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Cultura

Marcelo Hernáez: “Los dientes del tiempo”

Estoy. Aún no estando siempre estuve. Inseparable. Marcelo Hernáez, FB, 14 mayo 2020

Estoy. Aún no estando siempre estuve. Inseparable. Marcelo Hernáez, FB, 14 mayo 2020

Marcelo Hernáez se ha ido. Con discreción, en silencio. Como vivió. “Porque puede ser que pronto / No te encuentre ya más / En los trozos de un espejo / Que se ha roto de impaciencia”. Es el final de un poema suyo, uno de los tantos que aparecen reunidos en Los dientes del tiempo, su único libro, publicado en 2009. Poesía cruda. Lenguaje ríspido.

Pero no solo la palabra habitaba el paisaje poético de Marcelo Hernáez. Escribía con el cuerpo. Cantó, pintó, dibujó, compuso, hizo teatro y construyó un pequeño paraíso verde, fuera de Asunción, donde decía estar “reordenándose en la distancia”.

Entrar en casa de alguien que acaba de partir produce siempre una sacudida, por ínfima que sea. Las cosas estrenan su abandono y el silencio se expande hasta cubrirlo todo. Algo similar ocurre cuando visitamos el perfil de Facebook de alguien que ya no está. Siguen allí, latiendo en la red, expresiones ya sin dueño, imágenes huérfanas. Pero el perfil de un poeta muerto es más que eso: es una casa abierta a la exploración, y también al saqueo.

Ayer visité esa casa, su casa. Una casa precaria, imprevisible, de publicaciones esporádicas y también frecuentes. Una casa sostenida, en gran parte, por el afecto. Un afecto diseminado en todas direcciones y que de todas direcciones regresaba. Mensajes, emoticones, destellos de sabiduría cotidiana. Una vida que se regocijaba en lo simple, en lo breve, como quien se acomoda bajo un alero en medio de la tormenta.

Encontré cosas, no muchas. Algunas fotografías significativas. Indicios, huellas. Ajeno a la práctica exhibicionista, supo guardar para sí sus momentos más intensos. Y hacer con ellos poesía.

Lucio Aquino, Retrato de Marcelo Hernáez, 1983

Marcelo Hernáez, retratado por Lucio Aquino, 1983 (detalle)

Los dientes del tiempo
a Telésfora     

Desnuda tu faz
con esta doctrina alfeñique
de pasto y rocío
y permíteme no hablar
de la tórtola renga
(paseandera cotidiana
del patio abandonado)
ni nombrar lapachos
ni rosas ni amarillos
ni rasgar por negligencia
las alas azules de la mariposa
tan azul que ya no existe.

Dejemos matándose de risa
a los vástagos del viento
mordiendo con sus muelas impasibles
la comida indigestible del olvido
y llevemos el jazmín y la violeta
a enterrar con orgullo
entre los dientes del tiempo
para atarte fuertemente
entre la luna y el lucero

Para romper
en la cicatriz de una alborada
los vidrios de tus ojos
con el sol desesperante
de una lágrima furtiva.

 

Pepa Plá

Casi en el límite de un siglo
se cierra un círculo en ti
brillando en la forma de un marco
que enmarca la luna en tu faz

Tu faz que no se quiere dormir

El canasto inundado de verbos
y un espejo indagando al amor
con tus ojos traspasas el tiempo
con vaivenes de mimbre y de luz

De luz que no podrás detener

Veinte gatos maullando tus deudos
y en cojines de nube tus pies
estás viendo otra vez a tu amante
en un plato de barro y sudor

Sudor que no se quiso secar

Te despido en presencia del sol
que al crepúsculo grita su adiós
vete en paz para recomenzar
en los labios que quieran decir

Decir lo que quisiste callar.

 

Ofertorio

Toma esta tajada de naranja
no la descascares
déjala en tu pecho un minuto

Recorta un cinturón
de la piel de los pomelos
y cúbrete el vientre
que hace frío

Monda una manzana
una docena de peras
de sandías
de melones
de duraznos

Llénalos de besos

Que tu vista disfrute de estas frutas

No

Perdón

No las comas aún
detente un momento

Entonces
cuando sientas que de eso
ya nada es necesario
ven aquí
mírame
y comienza a desnudarme.

 

El velero
a Derlis

Náufrago en el raudal
con su sueño de papel
un barco se va
tropezando de emoción

Un gran torrente
un caudal
lo está llevando hasta el mar
y una risa total
llena el aire de pan
aunque el niño no tenga
algo para comer
y anhele acaso olvidar
cuánto tendrá que olvidar

Velero de luz calle infantil
tierna imaginación

El infante no tiene
el tamaño eficaz
para ser un peón
para ser capataz

Cuidado que el albañal
no devore su sueño infantil

Construido de paz
arquitecto del sol
solo sólo es timonel
de un bolsón de ilusión

Boga flota sutil
en las olas del basural

Reciclando feliz
un diario de ayer
engañando a la verdad.

 

Nota de edición: Marcelo Hernáez. Los dientes del tiempo. Asunción: Fondec-Servilibro, 2009. Ilustraciones de portada e interior: Carlos Colombino.

 

* Adriana Almada es escritora, crítica de arte, curadora.

1 Comment

1 Comentario

  1. Joaquin Sánchez

    11 de abril de 2021 at 09:10

    Maravillosa!! Gracias!

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