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Cultura

Mateo Sobode Chiqueno y el porfiado arte de documentar la vida

Mateo Sobode Chiqueno en "Apenas el sol". Cortesía

Mateo Sobode Chiqueno en "Apenas el sol". Cortesía

Tirar sangre al río. Arrojar al agua el cordón umbilical y la placenta. Dos actos inconcebibles para el mundo ayoreo, donde los resabios del alumbramiento deben ser ritualmente enterrados, respetados. Una mujer acababa de dar a luz en la precaria embarcación que se dirigía de Puerto Casado a la misión salesiana de María Auxiliadora, con un pa’i a bordo que hizo de partero y cuyo gesto aterró a los ayoreo hacinados que viajaban a la fuerza. Sin duda, era un mal presagio. Cuando llegaron a destino no sabían dónde estaban. Solo sintieron el peligro y quisieron regresar de inmediato al monte de donde habían salido hacía poco. “Pero no se podía caminar sobre el río”.

Quien esto recuerda es Mateo Sobode Chiqueno, protagonista de Apenas el sol, la laureada película de Aramí Ullón que recoge testimonios de vida del pueblo ayoreo y que ha sido nominada para representar al Paraguay en la próxima edición de los Oscars. Lo recién contado es apenas uno de los tantos episodios que componen el gran cuadro de la tragedia ayoreo y que puede resumirse en dos palabras: el contacto.

Desde nuestro lugar en lo que se llama “la sociedad envolvente” nos cuesta imaginar el impacto de tan traumático encuentro. Podemos ubicar el inicio de los sucesos a mediados de los 50, cuando José Iquebi fue capturado cerca de Bahía Negra mientras buscaba cogollos de palma. El mismo Iquebi que, más tarde, serviría de baqueano y señuelo a los misioneros que rastreaban silvícolas para evangelizarlos y reducirlos.

Apenas el sol. Cortesía

Apenas el sol. Cortesía

La historia es compleja y solo es posible acceder a ella a través de fragmentos, de narraciones que traslucen la marca feroz que quedó sobre los cuerpos y sobre lo que no es el cuerpo. Estos relatos orales que mutan en cada enunciación, esta construcción performática colectiva, es lo que Mateo Sobode Chiqueno ha sabido preservar con rigor de documentalista.

Desde los años 80 los ayoreo hacen uso de radiograbadoras. A través de ellas han socializado mensajes y compartido saludos, cantos y noticias. Los viejos cassettes han sido desde entonces depositarios de la palabra. Mateo los guarda, desde hace décadas, en cajas de zapatos. Son su archivo de entrevistas a los miembros de la comunidad: mujeres, hombres, ancianos, chamanes. Muy joven comenzó a reunir testimonios y grabar cantos. “Con el correr de los años se volvió un historiador espontáneo de su pueblo y un observador cada vez más agudo de sus procesos de vida”, dice el investigador Benno Glauser [1]. Sin embargo, no todos ven con buenos ojos esta labor. “Los evangelizadores dicen que estoy haciendo el trabajo de gente que no es creyente. Pero en mi comunidad saben que la grabación que hago es para preservar nuestra cultura. Algunos no están de acuerdo, son los misioneros ayoreo”, señala Mateo durante nuestra conversación por Zoom.

Le recuerdo que en la película aparecen personas de su comunidad señalando la importancia de la fe en Dios y la necesidad de abandonar las antiguas creencias. Quienes piensan así, le pregunto, ¿son mayoría o minoría? “Creo que son más los que piensan así, porque los misioneros siguen evangelizando a los ayoreo, que rechazan nuestras historias porque dicen que con ellas no se puede llegar al cielo”.

Apenas el sol. Cortesía

Apenas el sol. Cortesía

— ¿Qué parte de la cantidad de relatos que reuniste te parece más importante?
— Para mí hay diferentes importancias. Nuestros hijos deben saber también cómo era nuestra alimentación, cómo un chamán curaba a las personas. Porque anteriormente vivíamos sin misioneros, sin doctores, pero el médico hoy está a metros de los ayoreo.

—¿A cuántas personas entrevistaste?
— No sé, muchas personas. No solamente entrevisté, grabé también el canto ayoreo. Pero no todos son cantores. Solo a algunos les gusta cantar. Entrevisto a quienes saben cantar.

— Sé que los cantos recuerdan y transmiten historias. Además de las que narran la salida del monte, ¿qué otras hay?
— Primero aprendemos un canto clánico, que no es el canto chamánico. Están todos los clanes representados, son siete. Y hay muchas canciones de amor.

— Las historias mencionan mucho las palabras que curan, sarode. ¿Está en peligro la transmisión de este saber?
— Sí, porque falta enseñar a los niños.

— ¿Se usan aún estas palabras, a pesar de la prohibición de los misioneros?
— Sí. (“En Campo Loro no se pueden practicar; en Alto Paraguay, sí”, agrega Aramí Ullón, quien acompaña a Mateo en el encuentro).

— ¿Se practica todavía el chamanismo?
— Creo que se dejó todo. Los chamanes ya tuvieron la visión de los ayoreo viviendo entre los blancos. Hoy los ayoreo piensan mucho en esa visión. Salir del monte fue idea los blancos. ¿Por qué querían que dejemos nuestro territorio? No sabemos por qué ellos querían que dejemos de vivir como ayoreo. (Un relato de Mateo recogido por la antropóloga Rosa María Quiroga dice en un pasaje que, según “el pensamiento de los ayoreo, si sueñas cuando duermes, ese sueño te muestra que nunca más vas a vivir como los antepasados, como animal, o como otra cosa”. Sueño premonitorio).

