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Cultura

A Caacupé

ESPECIAL CAACUPÉ. La tradicional peregrinación al santuario de la Virgen en este cuento de Josefina Plá, publicado originalmente en la revista “Alcor”, dirigida por Rubén Bareiro Saguier.

"Alcor", 1963. Fragmento de ilustración original

"Alcor", 1963. Fragmento de ilustración original

De lejos, cuando coronaba la arribada, junto a la cruz, le llegó el llanto de Aparicio. Era el único varoncito, y llorón, porque era el más pequeño y mimado. Siempre lloraba cuando se levantaba de la siesta. Manuela quiso avivar el paso sobre la gruesa arena sequiza, que le punzaba las plantas de los pies, reblandecidos por la humedad. Había estado toda la siesta lavando en el arroyo; estaba aspeada; pero en el rancho la esperaban tres criaturas, y aún quedaba mucho que hacer antes de la noche. Si al menos no hubiese estado gruesa… Sintió amarga la saliva. Está visto que las pobres no pueden descuidarse; enseguida se les nota. Ya cuando nació Aparicio habíase prometido que nunca más le sucedería: se dedicaría a sus chicos y nada más. Total, ningún hombre le había sido de provecho; todo lo que le habían sabido traer era una barriga grande.

—Los hombres para eso solamente sirven —decía muy gravemente Ña Estanislada, la carnicera, que algo sabía de ello; como que se había casado dos veces y tenía quince hijos, de ellos tres de un tercer marido no legalizado.

—Sí, para eso solamente, pero tarde nomás nos damos cuenta —suspiraba Manuela.

Dios y la Virgen de Caacupé sabían que ella habría querido ser casada, tener un marido de verdad, una casa donde los chicos dijesen a un hombre “papá”; pero las cosas no suceden siempre como uno quiere.

—Si una no quiere, no suceden —decía, muy convencida, su hermana Ercilia.

Pero hablar es fácil. Está la suerte. Unas mujeres tienen suerte y otras no. Por ejemplo: ¿por qué no tendría ella que haberse casado?… Si era porque “se dejó llevar”, otras se casan con quienes las llevan, como a ella la llevaron, jovencita, casi una niña. O por lo menos viven con ellas mucho tiempo, reconocen a los hijos, y a lo mejor también se casan más tarde, cuando viene al pueblo alguna misión, o simplemente porque así se arreglan las cosas. Su amiga Ascensión, a quién un arribeño “había llevado” casi al mismo tiempo que a ella Norberto, estaba ya casada, gorda, dueña de un bolicho a la orilla del camino de Barreto. Pero a ella Norberto habíala abandonado cuando aún no había dado a luz a las gemelas. Después de este desengaño había tardado mucho en escuchar de nuevo las macanas de un hombre. Pero una es mujer, ¿no?…, y vivir sola es triste, sobre todo en primavera, cuando el aire al atardecer es tibio y la tierra huele bien, y las estrellas espesas como agosto poty. Llega el momento y se hace lo que antes ni se pensaba hacer…

Y es así como se fue con Simón.

Al irse con él pensaba: esta vez voy a ser más viva, no soy más la chiquilina inocente que se lo cree todo: voy a procurar, Simón no se me va a escapar. Pero Simón se había mandado mudar cuando ella estaba recién encinta de tres meses. Fue entonces cuando hizo —o quiso hacer— a la Virgen promesa de no reincidir. Cuando apareció Pablo, tardó bastante tiempo en decidirse —casi dos años— pero al cabo se decidió. Y se decidió justamente la noche que siguió a la siesta en que había asegurado muy sincera a Ña Estanislada, que le aconsejaba, que por nada del mundo haría caso a ningún hombre ya. No es que ella hubiese querido engañar a Ña Estanislada. Es que cuando se fue Pablo, sin embargo, llevaba ya en el alma la desconfianza. No fue feliz. Vivió con él esperando de un momento a otro el desengaño. Porque ya se había dado vagamente cuenta de que algo había en ella que le impedía contener al hombre: algo que podía más de noche que de día todas sus buenas cualidades. Ella era guapa, era limpia, era mansa de carácter. Pero algo en ella apartaba al hombre, lo enfriaba, lo empujaba fuera de su catre hacia otra querencia. Aunque fuese la de una mocosa flaca y descuidada como la Filomena que le sorbió el seso a Pablo a los pocos meses de unida a ella. Ña Estanislada le confirmó sus barruntos, una siesta que fue a su casa a recoger la ropa para el lavado. Estaba Ña Estanislada mateando: la invitó a acompañarla, y cuando Manuela hubo cebado un par de mates, se lo dijo, sonriendo maliciosamente. Había mujeres sabrosas, y habían mujeres… bueno, que eran como mates deslavados, que no quitan la sed, que hinchan sin satisfacer. Y Pablo se encargó de hacérselo más claro, brutalmente, pocos días después, cuando ella, agotada la paciencia, le reprochó sus escapadas a lo de la negra Filomena.

