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Cultura

Eduardo Tamayo Belda: “Paraguay es un caso de estudio absoluto”

Su conferencia magistral abrió el ciclo de charlas “Vínculos culturales entre Paraguay y España desde la historia y la literatura”, uno de los eventos más destacados del año 2021. Sobre las relaciones bilaterales en sus diferentes aspectos, así como sobre el estatus de Paraguay como campo de estudio académico, se explaya el historiador español en esta entrevista.

Eduardo Tamayo Belda. Sesión de apertura del ciclo de conferencias. Captura

Eduardo Tamayo Belda. Sesión de apertura del ciclo de conferencias. Captura

Su estilo descontraído contrastó con el rigor de su exposición al abrir el ciclo organizado por la Embajada de Paraguay en España –con apoyo del Centro Cultural Juan de Salazar y la Universidad Autónoma de Madrid–, iniciativa que reunió a académicos de alto perfil a lo largo de cinco sesiones llevadas a cabo entre octubre y diciembre en un encuentro sobre temas relevantes para la historia de los vínculos culturales entre ambos países.

Eduardo Tamayo Belda (Madrid, 1984) es historiador por la Universidad Autónoma de Madrid y magíster en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Asunción. Entre 2015 y 2017 vivió en Paraguay, impartiendo clases en varias universidades. Desde hace cuatro años está abocado a una tesis doctoral sobre la historia de las relaciones hispanoparaguayas contemporáneas como investigador de la Universidad Autónoma de Madrid, institución en la que enseña Historia del siglo XX y Política Internacional. Pertenece desde 2018 al Comité Paraguayo de Ciencias Históricas (CPCH). Esta entrevista retoma cuestiones clave abordadas en su conferencia, que planteó una suerte de estado del arte de las relaciones hispano-paraguayas.

— ¿Desde qué perspectiva has estudiado los vínculos culturales entre Paraguay y España?

— En mi caso particular, mi abordaje de los vínculos culturales entre ambos países está muy mediado por el estudio de la política y la acción exterior española hacia Iberoamérica y, particularmente, hacia Paraguay; se trata, por tanto, de un enfoque con un claro acento puesto en el Estado y en las políticas de acción e imagen exterior del mismo, principalmente desde España hacia Paraguay. El Estado constituye un actor fundamental en el estudio de las relaciones internacionales en el siglo XX, por lo general muy analizado ya, pero este caso representa un vacío historiográfico de sumo interés para las dos sociedades implicadas –la paraguaya y la española–; y aunque el Estado no es el único actor relevante –ni mucho menos– para entender estas relaciones entre dos países (sus culturas, sus sociedades, etc.), sigue siendo componente fundamental de estas investigaciones, incluso de aquellas con enfoques críticos que propugnan y trabajan por una relativización del papel o la importancia del Estado en nuestra interpretación de la realidad internacional y de los procesos pasados en el escenario global.

El Estado constituye un actor fundamental en el estudio de las relaciones internacionales en el siglo XX.

— Mi tesis doctoral, que realizo desde fines de 2017 en la Universidad Autónoma de Madrid, desarrolla –entre otros aspectos de las relaciones hispanoparaguayas– el elemento cultural, concretamente la diplomacia cultural de España en y hacia Paraguay. En este sentido, en cuanto que el actor más relevante es el Estado, sus instituciones y sus representantes, la perspectiva desde la cual analizo los vínculos culturales entre Paraguay y España los relaciona íntimamente con el factor político del contexto en que estos se produjeron, entre 1945 y 1989 (durante ese periodo que conocemos historiográficamente como Guerra Fría).

— ¿Cómo se han desarrollado estas relaciones desde sus inicios hasta el presente? ¿Cuáles han sido sus rasgos salientes? ¿Cuáles las dificultades? ¿Se pueden señalar momentos críticos o puntos de tensión en el devenir de estos vínculos?

