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Cultura

“Matar a un muerto”: el terror fuera de campo

La película paraguaya “Matar a un muerto”, dirigida por Hugo Giménez, acaba de obtener cuatro galardones en el Festival Internacional de Cine de Ontario (Canadá): premio a la mejor película internacional, premio al mejor director, premio a la mejor música y premio al mejor sonido. Asimismo, está seleccionada por la Academia de Cine de Paraguay para representar al país en los Premios Goya 2021. Aquí las reflexiones de Sergio Colman Meixner en torno a ella.

Matar a un muerto © Mariana Bomba

Matar a un muerto © Mariana Bomba

Un ser fantasmagórico deambula asombrando a la narración. Es omnipresente, pero no lo vemos, lo sentimos, escuchamos su gruñido cada tanto. Causa terror a Pastor (Ever Enciso) y se trata de un perro rabioso al que llamaba Negro, que viene a desenterrar los cadáveres, como el mismo Pastor cuenta al inicio de la película paraguaya Matar a un muerto. Ese perro que nunca vemos, pero creemos que está ahí, porque Pastor cree. Ese al que Dionisio (Aníbal Ortiz) nunca ve y por eso llega a dudar de su existencia, a pesar del relato del convencido Pastor. ¿Vive solo en la imaginación de Pastor? ¿Por qué Dionisio no lo ve? De lo que estamos seguros es de que el perro se asienta en la mente del espectador y desde ese momento existe, pero fuera de campo, y ahí radica su fuerza. Este texto busca hacer una lectura –a modo de disparador– de la película de Hugo Giménez, partiendo de la idea del fuera de campo como motivo narrativo y fuerza discursiva de la película.

© Martín Crespo

© Martín Crespo

El fuera de campo es la cualidad cinematográfica por la cual algo que pertenece al universo diegético –la historia– está presente, pero no lo vemos.  Desde lo estrictamente estético-narrativo, es todo aquello que no se ve en el plano pero es referido a través de un sonido o una mirada de un personaje afuera de los límites del plano –a veces también adentro, pero no entraremos en eso en esta ocasión–. El fuera de campo es algo que opera directamente en la mente del espectador, y algunos buenos narradores cinematográficos lo prefieren justamente por esa posibilidad de impacto que puede tener la construcción imaginaria por sobre su representación directa. De ahí que es también un importante aliado en los relatos de terror. Pero, además, el fuera de campo posee otras dimensiones que van mas allá de lo estético-narrativo: la poética y la política. Estas son las dimensiones que interesan a este texto; sin embargo, no están aisladas de la dimensión más primaria, ya que se necesita para el análisis considerar el todo.

© Martín Crespo

© Mariana Bomba

Fuera de campo es también el título del anterior largometraje de Hugo Giménez, en ese caso lo que estaba fuera de campo era la tragedia de Curuguaty. En el documental, estrenado en el 2014, vemos rostros, espacios vacíos, paisajes, y escuchamos sonidos y voces, que son evidencias de algo que existe, un evento del pasado aún latente en cada palabra y memoria de sus protagonistas, aquellos los invisibilizados que también están fuera de campo para el sistema. En Matar a un muerto el fuera de campo vuelve en la forma del terror: un país en plena dictadura que envía sus muertos a dos enterradores que viven en algún lugar aislado, que de manera rutinaria se encargan de sepultarlos. Y si bien desde las convenciones fílmicas Matar a un muerto no es una película de terror, no hay nada más aterrador que la misma idea de la que parte.

© Martín Crespo

© Mariana Bomba

Hugo Giménez inserta sus personajes en un no lugar carente de temporalidad. Sí, sabemos que estamos en 1978, y que hay días y noches, pero no sabemos en que día, semana o mes sucede todo. Recién cuando aparece la posibilidad de escuchar un partido de fútbol por radio, Pastor y Dionisio tienen una noción del tiempo, de cierta cronología de su existencia. Viven en un tiempo en que las desapariciones y torturas ya son del orden de lo banal y rutinario; para los enterradores la muerte parecería ser lo mismo, hasta que de repente aparece la vida y esto se rompe, se abandona la banalidad para dar lugar a la humanidad. En ese sentido, el relato de Matar a un muerto hasta es esperanzador, porque finalmente el dilema de los protagonistas, quienes deben pasar de ser enterradores a asesinos, permite un poco de redención; no en vano en el tercer acto una lluvia se manifiesta para tratar de sanar algo en los personajes y cuando termina se nos revela la decisión que tomó Dionisio –justamente fuera de campo–, que tiene que ver con matar o no al muerto, el gran dilema de la película.

