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Cultura

Las noches azules de Joan Didion

“Joan Didion: El centro no cede” (Netflix)

“Joan Didion: El centro no cede” (Netflix)

Joan Didion escribió Noches azules luego de la muerte de su hija Quintana Roo, de treinta y nueve años, ocurrida solo dos años después del fallecimiento de su marido, John Dunne, en 2003 (tras el cual escribiría El año del pensamiento mágico). “Como la mayoría de los escritores, solo tengo un área de interés: el acto de escribir”, manifestó en Lo que tengo que decir. Y, en efecto, solo la escritura la acompañaría hasta su propia muerte.

En Noches azules Didion recuerda a su hija, su adopción, los miedos de infancia de la niña. Didion piensa su soledad, recorre el duelo con esa prosa siempre incisiva y precisa que la había convertido en la exponente del Nuevo Periodismo. Alguna vez la finalista del Pulitzer dijo que se trató del testimonio personal más difícil que tuvo que afrontar.

Nadie podría escribir sobre la vida de Didion mejor que ella. Ahora que la comunidad cultural llora la muerte de una de las mejores prosistas estadounidenses de la literatura reciente, compartimos fragmentos de su tristeza iracunda.

Joan Didion. Archivo

Joan Didion. Archivo

Crepúsculo: crepitación, crescendo, corpúsculo, crisálida
[ Fragmentos de Noches azules ]

En ciertas latitudes hay un lapso de tiempo, al acercarse el solsticio de verano y los días posteriores, unas semanas como mucho, en que los crepúsculos se vuelven largos y azules. Este periodo de las noches azules no tiene lugar en la California subtropical, donde yo viví durante gran parte del tiempo del que voy a hablar aquí y donde el final de la luz del día es brusco y queda perdido en el resplandor del sol poniente, pero sí que ocurre en Nueva York, que es donde vivo ahora. Se puede ver ya a finales de abril y principios de mayo, un cambio de estación, no es exactamente que afloje el frío —de hecho, el frío no afloja para nada— y sin embargo de repente el verano parece próximo, una posibilidad, una promesa incluso.

Pasas por delante de una ventana, paseas hasta Central Park y te encuentras bañada en el color azul: la luz en sí es azul, y al cabo de una hora más o menos este azul se acentúa, se intensifica aun mientras se oscurece y se apaga y se aproxima finalmente al azul del cristal en un día despejado en Chartres, o al de la radiación de Cherenkov que emiten las varas de combustible de las piscinas de los reactores nucleares. Los franceses llaman a esta hora del día l’heure bleue”. Nosotros la llamamos “el crepúsculo”. La misma palabra “crepúsculo” reverbera, despierta ecos — crepitación, crescendo, corpúsculo, crisálida—, lleva en sus consonantes las imágenes de persianas que se cierran, de jardines que se oscurecen, de ríos flanqueados de hierba que se deslizan entre las sombras. Durante las noches azules uno piensa que el día no se va a acabar nunca. A medida que las noches azules se acercan a su fin (y lo hacen, lo hacen siempre) uno experimenta un escalofrío literal, una visión de enfermedad, en el mismo momento de darse cuenta: la luz azul se está yendo, los días ya se están acortando, el verano se ha ido. Este libro se titula Noches azules porque en la época en que lo empecé a escribir sorprendí a mi mente volviéndose cada vez más hacia la enfermedad, hacia la muerte de las promesas, el acortamiento de los días, lo inevitable del apagamiento, la muerte de la luz. Las noches azules son lo contrario de la muerte de la luz, pero al mismo tiempo son su premonición.

***

26 de julio de 2010.

Hoy sería su aniversario de boda.

