mostrando el verdadero y cadencioso syryry.

Rocío Robledo, quien, al igual que Liliana Segovia, mantuvo un estrecho vínculo con Doña Nena, comparte sus recuerdos con ella. Entre ellos, la forma en que la conoció, como parte del trabajo comunitario que realizaba en aquel entonces en la Chacarita. Lo primero que menciona es el feliz asombro que le causó la personalidad directa y sin vueltas de Doña Nena. “Ella te decía la verdad en la cara”, recuerda entre risas. “Se imponía y decía lo que pensaba. Eso me causó muchísima admiración siempre”.

También nos cuenta que, a pesar de que Doña Nena aceptó que la artista portorriqueña Betsy Casañas la pintara como figura central de un mural dedicado a las mujeres trabajadoras, en gran medida debido a que quedó fascinada con su historia de vida, a la mujer no le gustaba demasiado la exposición pública. No obstante, ese fue el tiempo en que Rocío desarrolló un vínculo más cercano con ella, y comenzó a adentrarse en las historias de las galoperas, en cuya danza no solo ve el reflejo de una época histórica de la ciudad de Asunción, así como un patrimonio inmaterial del barrio, sino un acto de liberación femenina.

“Ellas representan muchas cosas”, comenta. “Una época de la ciudad de Asunción, la época de las fiestas patronales, en las cuales bailaban y tenían un lugar importante. […] Estas mujeres que bailan hace tantos años representan un tiempo histórico de la ciudad y son un patrimonio vivo”.

Sin disimular la tristeza que le produjo su partida, Rocío describe el legado de Doña Nena como una inspiración. La amistad que la vida le concedió con la galopera más longeva de Punta Carapá la colmó de admiración, pero también de curiosidad y preguntas acerca del estado de la cultura en la actualidad.

Por esta razón, en la herencia de Doña Nena, ve una oportunidad para revalorizar no solo la danza de las galoperas, sino la forma en que deberíamos dar cabida a las manifestaciones culturales de nuestra ciudad y de nuestro país.

“Me parece que, a través de su figura y de las galoperas, se podría llegar a conocer mucho más de nuestra cultura popular: cómo eran las fiestas de antes, qué representaban ellas, por qué bailaban, de dónde viene esa tradición. […] Es un tiempo en el que tenemos que recuperar historias de mujeres y darles el lugar que les corresponde, porque no estamos representadas en los espacios públicos”.

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