— Bueno…, esta sería una pregunta muy larga de contestar y daría para unas cuantas tesis doctorales, que ojalá vengan a producirse en los próximos años. Si consideramos el origen de los vínculos culturales desde el periodo histórico en que podríamos considerar independientes a ambos estados, entonces estaríamos remontándonos a la segunda década del siglo XIX (la independencia de Paraguay podría considerarse de facto en 1811, pero en aquel año España no era independiente, al estar ocupada y en guerra contra la Francia napoleónica). Podríamos hablar de 1811-1815 como el inicio. En cuanto a las relaciones hispanoparaguayas del siglo XIX, hay algunos aspectos y personajes reseñables hasta el final de la Guerra Guasú, y en todo caso no habría que cerrarse a la posibilidad de que nuevas investigaciones, o la aparición de nuevas fuentes, pudieran ampliar nuestro conocimiento de la cuestión hasta el momento.

Eduardo Tamayo Belda, Ricardo Scavone Yegros, Juan Pan-Montojo, Director del Dpto de Historia Contemporánea de la UAM

Juan Pan-Montojo, director del Departamento de Historia Contemporánea de la UAM; Ricardo Scavone Yegros, embajador de Paraguay en España, y Eduardo Tamayo Belda, historiador.

— Sin duda, un primer punto de inflexión se producirá tras la finalización de la guerra en 1870 y, sobre todo, a lo largo de las décadas de 1880 y 1890, cuando aumentará de manera significativa la emigración española a Paraguay, ampliando y profundizando estos vínculos culturales gracias a la instalación de estas nuevas colectividades que trajeron, demandaban o necesitaban mantener su cultura, sus tradiciones, festejos y costumbres, además de por el particular bagaje profesional de algunos de esos migrantes, hombres y mujeres de incuestionable talla cultural e intelectual. A mayores, la llegada de este flujo migratorio de fines del XIX fue provocando también la necesidad de los emigrados y del propio Estado español de incrementar las relaciones formales entre dos Estados que, tras décadas de cierta desconexión, estaban empezando a recuperar sus nexos y comenzaban a trazar puentes sólidos para establecer una nueva relación. De hecho, el Tratado de Paz y Amistad firmado por ambos países en 1880 es fiel reflejo de esa doble necesidad y voluntad por estabilizar y formalizar los vínculos; un tratado que había sido negociado en 1854 pero que entonces no llegó a buen término, y cuya firma definitiva tardó en llevarse a efecto más de dos décadas.

— Durante el primer tercio del siglo XX, fruto de ese incremento de la migración española a Paraguay y de la ampliación de las relaciones formales entre ambos países, asistimos a un momento de importante auge en los vínculos culturales, sobre todo de la mano de la llegada de algunas figuras de las artes y las letras que se convertirán en referentes de primer nivel intelectual, artístico o cultural en los siguientes años y décadas, mejorando mucho la consideración del nivel cultural español en Paraguay. En paralelo, este periodo coincide con un auge en España del hispanoamericanismo, de mirada hacia las otrora provincias coloniales, ahora jóvenes repúblicas, que va a coadyuvar a esa promoción y estímulo al desarrollo de las relaciones y los vínculos –sobre todo culturales– con los países latinoamericanos, un impulso que provino tanto de organismos y organizaciones privadas y corporativas sociales –de la cultura, la ciencia o el arte–, como también del propio Estado español a través de sus instituciones e instrumentos culturales, científicos y económicos, que favoreció y fomentó esas interacciones.

El inicio de la guerra civil en España dividió también a las colectividades españolas en América Latina, incluida la de Asunción.

— Las décadas de 1930 y 1940 verán el auge global de los fascismos, y este fenómeno marcará políticamente con muchísima más claridad las relaciones entre los países, que se prolongará durante el periodo de la Guerra Fría y el orden bipolar de la disputa entre las órbitas capitalista y comunista. Las tertulias políticas elevaron sus tonos a nivel global, y el inicio de la guerra civil en España dividió también a las colectividades españolas en América Latina –incluida la de Asunción– entre los partidarios del régimen democrático-republicano y quienes apoyaban la sublevación fascista de los militares y, posteriormente, al nuevo régimen con Francisco Franco a la cabeza. La llegada de algunos exiliados republicanos españoles a Asunción en estos años sería también beneficiosa para la cultura en Paraguay, debido a la talla intelectual de algunos, que se sumaron a una colectividad española ya importante en la ciudad.