—Vos no te podés igualar con ella… Ni de lejos… Ndé… na ndé jhei. Simón ya me dijo luego. De vyro nomás no le creí.

Fue casi una herida física. Como si le hubiese golpeado la criatura en el vientre. Quiso hacer su atado y mandarse mudar. Él la previno. Iba a irse con la Filomena. Le dejaba el rancho para el que iba a nacer, y si era varón, hasta lo reconocería.

—Te dejo el rancho para que no andes diciendo cosas por mí.

Era una tapera, pero al fin y al cabo era un techo: no había tenido esta vez que ir a pedir hospitalidad a la vieja parienta de la lejanía compañía, que cada vez la recibía peor, y con razón. Pero lo que es ahora…

—Ahora sí que nunca más, nunca más, Virgen de Caacupé.

Ya Amindita y Teófila, las gemelas, salían a recibirla: tomaban la una la latona, la otra el atado de ropa seca. Tenían ya once años; eran dos mujercitas. Ellas lavaban la vajilla, tenían casi siempre el fuego prendido para cuando ella llegara, le cebaban un mate. Desde pequeños, se ve ya la diferencia entre los varones y niñas. Las chicas son de provecho, los hombres andan siempre en la calle; de pequeños dan quehacer a las mujeres de la casa y de grandes dolor de cabeza a los de afuera. Sólo que las niñas son difíciles de guardar. ¡Sus hijas! Dios y la Virgen se las guardasen. Arminda era rubia, como el abuelo paterno, y un viejo español al que nunca habían visto. Teófila era morocha como la abuela y la madre; pero ambas eran lindas, y en las dos los senos menudos punzaban ya la tela raída de los vestidos. Ya no podía seguir enviándolas al almacén y a la carnicería, distantes quince cuadras, porque el último domingo el ayudante del matarife, un negro asqueroso, quiso hacerlas entrar con engaños en la pieza de atrás y, gracias a que Teófila, que era la más viva, salió a la calle gritando, el tipo se asustó. Ay, que las niñas son difíciles de cuidar. Manuela sintió de pronto una inmensa desesperanza, que en vano trataría de guardar todo el tiempo: que un día cualquiera…

Se sentó derrengada en la perezosa, de la cual Teófila tuvo que desalojar a Aparicio, muy dispuesto, el maleducado, a dejar a su mamá de pie. En las ingles sentía la piel tirante, como si fuese a descosérsele. Teófila, la más guapa, le brindó un mate espumoso.

—Gracias, che memby.

Iba por el segundo mate, con Aparicio recostado en el regazo, cuando habló Arminda, la más diplomática:

—Mamá: vino sapuaité Tía Ercilia. No te quiso esperar porque estaba apurada.

Justamente en el momento en que había estado pensando en ella…

Ercilia, la hermana acomodada, casada, ella sí, como Dios manda, aunque sin hijos. Se había casado en casa de su patrona, en Asunción, y el marido tenía un almacén en Tuyucuá. Se veían pocas veces: últimamente sin embargo se veían más, desde que el marido de Ercilia compró la camioneta y empezó a salir a la campaña a comprar frutos. Cada vez que la visitaba, Ercilia insistía en que tenía que “darle” una de sus hijas. Con ella crecería bien, iría a la escuela, no seguiría el camino de tantas otras muchachas campesinas (“no seguirá tu camino” pareció escuchar Manuela).

