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Cultura

La siesta de Bernardo Krasniansky

A propósito de la última obra del artista, una instalación poética hasta hace poco tiempo disponible en Asunción.

Bernardo Krasniansky, "La siesta", 2021. Cortesía

Bernardo Krasniansky, "La siesta", 2021. Cortesía

Las materias ceden. Una presión transforma el movimiento y este se altera y muta hacia estados en que cierta duración es perpetuada. Incluso los objetos más discretos, reunidos por el accidente de existir –familiares según la causalidad coincidente de funciones concretas– reciben sin tormento la riada excesiva y totalizadora del color, y ahora son tentados a permanecer: por obra de una impregnación, aparecen suspendidos en una consistencia estática que sugiere el congelamiento del tiempo, para, quizás, invocar así la disuasión de sus orillas más ásperas, y revertir su efecto, a través del concurso de una tonalidad apaciguadora.

En La siesta, de Bernardo Krasniansky, el color no solo viene a enfatizar la secreta cadena semántica que reúne en el interior de un mismo campo –aquí representado a partir de la circunscripción indicada por el habitáculo intervenido– elementos con anatomía propia: una silla, una mesa, un escobillón [1]. Herramientas y muebles retenidos, es cierto, en el parentesco de la austeridad doméstica y la economía formal –la geometría determinada por lo sucinto–, pero, no obstante, revestidos de excepcionalidad y extrañeza a partir de la infiltración turquesa que también los disuelve e integra entre sí y con su medio.

Bocetos de Bernardo Krasniansky para su instalación La siesta. Colección Félix Toranzos

Bocetos de Bernardo Krasniansky para su instalación La siesta. Colección Félix Toranzos

El efecto es, a su vez, el de una cancelación de funciones: una alteración es habilitada aquí, según la cual aquello que existía y participaba en el mundo según sus propias potencialidades, es expuesto ahora al desabrigo de una existencia distinta, y acaso inhóspita. Porque, aunque la silla, la mesa y el escobillón sigan perteneciendo a la indicación funcional convenida, ahora también habitan los territorios extranjeros de un encantamiento inútil e incongruente.

La mesa. La silla. El escobillón. Pese a la simplicidad monástica de los elementos, la composición trinitaria de Krasniansky tripula un arca exquisita, en que el conjunto plantea, a partir de la audacia cromática de la uniformidad, el concurso de una forma de habitación arbitraria. Esta estrategia ya había sido empleada por el artista, en sus inicios, incluso en las incipientes acciones performativas y happenings desde la década de 1950, en que él tomó parte, y cuyas ambientaciones irreverentes acondicionaban los climas para la irrupción de los acontecimientos; pero, sobre todo, en las instalaciones –hoy históricas– de mediados y finales de los años 70, en que los objetos cotidianos eran sometidos a un enrarecimiento que trastocaba la funcionalidad estable y habilitaba otras.

Bernardo Krasniansky, La siesta, 2021. Cortesía

Bernardo Krasniansky, La siesta, 2021. Cortesía

Esta arca parece recoger, asimismo, la obsesión de Krasniansky por el agua: captura en el cubo congelado del sueño, del tiempo, la ilusión de una inmersión acuarelada, potenciada por la iluminación de una única ventanilla que arroja una luz que, como diría Gabriel García Márquez en uno de sus cuentos, “es como el agua”.

El espacio (re)creado por Krasniansky inventa en el sueño cian el momento de una integración. Aquí, donde el verde vegetal se encuentra con el azul acuático, también se reúne una totalidad continental con los puntos más acotados de una insularidad: una casa, una habitación, una mesa, una silla, un escobillón. Un cuarto propio para que el sopor de la siesta sea capaz de recibir, por fin, y aunque sea de manera efímera, la purificación aportada por la transparencia más deseada.

 

[1] Un triduo encontrado, ya que los objetos poseían una existencia y una comunidad previas en el propio espacio: el mirador de La otra casa de Asterión, proyecto del artista Félix Toranzos.

 

* Damián Cabrera es escritor, investigador, docente, gestor cultural y curador. Su trabajo se desarrolla en las áreas de lengua, literatura, fronteras, arte, política y cultura. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Capítulo Paraguay, y de los colectivos Ediciones de la Ura y Red de Conceptualismos del Sur. El presente texto, inédito hasta hoy, fue escrito en febrero de este año en ocasión de la instalación de Bernardo Krasniansky, desplegada en una casona antigua del centro de Asunción, proyecto del artista Félix Toranzos.

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