Eduardo Tamayo Belda. Cortesía

— A partir de finales de los años cuarenta y, sobre todo, durante las décadas de 1950 hasta 1975, las relaciones culturales fueron estrechas y ampliadas, sobre todo en aquellos aspectos que reforzaban el concepto de hispanidad y los lazos culturales que unían ambos espacios hispánicos a los dos lados del Atlántico, gracias a la acción de instituciones como el Instituto de Cultura Hispánica (fundado en 1945) o la Comunidad Hispánica de Naciones (fundada en 1949), entre otros organismos y asociaciones; eran estas instituciones que respondían a las líneas de política y acción exterior definidas por el régimen franquista en España para transformar y mejorar la imagen del país en la América hispana, aprovechando además el beneficio político que esa intensificación pudiera producir en el escenario internacional, donde España buscaba volver a posicionarse como un actor legítimo políticamente (algo complicado por tratarse de un régimen dictatorial en el contexto inmediato de la derrota de los fascismos en la Segunda Guerra Mundial). El carácter católico y anticomunista del régimen de Franco fue lo que le permitió ganar cierto espacio e influencia –con la connivencia de Estados Unidos– en el ámbito cultural y económico hispanoamericano.

El periodo de las relaciones y vínculos hispano-paraguayos, desde 1976 a 1989, estuvo marcado por la relevancia que adquirió el Centro Cultural de España Juan de Salazar.

— Desde 1975/76, con el inicio de la transición democrática en España, asistimos a un viraje del lenguaje político desplegado por España en Paraguay, cuyo régimen –la dictadura de Alfredo Stroessner– tenía serias dificultades para mantener una imagen institucional democrática en el panorama internacional, razón por la cual desde España –más aún tras la consecución de los gobiernos socialistas desde 1982– las relaciones con el gobierno paraguayo fueron mínimas y circunscritas, principalmente, al ámbito de la cultura y lo referente al legado histórico común, con escasa cooperación política o económica. Este periodo de las relaciones y vínculos hispano-paraguayos –desde 1976 a 1989– estuvo marcado por la relevancia cultural que adquirió el Centro Cultural de España Juan de Salazar, que se convertiría en un referente institucional del arte, las letras, el teatro y la cultura en general, con un marcado carácter político –no declarado oficialmente–, al servirse el Centro de su condición de institución extranjera para evitar la injerencia gubernamental y la censura del régimen.

Eduardo Tamayo Belda. Captura

Eduardo Tamayo Belda

— Así, el Juan de Salazar abarcó en sus instalaciones y carteleras mensuales todo tipo de representaciones, exposiciones, cursos, ponencias o presentaciones, independientemente de su corte político, siempre que mantuvieran los estándares de calidad determinados desde el Centro, convirtiéndose en una suerte de refugio para aquellos autores, artistas e intelectuales ideológicamente contrarios al régimen político del Partido Colorado y del Ejército paraguayo. Sobre este rol del centro cultural español y la cuestión de la censura publiqué un artículo en 2020 en el número 3 de la Revista Paraguaya de Historia, titulado “Cultura para la democracia en Paraguay”, y que puede consultarse en internet.

— La caída de Alfredo Stroessner en 1989 abrió una nueva etapa en las relaciones entre España y Paraguay, de la que no tenemos tiempo aquí de ocuparnos, pero que estará marcada por una continuidad e intensificación de la relación cultural del periodo anterior, así como de la recuperación y reestructuración de la cooperación económica, técnica y financiera por parte de España hacia el Paraguay, que iniciaba su tránsito hacia la democratización política.

— ¿Cuál es la imagen de Paraguay en España? Se menciona habitualmente el poco conocimiento que se tiene del país en el exterior. En tu conferencia señalaste que Paraguay no está inserto todavía en los círculos académicos en ciencias sociales y humanidades. ¿Qué es lo qué interesa o puede interesarde Paraguay a los académicos españoles?

— Esta es una pregunta que yo mismo me planteo a menudo, y lo hago por dos razones: primero, como investigador, me interesa entender qué es lo que la sociedad española conoce y reconoce del país que estudio –Paraguay– y, en ese sentido, el bagaje es todavía muy desalentador, siendo preciso intensificar el nivel de presencia de Paraguay en España en tres ámbitos, o a tres niveles: informativo, cultural y académico. Y segundo, como paraguayo de acogida que me considero –después de haber vivido varios años en Asunción–, me pregunto cuál es la imagen de Paraguay en España en la medida que esa imagen pueda ser atractiva para posicionar a Paraguay como un destino –que ahora no lo es– para la sociedad española: un destino turístico, intelectual, académico, o incluso como un destino vital, migratorio.

