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Cultura

Arquitectura del paisaje en Asunción. Los “no-jardines”

Plaza del Congreso, ca. 1949

Plaza del Congreso, ca. 1949

En algún momento de la década de 1940, posiblemente durante la presidencia del general Higinio Morínigo (1940-1948), Asunción tuvo un cambio radical en la configuración de sus espacios públicos considerados hasta entonces más emblemáticos, sobre todo los jardines de sus plazas céntricas. De un día para el otro, originales creaciones como las de la Plaza del Mercado, Plaza Constitución (que hasta fue fragmentada por dos calles asfaltadas) o la antigua costanera, fueron suplantadas por un único modelo, seriado y sin referencias, que se reiteraría en los siguientes años en casi todas las plazas de la ciudad y del país. Aquellos jardines clasicistas que en algún momento fueran carta de presentación de Asunción, con su carga simbólica, estética y estilística, desaparecían bajo un nuevo diseño que anulaba toda referencia histórica y, por consiguiente, todo arraigo e identidad.

Plazas del microcentro, década de 1940

Plazas del microcentro, década de 1940

El antropólogo francés Marc Augé acuñó el concepto de no-lugar (también lo llama “lugar del anonimato”) para hacer referencia a aquellos espacios urbanos que no remiten a nada más que su existencia y razón de uso. En palabras de Augé, “un no-lugar es un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico”. Considerando esta descripción, los jardines públicos de Asunción se han convertido premeditada e intencionadamente en no-lugares. Para intuir las motivaciones de estas bruscas acciones de sustitución habrá que adentrarse en aspectos que trascienden la disciplina del diseño y dar una mirada al contexto político de la época.

plaza de la antigua costanera ca 1960

Plaza de la antigua Costanera, ca. 1960

Es bueno recordar que si bien la primera mitad del siglo XX fue, en términos de poder político, predominantemente liberal, no por ello dejaron de existir permanentes pujas, sobre todo con representantes del Partido Colorado. Estas pulseadas entre facciones liberales y coloradas se dieron en varios campos. En el ámbito de idearios, las confrontaciones entre juvenilistas y revisionistas acaparó durante buen tiempo la atención del público, llegando a un clímax con el debate de varios meses en el que se enfrascaron los reconocidos intelectuales Cecilio Báez y Juan E. O’Leary. A grandes rasgos, la posición de los juvenilistas encabezados por Báez (liberal) abogaba por restar importancia a la mirada nostálgica del pasado, rechazando la mitificación de hechos y personajes y poniendo la mirada en el futuro. En cambio, los revisionistas, encabezados por O’Leary (colorado), insistían en reescribir el pasado reivindicando a los vencidos, con el argumento de que la historia oficial fue impuesta por los vencedores.

Estos datos parecerían simple anécdota si no se tuviese en cuenta el caso puntual del Jardín del Mercado, cuyo diseño era un tributo simbólico al pensamiento positivista con el cual se identificaban los intelectuales liberales, con Báez a la cabeza. Las acciones de suplantación en esta plaza no solo incluyen el cambio de diseño, sino también el de nombre. Pasó a llamarse Juan E. O’Leary (antagonista de Báez), cuyo busto fue ubicado en el centro mismo del predio, para que no quedaran dudas del mensaje.

El rediseño de las plazas tiene mucho de la estética militar vigente hasta hoy y no remite a ninguna corriente estilística en particular. Posee múltiple simetría, considera en todos los casos camineros diagonales y, en algunos, también incluye longitudinales y transversales, cruzándose siempre en el centro geométrico del lote. Este centro, como punto final del trayecto e inevitable foco de interés visual, a veces posee algún busto, un jardín modesto, un mástil o una fuente de agua. En sus jardines laterales predomina el césped y algunos pocos arbustos y árboles con podas periódicas, pero dispuestos sin criterios claros de diseño, o quizás directamente al azar.

Jardín de la Plaza del Mercado, ca. 1930

Jardín de la Plaza del Mercado, ca. 1930

Plaza de los héroes ca 1967

Plaza de los Héroes, ca. 1967

Uniformidad, austeridad y estandarización son entonces las características de estos no-jardines. La belleza es sustituida por la pulcritud. La riqueza de símbolos por la idea de orden y control. La noción de tiempo por la atemporalidad. Respecto a esto, conviene puntualizar un par de cuestiones.

Primeramente, lo referido a la noción de orden y control. Quizás el propio George Orwell se hubiese sorprendido al saber que se daban cambios tan radicales en los espacios públicos asuncenos en el mismo instante en que escribía su célebre novela 1984, particularmente los slogans que atribuye al imaginario INGSOC, partido único y omnipresente en la narración. La popular frase “el Gran Hermano te vigila” retrata de buena manera uno de los objetivos políticos de los no-jardines. Espacios abiertos, uniformes, sin sectores claros para aglomeraciones ni actividades fijas propuestas, más allá de los recorridos rectos que invariablemente llevan al centro de la plaza donde un busto o un mástil aguardan impasibles algún acto (casi siempre marcial) de acartonada solemnidad.

Jardines de ensanche, Plaza Constitución, ca. 1930

Jardines de ensanche, Plaza Constitución, ca. 1930

Plaza Constitución, ca 1970

Plaza Constitución, ca. 1970

Son espacios que -orden y limpieza mediante- permitían el control visual y condicionaban de alguna manera el comportamiento colectivo en un momento histórico local en que las figuras de espías y contraespías -que resultaron clave en las guerras civiles de principios de siglo XX- daban paso a la figura del pyragüe (soplón). En adelante, cualquiera podía ser un espía, un controlador. Y los espacios abiertos adquirían entonces esa cualidad de vigilancia permanente. Es el panopticon de Jeremy Bentham llevado al exterior, tan bien reflexionado por Michel Foucault en su célebre libro Vigilar y castigar.

Finalmente, la cuestión de la atemporalidad. Otro de los slogans del INGSOC imaginado por Orwell rezaba: “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”. El gesto de eliminar espacios testimoniales del pasado (con su carga simbólica propia y la asignada por el imaginario colectivo), reemplazándolos por un diseño carente de identidad y alegorías, no solo implicó demostrar quiénes resultaron vencedores, también fue dejar en claro quiénes quedarían cubiertos por un manto de olvido y diagonales.

 

* Carlos Zárate es arquitecto, docente, investigador. Magíster en Restauración y conservación de bienes arquitectónicos y monumentales (UNA-IIF). Coordinador de Área de Teoría y Urbanismo (FADA-UNA).

 

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