Hoy hace siete años que sacamos de sus cajas las guirnaldas de flores y echamos el agua en la que venían sobre la hierba de delante de la catedral de San Juan el Divino de Amsterdam Avenue. El pavo real blanco desplegó la cola. El órgano sonó. Ella llevaba jazmines de Madagascar blancos enhebrados en la gruesa trenza que le colgaba a la espalda. Se echó un velo de tul sobre la cabeza y los jazmines de Madagascar se soltaron y cayeron. La flor de plumeria que tenía tatuada justo debajo del omóplato se le veía a través del tul. “Vamos allá”, susurró ella. Las niñas con guirnaldas de flores y vestidos de color claro fueron dando brincos por el pasillo de la iglesia y se acercaron por detrás de ella al altar elevado. Terminados todos los discursos, las niñas salieron detrás de ella por las puertas principales de la catedral y pasaron rodeando a los pavos reales (los dos pavos reales azules y verdes iridiscentes y el pavo real blanco) hasta la casa capitular. Allí había sándwiches de pepino y berros, una tarta de color melocotón de Payard y champán rosado.

Todo elegido por ella.

Elecciones sentimentales, cosas que ella recordaba.

Y también yo las recordaba.

Cuando ella dijo que en su boda quería sándwiches de pepino y berros, yo me acordé de ella poniendo los platos de sándwiches de pepino y berros en las mesas que habíamos colocado alrededor de la piscina para el almuerzo de su decimosexto cumpleaños. Cuando ella dijo que en su boda quería guirnaldas de flores en lugar de ramos, yo me acordé de ella con tres o cuatro o cinco años bajando de un avión en el aeródromo Bradley Field de Hartford, llevando la guirnalda de flores que le habían dado al marcharse de Honolulú la noche anterior. Aquella mañana estaban a seis grados bajo cero en Connecticut y ella no llevaba abrigo (no lo había llevado cuando salimos de Los Ángeles para ir a Honolulú y no había entrado en nuestros planes ir a Hartford), pero ella no había visto problema alguno. Los niños con guirnaldas de flores no llevan abrigo, me explicó.

Elecciones sentimentales.

***

Esto no le debería estar pasando a ella, recuerdo que pensé yo —escandalizada, como si a ella y a mí nos hubieran prometido una exención especial— en la tercera de aquellas unidades de cuidados intensivos.

Cuando hablamos de mortalidad, estamos hablando de nuestros hijos.

Lo acabo de decir, pero ¿qué significa? Vale, claro que le puedo seguir la pista, claro que se la pueden seguir ustedes, es otra forma de reconocer que nuestros hijos son rehenes de la fortuna, pero cuando hablamos de nuestros hijos, ¿qué estamos diciendo? ¿Estamos hablando de lo que significó para nosotros tenerlos? ¿De lo que significó para nosotros no tenerlos? ¿De lo que significó dejarlos ir? ¿Estamos hablando del enigma de comprometernos a proteger lo que no puede protegerse? ¿De ese gran misterio que es tener hijos?

El tiempo pasa.

Sí, de acuerdo, qué banalidad, claro que el tiempo pasa. Y entonces, ¿por qué lo digo? ¿Por qué lo he dicho ya más de una vez? ¿Acaso lo he estado diciendo de la misma manera en que digo que he vivido la mayor parte de mi vida en California? ¿Acaso lo he estado diciendo sin oír lo que decía? ¿Es posible que lo oyera más bien así: El tiempo pasa, pero no de una manera tan agresiva como para que nadie se dé cuenta? ¿O incluso: El tiempo pasa, pero para mí no? ¿Es posible que yo no hubiera tenido en cuenta la naturaleza general de la pérdida continua de velocidad, ni los cambios irreversibles de la mente y del cuerpo, esa forma en que te despiertas una mañana de verano encontrándote menos elástico de lo que eras y para la Navidad te encuentras con que tu capacidad de moverte se ha ido, está atrofiada, ya no existe? ¿De esa forma en que vives la mayor parte de tu vida en California y de pronto ya no? ¿De esa forma en que tu conciencia del paso del tiempo —esa pérdida permanente de velocidad, la elasticidad que se esfumase multiplica, metastatiza y se convierte en tu vida misma?

El tiempo pasa.

¿Es posible que yo jamás me lo hubiera creído? ¿Acaso me creía que las noches azules podían durar para siempre?

 

Nota de edición: Los fragmentos reproducidos han sido seleccionados de la traducción de Javier Calvo publicada en 2011 por la editorial digital Titivillus.

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