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Espectáculos

Seis creadores hablan de sus maestros

Lia Colombino, Bettina Brizuela, Mario González Marti, Alejandra Díaz Lanz, Javier Palma, Fátima Fernández Centurión

Lia Colombino, Bettina Brizuela, Mario González Marti, Alejandra Díaz Lanz, Javier Palma, Fátima Fernández Centurión

La instrucción, como la libertad, no se otorga, se toma, apunta Jacques Rancière en El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Como quien señala sugiriendo una senda posible, el maestro indica los sitios para la emancipación propia, para el arribo a ese lugar donde el deseo piensa su punto. En el marco del Día del Maestro, artistas y creadores de diferentes campos nos hablan de los maestros que de alguna manera signaron sus vidas.

Lia Colombino, poeta
Lia Colombino © Andrés Ovelar

Lia Colombino © Andrés Ovelar

La escritora menciona a Gabriela Yocco y Ticio Escobar como sus maestros en el campo de la literatura. Sobre su experiencia en el taller Al filo de la palabra, coordinado por Yocco, dice: “En los talleres no se enseña nada, porque esa enseñanza que tiene que ver con algo explicativo, a la manera de Rancière, es más bien un embrutecimiento antes que una emancipación. La metodología de Gabriela era la edición, entonces ella más bien abría pequeñas puertas. Jugabas un rato y después se ponía a prueba, de alguna forma, lo que se jugó. En ese momento de editar ella mostraba lo que a su criterio podría funcionar mejor de cierta manera, y en ese mostrarte aprendías. Lo que hacía Gabriela era ser ella, leer como ella leía, y editar como a ella le parecía. Y eso fue importante para mí porque me enseñó sin enseñar, me mostró que también yo podía hacer talleres de escritura sin haber pasado por una carrera de Letras”.

La escritora cuenta cómo Escobar le enseñó a leer teoría como si se tratase de literatura: “El proyecto que yo desarrollé en el seminario Hacia una crítica cultural, en 2003-2004, consistía en analizar si cuando Walter Benjamin se refiere al aura en la obra de arte también está hablando de aura en la palabra. Me acerqué a los textos y no los entendí. Se lo dije a Ticio y me contestó que yo estaba siendo arrogante, demasiado exigente con los textos. Me preguntó si yo leía poesía, le dije que sí, y me propuso leer a Benjamin como si me acercara a un texto poético, que me dejara atravesar por el texto”.

Relacionando las propuestas de Ticio Escobar y Gabriela Yocco con la postura de Rancière en El maestro ignorante, señala: “Por un lado, son propuestas profundamente anti-académicas. Es destrabajar un obstáculo para seguir algo que te propusiste hacer, y eso es el maestro. No hay algo que vos no sabés y el otro sabe; se trata simplemente de alumbrar tu propia inteligencia sin pretender abolir la distancia que hay entre ambos. No asumir que el otro es tonto, asumir que sabe otras cosas, e ir por el costado de lo prescripto para ayudarte a seguir el camino que te propusiste”.

Bettina Brizuela, artista visual

Bettina Brizuela, autorretrato

“La primera persona que se me viene a la mente es Livio Abramo. Yo le llamaba maestro y él se enojaba, porque no le gustaba que lo llamara así. Algo que recuerdo muy bien fue cuando me dijo que no hiciera tantas cosas tan rápido, lo que me hizo tratar de tener paciencia conmigo misma y mi producción. Abramo tenía un ejercicio en su taller, el ejercicio se llamaba Asunción y el río, y de una manera u otra todos caíamos en una abstracción, con una silueta orgánica del río y una ciudad que se volvía casi pura geometría. Me parece que eso influyó bastante en la manera en la que percibo la ciudad”.

“Otro maestro fue Luis Carmona, profesor de Semiótica del ISA (Instituto Superior de Arte). También le llamaba maestro y a él sí que le molestaba. De él aprendí a cuestionarme las cosas,  todo lo que tiene que ver con la conceptualización de obras, el mensaje entre líneas de los textos, el metalenguaje. En otro contexto, pienso en las geometrías de David Hockney, Malevich, otra suerte de maestros. Pienso que el último cuadro, el que me gustaría ver al morir, es La gitana dormida de Henri Rousseau”.

