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Cultura

“Jotopa/Jejuhu”. Un cuento de Damián Cabrera

“Une el deseo de los labios que se besan y tocan con los que nombran y buscan dar sentido, allí donde aparece imposible encontrarlo. El recorrido del relato salta entre lenguas y geografías y busca, desde el título en guaraní, indagar sobre el sentido del encuentro. ‘Jotopa’ quiere decir encontrarse con alguien, mientras ‘Jejuhu’ abre dos caminos: el encuentro con uno mismo o el sorpresivo encuentro con algo o alguien”, dice Gabriela Alemán sobre el cuento del escritor paraguayo que aquí compartimos. Para leer en Navidad.

Elias Cantero, "Sin título" (detalle). Cortesía del artista

Elias Cantero, "Sin título" (detalle). Cortesía del artista

1

Y es que es una manifestación de energía realmente. Te devuelve las imágenes el rebote de luz. Porque resulta que es pulida la superficie del vidrio, aunque sea transparente. Y vos aparecés y desaparecés. Aparecés y desaparecés. Y hay dos reflejos: está el reflejo de la imagen y el reflejo de tus músculos, especialmente en la zona de tu cara. Por eso cuando te mirás parpadeás de golpe. Digamos que es como si fuera que no te reconocés. Y también depende del vidrio. En el vidrio templado del edificio Ybaté, por ejemplo, tu cuerpo se ve más achatado, y todo lo que pasa alrededor parece que pasa agachándose de frío. Hay otro de color medio sepia, entonces todo tiene un aire medio otoñal. Pero es luego otoño. Humedad trae este viento, pero tu labio siqué seco está. Todo al revés es, en el reflejo. Vuela a ras de suelo una hoja de cartón por ejemplo: manta raya parece. Pero parece que nada en reversa, principalmente cuando te das la vuelta para ver.

Un pedazo de sonido se sube por la pared lateral de un edificio y se disuelve con dirección a las palmeras de la plaza. Primero parece que se curuvica en la espalda de caballo del monumento, y después se resbala hacia los bancos. Ya se fueron ya las palomas. No aguantaron el ruido. Son los martillos hidráulicos y las palas hidráulicas de la concesionaria que el municipio contrató. Están arrancando la capa asfáltica, para reemplazar. No es que estaba viejo. Pero parece que era una promesa de las últimas elecciones. Primero se tritura la superficie, negra, y después pasa la pala como si fuera que raspa el sarro de un diente. Es la sensación que te da. Tan puntiagudo es el ruido que te perfora parece el oído, y después siqué parece como si fuera que te quiere perforar el diente, principalmente el del fondo, pero del frente también.

Si no fuera por el viento, quietísimo iba a estar todo. Súper quieto. Pero aunque no haya movimiento en la ciudad hoy, igual siqué todo se mueve parece. El charco del bache. El filtro de cigarrillo que rueda sentido sur. Tiembla la punta de los árboles del parque —toditos inclinados en la misma dirección—; sólo las ramas porque ya no tienen más hojas, por el otoño. Y el sol no se ve, pero se siente que se mueve, porque está nublado.

La ciudad está dividida en porciones de miseria y en porciones de riqueza, pero en el centro no es que esté todo separado; es como si fuera que es una frazada de retazos, un poyvi; no sabés cómo decir en portugués.

2

Aquél verano, una media mañana, se había inaugurado un copetín nuevo en tu calle, y te sentaste a desayunar una feroz empanada con pan y gaseosa. Una nena pasó con una canastita de frutillas: todas machucadas estaban, y un montón de moscas le perseguían; nadie le quería comprar. Te acordaste de una vez que partiste una empanada para convidarle a una amiga, y en el medio había una mosca verde. Qué suerte que abrieron, pensaste, pero quién sabe cuántas moscas ya comiste en tu vida. Millón.

Se terminó tu empanada y tu gaseosa, pero tenías todavía un pedazo de pan. Mordiste un trozo grande y lloraste mucho, y ya no pudiste más tragar: y ése fue tu último recuerdo en la otra ciudad.

La peor forma que hay de llorar es comiendo pan. Enseguida se te acalambra el paladar, y además cuando se llora el sabor cambia también.

