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Cultura

El alto voltaje de Chick Corea en el Guaraní

Subiendo las escaleras del entonces Centro Cultural Guaraní (que era el nombre que tenía por esos años el auditorio del Hotel Guaraní), al salir del inolvidable concierto de Chick Corea y su Elektric Band, el 27 de marzo de 1994, un amigo comentaba que lamentablemente «Spain» no formó parte del show que acabábamos de ver. «¿Pero te gustó?», le pregunté. «Espectacular estuvo», me dijo gratamente sorprendido. Un tiempo después, comentando con otro amigo el mismo concierto, me decía que le hubiese gustado escuchar «Tones por Joan’s Bones» o algún standard;  y le hice la misma pregunta. «Genial», fue su respuesta. Es decir, a pesar de haber vivido una experiencia fascinante, ambos quedaron con ganas de escuchar los temas que ya conocían. Pero en el jazz no es así. Si vas a ver a The Rolling Stones es muy difícil que en el repertorio no esté «Satisfaction». En el jazz, la libertad y la sorpresa son primordiales. Pero uno siempre quiere más.

Boston Globe

Y enorme y variada fue la obra que nos dejó un artista tan camaleónico como fue el pianista Chick Corea, fallecido el pasado jueves 11, a la edad de 79 años. Un músico que comenzó en la primera mitad de los años sesenta y que ha tenido una carrera tan prolífica como cambiante.  Empezó tocando con grupos de salsa y luego se mudó a la onda del hard bop, integrando el grupo del trompetista Blue Mitchell, con quien hizo sus primeras grabaciones. Inicialmente se sentía más cómodo con los músicos latinos porque su calidez y efusividad le eran más afines con sus orígenes italianos –el nombre de Corea era Armando, como su padre–. El apodo de Chick lo recibió de una tía a quien le encantaba apretar sus mejillas. Lo llamaba Cheeky, cachetón, en inglés. Y de allí a Chick ya es un paso nada más.

Luego, a fines de la década, ya tenía un par de álbumes a su nombre y Miles Davis lo llamó para reemplazar a Herbie Hancock en su banda. Hancock había viajado al Brasil de luna de miel y agarró una intoxicación estomacal. Llamó a Miles y le dijo que no iba a llegar a tiempo. Entonces el trompetista convocó al joven pianista, que por entonces rondaba los 27 años, para que reemplazara a Hancock. «¿Cuándo ensayamos?», preguntó Chick. «No, no hay ensayo. Tocamos directo», le dijo Miles. Ya en el escenario, Davis –que se caracterizaba por sus pocas pulgas– le dijo: «Seguí la música». Y Corea pasó la prueba. Al final del show el pianista fue a la barra en busca de unos tragos para pasar semejante nivel de adrenalina. Miles le dio unas palmadas en la espalda. Ya estaba en la banda.

Miles Davis y Chick Corea

Miles Davis y Chick Corea

Y aquí comienza tal vez la etapa más reconocida de Corea: su contribución a la génesis del jazz rock y la fusión. Participó en álbumes seminales de dicha corriente, en la banda de Davis. Desde Filles de Kilimanjaro (1968) hasta On the Corner (1972) y, por supuesto, lanzaría sus propios álbumes, tanto con su grupo Return to Forever como de manera solista.

Pero Corea no se casó completamente con el eléctrico jazz rock. Supo también desarrollar su vena acústica en discos lanzados por el sello ECM. En la lírica de estos álbumes se podía apreciar la influencia de Bill Evans. Bud Powell y Horace Silver eran más presentes en el bagaje de Corea, pero en sus discos acústicos, principalmente los de piano solo, aparece Evans. Y también aparecen Stravinsky, Ravel y otros grandes compositores de la música.

Mucho recorrido ya había tenido Chick Corea cuando llegó a Asunción en marzo de 1994 con su grupo de entonces, la Elektrik Band II, con  Gary Novak (batería), Jimmy Earl (bajo), Eric Marienthal (saxo) y Mike Miller (guitarra).  A finales de los ochenta había formado la Elektrik I, con John Patitucci (bajo), Dave Weckl (batería) y Marienthal. Era la respuesta al regreso al hard bop que había implantado Wynton Marsalis y toda su generación.