Mario González Marti, guionista
Mario González Marti © Laila Telechea

Mario González Marti © Laila Telechea

“Mi maestro en todo lo que tiene que ver con el guión es Juanca Maneglia. Yo empecé dibujando storyboards y creo que desde ahí, a partir de imágenes, gané la comprensión de lo que es un guión cinematográfico. Mi manera de encarar un guión siempre es visual, porque también es la manera en la que él lo hace”.

Sobre su experiencia conjunta en el guión de Los buscadores, Mario González Marti dice: “Lo que más me marcó de guionar con Juanca es esa capacidad de estar en función de la historia que uno va a contar y dejar de lado una postura individualista. Es un método que vivimos cuando trabajamos en esta película. Lo que íbamos escribiendo lo íbamos compartiendo con otras personas que pudieran aportar una mirada diferente y ayudar a que la obra crezca. Eso me llevó a concebir el arte cinematográfico como un arte comunitario, en el que no hay un solo artista sino varios artistas en función a una obra de arte”.

“Con nuestro trabajo en Los buscadores entendí que escribir un guión no solamente requiere creatividad, sino también una parte lógica o de ingeniería; es encontrar los cabos sueltos que hay en la historia, las cosas que no cierran, y analizarlas primero lógicamente para después resolverlas creativamente. Lo creativo llega, incluso, en el momento en que no estás trabajando, pero cuando se está trabajando se debe pensar en los puntos débiles y fuertes, en esa parte lógica, y después lo creativo viene en su tiempo. Con esta manera fuimos descubriendo el propio guión, y creo que después eso se transportó a todo lo que hago”.

Alejandra Díaz Lanz, coreógrafa y bailarina

Alejandra Díaz Lanz © Dani González

“Tengo varios maestros que marcaron momentos claves. Mi primera maestra, con 8 años, Emilia de Carzolio, en vez de hacernos escribir sobre, por ejemplo, un gatito, nos llevaba a ver un espectáculo y escribir sobre él. Así fue como conocí el Teatro Colón, vi bailar por primera vez y supe que era algo que quería hacer con mi vida”.

A partir de su experiencia en la Ópera Garnier de París, Alejandra Diaz Lanz rescata como maestro a Gilbert Mayer: “Durante mi estadía en la Ópera de París hice con él todo un análisis de la pedagogía en danza y los sistemas de enseñanza, y terminé de reunir información para poder transmitirla como docente. Una vez por semana nos encontrábamos a tomar un café y hacer un análisis de lo que veíamos. Al inicio me sentí un poco rara. Recuerdo que me dijo que un artista no es solamente lo que es en la sala de ensayo, sino también cómo se siente en su vida personal. Me enseñó que es importante también salir de escena y sentarse a hablar de la vida, de cómo van las cosas, y es algo que aplico con mis estudiantes y mis bailarines: ese momento no solo de pensar en lo artístico, sino también en las relaciones, pensar humanamente como persona. En general, las personas que me marcaron tenían ese sello, ese lado humano de la historia, más allá de buscar la excelencia, de ser autoexigente con lo que estás haciendo”.

Javier Palma, músico y artista conceptual

Javier Palma © Martín Crespo

El artista habla de Frank Stanzl al pensar en un maestro: “Vino para tocar el órgano de la Iglesia de La Encarnación en 2004. Hizo un taller en el ICPA (Instituto Cultural Paraguayo Alemán), que se llamaba solamente Taller de improvisación. Éramos unos cuantos. Cuando empezó el curso la gente comenzó a salir corriendo. Al final de las cuatro clases terminé yo solo. Porque realmente no habló de música, no habló de escritura musical. Habló de eventos que suceden, ruidos, y de cómo estos ruidos se pueden convertir en algo musical. Cómo puede usarse el cuerpo, cómo funciona el movimiento. Era un taller de lo que se llama improvisación dirigida; trabajaba con símbolos y no con cuestiones de la música occidental, relacionada con la Escuela de Colonia, de donde viene él. Me sacó esquemas duros que tenía sobre la música”.