3

Se mezcla todo el cielo con el edificio, como si fuera que es transparente. Cruzás para ver en la agenda lo que queda del día, porque es tarde te parece. Enfrente hay un árbol con linda sombra y lindo color. Lluvia de oro es. Pero ni un vientito no pasa para sacudir la rama y derramar la flor.

Calor hace en el colectivo. En el lado en el que estás sentado la luz se filtra por el vidrio, y su potencia se multiplica. Con fuerza cerrás el párpado y fruncís un lado entero de tu cara. Y la gente pasa y la gente se amontona.

Nadie ve tu ojo detrás del lente, y no ves el ojo detrás del lente de nadie, pero se ve la cara. Te entretenés explorando esas caras tan diferentes a las caras de tu país, y tan parecidas a veces en el montón, pero justo no podés ver al muchacho que viaja a tu lado (cómo mirarle sin generar algún desorden en la situación). Cuando pasan por zonas oscurecidas de la avenida, donde los edificios tiran sombra sobre la ventana, ves el reflejo de tu cara que justo cubre la cara de tu vecino, pero te muestra sus piernas. Él está, encima, súper cubierto. Lleva puesta una capucha y un enorme lente de sol. Te llega el sonido de la música que rebosa la frontera de su auricular, y ves que escribe algo en un cuaderno. Versos son, pensás. Estirás lo más que podés la vista, pero no alcanzás a ver lo que escribe.

Hay una manifestación en la calle, junto a una de las paradas del colectivo, pero no entendés de qué se trata. Una chica se sacó la remera y se derramó la botella de agua sobre las tetas. El viaje con música siempre torna el paisaje como de videoclip para vos, y se te hace que ese sonido playero y percusivo de la música que escucha el muchacho hace de marco sonoro para el baile de la chica en top-less.

En tu parada le pedís permiso y por fin le mirás directamente. Se levanta y comienza a hablar. Primero pensás que se dirige a vos, pero se dirige a todos. Pide a su vez permiso para entretener a los pasajeros durante el viaje y empieza a rapear en voz alta las letras que estuvo escribiendo en su cuaderno: una letra que habla sobre el viaje en colectivo a través de un paisaje de cemento, a través del calor y las multitudes. Sentís el impulso de quedarte más para escucharle, pero es tarde. Te bajás.

(Un helicóptero sobrevuela la ciudad. Mirás hacia arriba y te ciega la luz del sol cortada por la hélice).

Y cuando empezás a avanzar en medio de la gente, te parece como si fuera que es un espejismo. Todavía está impresa en tu retina la luz de antes, blanca como una luna, redonda-redonda. Y a través de esa mancha ves la cara conocida. La cara que, de todas las que conocés, conocés mejor; porque conociste con el ojo, con la mano y con la boca.

Cómo lo que justo le viste. Tres segundos más y se perdía para siempre. Parece que justo en esta hora la gente empieza a moverse enterita en dirección contraria a vos. Tratás de esquivarla, estirando el cuello para ver mejor si se trata efectivamente de él. Qué estará haciendo en esta ciudad, en este país, sin avisar ni siquiera. Tratás de gritar su nombre, pero estás medio mudo. ¿Viste cuando le mirás a alguien y parece que siente que le mirás? Él se da la vuelta hacia vos y se miran a los ojos, él frunce su ceño y sigue caminando. Sólo se detiene cuando le alcanzás y le tocás el hombro.

¡Qué onda, boludo!, le decís. ¡Qué onda que ni avisás!

Elias Cantero, Sin título (detalle). Cortesía del artista

4

Manifestaciones de energía son. Ahora que el Corintians le ganó al Bahia, los bares están llenos de gente bebiendo y celebrando.

No sabrías decirte si cuál fue primero, si tu movimiento o si su reacción. Vamos a decir que uno fue consecuencia del otro. Porque su cuerpo ya estaba manejado, ya estaba en la espera de una posibilidad: estaba sin voluntad esperando la activación: y tocar su hombro fue responderte a vos mismo con el mensaje que vos mismo habías grabado en su superficie. Antes-antes.

Boludo, qué hacés acá, ni me avisaste, le decís.

