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Cultura

Derlis Esquivel: Mnemósine en WhatsApp

Palabras de Lia Colombino y Ticio Escobar sobre un libro de reciente aparición que recoge historias mínimas a partir de la práctica cotidiana del chat entre amigos.

© Laura Mandelik

© Laura Mandelik

Lia Colombino: Palabra colectiva

Derlis Esquivel deja de lado la mirada atenta de la palabra de otros para componer la suya. Una palabra que es colectiva porque se ha escrito desde muchas memorias, la suya y la de sus compañeras y compañeros durante los años de secundaria.

Mnemósine, para los antiguos griegos, es la titánide y diosa de la memoria, madre de las musas. Ella se instala en un grupo de WhatsApp e inicia su trabajo colocando en el recuerdo una fecha de cumpleaños, y así como la diosa engendró musas para que inspiraran palabras, ha despertado aquí el ejercicio de memoria que se convierte hoy en el registro de un tiempo y un lugar específicos que incuba el tiempo y el lugar de la adolescencia. 

Hacer memoria es ese ejercicio en el que se actualiza el archivo mudo de lo vivido. Se trae al presente aquello impreso en algún lugar de ese archivo, para convertirse en futuro: este libro.

Estas son historias mínimas que resultan gigantes. Es que se trata de historias que rebalsan lo propio de ese pequeño grupo de adolescentes para en realidad ser la historia de muchas de las personas que hemos transitado los 80 en una institución educativa en el Paraguay.

Ticio Escobar: Las grandes historias menores

Los oficios. En esta publicación se manifiesta la aptitud escritural de Derlis Esquivel, cimentada en una intensa práctica de lector y gestada a lo largo de dos oficios suyos: el de actor de teatro y el de corrector de textos relativos al ámbito cultural. Unida a la lectura, la corrección lo ha llevado a transitar minuciosamente los recovecos del lenguaje y manejar la redacción con soltura. Por su parte, el quehacer actoral le ha provisto de imágenes y figuras que cruzan y potencian las escenas diversas de su narrativa. 

Fomentados por el arte de enmendar los yerros de la escritura y el de accionar la ficción teatral, los textos que integran este volumen han aparecido con naturalidad, casi espontáneamente. El autor no se había propuesto escribir con ellos un libro, ni siquiera un material publicable: cada relación, expuesta en modo de ficha, corresponde al contenido de un mensaje de WhatsApp redactado sin otro propósito que el de animar la comunicación entre sus compañeros de colegio. Son mensajes breves en términos de relato, pero extensos en clave de chat. Este curioso, en verdad este inédito, origen determina una peculiar escritura, surgida en principio al margen de intenciones literarias, pero dotada de una energía expresiva e imaginaria que sobrepasa con creces el orden del discurso coloquial y el del registro de la memoria.

Las fichas. La memoria, resorte de estos recuentos, moviliza recuerdos en determinada dirección; los selecciona, los edita, los redispone. El autor llama “fichas” a las breves relaciones que componen el texto sugiriendo, sin duda, el espíritu lectivo de ciertas notas y apuntes, pero también nombrando el carácter a la vez autónomo e interdependiente de recordaciones dispuestas a ser organizadas en casilleros o cuadernos diversos, a ser barajadas y reordenadas según líneas distintas de evocación. Aquí se detecta otra particularidad de lo que, en parte, podría funcionar como un álbum de recuerdos: la memoria es elaborada de manera colectiva. Aunque sea Esquivel quien la activa, cada caso por ella aportado pasa a la consideración del grupo de los compañeros de colegio (de los compañeros de otras escenas hoy). Cada ficha ahora publicada ha sido ya leída, comentada, enriquecida y celebrada colectivamente: procesada en conjunto. Cada quien se reconoce en una anécdota, en el latido de una vivencia que lo involucra, en la reaparición de un hecho que había sido, quizá, olvidado. La inscripción cotidiana de estas fichas termina conformando un catálogo que es la negación de la lógica del WhatsApp, dispositivo cuyos contenidos efímeros no están concebidos para el archivo.  