“En el taller elegías el sonido de un evento, por ejemplo, una palma; luego él te daba una serie de instrucciones al azar. Repetir en vivo la palma pero más fuerte, o más despacio, hacer que dure más, etcétera. Elegías el evento, el sonido, pero no sabías la consigna que te iba a dar. Aprendí que si algo se te ocurre, si querés probar algo, ese intento está bien; no regirse por normas en un arte tan signado por las normas como es la música”.

Por otro lado, Delfina Valinotti, abuela del artista, también marcó un momento de aprendizaje: “Era maestra de escuela, me enseñó a hacer polka paraguaya sin ningún instrumento, solo con frases. Me hizo ver que el lenguaje define; lo que vos hablás son los acentos que usás cuando cantás. El guaraní tiene muchísimo que ver con la polka, las esdrújulas del guaraní. Las agudas del guaraní se ven reflejadas en la polka, y eso me enseñó mi abuela. Me enseñó que la letra, las palabras, definen la forma de la música de cada lugar”.

Fátima Fernández Centurión, actriz y directora de teatro

Fátima Fernández Centurión © Juan Florenciáñez

La directora cita a Agustín Núñez, Lilian Solente y Selva Fox como maestros importantes en su carrera: “Agustín Núñez fue la primera persona con la que yo me formé, y fue la más generosa que se cruzó en mi camino. Yo empecé la escuela de teatro muy joven, a los 16 años; él fue el primero que me recibió y luego me llevó a trabajar a El Estudio. Fue quien me impulsó a dirigir, incluso antes de hacer la carrera de Dirección. Fue él quien despertó eso en mí y luego me acompañó cuando dirigí mi primera obra. Agustín es muy importante por su manera de concebir el teatro, por su manera de apasionarse por lo que hace, por su valor ético y por su pasión, que son cosas que me marcaron.”

“Lilian Solente, directora francesa que trabajó durante muchos años acá, fue mi profesora y después actué con ella en muchas obras. Lilian tiene algo con la exigencia y el rigor de las palabras, que creo que fue una de las cosas más importantes para mí a nivel actoral y en dirección. Muchas de las herramientas que yo fui utilizando se relacionan con ella y ese rigor en las palabras, cómo decirlas y cómo poner el cuerpo”.

Fátima Fernández Centurión habla de su trabajo con Selva Fox en Nhi Mu Teatro Aéreo como otro escenario importante de aprendizaje: “La versatilidad con la que aborda cada trabajo, cada obra, cada persona, me hizo desarrollarme de manera distinta y entender que frente a cada proceso, proyecto y actor es uno el que tiene que amoldarse y encontrar la forma. Con ella empecé a mezclarme con distintos lenguajes, empecé a trabajar con bailarines, arquitectos, gente de artes visuales. Yo sentía que no tenía las herramientas; Selva me fue enseñando con su oficio y su experiencia. Eso constituyó mi columna vertebral. Básicamente, lo que más me influyó de Selva es ver que para ella, para nosotras, el ser humano no está separado de su arte. Es un deber ser buena gente, acercarse a las personas, armar un equipo que energéticamente funcione, donde se encuentre lo que a cada persona le gustaría hacer, lo que le gustaría soñar”.

Adenda

El maestro abre un espacio donde la división de saberes no es tan rígida como se cree, o donde tal división queda perimida por entero. La cuestión no es crear sabios, sino independizar pensamientos; no es sacar a nadie de su supuesta ignorancia, más bien del desprecio a la propia idea de la ignorancia. El maestro abre una vía a la posibilidad emancipatoria del sueño.

1 Comment

1 Comentario

  1. Joaquin Sánchez

    30 de abril de 2021 at 18:23

    Interesante!!

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