En medio del gran movimiento, ustedes hacen la excepción. Es un sol de fin de tarde que parece que se pausó en la siesta, y ustedes están quietos en medio de la calzada obstaculizando el tránsito de gente. Sin decirse palabra se alejan del centro empujados por la corriente como esos que nadan de una orilla a otra de un río.

La alegría puede ser la expresión por desvío de otra energía, como la indignación. Le das un abrazo, y él te responde con una palmadita en la espalda.

Cómo andás, nde, te dice, vine y fue todo muy rápido, ni tiempo tuve.

Se hace tarde para tu encuentro, y este encuentro accidental te va a retrasar más. El volumen de las teles está al máximo, y los cánticos de algunos hinchas de camisa y corbata estorban la charla. Hay tanto que decirse, pensás, y es lo que le sugerís, pero el encuentro tiene ahí, en esa hora, cara de repliegue.

Hay mucho ruido, y mucha luz. Difícil te resulta prestar atención en medio de esa mezcolanza. Él se ve cansado, y eso le confiere al encuentro una apariencia tristísima. Empezás a hablar y a preguntar. Ahí donde las palabras se atan para reconstruir un contacto, la voluntad de él parece que se dispara en varias direcciones. Los fuegos de artificio tienen muchos colores y salen expelidos como las ramas de un árbol. Te viene de repente, como un flash, el recuerdo de los juegos que jugaron en el pasado. Las veces que peleaban, ustedes se encerraban en sus respectivos argumentos, aunque fueran arbitrarios, sólo para conservar esas posiciones construidas en torno al poder. En la cama, o a la hora de pagar las cuentas, siempre estaba presente ese poder. Ese poder —que no sabés de qué otra modo llamar— estuvo presente cuando se despidieron. Cuando te fuiste del país. Ahora que los dos están del otro lado de la frontera, es decir, en el mismo lado, te encontrás en esa posición suplicante que alguna vez él calificó como algo femenino, y que era el lugar que, finalmente, siempre terminaba tocándote.

Estoy atrasado para un compromiso, te dice.

Eso de vivir llegando tarde a los compromisos es algo bastante tuyo últimamente, pero es más bien cosa de él. Cuando él te había dicho que necesitaba tiempo “para vivir mi juventud” vos te respondiste secretamente que él te había vivido tu juventud. Pero ahora te perdés un poco, la despedida incompleta te devuelve la chance, y el ahora se mezcla con los recuerdos personales. Mejor es que se junten más tarde, pensás, y le decís. Me doy cuenta de que también estoy retrasado para mi reunión, agregás, pero no quiero dejar de hablarte. Es demasiada coincidencia que estemos juntos acá. No sólo te das cuenta de que sólo vos estás hablando sino que él ya no te escucha.

Decime dónde te estás quedando, le decís. Estoy realmente atrasado, responde, mejor decime vos dónde te estás quedando y me voy junto a vos, o qué sé yo, te llamo.

Recordás las noches que pasaste desnudo, mal dormido, esperando una llamada que nunca sonaba. La ducha tenía siempre temperatura de derrota cuando eso; y ya fuera que te llegara el sonido de la tele en el departamento de la derecha o los gemidos apagados del de la izquierda, el silencio del medio era siempre inmundo. Te resulta difícil combinar la temperatura adecuadamente en este momento, para no explotar con fuerza. Como si estuvieras representando el papel del hombre formal, te despedís dejándole tu tarjeta.

Tranqui, te prometo que te llamo. Esta noche nos vemos.

Y él se va.

Antes de seguir rumbo a tu reunión mirás hacia una vidriería bien enfrente, y, en la sección de espejos, ves tu cara en varias piezas de baño.

5

Salí de mí. Es la constante en esas horas: estar y no estar. Así el curso de las cosas, la reunión se basa en transferencias formales de información y acuerdos, sin que en ello se juegue emoción alguna. Y cuando algún dato extraordinario aparece, como el error de concordancia en el documento traducido, la gracia y el placer, la angustia y el papelón, arrastran consigo el peso de otras pasiones.

Vivir en otra como si se tratara de la misma. Ciudad.

