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Cultura

Fachadas de un movimiento secreto

Ideas generales (espoiler free) sobre “Perros del pantano”, la nueva novela de Cave Ogdon.

Leí en un cuento de Arreola que cierto tipo de ángeles son los encargados de tejer la trama de la contingencia. Deciden caprichosamente la vida de los hombres, guiados quizás por el humor, por el cinismo, por la benevolencia, por la curiosidad o el aburrimiento.

Estaba previsto que yo presentara Perros del pantano, la más reciente novela de Cave Ogdon, pero en el camino tuve un accidente que me impidió llegar. Hice lo posible, pero uno de estos ángeles interpuso sus alas y ¡pum! Los estoicos nos han legado un concepto muy elocuente al respecto: la phronesis. La capacidad de distinguir aquellas cosas que están a la mano de nuestra voluntad de aquello que corresponde al trabajo de las Moiras y que, por tanto, no podemos cambiar. Marco Aurelio dixit: “Deja que Cloto teja tranquila tu destino”.

Cuento la anécdota por una razón, no por mera vanidad. Creo haber reconocido en la novela de Ogdon el mismo principio: existe detrás del mundo visible de Sajonia y de las peripecias de Benson, el héroe de la historia, la influencia de un espacio paralelo, espiritual, invisible. Los guardianes de la puerta entre una realidad y otra son los perros del pantano, ellos son los que anuncian que ésta ha quedado abierta, que la irrupción de lo maravilloso, de lo terrible, será inminente en el barrio. Es quizás un rasgo nuevo en la novelística del autor paraguayo, el interés por el reverso mágico –angelical o demoníaco– de los hechos. Escribir es un rito, un dedo que se estira hacia lo innombrado.

Desde luego, estos motivos no son exclusivos de la literatura, creemos que si nos pica la mano tendremos plata, que si nos peinamos en la cama se atrasan los viajantes, que la ruptura de un espejo o la sal que se derrama anuncian futuras desgracias. Ignoro si el poeta adolece de semejantes supersticiones o es un simple juego formal pero, en cualquier caso, es un rasgo novedoso en su escritura.

He sido testigo de la evolución del escritor Cave Ogdon, como amigo y ocasionalmente como editor de su obra. A lo largo de cuatro libros, uno de cuentos y tres novelas breves (la brevedad es siempre un gesto de cortesía), creo justo decir que ha sabido renunciar progresivamente al gambeteo, a la floritura de lenguaje que suele ser un empacho de los inicios, para preferir otra forma de seducción: el juego de la inteligencia, la estética del pensamiento. “Es curioso que seamos amigos, siendo escritores tan diferentes”, suele decirme. Claro, mientras que uno sigue derritiendo en la boca la golosina de la palabra, Ogdon ha optado por su más notable habilidad: la estrategia de la trama. Sin duda alguna, Cave es un artesano del argumento, un fino escultor de personajes, diálogos y situaciones.

Cortesía

Haré lo posible por no traicionar a los posibles lectores, pues confío cabalmente en su inteligencia, adelantando hechos puntuales de la trama de Perros del pantano. Me prevengo de “espoilear” el libro, por utilizar un término a la moda. En cambio, navegaré por generalidades, sin ánimos de prefijar camino alguno. Hablaré, por ejemplo, de Sajonia. Diré lo que pienso (lo que antes pensó el escritor argentino Manuel Mandeb): cualquier barrio en cualquier coordenada es un cuadro acotado de la Tierra en su total extensión, ya que el planeta mismo es un mundo dentro de otro, tan vasto que ante él la imaginación se sabe insuficiente. Podría especularse que el universo conocido es apenas un barrio en una ciudad insospechada, acaso terrible. La literatura, la que considero buena, permite esa paradoja: abarcar la universalidad en tono paraguayo, en clave sajona en este caso, o en algún otro acento particular. Dígase abarcar la ciudad desde el barrio, el mundo desde la ciudad.

La literatura latinoamericana tiene además una ventaja que Carpentier ha reconocido con el nombre de “realismo mágico”. Lo que significa que los eventos fantásticos, improbables, forman parte de la realidad cotidiana, o bien, que nuestra noción de lo real admite eventos míticos o sobrenaturales. Podría decir un escandinavo, o un alemán como Günter Grass, que tal fenómeno no es exclusivo del latinoamericano, que lo fantástico irrumpe en igual medida en cualquier parte del mundo. Sí, pero, por alguna razón, en nuestros pueblos es particularmente palpable. Tiempo ha que una amiga poeta, traductora al castellano de poetas griegos, vino de visita a mi casa. Cierta tarde una carreta pasó por enfrente, el viejo carretero fustigando a una escuálida mula entre el torrente de automóviles. “Esto parece una novela de García Márquez”, dijo ella. Entonces supe que el desafío de unx escritorx paraguayx que se anima a la literatura fantástica es grande, debe competir con una realidad que es tan o más asombrosa.

Esta es quizás la mayor extrañeza en el nuevo libro de Ogdon, la incursión de su pluma en el lugar de lo fabuloso, o bien, la ampliación de aquel territorio dudoso que los literatos conocen como “realismo” hacia el horizonte de lo soñado. Pauwels y Bergier dicen en uno de sus libros que “lo real es lo desconocido”, razón suficiente para aceptar lo numinoso, lo milagroso, como eventos casuales en el contexto de lo ordinario. En lo que a mis propias creencias respecta, he sabido siempre que fuerzas misteriosas e indeterminadas –la artesanía de los ángeles de Arreola–están influyendo constantemente en el proceso de nuestro vivir. Antes que seres racionales hemos sido criaturas de imaginación, ¿por qué, pues, hemos de negar los productos de la fantasía como posible puerta de acceso al conocimiento y a la experiencia del existir?

Confieso: cada vez que escucho un perro ladrar, después de haber leído Perros del pantano, sospecho que se trata de una invocación, que de un momento a otro podría abrirse un portal secreto por donde comenzarían a infiltrarse elementos de un milenario ritual profano. A no ser que así haya ocurrido siempre, que los más banales acontecimientos de nuestros dramas personales sean apenas las fachadas de un movimiento secreto, ancestral, iniciático, que retorna eternamente desde el comienzo de los tiempos.

 

* Christian Kent es poeta, escritor, editor.

1 Comment

1 Comentario

  1. Dorian Xavier

    16 de septiembre de 2021 at 19:19

    Al parecer los perros no existian en el continente
    amerindio y afrocriollo a la llegada de los europeos
    medievales…

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