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Cultura

Museo “José Asunción Flores”: cebar un tereré, imantar una aguja

© Laura Mandelik

© Laura Mandelik

No conocía este museo hasta hace menos de una semana atrás, cuando el momento del derrumbe. Esto pareciera querer decir algo.

—No, nunca fui —dice Laura también cuando le pregunto.

Es el primero de los barrios de Asunción, el lugar de la diáspora. Ricardo Brugada. El Museo José Asunción Flores, dispuesto más o menos en el medio del mirador Punta Karapá, dirige la cara a su propia escena, otras calles del barrio, más abajo. La otra Asunción podría verse de fondo, de quererlo uno, esa otra ciudad que es la misma ciudad que le es indiferente a su origen.

© Laura Mandelik

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El museo, esta habitación, esta biblioteca, este lugar para una excepción. Aquí tres hombres toman tereré. Esta imagen es inexacta, aclaro: tres hombres alrededor de una jarra con agua fría, dos guampas, sobre una silla de madera ubicada más a un costado que al centro. Es difícil precisar si alguien toma o si sencillamente no me doy cuenta de que lo hace, pero esa es la idea que luego, más tarde, conservo, la de personas alrededor de un tereré sin cebar. Músicos, sabré luego.

Laura Mandelik camina el lugar, con su cámara descubre cosas, mira como una forma de moverse.

—Acá había libros, fotos. Todo esto quedó así —me dice Remigio Pereira, el director del museo.

© Laura Mandelik

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El acervo estaba –sigue estando, en otro sitio ahora– compuesto por partituras de José Asunción Flores, material de archivo consistente en la biblioteca privada de Arturo Pereira, el fundador y padre del actual director.

Remigio cuenta que todo debió ser guardado en bolsas, trasladado, luego del suceso, a modo de precaución. Las lluvias del último fin de semana de enero trajeron esa ferocidad que la ciudad conoce en sus tormentas. La casa de al lado, la de Enrique Pereira, cuidador del museo, se derrumbó parcialmente. Atrás, en el fondo, otra casa cayó sobre una abuela y sus dos nietos.

El lenguaje no basta cuando dos niños, una abuela. Insisto. No ha de bastar.

Ahora todo esto quedó así.

Remigio cuenta una historia, una historia de intermitencias, de fragmentos. Originalmente fundado en 1993 en la casa misma donde nació José Asunción Flores, el museo es sostenido por la Fundación Arturo Pereira, sostenido en el sentido de sujeto desde abajo, como una pugna. Fue restaurado en 2017 con fondos municipales, bajo la administración de Mario Ferreiro. Cierres esporádicos, por falta de fondos para abrir las puertas, se ubican más de un par de veces en su historia.

© Laura Mandelik

© Laura Mandelik

La restauración conserva sesgada parte de la casa otra, la primera. El nuevo piso de ladrillo se encuentra, en un momento, con el otro piso de ladrillo, el viejo. El techo a dos aguas de tacuarillas ha sido reconstruido, a la manera de su técnica y materiales primeros. Sobre la pared de hoy, de revoque estuco, un punto enmarcado: la antigua pared de madera y adobe. El lugar recuerda el lugar que una vez fue y que sigue siendo el mismo, diferente. Con el tiempo, lo que las cosas conservan son sus nombres.

© Laura Mandelik

© Laura Mandelik

© Laura Mandelik

Pido ver el sitio del derrumbe. Me explican que es difícil ver, a no ser que dé toda una vuelta, que baje hasta el lugar. Al costado, afuera, se ve una diferencia de niveles.

—Toda esta tierra antes estaba al mismo nivel —dice Enrique Pereira.

Una porción importante de sedimento cedió y ahora, donde todo estaba al mismo nivel, existe una especie de barranco. En el fondo, la casa que el agua devoró con sus personas.

—¿Cómo hago para que se vea todo esto? —habla Laura para sí misma, al sacar fotos.

También yo incubo esa pregunta. Cómo hago para escribir con precisión el lugar donde las lluvias ubicaron una tragedia.

El lugar donde la música se vio forzada a interrumpirse.

FB Celsa Pinto Pereira

FB Celsa Pereira Pinto.