De una ciudad a otra en la búsqueda pero también en la fuga, es llevar a cuestas mapas previos. Pero qué insólita que ya es la experiencia de andar por las calles de São Paulo con la toponimia en guaraní. Son las ruinas de la ciudad: nombres muertos que carecen de sentido para sus habitantes; reviven sólo para vos cuando tomás la Anhanguéra, cruzás el barrio Jaguaré y te bajás en la Pirajussára para tomar el metro, y es como si estuvieras un poco en Paraguay, y la ciudad no te hablara en lengua extranjera sino en tu propia lengua.

De una ciudad a otra, el recuerdo de los amantes dejados atrás se arrastra hacia delante. No hay escape posible porque cada fantasma es una cicatriz, una mancha de nacimiento imborrable que se enrojece cuando está por llover.

Yo no pienso en mí, pensás. Sentís que no podés sentir dolor, pero ese estado vegetativo provisional cobra energía cuando los estímulos adquieren velocidad, cuando la presión de la imagen es la activación del sentido: como la presión de la lengua es el revivir de un nombre.

Habías salido de tu casa en Manduvirá, tomaste el colectivo en Piribebuy, rumbo a la terminal donde esperaba el bus que te sacaría fuera. Del país. Un día después llegaste a Portuguesa-Tietê, y de ahí en metro hasta la Corifeu con la Pirajussára.

Salís de la reunión rumbo a tu casa y te acordás de tu mamá postrada: cría plantas y cría gatos y perros para llenar con algo una casa que está vacía de hijos.

6

Durante las horas siguientes te acabás una cajetilla de cigarrillos en el balcón, mirando el tránsito cogestionado de autos y de gente. Llenás de agujeritos la hoja del güembé con la brasa. No será la primera y la última vez que la espera se trate de un simulacro nomás, porque bien que conocés el resultado. La espera no es otra cosa que un rito nomás. Pero algo hay que no está completo: te falta el temblor.

Recién en las últimas veces que se vieron te empezó a venir ese temblor medio de enfermo. Te quedaaabas medio que escondido debajo de la sábana, apretando fueeerte la almohada contra tu pecho, para ver si no se te pasaba el ataque. La última vez que te abandonó resultó que te arrodillaste y empezaste a temblar. Parecía que taladrabas el suelo. ¿Por qué temblaste tanto esa vez?, te preguntó el siguiente fin de semana. No sé, le respondiste, creo que sentí frío.

Después de ese verano convulsivo y, como se dice, de su tormenta, te fuiste de Asunción.

Resulta que a partir de eso te pasás escribiendo las cosas que ya no le podés decir. Porque resulta que tenés cosas para decir, pero no se le puede hablar a alguien que está ausente, y vos necesitás un cuerpo, aunque sea de palabras.

Y el hecho de que vos fracases en acuerdos similares con otros tipos te hace pensar si lo que extrañás realmente no es ese miedo. O sea que se puede amar el miedo, pensaste una vez, y amar tener miedo. Pero eso no significa restarle todo lo bueno que aparte te pasa. Por ejemplo, ahora ya no temblás.

Igual pensás con nostalgia en cada parte del rito: mirar la hora, revisar el tono del teléfono, fumar, mirar la hora otra vez. En el momento de pensar que ya no va a venir y que no te va a llamar más, a falta de fuerza como que prolongás la pena. Te estirás en el sofá como si fuera que te vas a dormir, pero permanecés con el ojo despierto.

Qué lo que querés, pensá un poco. Corre en doble sentido tu deseo, ¿verdad?, y a veces siqué no se mueve hacia ningún lado; hierve parece, en la cacerola quieta; como el tartamudo que suena medio indeciso.

A falta de temblor que apaciguar con sueño, prendés los foquitos de navidad en el balcón. Parpadean, los pisca-pisca que le dicen. Se prenden y después se apagan. Se prenden y después se apagan. Vos también. Te prendés y después te apagás. Te prendés y después te apagás. En el vidrio cuando brilla o sea en la oscuridad.

 

* Damián Cabrera es escritor, investigador, docente, gestor cultural y curador. Su trabajo se desarrolla en las áreas de lengua, literatura, fronteras, arte, política y cultura. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Capítulo Paraguay, y de los colectivos Ediciones de la Ura y Red de Conceptualismos del Sur.

 

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