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Cultura

Nila López, etcétera

Hay seres difíciles de clasificar en una categoría determinada. Seres de perfil múltiple que expanden sus gestos en direcciones diversas. Nila López era uno de ellos. Poeta, ensayista, narradora, dramaturga, periodista, maestra, editora, presentadora de televisión, actriz, gestora cultural. Un largo etcétera.

Etcétera, justamente, se llamaba la farmacia de sus padres. ¿Te gusta el nombre?, me preguntó en la vereda, mostrándome un cartel de neón con letras azules que titilaban. Era la siesta. Era el invierno. Era 1984.

Acabábamos de conocernos. No dudó un instante. Me llevó directo al corazón de su casa, ese reducto momentáneo donde se había refugiado tras un breve lapso de oscuridad. Pasaron los años, nos encontramos varias veces, la visité en otras casas. Sin embargo, ahora que se ha ido, este es el lugar que elijo para recordarla.

Subimos las escaleras. Paredes blancas, piso de madera y techo bajo, muy bajo. Así son los altillos, íntimos, acogedores, nos acarician la cabeza. No había un solo mueble. Todo el espacio, absolutamente todo, estaba tomado por parvas y parvas de libros. Crecían desde el suelo, se desbordaban. Una instalación avant la lettre, involuntaria. Conversamos mucho, olvidadas de todo, en ese paisaje de pura palabra. También ella vino a mi casa. Una siesta, un verano. Otro reducto, aunque no momentáneo. Y estuvieron las palabras, sí, pero el paisaje era de niños y árboles. Entre una siesta y otra habían transcurrido edades.

Compartió conmigo poesía y una de sus amigas más queridas, Lilian Stratta, la poeta que vio cómo Nila hacía crecer las plantas con la mirada. La misma poeta cuya afinidad José Luis Appleyard me había anticipado. Ciertas personas, muy pocas, disfrutan creando enlaces, conexiones que siguen su propio destino. Nila López era una de ellas. Generaba vasos comunicantes y los nutría.

Tras su muerte, hace casi una semana, Facebook se inundó de imágenes suyas que mostraban la versatilidad de un alma inquieta, curiosa, intensa. Una de sus hijas publicó una foto que para mí es “la” foto. Es el retrato de la mujer que conocí esa tarde, en el filo de la luz y la sombra. Una mujer que voltea la mirada, ya no para hacer crecer las plantas, sino el tiempo.

2 Comments

2 Comentarios

  1. Edu Barreto

    25 de abril de 2021 at 08:16

    Una mujer que voltea la mirada, ya no para hacer crecer las plantas, sino el tiempo.
    Que remate, que homenaje a alguien que no tuvo miedo de vivir ese tiempo

  2. Victor H Ortiz Montaner.

    25 de abril de 2021 at 13:43

    Me enteré hoy, sin leer el artículo hasta pensé sería para un evento que sería virtual del que me comprometi agendarme., Pero al leer los comentarios no entendía que se la nombrarse en tiempo pasado y no quería aceptarlo. Triste todo! Eterna recordación.

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