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Cultura

“El incendio del mundo”. Miguel Chase-Sardi y la tradición oral

El interés por la tradición oral ocupa un lugar preponderante en la obra de Miguel Chase-Sardi, quien en 1981 publicó una rica compilación de mitos y relatos bajo el título “Pequeño Decamerón Nivaclé”. Aquí compartimos uno de esos relatos, con breve introducción de la antropóloga Gloria Scappini.

Imagen de portada de "Pequeño Decamerón Nivaclé"

Imagen de portada de "Pequeño Decamerón Nivaclé"

Como dijo Bronislaw Malinowski, pionero de la etnografía, “el mito es la carta constitucional de las sociedades tradicionales”. Chase-Sardi completó la sentencia señalando que se trata del “modelo de vida, el paradigma y la conducta no solo humana sino de todos los seres, animados o no, que forman, constituyen y conforman natura y nurture” [1].

El rescate de la literatura oral, resultado de un delicado proceso etnográfico de difusión de relatos, mitos y fábulas, conlleva numerosas etapas, entre ellas la transcripción fonética, la conceptualización de la estructura narrativa, la adopción de una grafía y, finalmente, la traducción compleja y desafiante a una lengua escrita.

“El incendio del mundo” forma parte de la rica compilación de mitos y relatos publicada bajo el título Pequeño Decamerón Nivaclé (Ediciones Napa, 1981). En el prólogo, Josefina Plá afirma: “Es mucho lo que este estudioso tenaz y entusiasta lleva hecho. Se ha aproximado al nivaclé entre todos los indígenas, como un ser humano debe hacerlo a otro ser humano, pidiéndole su palabra, que es como pedirle reconocimiento de la mutua, común identidad, y rescata así del silencio definitivo esas palabras que encierran, simple y a la vez inapreciable, la imagen de un Cosmos”.

Se trata de un relato clasificado en el ámbito de la cataclismología, parte de una saga integrada por “El desorden del mundo”, “El cambio o la vuelta de la tierra y el cielo”, “El origen de la humanidad”, “La caída del cielo” y “El diluvio”. La versión colectada fue narrada por Chishi’a y traducida al español con la colaboración de Félix Ramírez. Ella pone en escena el caos de la destrucción del mundo a través del fuego, la búsqueda de salvación de los Nivaclé y de los pueblos vecinos, la partida de muchos al Yincôôp, el Paraíso, y el surgimiento de una nueva tierra, adscribiendo así la oralidad mítica Nivaclé a las estructuras cosmogónicas cíclicas y universales.

Carpeta donde Miguel Chase-Sardi guardaba los relatos © Laura Mandelik

Carpeta de colecta de tradición oral Nivaclé (“Chulupí” era un etnónimo anterior). Colección Chase-Sardi, Biblioteca Cervantes, CCEJS © Gloria Scappini

El incendio del mundo”, relato de Chishi’a 

Ahora les contaré cómo se incendió el mundo en aquella mítica época. Hace mucho, mucho tiempo, el fuego casi terminó con todos los hombres. Respetó algunos pocos lugares. Pero las aldeas, ésas sí se terminaron totalmente. No sé por qué el fuego no pasó por aquellas partes desiertas, donde no había hombres. Llevando todos sus enseres a cuestas, la gente corría del fuego y se refugiaba en los pocos parajes donde aún no había llegado.

— Adultos, aquí nos quedaremos ahora, decían creyéndose a salvo.

Se pusieron muy contentos. Un chamán auguró:
— El fuego se apagará, por efecto de las granizadas.

Pero mentía. Inútilmente se alegraron al escuchar sus palabras. Al mismo día siguiente, al salir de caza, los hombres vieron cómo venían nuevas columnas de fuego, levantándose hasta el cielo. Ardía todo, hasta la misma tierra, hervía el barro de los esteros y se convertía en ceniza. Lentamente avanzaba. Después de un año tuvieron que salir nuevamente, pues ya comenzaba a quemarse su nueva aldea. Cruzaron un río. A poco del momento en que llegaron a la otra orilla, las aguas hirvieron. No solo salía humo, sino fuego de ella. Murió mucha gente. Pero otros lograron escapar, llegando a un campo donde encontraron un camino más rápido. De nuevo les llegó una oleada de fuego que mató a muchos más. El sol no se veía más por el humo. Les ardían los ojos, se sofocaban y tosían.

Escapando llegaron a campos y bosques totalmente desconocidos por ellos. Ya no les importaba más nada, querían morirse para que terminara su dolor. Cuando habían llegado a la máxima desesperación y casi habían decidido quedarse para ser fuego, allí se acostaron a descansar. Muchos lloraban por sus hijos perdidos. Se encontraron con algunos que les contaron que por aquel lugar se habían salvado algunos Toba; por ese otro unos cuantos Mak’á, y unos pocos Lengua escaparon en esta otra dirección.

Volvieron a caminar hasta que llegaron frente al Yincôôp, el Paraíso. Allí el incendio dejó de perseguirlos. Pero solamente quedaban dos Nivaclé con sus esposas. Ellos fueron los que contaron esto del incendio del mundo a sus descendientes. Pero también algunos pocos que no habían escapado pudieron conservar sus vidas en bolsones que el fuego no tocó.

Cuando después de mucho tiempo volvieron algunos de los que estaban frente al Paraíso, se encontraron con aquellos. Por eso, los que estamos aquí en el Río sabemos que quedan algunos Nivaclé cerca de la esquina donde está el agujero por donde entra el viento sur. Muy lejos están. Y en las cercanías de allí, en unas montañas muy altas, aún sigue ardiendo el resto de aquel inmenso fuego. Sí, muy pocas personas quedaron vivas después que el gran fuego hizo arder la tierra. Nuestros padres no se olvidaron de este nefasto acontecimiento y nos lo solían contar. Pero, entre nosotros, que somos nuevos, algunos ya se olvidaron de estos relatos de nuestros ascendientes.

Notas
[1] Chase-Sardi, Miguel. ¡Palavai Nuu!, Tomo I, Ceaduc, Asunción, 2003, p. 586.
El relato aquí reproducido está incluido en el Tomo II de esta edición, pp. 205-206.

 

* Gloria Scappini es licenciada en Etnología y máster en Antropología social con especialización en Estudios americanistas por la Universidad de París X, Nanterre, Francia. Coordina desde 2017 el proyecto de salvaguarda y valorización de la Colección Miguel Chase-Sardi de la Biblioteca Cervantes del Centro Cultural de España Juan de Salazar, Asunción. [email protected]

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