Ella no había accedido nunca, porque no quería separar a las gemelas, decía. Porque las niñas la acompañaban y ella las necesitaba. Lo cual era verdad. Pero no toda la verdad. En el fondo había un vago resentimiento hacia la hermana más suertuda y acomodada, el barrunto de que lo que ella pretendía era tener en las chicas sirvientas a las que no se les paga sueldo. Ahora sin embargo, desde el domingo pasado, había comenzado a pensar que el ofrecimiento de Ercilia le daba la oportunidad de salvar por lo menos a una de las chicas. Total, de trabajar como burras toda la vida, nadie iba a liberarla y tal vez pudiera encontrar una buena patrona para la otra.

Las gemelas se dirigían miradas animándose mutuamente a hablar.

—Dice que quiere llevarnos a Caacupé este año con ella —dijo Arminda—. Y a Aparicio también.

—¿Por qué picó no hace ella? —pensó Manuela, díscola—. Ella tiene plata. Yo no tengo marido para ayudarme.

Pero no dijo nada.

Arminda, la más sutil, siempre diplomática, carraspeó y dejó caer:

—Dice que si nos portamos bien, te va a pedir que nos dejes ir con ella a Asunción, para quedar allí.

Ahora Teófila estaba acuclillada a su lado.

—Las dos, mamá, las dos, para que estemos juntas y nos hallemos.

Faltaban seis semanas aún para Caacupé. En seis semanas, no sería tan difícil hacerles un vestido nuevo a las chicas. Bastaría tomar un poco más de ropa para lavar. Cierto que estaba ya bastante grande y a ratos se sentía ya pesada, pero nunca lavar le había perjudicado. Esto se queda para las ricas que se hacen las delicadas.

Arminda se acuclilló a su vez al otro lado de la perezosa, tenían los ojos ansiosos fijo en el fatigado rostro materno.

—Vendrá para llevarnos en la camioneta el viernes, víspera de Caacupé, si vos no le hacés avisar otra cosa —dijo al cabo tímidamente Arminda.

Manuela sorbía el mate pensativa. Al devolverlo vacío a Teófila dijo:

—Les voy a dejar que vayan a Caacupé con su tía Ercilia.

La víspera de Caacupé llegó Ña Ercilia. Vestía muy paqueta de seda floreada, llevaba reloj de pulsera plaqué ciñéndole la muñeca, blanducha y pecosa —era quince años mayor que Manuela— y la permanente  se encaracoleaba en torno a un rostro grueso y vulgar, muy empolvado, de ojillos estrechos y boca delgada. La camioneta no podía llegar hasta el rancho, y Ña Ercilia hacía siempre el camino desde la carretera a pie; pero esta vez llevaba tacos altos, y ello la había cansado mucho, aparte de que se había torcido un taco. Las gemelas, brillándoles los ojos, le alcanzaron la perezosa, y Teófila, siempre guapa, le volvió a clavar el taco. Manuela, más crecida de vientre, aunque más delgada de rostro, le preparó un mate dulce que las chicas se encargaron de seguir cebando. Lo tomó con pan Paraguay, del que había traído una cantidad para las criaturas. Aparicio comía a dos carrillos mientras Manuela preparaba un atadillo con unas ropas de repuesto. Vistiéronse las chicas. Los vestidos eran desgarbados y largotes, y el género flamante y tieso contrastaba con las sandalias deshechas de las dos. Aparicio iba, sencillamente, descalzo.

—¿No tenés unos calzaditos más decentes?… Y el chico, ¿no va a salir así?

—¿De dónde picó voy a sacar?

—Buero, bueno —dijo magnánima Ña Ercilia—. Ya les compraré yo allá. Será el regalo de Navidad adelantado.

De pie, aunque estaba cansada, peinó Manuela a las chicas —a Aparicio le domó con agua y una peineta el tieso tupé la tía—. “Hazme con cola, mamá”, suspiraron las gemelas. Manuela ató el rabito de pelo que se rizaba en la punta —rabito rubio, rabito oscuro— con sendos retazos coloridos. Las gemelas estaban radiantes. Aparicio, fascinado, olvidaba correr, caminar, moverse. Se agarraba a la mano de la tía como si temiera que se le escapase en un descuido.