Derlis Esquivel © Laura Mandelik

Derlis Esquivel © Laura Mandelik

Entretiempos. Hay aún otro hecho notable que singulariza este material: la interpelación de la memoria escolar o colegial comienza luego de 30 años del egreso, 1986, y continúa sin interrupción hasta hoy. El proceso no se ha detenido, ya que el cotidiano chateo grupal continúa: la publicación interrumpe tal proceso apenas para recortar editorialmente un momento suyo. Así, mucho de lo expuesto en estas puntadas de relato ocurrió entre 45 y 30 años atrás (desde el inicio de la primaria hasta el fin de la secundaria). Evocar lo acontecido a lo largo de ese tiempo requiere el ejercicio de una memoria prodigiosa; pero, también, necesita el empleo de mecanismos ficcionales convocados por el recuerdo para saldar los hechos omitidos. Memorar supone un acto de selección y recorte. 

Esos gestos de restitución simbólica abren un camino a la retórica y facilitan la libertad estilística, pero asimismo promueven la imaginación y apelan a la acción creativa. Imaginar es reparar una ausencia, habilitar un lugar a la creación. La historia es convocada siempre desde el presente y de cara, conscientemente o no, a un proyecto de futuro. Las fichas son clasificadas según cierta dirección indicada por el autor y asumida por el grupo. En este caso, los recuerdos son colectados mediante la mirada muchas veces idílica que requiere el recuento de momentos asumidos desde la posición de los años dorados, atesorados en conjunto: los momentos que salvaron exámenes lectivos y afectivos, los que ganaron o intentaron ganar trofeos estudiantiles; aquellos que privilegiaron la camaradería, la complicidad y el encuentro, el juego y el humor, los fugaces e intensos amores primeros. En fin, los fundamentales ritos de la niñez y la primera juventud. De hecho, los mensajes surgen a partir de felicitaciones de cumpleaños, cuyo estilo jovial permea gran parte de los textos. 

Las formas de la prosa. La escritura prolija, elegante, de Derlis desarrolla su propio carácter narrativo, adaptado a las inflexiones que requiere la verosimilitud de los sucesos referidos. Éstos ocurrieron durante la primaria y, principalmente, la secundaria del Colegio Nacional Tacurú Pucú de Hernandarias, con foco en la promoción del año 1986, que da nombre al grupo de WhatsApp y subtitula este libro. 

Con frecuencia, la prosa emplea el temperamento espontáneo del hablar estudiantil que, por momentos, podría sonar banal y aun parecer edulcorado si no se considera su contexto y su medio expresivo: una vez más, son mensajes de WhatsApp enviados entre compañeros a quienes el autor reencuentra, en su mayoría, luego de 30 años y con quienes reconstruye códigos comunes. Este trabajo de restauración actúa como principio fundacional de un nuevo pacto social entre los integrantes del grupo, cuyo vínculo principal es la memoria de las aulas y sus ambientes aledaños. 

A menudo, la escritura incorpora, también, el tono severo de la educación formal, que posiblemente haya sido entonces más eficaz que la impartida en el presente. Los estereotipos de la disciplina, las máximas, himnos y exhortaciones de las virtudes cívicas son insertados con naturalidad en el curso de una escritura abierta a todas las voces y locuciones propias de ese  tiempo único y a los idiomas que, además del castellano, circulaban entonces y circulan hasta hoy: el guaraní, el jopara y el portugués, muy presente éste en la frontera. El vocabulario de los ritos y juegos de aquel período se nutre también de los giros idiomáticos de las historietas, el circo, la publicidad callejera y la calesita. Pero también se contamina saludablemente con los imaginarios y las representaciones actuales, que se proyectan sobre lo hablado y lo moldean con decires nuevos. Por otro lado, esta prosa emplea recursos propios, desobedientes a veces de las reglas gramaticales que tanto cuida Derlis en sus trabajos de corrector; por ejemplo, en aras de la fluidez o el ritmo de la lectura, evita los signos de admiración y ciertas cursivas. Cabe considerar, por último, que durante los primeros años de esta escritura, los mensajes eran redactados directamente en el teclado del celular, lo que condicionaba su dinámica; solo tiempo después, el autor comenzó a usar el teclado del computador, pero el estilo inicial de los textos, aunque se flexibilizó, mantuvo su carácter. 

