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Cultura

50 años de “Vivir como hermanos”. La mística de las Ligas Agrarias


José María Blanch, Camino desde Ybypé hasta el Aguaray, 1975. Cortesía

José María Blanch, Camino desde Ybypé hasta el Aguaray, 1975. Cortesía

¡Ay de los que dictan leyes injustas y publican decretos opresores: no hacen justicia a los indefensos, privan de sus derechos a los pobres de mi pueblo ¡para despojar a las viudas y robar a los huérfanos!
(Isaías 10, 1-2)

 

1971 fue un año en el que se publicaron grandes obras. La más conocida es quizá la del escritor uruguayo Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. En Perú, por su parte, Gustavo Gutiérrez daba a luz su Teología de la Liberación.

Si en el primero se reflejan todos los debates generados por la teoría de la dependencia, en el segundo se recogen las ideas que emanaron del Concilio Vaticano II (1962-1965) y de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunido en Medellín (1968).

Ambas obras lograron condensar el espíritu de un momento, no solo como síntesis sino también, y fundamentalmente, como inspiradoras de un futuro diferente, mejor para los que siempre habían sido explotados y marginados.

Paraguay, a pesar de los deseos de la dictadura de Alfredo Stroessner, no se había mantenido al margen de lo que acontecía a su alrededor. Recordemos los levantamientos estudiantiles de junio del 69 en ocasión de la misión Rockefeller y la brutal represión de parte de las autoridades, la huelga de hambre de los estudiantes de la Facultad de Medicina en octubre de ese año y la posterior expulsión del país del pa’i Oliva, lo que originó otra gran manifestación, incluida la suspensión de la misa dominical en todas las parroquias de la arquidiócesis.

La Iglesia católica era en esos años una de las instituciones más importantes desde donde se atacaba al régimen por la violación a los derechos humanos. De hecho, en ese mes de agosto la Conferencia Episcopal había condenado el proyecto de Ley de Defensa de la Democracia que sería promulgado al año siguiente como Ley N° 209/70 “De defensa de la paz pública y libertad de las personas”, haciendo caso omiso, huelga señalarlo, de los reclamos eclesiales.

José María Blanch, Camino desde Ybypé hasta el Aguaray, 1975. Cortesía

José María Blanch, Camino desde Ybypé hasta el Aguaray, 1975. Cortesía

La dictadura atacaba a la Conferencia Episcopal por querer aplicar los documentos emanados de la Conferencia de Medellín; argüía el régimen que era una “doctrina extranjera”. Un informe de la época señala que para la dictadura la palabra “liberación”, tan central en los documentos episcopales, estaba en la columna de las palabras subversivas.

El Paraguay de las Ligas

En el Paraguay rural hacía ya una década que las Ligas Agrarias habían iniciado su caminar. Aunque no es siempre sencillo precisar la fecha de nacimiento de un movimiento social, pareciera que las Ligas Agrarias encuentran su origen en la lucha exitosa por un pedazo de tierra comunal que quería ser alambrado, hacia fines de la década del 50, en la compañía San Juan Rugua, en Santa María, Misiones. No es que haya surgido una organización de esa victoria, más bien la conciencia de saber que, unidos, era posible.

Pronto, sin embargo, la idea liguista se propagó por todo el campesinado paraguayo y fueron surgiendo organizaciones en diferentes partes del país. Ya para 1962 tenemos la creación de la Federación Regional de las Ligas Agrarias Cristianas que agrupaba a las ligas misioneras y, dos años más tarde, la Federación Nacional de Ligas, que agrupaba a diferentes regionales.

La rapidez en la organización pone de manifiesto la existencia de un campo abonado ya, preparado y a la espera de su “momento”. Las instituciones eclesiales tuvieron mucho que ver, ciertamente (jesuitas, franciscanos, clero, religiosas, la JOC, y otras), pero estas oficiaron de paraguas para que las ligas pudieran funcionar, no fueron su motor. Este punto es central, el no perder de vista el rol del campesinado en la organización y el funcionamiento de las ligas.

José María Blanch, Comunidad de San Isidro del Jejuí, Yvypé, 1974. Cortesía

José María Blanch, Comunidad de San Isidro del Jejuí, Yvypé, 1974. Cortesía

Las ligas en Misiones

Si nos concentramos ahora en la zona de Misiones, los jesuitas siempre acompañaron a las diferentes ligas que se iban conformando. Primeramente, jesuitas paraguayos, los pa’i Rojas, Ayala, Caballero, a los que luego se sumaron sacerdotes españoles como Munárriz, Caravias y Farré, Ortega, entre otros. Formaban parte de esa iglesia surgida del Concilio y, más tarde, de la de Medellín. Quedaban atrás la misa en latín, la Biblia solo para un grupo selecto y el verticalismo jerárquico.

De hecho, cuando Caravias y Farré se instalaron en San Ramón lo hicieron como sacerdotes-campesinos, adaptando a la realidad paraguaya la figura del cura-obrero que habían vivido en Europa. Pa’i mandi’o se los llamaba. Sin embargo, fueron los mismos campesinos quienes pidieron a José Luis Caravias que los acompañara en el proceso de formación, les resultaba más importante su aporte en esa área que como cultivadores de maíz. Para tal fin, Caravias se trasladó primero a Santa Rosa y luego a Piribebuy, a la compañía de Guasu Rokái.

