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Cultura

Una estética de la fragilidad

Christian Boltanski, París, 2020 © Alfredo Quiroz

Christian Boltanski, París, 2020 © Alfredo Quiroz

Hace casi un mes tuve una larga conversación con Alfredo Quiroz sobre Christian Boltanski, que acababa de morir. De residencia en París como ganador del premio Bayard, Quiroz tuvo oportunidad de visitar dos veces, con intensa calma, la última retrospectiva del artista francés, realizada en el Centro Pompidou.

La muestra terminó poco antes de la aparición de la pandemia y, por varios motivos, podría considerársela anticipatoria. El universo de Boltanski fue desplegado como una gran constelación, respondiendo al concepto de exposición como “obra de arte total” y no como una simple sucesión de piezas, según palabras del propio artista, quien hizo de la reedición una práctica, poniendo cada una de sus propuestas en situación inestable, obligándolas a decir cada vez algo nuevo, evidenciando así la imposibilidad de una formulación definitiva tanto en el arte como en la vida.

Christian Boltanski, París, 2020 © Alfredo Quiroz

Christian Boltanski, París, 2020 © Alfredo Quiroz

Esta mutación permanente del sentido, esta puesta en devenir, en proceso, halla su síntesis perfecta en un signo breve, cotidiano, casi invisible: el guion. Un grafismo que adquiere estatus de símbolo y que aparece ligado directamente al título de la exposición: Faire son temps (Hacer su tiempo).

¿Qué significa hacer el propio tiempo? ¿Una construcción personal? ¿Una operación colectiva? ¿Una actividad que moldea el presente compartido? Hacer el propio tiempo, finalmente, parece no ser otra cosa que transitar el breve pasaje del guion, ese lacónico trazo que va del año del nacimiento al de la muerte del individuo, ese trait d’union, como dicen los franceses, que junta el fin con el principio.

Boltanski, en esa exposición, llenó una sala con placas de metal del tamaño de una chapa de automóvil en las que se leía obsesivamente, con grandes números escritos a mano, las fechas de “entrada y salida”, dos palabras que, por esos guiños del lenguaje, en la señalización del espacio aparecían como départ y arrivée, “partida” y “llegada”. Podríamos decir que todas las obras, en los diferentes recintos, actuaban como notas de una prolongada letanía en torno a la fragilidad de la existencia: fotografías que evocaban la infancia, álbumes de familia, una cantidad de autorretratos sobre diferentes soportes que ponían al descubierto el proceso de envejecimiento, una instalación de bombillas que se prendían y apagaban transformando en luz el sonido amplificado de los latidos del corazón del artista, espejos negros que llevaban la propia imagen a la dimensión del espectro, enormes pilas de latas de galletitas dispuestas como los edificios de las grandes ciudades, cada una de las cuales mostraba el rostro de una persona fallecida, montes de ropa ya sin dueño… la lista es larga y fue minuciosamente apuntada por Alfredo Quiroz en una preciosa carta de puño y letra en la que revelaba a su compañero su profunda consternación frente a una obra que, como la suya, ha reflexionado sobre la condición humana en el límite mismo del aniquilamiento. La violencia de un régimen político sobre ciertos colectivos cuyos cuerpos son victimizados hasta la saciedad es un elemento común en ambos artistas: el Holocausto judío en el caso de Boltanski, la eliminación de opositores en las dictaduras sudamericanas en el caso de Quiroz.

Christian Boltanski, París, 2020 © Alfredo Quiroz

Fragmento de la carta de Alfredo Quiroz,  2020 © Alfredo Quiroz

Christian Boltanski, París, 2020 © Alfredo Quiroz

Christian Boltanski, París, 2020 © Alfredo Quiroz

Podríamos hablar de las galletitas, que para Boltanski eran algo así como el símbolo del hogar, o de “los suizos” a quienes dedicó una pieza importante para indicar una forma de morir desprovista de épica o de destino trágico. O de esos grandes “penetrables” que reflejaban su cara en distintas edades, una imagen que, al ser atravesada por los visitantes, se desfiguraba y reconfiguraba con intermitencia.

Pero, para terminar, volvamos al guion, a la conexión, al breve lapso entre dos noches, a esto que somos mientras estamos, a este hacer provisional que nos constituye. Volvamos a la distancia entre una cifra y otra: el dibujo condensado de una travesía. El guion, ese trayecto efímero, se presenta como metáfora de la existencia. Una existencia que en el arte contemporáneo se traduce, como diría Franco Berardi, en una “estética de la fragilidad”: la belleza de lo que se extingue.

 

Nota: Agradezco a Alfredo Quiroz el haber compartido conmigo su experiencia de “Faire son temps”, las fotografías, el video y la carta.

* Adriana Almada es escritora, editora, crítica de arte, curadora.

1 Comment

1 Comentario

  1. Joaquin Sánchez

    8 de agosto de 2021 at 23:38

    Lindo artículo Adriana Felicidades! Me encanta leerte!

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