De nuevo adentro, tres músicos alrededor de un tereré sin cebar. Habla el tercero de ellos, el que hasta este momento ha permanecido callado. Cuenta de sus alumnos, formados por ellos; varios se encuentran o se encontraron haciendo posgrados en música, en Rusia, en Cuba.

—Estamos afuera de todo circuito museal —dice en un momento Carlos “Chamán” Cáceres.

Se me ocurre lo que pareciera ser una trivialidad; en La noche de los museos, por supuesto, no se incluye al Museo José Asunción Flores. Pero está claro que se trata de más que eso. Las instituciones que debieran haber protegido al acervo de Flores se han mostrado históricamente indiferentes para con su historia, de no ser por esporádicos, cortos gestos. La familia Pereira sostiene actualmente el museo sin ningún fondo público o privado, e incluso la evacuación temporal del acervo encuentra lugar en otro domicilio familiar [1].

El museo, antes de ser desmantelado para prevenir la pérdida del acervo

El museo, antes de ser desmantelado para prevenir la pérdida del acervo. FB Celsa Pereira Pinto.

Esta indiferencia no pareciera ser, en absoluto, inocente.

Todo esto ellos solos, pienso. ¿Cómo es posible que todo esto, ellos solos?

Recuerdo un poema: “Todo cabe en la mano de quien todo lo ha perdido”, escribe Benjamín Prado.

En el lugar donde el raudal devoró una casa, materiales varios, objetos quizás perdidos. De mirar al paso, abajo, sin prestar atención, sería demasiado fácil imaginar que este es el lugar adonde las cosas que he perdido a lo largo de los años han venido a parar y que, de mirar por mucho tiempo, quizás pueda encontrar tal llave, tal libro. Pero este no es un lugar de pérdidas, al menos no por entero, y esa idea sería insincera. Acá un joven José Asunción Flores comienza a aprender guitarra. Luego, años luego, otros siguen, adaptan poemas de Elvio Romero para conciertos en el mirador. Chamán comenta que el mayor proyecto de la Fundación Pereira es la creación de una escuela musical. Acá otros también componen música.

Acá pasa todo esto, pienso.

En los tres músicos alrededor de un tereré sin cebar encuentro ese deseo preciso de que las cosas tengan sitio de inscripción. Se me ocurre que una acepción del verbo cebar es imantar una aguja, hacer una brújula de ella.

Quizás, a veces, falta solo imantar un gesto, inminente en su espera. Sostener el derrumbe, resistir el sitio que algunos habrían preferido derribado por el agua.

 

Nota
[1] Previo a esta decisión, el director del museo recibió dos ofertas. La directora general de Patrimonio Cultural de la Secretaría Nacional de Cultura, Ángela Karina Fatecha, luego de observar las condiciones del museo tras la tormenta del domingo pasado, ofreció trasladar temporalmente el acervo al Archivo Nacional. También la directora general de Cultura y Turismo de la Municipalidad de Asunción, Angie Duarte, propuso mover provisionalmente los muebles a la Manzana de la Rivera, hasta encontrar una solución permanente.

 

* Andrés Ovelar es escritor, poeta y docente universitario. [email protected]

4 Comments

4 Comentarios

  1. Arq. Aníbal Cardozo

    7 de febrero de 2021 at 10:26

    Considero muy adecuada y sensible la reseña de este “fundamental” testimonio patrimonial, tristemente olvidado por la entidad oficial responsable de su preservación.

  2. Natalia Tibiletti

    7 de febrero de 2021 at 18:36

    Se lee una tristeza, se leen pensamientos como murmullos. Este relato es poema y pintura. La denuncia más dulce que he leído. Gracias!

  3. Marcos Rojas

    7 de febrero de 2021 at 19:33

    Un relato delicado e inteligente, el tipo de denuncias que necesitamos.

  4. Víctor Ocampos

    9 de febrero de 2021 at 09:57

    Una filosa exposición de las ingratitudes patentes en la precariedad artística y cultural de los diferentes líderes y autoridades gubernamentales a los orígenes de Asunción, también llamada “Madre de Ciudades”

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