The Times

A Corea lo trajo el empresario Ángel Aguilera, que unos años antes había organizado Rock SanBer y se lanzaba al jazz de alto vuelo con el estadounidense.  Semanas antes había organizado el show de INXS. A Ángel no le gustó que yo publicara en el diario ABC que el grupo australiano llegaba a Asunción, actuaba esa noche y partía al final del concierto. Yo quería mencionar así lo agitada que eran las giras internacionales. Ya los grupos no se quedaban por mucho tiempo en el país. Ángel pensó que así yo expresaba el desdén que la banda manifestaba a sus anfitriones. Entonces no me acreditó para el concierto de Corea. Envió un par de entradas al jefe de la sección de Artes y Espectáculos, Jesús Ruiz Nestosa, quien me cedió los tickets para que me encargara de la cobertura. Luego de la crónica que realicé sobre el concierto Aguilera se dio cuenta de que yo no estaba en su contra, que lo que me interesaba era hacer una cobertura lo más ecuánime posible. Lo importante no era el media partner sino el espectáculo en sí y que el público que no pudo asistir pudiera hacerse una idea de lo que fue el show.

El concierto estaba marcado para el sábado 26 de marzo, pero los equipos de la banda se atrasaron, entonces se pasó para el domingo. El sonidista y músico Federico Sosa estuvo en la consola esa noche y acompañó al grupo desde la prueba de sonidos. Para él fue un regalo porque no estaba pasando por un buen momento en su vida y con su colega Nene Jara se habían repartido tareas. Ese sábado Nene se encargaría de Corea, y él del cantante español Raphael en el anfiteatro José Asunción Flores de San Bernardino. Cuando Nene le llamó ese domingo al mediodía y le dijo que esa noche le tocaba el show de jazz, se le abrió el cielo.

Silencio

Ya en el ensayo, cuando Corea probó el piano Steinway & Sons que formaba parte del acervo del Ministerio de Salud, no quedó conforme con el estado en que se encontraba el instrumento. “Haremos un repertorio primordialmente eléctrico”, comentó a los presentes. Y así fue. Tocaron temas del álbum Paint the World, lanzado el año anterior.

Comenzaron con «CTA», el clásico de Jimmy Heath, en una versión completamente transformada, seguido del cautivante «Tone Poem». Corea hizo un dúo demoledor con el guitarrista Mike Miller en «Space». El pianista alternó entre el Fender Rhodes y las cuerdas del piano pulsadas en el interior del instrumento. «Tumba Island» fue un jolgorio de solos, y en el bis volvieron con «Blue Miles». Novak hizo un despliegue también demoledor con su pequeño set de batería y Marienthal llevaba la música a rumbos insospechados.

Un show inolvidable para los que llenaron el Guaraní esa noche. Una experiencia magnífica.

En los siguientes 26 años Corea siguió entregándonos mucha música, siempre muy ecléctica. Con el cantante Bobby McFerrin grabó un disco en homenaje a Mozart, en 1996; otro recordando a Bud Powell al año siguiente, en el que se unieron músicos jóvenes con Roy Haynes, que había tocado con Powell. Volvió a lanzar varios álbumes de solo piano en el presente siglo. Dedicó un álbum a Miles Davis en 2007, con Eddie Gomez y Jack DeJohnette.  Revivió los años iniciales del jazz rock con John McLaughlin en 2009 y con Stanley Clarke y Lenny White, en un reflote de Return to Forever, al año siguiente. Su último álbum se lanzó el año pasado bajo el sello Concord, simplemente con el nombre Plays. En el mismo entran en comunión Gershwin y Mozart, Scarlatti, Bill Evans y Tom Jobim, Chopin, Scriabin y Thelonious Monk. Toda una despedida por lo alto.

 

Sergio Ferreira (1967) es periodista especializado en música popular, principalmente rock.

1 Comment

1 Comentario

  1. Beto Barsotti

    14 de febrero de 2021 at 18:21

    Brillante nota!

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