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Cultura

“King Kong en Asunción”: La banalidad de la culpa y la muerte

La película del director pernambucano Camilo Cavalcante, con notables distinciones en el 48° Festival de Cine de Gramado (Brasil), se exhibe en el marco del 29° Festival de Cine de Asunción, en plataforma online. La propuesta, que plantea una narrativa contemporánea novedosa, analiza crudamente los diferentes matices de la existencia humana.

[ Si soy vidente y traspasado de ese espíritu clarividente que habita en alta cima entre dos mares, caminando cual negro nubarrón entre lo pasado y lo por venir; hostil a la atmósfera pesada del llano y a todo lo que está cansado y no puede morir ni vivir…  Así hablaba Zaratustra, Nietzsche ]

Un viejo sicario (Andrade Júnior) emprende el viaje del héroe. Su objetivo: encontrar la paz. Sus obstáculos: sus recuerdos. Tras culminar el último encargo, se embarca en el destino de recoger las distancias a modo de penitencia, acechado por la soledad que sugiere la muerte. El preámbulo de King Kong en Asunción es desolador: el vacío, la muerte; la nada que empapa la primera escena cuando el viejo apunta y dispara a su último objetivo es más deprimente aún. La muerte encuentra suficientes metáforas en imágenes proveídas por los paisajes de Uyuni, desde el salar hasta el Cementerio de Trenes y los solitarios caminos cubiertos de radiante blancura. Estos paisajes encerrados en planos inteligentes fueron aprovechados por Cavalcante para construir una narrativa de imágenes que dan forma a un concepto fotográfico excepcional y que insiste en recordar a la muerte. Esta narrativa, incluso analizada de manera aislada de la trama, cuenta otra, más profunda quizás, y que merece otro análisis.

La muerte es el otro personaje que, desdoblándose, tiene presencia en la voz en off críptica, oscura y demasiado calma de una parca (Ana Ivanova) que acompaña al viejo en su trayecto, y en la metáfora evocada por la imagen cinematográfica. La muerte configura aquello sagrado, el hágios, vestida con el manto característico que conceptualiza lo divino, aunque no se la vea. Es, además, la acompañante permanente de un Ulises americano que desea retornar a su (otra) patria. Este Ulises, despojado de toda característica que hace al personaje-tipo clásico, lleva la enseña del realismo social. Un héroe perseguido por un pasado oscuro, acorralado por soledades diluidas en alcohol en bares vacíos que reflejan la más despiadada de las soledades, desea volver a un antiguo amor.

La narrativa de Cavalcante es, en parte, surrealista. Ello se verifica en el momento en que las almas de sus antiguas víctimas se le aparecen cuando toman posición en el plano real. Si bien hemos dicho que al viejo lo persigue un pasado oscuro, esta escena parece ser la excepción. Al continuar su camino en la búsqueda de su objetivo, que es ir a Paraguay, esquiva con soltura el amedrentamiento de la culpa. El pasado se desvanece. El viejo muta entonces a una suerte de Zaratustra nietzscheano que se burla de la compasión. Este, esgrimiendo con elegancia un sarcasmo, del que se hace eco la misma muerte, va a la iglesia a esbozar un rezo, falso, pero un rezo a sí mismo o a su propia voluntad. Este momento es la clave de la película: se va aclarando la imagen del personaje que justificará sus próximas aventuras, a desarrollarse en Asunción. El viejo, un rato un héroe itacense, y, otro rato un profeta insurrecto que ha matado al más débil de todos los dioses, se tambalea entre relatos que se disputan la narración de la muerte, la llana peripecia del viaje a Asunción y el deseo desenfrenado de lo carnal.

Asunción no es Ítaca. Nadie lo esperaba allí hasta el momento del reencuentro con Constanza, su única amada y con la que tuvo una hija. Los recuerdos, que han resucitado, reivindican que la historia de ambos no es una subtrama en la película pues ha latido insistente en el tránsito del viejo. Le marcó una meta y lo obligó a viajar. Los recuerdos íntimos, esos obstáculos que no lo han dejado en paz durante el tramo árido recorrido, desembocan en la necesidad de acercarse a su hija. Tiene aquí lugar, curiosamente, el único punto de giro de la película. Después, se desvanecen las esperanzas que nunca creyó tener. Y la sensibilidad, que tampoco creía tener, le juega una mala pasada. En un trance colmado de secuencias, arremetiendo contra la frustración, el animal que palpita adentro liberará su furia y le hará golpearse el pecho ardido. “El amor puede ser veneno si la dosis viene con remordimiento”, sentencia la muerte. El viejo ha de retomar, después, su camino, y volverá a recoger distancias, penitente. Tal era el veredicto de la muerte al comienzo de la película.

El director, fiel a su poética, rememora imágenes y temas abordados en su metraje anterior, A História da Eternidade (2014), por cuyo ritmo estático, objetos que reposan casi en la quietud y penumbras a las que apela una fotografía tenebrista, como si de un Caravaggio contemporáneo se tratase, ha optado nuevamente. Con ello convoca a una actitud lo más contemplativa posible de un espectador al que no le molesta el tempo lento, la quietud y lo mínimo que, a pesar de todo, termina encubriendo lo fatal. La prioridad es rebasar el límite, justamente, del tiempo convencional y optar por la prosecución de lo estático que hace mella en la noción básica del ritmo cinematográfico. Sórdidas acciones han retratado el vacío de los personajes que, al no ser atormentados por la conciencia, atormentan e inquietan al espectador promedio, adscripto a los preceptos de la moral cristiana y el cine corriente, comercial. El cometido es esta fórmula que emula, con nuevos lenguajes, el tempo característico del cine europeo, especialmente nórdico, que, incluso, satisfaría las expectativas de Bergman.

Ficha técnica: Dirección, guion y producción: Camilo Cavalcante. Fotografía: Camilo Soares. Edición: Caioz. Diseño de sonido: Catalina Apolônio. Música: Shamán Herrera. Reparto: Andrade Júnior, Ana Ivanova, Juan Carlos Aduviri, Fernando Teixeira, Maycon Douglas, Ede Colina, Georgina Genes, Adriana Figueredo, Roger Bernalve, Lucrecia Carrillo, Laura Marín y otros.

Nota: La película estará en exhibición hasta el 20 de diciembre. Información en 29º Cinefest: http://www.cinefestpy.org/

* Julio de Torres es actor, narrador, poeta, dramaturgo e investigador. Licenciado en Sociología por la Universidad Nacional de Asunción y máster en Estudios Teatrales por la Universidad Internacional de La Rioja, España. Como investigador aborda temas relacionados con las artes escénicas, la cultura, el cine y las humanidades. [email protected]

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