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Cultura

Puesta en suspenso: en torno a la muestra “Palabra” de Osvaldo Salerno

© Laura Mandelik

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— Es verdad, tengo miedo. — Lo dice usted con tanta tranquilidad. — Sin embargo decirlo no mitiga el miedo: al contrario, es la palabra la que, en adelante, me da miedo; haberla dicho ya no me permite decir otra cosa. — Pero, yo también “tengo miedo”: a partir de esa palabra tan sosegada: como nadie, como si nadie tuviese miedo.  — De ahora en adelante todo el lenguaje es el que tiene miedo. Maurice Blanchot,  El paso (no) más allá

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Acorazar. La escritura a veces pide caparazones, vidrio a través del cual mirarla.

Palabra, la muestra del CAV/Museo del Barro que exhibe en estos momentos obra reciente de Osvaldo Salerno con curaduría de Ticio Escobar, reúne instalaciones intervenidas a veces con texto [1], a veces con objetos filosos –maletas atravesadas por cuchillos, libros horadados, para mencionar brevemente algunas obras–.

Me interesa pensar la muestra de Salerno como dispositivo para una serie de preguntas: ¿Cuál es el sitio en el que las palabras se presencian? Y ¿qué cosas ocurren cuando estas son raptadas de ahí, reubicadas?

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Osvaldo Salerno. Vista de sala © Laura Mandelik

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Exponer. La palabra detrás de una vitrina. Expografiar la palabra. No es que todos los objetos estén sellados, tampoco siempre dispuestos detrás de medios expográficos, pero quizás pueda pensarse que, aún ahí donde no hay palabra, la palabra está suspendida, presenciada como algo pendiente.

Agamben propone una diferencia entre silencios. Es cierto que incluso también los animales callan, pero el silencio humano –para el filósofo italiano– no es de ninguna manera ausencia de discurso, más bien “silencio de la palabra misma, el devenir visible de la palabra” [2]. ¿Ha querido Salerno hacer visible lo que ocurre cuando las palabras callan? ¿Ha blindado sus objetos como forma de preservar el silencio? O auspiciar lo invisible de sus filos.

“Ninguna palabra es visible”, señala Pizarnik [3], pero quizás esto no sea siempre así. Quizás pueda pensar qué acontece precisamente en eso que ella llama la “conspiración de invisibilidades” [4], qué conspiraciones conspiran cuando la palabra en su silencio se presencia.

Podría afirmarse de forma irresponsable que el texto toma forma solo cuando calla. Aún más irresponsablemente, podría ir un paso más y afirmar que incluso cuando no hay texto el texto se presencia, justo porque falta.

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Osvaldo Salerno, Sin título, 2020 © Laura Mandelik

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Escribir. Escribir la escritura. No es mi intención desviarme demasiado pero parece necesario hacerlo. Parte de la teoría posestructuralista señala que no hay, en sentido estricto, un quien que escribe; es el propio lenguaje el que se hace presente. Imagen latente a imagen revelada, pensando en términos fotográficos.

Salerno no escribe en las obras pero suspende la palabra escrita, la sella –trayendo a colación el texto de sala de Escobar–. De alguna manera escribir es un poco parecido a sellar. Escribir es siempre un poco parecido a dejarse en evidencia. En esa evidencia, como el resultado de una puesta en suspenso, silenciosamente la intuición de que se ha hecho de todo una excusa para la escritura.

Escribir, sellar el deseo de que todo el paisaje visible sea paisaje escriturario.

Cajas, maletas, libros dispuestos a la manera de un texto. En sentido amplio, disponer objetos en una sala puede ser leído en clave de escritura. Si es la propia escritura la que escribe, ¿por qué habrá el lenguaje a veces querido ser sellado y otras suspenderse en su secuestro? Qué apariciones han operado en la propia escritura para pedir ser exhibida con agujas y cuchillos.

Pienso que incluso los planetas sellan en el cielo, al desplazarse, formas primitivas de escritura. Protografemas de tipo ajeno, o apuntes para sobrevivir el tránsito.

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Osvaldo Salerno, Acontecimiento, 2020 © Laura Mandelik

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Osvaldo Salerno, Columbario y Espejos, 2020 © Laura Mandelik

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Secuestrar. Secuestrar la vida de su sitio hasta volverla latencia toda. Entonces el suspenso, el texto pende y los objetos se vuelven amenazantes. Pareciera poco probable poner en suspenso algo como la palabra, y sin embargo. En el suspenso adentro, ahí, aquello que no puede afirmarse más que bajo la forma de una escritura. Una manera de filo que se parece a una manera de miedo o que llama al miedo.

El lenguaje se vuelve depredador quizás porque nos permite “situarnos durante un instante frente a las cosas mudas” [5]. Silencio del lenguaje, idea del silencio. ¿Cuál es, precisamente, la depredación que llega, y por el blindaje, en las intervenciones de Salerno? Tal vez el propio miedo al deseo ya dicho. El deseo de que todo el paisaje fuese texto. Retomando el epígrafe de Blanchot esto puede ser explicado como un miedo a que ese paisaje termine engullendo a uno. Luego de la palabra no hay otra cosa más que la palabra. O, dicho por el propio Blanchot:

Ese miedo del lenguaje le incumbía no ver en él más que la posibilidad, siempre abierta, de que cualquier palabra, perteneciente a la serie de palabras que no son tales más que porque pertenecen al lenguaje, se volviese sobre éste, para desprenderse de él y alzarse por encima del mismo, dominándolo, haciéndolo añicos quizás, pretendiendo al menos asignarle un límite [6].

Por eso, quizás, secuestrar la palabra de su sitio, insisto.

Por ese miedo de volverse uno mismo escritura, el mismo impulso que secretamente ha ejercitado la propia escritura.

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Osvaldo Salerno, Sin título, 2020 © Laura Mandelik

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Callar. Suspender los dedos que escriben. De repente ese gesto es también un gesto escriturario. Ahora que ya todo es escribir, ahora que se han suspendido objetos a la manera en la cual un virus suspende la vida. Porque calla es que existe. En su silencio la palabra misma, presente por fin, en su silencio la presencia que no existiría en el caso de decirse. Agamben explica esto diciendo que “solo para el hombre existe la rosa no libada, la idea de la rosa” [7]. En su rostro mudo, el de la rosa, su nombre agazapado. El silencio de su nombre.

Suspender todos los nombres, callarlos como una forma de escribir.

Blindar la palabra como se cercan rosas.

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Osvaldo Salerno, Sin título, 2020 © Laura Mandelik

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Osvaldo Salerno, Nandi vera, 2020© Laura Mandelik

Notas

[1] Los textos que intervienen las obras son de autoría de Ricardo Migliorisi, Esteban Cabañas, Lia Colombino, Damián Cabrera y Andrés Ovelar.

[2] Agamben, G. (2015). Idea de la prosa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, p. 129.

[3] Pizarnik, A. (2017). En esta noche en este mundo en Alejandra Pizarnik, Poesía Completa. Barcelona: Lumen, p. 399.

[4] Íbid.

[5] Agamben, G. Op. cit, p.129.

[6] Blanchot, M. (1994). El paso (no) más allá. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, p. 90.

[7] Agamben, G. Op. cit, p. 129.

* Andrés Ovelar es escritor, poeta y docente universitario.

1 Comment

1 Comentario

  1. Alejandra Mastro

    29 de noviembre de 2020 at 19:57

    Excelente!
    Suspenso… angustia

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