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Cultura

Una piedra arrojada contra el olvido

Cortesía

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¿Qué es la vida sino este tajo,
esta constante invitación
a sangrar y ser luz?
Ricardo De la Vega

Siempre le pido al poema una especie de ahogo, un momento de suspensión absoluta en que pueda revelarse un significado insospechado. Sin embargo, la lectura me arrastra también hacia otras orillas, hacia otras islas en las que habitan y respiran, con su propio fragor salvaje, poéticas distintas, acaso más coloquiales, cotidianas, como transparentadas por la lucidez de un mensaje urgente que acaba convertido en metáfora. Poéticas arraigadas en la Historia, en la actualidad, pero susceptibles de trazar constelaciones que cifren el amor y la esperanza.

Esto fue lo que encontré en Muerte de la Paloma (Arandurã, 2021), volumen de poemas que Ricardo de la Vega (a quien llamaré R, jugando así con el título kafkiano de otra de sus obras), en un gesto indudablemente poético, esparce al aire flamígero e indiferente de la siesta paraguaya.

Y es que en forma rara, irreal, debes mostrar el mundo
tu aldea, tu interior, tus difuntos. Tiene que entrar,
ahí también en el poema, aquella música sombría
que te toque en suerte. Arte debes hacer
con penas, sangre, barro, con estrellas.

R, el sujeto poético de sus páginas, es un hombre que, quizás porque en múltiples ocasiones ha sido vapuleado por el huracán del azar, del tiempo, hoy afirma sus pies descalzos (o apenas calzados) sin mayores pretensiones que las de mirarse reflejado en un porvenir que, pese a que le preocupa (las preocupaciones de R semejan hebras rumorosas presentidas en el café de la mañana), conjura en su interior una impertérrita esperanza, la misma que sienten los vivos al recordar a sus muertos y traspasar legados a sus hijos. Un hombre despojado, en cierto modo, incluso de veleidades poéticas (“porque no me importa si esto que escribo es poesía / o es sencillamente una piedra que arrojo a la vidriera de / los cenadores”), pero que, sin disminuir su desplazamiento por la pista del poema, tantea como de paso los umbrales de la memoria, del pasado, sin desviarse por ello del insoportable espectáculo que le ofrece una realidad social descarnada, en la que abundan hechos ignominiosos, crímenes indignantes, preguntas que asaltan al poeta como relámpagos que incendian su conciencia.

Es así que, al asomarnos a algunos de estos poemas (pensemos en una laguna crispada de luminiscencias), R nos interpela con duras y amargas invectivas sobre la problemática de la tierra, la desigualdad social, la falsedad e hipocresía de quienes detentan fortunas malhabidas, la impunidad de que goza el horror que, como una parca siniestra, siega vidas campesinas (la imagen de la denominada “Masacre de Curuguaty” es muy sugestiva en esta obra). Pero, en otros momentos, R se transforma en un viento misterioso, como salido de la eternidad, que susurra bajo nuestros párpados:

Me parece escuchar pasos en la barriga de estas palabras;
a medida que escribo surgen voces que me impiden pensar,
que me obligan a mirar hacia dentro de mí,
que me obligan a arrancar esta especie de espada
que tengo entre mis manos.

Entonces, es como si pudiéramos percibir, junto con un R que se eleva por encima de lo mundano, el murmullo de amigos y compañeros ya desaparecidos (Emilio Pérez Cháves, Mauricio Schvartzmann, Carlos Colombino, Chester Swan, Luis Casabianca), a quienes R persigue anhelante de respuestas, como si aguardase del grito silencioso de todos ellos una señal de su destino.

R, o mejor, esta voz poética que emerge en Muerte de la Paloma, representa, en gran medida, una condición contemporánea de la poesía: la escisión, nunca fácil de afrontar o de reconciliar, de la sensibilidad creadora entre el arte y la política, entre lo íntimo y lo social (pensemos, por ejemplo, si bien con ligereza imprecisa, en el contraste entre un Rilke y un Brecht).

Quizás por eso, un aspecto ineludible para quien lea esta obra es el cómo R explora los intersticios de sus propias rasgaduras, algo que lo conduce a tomar partido, por momentos, en un ataque de indignación, por la denuncia manifiesta en torno a sus inquietudes sociales. Pero también, cuando menos uno espera, lo vemos zambullirse de vuelta en las aguas del poema más entrañable: esa corriente cuya desembocadura fatal es el corazón humano, con sus pasiones y tormentos, sus deseos y arrepentimientos, sus estridencias y su silencio.

Este vaivén, en el que opera una tensión dramática entre cuerpo y espíritu, tierra y hombre, vida y palabra, es lo que moviliza sus poemas, lo que ejecuta sus ritos secretos de creación. Es un rasgo de su escritura, desgarrada entre lo esencial del alma y lo imperioso de su época, que me hace pensar, finalmente, que la madurez vital que R demuestra en este libro acaso consista en haber conseguido expresar su verdad con la claridad propia de los niños, los viejos y los locos.

 

* Cave Ogdon (Asunción, 1987) es escritor. Ha publicado cuentos y novelas. Algunas de sus obras son Los incómodos (Arandurã, 2015, mención honorífica certamen literario Roque Gaona), Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018) y Perros del pantano (Póra, 2021).

 

 

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