—¿Vamos ya? —dijo tía Ercilia.

Arminda y Teófila tomaron su atadito y sus rebozos; besaron a su mamá, Aparicio se prendió mas fuerte a la mano de su tía, Ña Ercilia le besó a su hermana: un beso al aire.

Le molestaba su tufo a trasudado y lavandina.

—Ya sabés: si las chicas se portan bien, después de Reyes me llevo a las dos.

Se pusieron en camino. Las gemelas tomaron cada una un brazo de su mamá.

—Ah, ¿pero vos te venís también? Son seis cuadras ida y seis vuelta.

—Les voy a despedir en la camioneta.

Los despidió en la camioneta, rápido, porque el chofer —un medio socio del marido de Ercilia—, aburrido de la espera, rezongaba.

—El martes de mañana tenés aquí a los chicos.

El vehículo partió. A contraluz, lo envolvía rojiza nube de polvo. Las chicas le decían adiós con la mano, alegres. Aparicio agitaba los brazos frenéticamente.

—¡Hasta el martes, mamá!

—¡Te vamos a traer chipa, mamá!

Hizo el camino de vuelta despacio. Al coronar la arribada, se detuvo. Miró la cruz, cuyo paño amarilleaba, ajado. Se agachó, no sin trabajo, tomó una piedra, la echó al montón.

—Si me resulta bien el asunto de las chicas, le voy a comprar un paño nuevo a la cruz. Ya demasiado necesita.

Llegó al rancho fatigadísima. Menos mal que solita como estaba podría descansar a gusto. Sin embargo, las ropas de las criaturas habían quedado esparcidas, y Manuela se dijo que era mejor lavarlas. Las lavó pues aunque con menos esmero que de costumbre, porque había poca agua y no se sentía con ánimos para ir a buscar.
—Ahora —se dijo al acabar de tender la ropa—, lo que me va a venir bien es un mate dulce con un poco de galleta o si no con ese pedazo de pan Paraguay. Todavía queda mucho.

Pero se sentía más cansada que hambrienta. Algo la molestaba en la boca del estómago.

—Mejor duermo, catú. Mañana es la Virgen. Pasado, domingo. Voy a descansar bien dos días.

Se acostó apenas anochecido cerrando bien la puerta con el pestillo de madera —raro lujo del rancho—. Tardó en encontrar la postura cómoda. Sentía tirantes las ingles como si fuesen a descosérsele. Los senos doloridos como siempre que se excedía en el trabajo. Una levísima mosca —pellizquito tirando de un vello— le corrió por la tensa piel del vientre,

Altanoche despertó. Un dolor sordo le ceñía con cepo duro la cintura. Una mano roma de uñas de hierro le raía los costados. El corazón se le desbocó. Pero enseguida recordó. Eran sólo seis meses. Debía ser una indigestión. Si probara a levantarse y hacerse un té de yaguareté. Y quiso levantarse; pero quedó en un burujón a los pies del catre, ovillada por los retortijones. Frío sudor le perló la espalda. Ya no cabía duda. Un breve intervalo le permitió subir de nuevo al catre, y ya no se movió de él. Era mucho peor que cuando tuvo a las criaturas. Antes nunca gritó. Ahora sí. No sabía si sólo de dolor o también porque estaba tan sola. Por fin los dolores cesaron. Sentíase vacía, y giraba, giraba, bajando por un pozo sin fin. Sin embargo aún pudo darse cuenta de que la oscuridad se había acuchillado de amarillas estrías verticales. Era el sol filtrándose a través de las rendijas del estaqueado; pero ella no alcanzó ya a comprender qué era. Gritó aún una o dos veces como en sueños; después quedó quieta. Entre sus piernas algo viscoso se enfriaba rápidamente, mientras la sangre, atravesando la sábana de bolsa y lona del catre, caía al piso de tierra, que se ennegrecía al absorberla.

El martes, conforme a lo prometido, pero no de mañana, porque su marido había precisado la camioneta, sino de tarde, trajo Ña Ercilia de vuelta a las criaturas. La camioneta se detuvo como de costumbre frente al caminito pero Ña Ercilia no bajó del vehículo.