Las grandes historias menores. En cuanto publicado, el conjunto de los recuerdos-relatos de un grupo particular debe ser asumido en su valor microhistórico. Cada vez más la historia deja de ser encarada solo como crónica de los grandes hechos que jalonan (que fichan) el pasado de un país, una región o el mundo, para ser considerada, también, en los testimonios y hechos cotidianos, la vida diaria, los pequeños sucesos que marcan el orden de los días. A través de la historia menuda, por entre sus intersticios inevitables, se vislumbran los sucesos grandes, cuyas resonancias son detectadas más por la atenta sensibilidad que por la conciencia clara. El recuerdo arrastra inadvertidas señales (impresiones, olores, colores, sabores de su tiempo); por eso, estas narraciones levantan entrecortada y tenuemente, a contraluz, la escena de Hernandarias de los años 70 y 80, límite de un tiempo que desembocó demasiado rápido en nuevos escenarios promovidos por la especulación inmobiliaria, la empresa hidroeléctrica y el gran crecimiento comercial de la zona. Hernandarias deviene, a su vez, breve principio metafórico, instantánea borrosa y fragmentaria, de un Paraguay zarandeado por historias plurales, hirviente de memorias pequeñas que alumbran como luciérnagas.  

 

Algunos textos

1

¿Se acuerdan del airetorium?

Consistía en un gran salón montado a partir de una especie de lona sujeta al suelo e inflada mediante potentes ventiladores. Algo similar a la técnica utilizada con los globolocos actuales. Una vez saturado de aire, el interior devenía un amplio auditorio. La carpa adquiría el aspecto de una enorme nave espacial. Su extraña fisonomía infundía recelo, pero una vez adentro uno se sentía cómodo porque el ambiente era fresco y confortable. 

Fue instalado por la Iglesia Adventista en el patio de don Santiago Dávalos, en la esquina lateral a Casa Goyo, de la familia Villalba Casco. Habrá sido a mediados de los años 70. 

En el airetorium se realizaban sesiones de películas de contenido religioso. Mis hermanos y yo asistimos reiteradas veces. Los niños nos recreábamos con juegos de entretenimiento y al final nos regalaban revistas de pasajes bíblicos ilustradas con dibujos coloridos. 

¿Alguien de ustedes llegó a ir?

2

Ernesto:

Hoy estaríamos saludándote por tu cumpleaños, pero te nos adelantaste en el vuelo. De todos modos, tenemos a mano tu recuerdo.

Estamos bien. Sólo que anda importunándonos un virus agresivo. 

Mirá, Ernesto… Tanta información circula al respecto que no sabemos ya qué ni a quién creer. Lo cierto es que las autoridades sanitarias nos recomiendan quedarnos en nuestras casas, por lo que no podemos salir libremente a la calle, ni visitar a los parientes, ni reunirnos con los amigos para compartir aunque sea una cerveza. 

No da gusto, Ernesto. Ni siquiera está permitido el abrazo. “Eguatána ecalculá”, tu dicho cuando te costaba creer algo. Pero hacerle qué… Tenemos que resistir hasta “cuando pase la tormenta”, como dice un poema puesto de moda en las redes.

Hace frío. Llovizna.
Hoy tenemos Educación Física.
Tu bici está en la cocina.
Pronto va a clarear.

 

Nota de edición: Derlis Esquivel (2021), Memorias menudas, edición del autor, 270 páginas. Los textos aquí reproducidos son parte de la publicación.

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