Una vez más, fueron las comunidades las que guiaron el camino, fueron ellas las que organizaban los cursos y también las que los hacían posibles. No se recibía financiamiento de fuera, ellas mismas procuraban todo lo necesario.

José María Blanch, Compañía Guasu Rokái, 1975. Cortesía

José María Blanch, Compañía Guasu Rokái, 1975. Cortesía

Vivir como hermanos

La horizontalidad era un signo distintivo de las ligas, el oñepehengue, la hermandad. Era muy claro en las comunidades que dicha hermandad estaba rota y había que reconstruirla. No es casualidad, entonces, que el pa’í Caravias diera a luz en 1971 el libro Vivir como hermanos, hace ya cincuenta años.

No era una obra “de autor” sino de muchos autores y de muchas autoras. Era el fruto de la infinidad de encuentros que en esos años se iban desarrollando. La hermandad era el eje de la obra: fuimos creados hermanos, la hermandad rota, el aprendizaje de la hermandad, hermanos en Cristo, ¿por qué los cristianos de ahora no sabemos vivir como hermanos? y, como despedida, “Los pobres, la única esperanza”.

Pasajes bíblicos articulaban cada uno de los cincuenta encuentros. La Biblia leída en clave de hermandad y entre hermanos y hermanas. Era la primera vez que la Palabra de Dios irrumpía de una manera tan cercana y viva entre la gente. Las comunidades sentían que la historia de Israel era su historia, que Jesús les hablaba a ellas en particular.

No eran lecciones para aprender, era la posibilidad de compartir al interior de la comunidad fe e historia, fe y compromiso, fe y vida en medio de una dictadura. Porque no debemos olvidar que el contexto era de persecución y represión. Los almaceneros, los directores de escuelas, las seccionales y subseccionales coloradas, todos miraban con desconfianza a ese grupo de familias que osaban trabajar juntas y comercializar juntas sus productos al margen de los intermediarios, que no tenían empacho en crear las escuelitas campesinas para brindar una educación liberadora y en guaraní, que no tenían miedo a enfrentar al gobierno y sus secuaces.

José María Blanch, Comunidad del Aguaray, Lima, 1975. Cortesía

José María Blanch, Comunidad del Aguaray, Lima, 1975. Cortesía

Esto nunca lo entendió la dictadura o, mejor dicho, tardó en comprenderlo. Pensaron que todo era idea de un cura, de ideas foráneas que se le querían imponer a los campesinos. Creyeron que expulsando del país a Caravias y a Barreto, otro jesuita paraguayo, acabarían con el problema. No lo lograron. Las comunidades continuaron creciendo, y la represión aumentando. En 1975 desarticularon la comunidad de San Isidro de Jejuí; al año siguiente, en la Pascua dolorosa, reprimieron a cuanto campesino osara llamarse liguista. La obra Ko’ãga Roñe’ĕta, publicada en 1990 por el Centro de Estudios Paraguayos Antonio Guasch (CEPAG), da cuenta de estos atropellos.

A Caravias lo secuestraron en mayo de 1972 y lo expulsaron del país, pero las reflexiones de Vivir como hermanos permanecieron entre las comunidades y traspasaron fronteras. Se volvió a publicar la obra en España, Brasil, India, Filipinas, Estados Unidos y demás países. Según Caravias, los ejemplares publicados superaron los trescientos mil; creemos que fueron aún más.

En Vivir como hermanos nos encontramos con la mística de las Ligas Agrarias Cristianas, el sostén, su karakú. Las ligas significaban mucho más que un modelo de desarrollo agrícola; llevaban el ideal, la utopía, de una sociedad nueva basada en la hermandad.

José María Blanch, Comunidad del Aguaray, Lima, 1975. Cortesía

José María Blanch, Comunidad del Aguaray, Lima, 1975. Cortesía

Vivir como hermanos, hoy

Cincuenta años después, la Conferencia Episcopal continúa manifestando su indignación ante los desalojos forzosos y las amenazas de expulsión de las comunidades campesinas e indígenas de sus tierras.

Cincuenta años después, Vivir como hermanos continúa ofreciendo una manera otra de pensar las relaciones sociales basadas en la hermandad. Concepto este, quizá hoy edulcorado, pero cargado de una fuerza tal que muchos campesinos dieron su vida por él, se la arrebataron.

Como señaláramos al inicio respecto a Las venas abiertas de américa Latina y Teología de la Liberación, también Vivir como hermanos es una obra síntesis, de las reflexiones bíblicas de las comunidades, y una obra de inspiración para las siguientes generaciones, la nuestra.

 

Ignacio Telesca es historiador, miembro de la Academia Paraguaya de la Historia y del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas (CPCH).

 

Nota de edición: Las imágenes que ilustran este artículo fueron publicadas por el reconocido fotógrafo y educador José María Blanch, s. j., en su libro Campesino rekové. Vida campesina en el Paraguay, aparecido en 2009 bajo los sellos FONDEC, CEPAG y Montoya. La edición recoge gráficamente más de cincuenta años de experiencias compartidas por el sacerdote con familias campesinas de diferentes lugares del Paraguay.

 

 

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