© Martín Crespo

© Mariana Bomba

Otro gran fuera de campo es el pasado de los personajes y cómo llegaron hasta ahí. Pastor pareciera tener un pasado al que hace referencia el militar interpretado por Silvio Rodas, pero lo niega. Esto nos indica que Pastor, antes que estar atrapado en ese infierno verde, probablemente esté huyendo de algo, pero nunca lo sabremos con certeza. Dionisio, por otro lado, pareciera no tener una carga pasada, sino más bien habita el presente, hasta que es interpelado por “el muerto” interpretado por Jorge Román, y empezamos a entender que hay un sostén moral en su conducta y eso de algún lado lo debe traer. Los personajes no son heroicos, pero son humanos. Así, el relato de Matar a un muerto declara su sencillez y se concentra en los dos protagonistas que se comunican más desde el silencio que desde las palabras, más desde las acciones que desde el diálogo. Esto permite que cada plano sea impregnado y enriquecido por el fuera de campo.

© Martín Crespo

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Y esto nos lleva a la puesta en escena –me disculpo por ponerme muy técnico– que intercala movimientos casi oníricos de travellings [1] elegantes con la suciedad de una cámara más inestable en otros momentos. En este punto, la fotografía de Hugo Colace es precisa y hace como un doble juego de oscilar entre el verso y la prosa. Como si hubiera dos diégesis, filmadas de manera diferente. Particularmente llaman la atención tres momentos de travelling: primero cuando empieza la película y recorremos el monte mientras Pastor cuenta sobre el perro, luego cuando Pastor parece verlo y nos acercamos lentamente a una especie de guarida oscura, y un tercer momento en el que la cámara recorre una radio que festeja al dictador. Tres puestas que de alguna manera integran la idea del perro y el dictador y nos arriesgamos a interpretar a partir de eso que Negro, el perro rabioso, es de hecho Stroessner o, en todo caso, el stronismo. Pero no el que está sucediendo en el tiempo de la película, sino el que, desde una mirada contemporánea, aún está deambulando entre nosotros, a pesar de la democracia.

De esta manera la película no solo mira al pasado, sino nos revela que el stronismo es hoy nuestro gran fuera de campo; el perro negro rabioso, que cada tanto aparece para llevarse sus cadáveres como recordatorio de su existencia y que aún tiene poder sobre la sociedad paraguaya. Pastor y Dionisio no pueden hacer nada para atrapar al perro, solo tratar de impedir que se lleve los cadáveres echando cal sobre la tierra. Está en algún lugar, o en todas partes. Ya no lo vemos, pero sabemos que existe, y así como Pastor, necesitamos contar su historia a los que, como Dionisio, no lo ven o no creen en su existencia, tal vez porque hay una distancia generacional. Sin embargo, nuevamente y a pesar de la oscuridad de la película, hay ahí algo de esperanza, porque es Dionisio quien logra algún cambio en Pastor. Porque de eso se trata la humanidad, de un aprendizaje constante. La película no nos soluciona el problema, nos plantea preguntas. ¿Somos Pastor o Dionisio? ¿Qué hacemos con el muerto? ¿Qué hacemos con el stronismo? O que el cine se haga cargo y narre –sacuda– desde donde puede, como bien lo hace Matar a un muerto.

Ficha técnica

País: Paraguay / Productor: Sabate SRL / Coproductores: Zona audiovisual, Altamar films, Pandora Films Production / Año de estreno: 2019  / Género: Drama  / Dirección: Hugo Giménez / Guion: Hugo Giménez / Fotografía: Hugo Colace / Música: Sergio Cuquejo / Montaje: Andrea Gandolfo / Sonido: Martín Grignaschi, Diego Kartaszewicz, Sebastián González, Lucas Page / Direción de arte: Adriana Ovelar / Vestuario: Tania Simbrón / Producción ejecutiva: Gabriela Sabaté, Vanessa Ragone, Alexa Rivero, Carolina Urbieta / Duración: 87 minutos. Reparto: Ever Enciso, Aníbal Ortiz, Silvio Rodas, Jorge Román. Productores asociados: Picante, Puatarara Films, El espejo cine.

Sinopsis

En plena dictadura, en Paraguay, dos hombres se dedican a enterrar cadáveres clandestinamente. Entre el montón de muertos una mañana llega un hombre que todavía sigue vivo; ambos enterradores saben que tienen que matarlo, pero nunca asesinaron a nadie antes.

[1] Travelling: movimiento de traslación de la cámara sobre una plataforma.

* Máster en Escritura para cine y televisión – UAB. Realizador, guionista, script doctor. Director de la carrera de Cinematografía de la Universidad Columbia de Paraguay.

 

1 Comment

1 Comentario

  1. Luiz Ernesto Meyer Pereira

    2 de noviembre de 2020 at 20:22

    Gostei muito do texto. Felicitações!

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