Mateo Sobode Chiqueno en "Apenas el sol". Cortesía

Mateo Sobode Chiqueno en Apenas el sol. Cortesía

Mateo vivió en el monte, en Cerro León, hasta los ocho o diez años, cuando se produjo el contacto. El lugar se llamaba Pujaidie y allí se asentaba periódicamente el grupo de su padre, que era Ducode-gosode. No olvida sus lecciones. “Nos enseñaba como en una escuela”, dice. Con él aprendió a cazar, a orientarse en el bosque identificando plantas, a buscar miel. Cuenta que su madre los esperaba con el almuerzo: doridie de caraguatá. Su madre, esa mujer que enloqueció cuando los misioneros la subieron a una camioneta, junto a otras mujeres, y vio pasar los árboles a toda prisa; la misma que, a poco de llegar, “ya no tenía buen pensamiento” y murió sin entender lo que ocurría.

Mateo no sabe con exactitud qué edad tiene. “Cuando llegó la civilización los blancos miraron nomás mi cara. Parece que has nacido en 1955, me dijeron. Pienso que estoy llegando a los 70 años. Hace unos 40 que tengo cédula”, cuenta.

Actualmente vive en la comunidad de Campo Loro (Filadelfia, Boquerón, Chaco Boreal). Las tierras comunitarias están tituladas y allí habitan unas 200 personas. Uno de los graves problemas es la falta de agua. “Siempre pedimos al gobierno nacional y al local, pero no ocurre nada. No tienen misericordia de los ayoreo. Siempre pedimos que hagan un pozo para tener agua”.

Apenas el sol. Cortesía

Mateo Sobode Chiqueno, recorriendo la comunidad. Apenas el sol. Cortesía

La comunidad subsiste con pequeños cultivos y con la ayuda de Tekopora, programa que entrega 450.000 guaraníes cada dos meses a las familias con hijos. No todos están documentados. “Algunos, de hasta 15 y 16 años, no tienen documento”, dice Mateo. Ni bien los agentes del gobierno terminan de repartir el dinero, aparecen los “macateros” con sus vehículos cargados de mercaderías. Pareciera, a todas luces, una operación orquestada.

También se acercan periódicamente a la comunidad los políticos. El reloj no falla. Cuando se aproximan las elecciones los visitan candidatos de todos los partidos. “Son como cuatro: Colorado, Patria Querida, Liberal, Encuentro Nacional. Quieren solamente los votos. Cuando termina la votación se olvidan de todo”, dice Mateo. ¿Votaron en las municipales? “Sí, votamos, algunos a los colorados y otros a Patria Querida”. Siempre lo hacen en el mismo lugar, la Escuela Murcia, oficialmente conocida como Escuela Básica Nº 7575 Centro Educativo Cooperativo Región de Murcia.

La película

Mateo Sobode Chiqueno y Aramí Ullón se conocieron hace ocho años. Él, habituado al registro en audio, ya pensaba en una película. “Y después llegó Aramí a nuestra comunidad”, dice. “Él tenía el deseo de hacer una película. Y yo también. Lo primero que hicimos fue viajar  por las comunidades. Mateo me ayudaba con la traducción”, cuenta la cineasta. Si bien trabajaron tres años sobre el terreno, las investigaciones de Ullón fueron más allá, con encuentros regulares en Paraguay y Suiza, a lo largo de cinco años, con Benno Glauser, gran conocedor de la historia ayoreo y gestor activo de su puesta en valor a través Iniciativa Amotocodie [2].

Mateo Sobode Chiqueno junto a Aramí Ullón durante el diálogo por Zoom. Cortesía

Mateo Sobode Chiqueno junto a Aramí Ullón durante el diálogo por Zoom. Cortesía

Con respecto a las entrevistas que aparecen en el filme, que recuperan la intimidad de los diálogos sostenidos por Mateo con su gente a través del tiempo, Aramí dice: “Yo creo que las personas tenían muchas ganas de hablar. Yo sentía que querían hablar. Y le hablaron a Mateo, de manera abierta y honesta, porque lo conocen y ya habían grabado muchas veces con él. En el mundo ayoreo una historia se puede grabar muchas veces porque al ser contada en otro momento ya no es la misma”.

La película termina con una imagen memorable, metáfora de un mundo condenado: el incendio. No es un fuego espectacular, es un fuego cierto, veraz como los relatos y tan vivo como el dolor. Un fuego capturado desde la visión nublada de quien se aproxima realmente al peligro. Ya había finalizado el rodaje cuando sucedió. Partió entonces al Chaco un equipo mínimo con un camarógrafo que registró, como Mateo, la experiencia del infortunio.

Apenas el sol es un metadocumental, una reflexión sobre el propio acto de documentar. Pero también es la puesta en escena de un entramado de historias a través de la articulación que realiza el documentalista, que no es la cineasta sino quien oficia de protagonista, Mateo. Documento sobre documento. La película instala una operación de escucha con grados de registro que marcan el ingreso a un universo que se abre de a poco, reticente, alternando denuncias, confesiones y silencios. Evocando miedos y permitiéndose, quizás, alguna esperanza. Uno de los rasgos más salientes del filme es la retracción de la directora a una posición de espera, de observación atenta, a la apertura de un claro que dé lugar al acontecimiento, como diría Heidegger. Un acontecimiento que, aquí, no es otro que la palabra.

Notas

[1] Introducción a Quiroga, R. M. y Fischermann, B. (2018). Hablamos porque nos escuchan. Siete historias de vida ayoreo, Asunción: Iniciativa Amotocodie, p. 10.

[2] Asociación que trabaja por la protección del Chaco y de quienes viven en sus bosques y acompaña los procesos de los ayoreo en la defensa de su tierra, cultura y forma de vida.

 

 

 

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