—¿Se animan a llegar solas al rancho? Yo estoy muy cansada, y es tarde. Desde la cruz me hacen seña. No he de ir antes que lleguen allá. Y no olviden decir a su mamá que después de Reyes voy a venir a llevarlas.

—Cómo no, tía Ercilia —contestaron alegres las chicas.

Bajaron. Arminda llevaba el atadijo, Teófila un canasto con chipa para la mamá.

—Vayan ligero. Yo les voy a mirar desde aquí.

Llevando a Aparicio tomado de la mano, en medio, echaron a correr enfilando la arribada, hacia la cruz. Llegadas allá se detuvieron, hicieron un montón de señas y vieron ponerse en marcha la camioneta. La sintieron ronronear  mientras bajaban desaladas el repecho llevando siempre entre las dos a Aparicio. Aparicio se moría de gusto, pero enseguida comenzó a quejarse de los zapatos nuevos, y hubieron de detenerse para sacárselos. Luego pidió que lo llevasen en brazos. Arminda se lo cargó a las espaldas; luego la relevó Teófila. Llegaron por fin al claro. A la menguada luz crepuscular el rancho aparecía cerrado.

—Mamá ha de estar en el arroyo —dijo Arminda con voz aún sofocada por la carrera—. Mirá, nuestra ropa está juera.

—¿Tan tarde picó? Ella sabía que hoy íbamos a venir —dijo Teófila.

—Pero venimos de tardecita, no venimos de mañana. Quién sabe, creyó que ya no veníamos más hoy.

—Ya no ha de tardar.

Cruzaron despacio el claro. Un animal pequeño, de larga cola, salió al parecer de la rendija del rancho y por entre los alelíes desmayados de calor se perdió en el yuyal.

—¡Un ratón! —gritó alborozado Aparicio.

—Uf, qué mal olor hay por acá —observó Teófila.

—Seguro que hay un ratón muerto.

—Cómo mamá aguanta —dijo Teófila extrañada.

Se sentaron a secarse las sandalias nuevas lejos del umbral, porque el hedor era fuerte. Luego se acomodaron en el tronco caído que hacía de banco bajo el mandarino. Oscurecía a toda prisa. Aparicio metió disimuladamente la mano en el canastito, y pellizcó la chipa. Arminda se percató y le pegó en la mano.

Mitãʼi maleducado. Usted ya compró su parte. Esta es la chipa de mamá.

Aparicio zollipó un poco. Arminda lo apaciguó. Un rato de silencio Teófila se levantó y empezó a buscar por el suelo, en la penumbra

—¿Qué andás buscando?

—Algo para abrir un aujero grande y tirar del pestillo. Tenemos que entrar y encender la luz.

Teófila halló por fin una estaquilla. Con ella atacó la pared desmenuzada de barro. Pronto apareció una rendija entre dos picanillas.

—Meté la mano, Aparicio. Tira del otro lado.

—¿Por qué no hacés vos, isch?

—Pucha que sos.

Teófila metió la mano, pero no pudo alcanzar el pestillo, aunque procuró mucho.

—Probá vos un poco, Arminda.

Arminda hizo lo posible, pero tampoco tuvo suerte.

—Huele demasiado mal. Me va a dar pyayeré.

Renunciaron desalentadas.

Voló un cocuyo sobre el mandarino, y entre la espesura se sintió deslizarse un animal; un tapití, o quizás el gato de algún rancho, o el mismo ratón de antes. Los tres se hicieron un burbujón, instintivamente. Aparicio comenzó a gimotear. Se caía de sueño. Las hermanas le tendieron en el suelo sobre uno de los rebozos y se sentaron junto a él en el tronco al pie del mandarino, abrazadas. Sus corazones se martillaban recíprocamente en la oscuridad.

 

Nota de edición: El presente relato fue publicado originalmente en el número 22 de la revista Alcor, correspondiente a enero-febrero de 1963. La ilustración de apertura es un fragmento del grabado que acompañó aquella edición, sin referencia de autoría. Agradecemos la colaboración de Aranduvera.

 

 

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