— Sospecho que la falta de referencias culturales, históricas, políticas o económicas que se tiene en España de Paraguay (cosa que no ocurre con algunos de sus vecinos como Argentina, Brasil, Chile, Uruguay o la propia Bolivia) es la causa principal de ese desconocimiento casi absoluto que de Paraguay tenemos en España. ¿Cómo se puede alterar esa circunstancia? La respuesta sería muy compleja, y pasaría por empezar a tener en la malla curricular escolar y universitaria española un mayor énfasis en el conocimiento de los estudios históricos y la actualidad latinoamericanos (también nos falta mucho conocimiento de nuestros vecinos del norte de África); pero, a sabiendas de que ese componente educativo es francamente difícil de abordar, creo que la apuesta debe pasar por incentivar los estudios en los niveles educativos superiores, donde los trabajos sobre Paraguay constituyen una línea de investigación de mayor valor añadido por tratarse de un ámbito de menor producción previa, lo que deja mucho espacio a investigaciones originales, que a su vez son mucho más valiosas que otras precisamente por el carácter inédito de algunos temas o perspectivas cuando ponemos la mirada sobre Paraguay.

Habrá que remangarse y ponerse a trabajar para generar los espacios, las redes, los intereses y la atracción por Paraguay, por su cultura y por su historia.

— Y, por supuesto, para quienes ya nos dedicamos a estudiar académicamente este país –o, como es mi caso, sus relaciones internacionales–, el reto y la responsabilidad pasan por duplicar nuestro trabajo y desdoblarnos profesionalmente, como investigadores y divulgadores, pues mientras algunos campos tienen ya establecidos canales y espacios de divulgación propios y bien consolidados, la realidad con la que nos encontramos quienes trabajamos historia o actualidad paraguaya es que no suscitamos fuera de Paraguay –y particularmente en España– la suficiente atención por parte del público y la ciudadanía (ya se trate de audiencias culturales, académicas o mediáticas). Las causas de esta suerte de marginación son seguramente muy complejas pero, precisamente por el tiempo perdido, creo que no vamos a poder dedicar demasiados esfuerzos a buscar culpables en ese aspecto, y habrá que remangarse y ponerse a trabajar para generar los espacios, las redes, los intereses y la atracción por Paraguay, por su cultura y por su historia.

— Precisamente en esa dirección se concibió y se ha realizado el ciclo de charlas Vínculos culturales entre España y Paraguay desde la historia y la literatura, organizado por la Embajada de Paraguay en Madrid –por iniciativa del embajador Ricardo Scavone Yegros–, el Centro Cultural de España Juan de Salazar –gracias al apoyo decidido de su director, Fernando Fajardo–, y la Universidad Autónoma de Madrid (institución a la que pertenezco). En esta actividad, que ha constado de cinco sesiones con la participación de nueve ponentes –especialistas cada uno de ellos en un periodo o un aspecto de la historia de los vínculos culturales y literarios entre ambos países– y de cinco moderadores-comentaristas de renombre en el mundo de la academia y la cultura paraguayas, hemos pretendido activar un pequeño núcleo de especialistas en humanidades y ciencias sociales cuyas investigaciones fueron o están caminando justamente en esta materia, con el objetivo de impulsar y ampliar esa línea de trabajo.

— ¿Qué puede interesar de Paraguay a los académicos españoles, estudiosos de las ciencias sociales y las humanidades…? ¡¿Qué no?! Paraguay es un caso de estudio absoluto: un campo feraz de casos y temas de investigación donde, a pesar de existir varios referentes en cada cuestión, sigue habiendo espacio para otros investigadores e investigadoras. Desde los fenómenos históricos de su construcción nacional y su histórica desagregación regional y global, sus particulares características lingüísticas pasadas y actuales, su diversidad socio-territorial, su combinación de sociedad de raíces coloniales (Asunción y el interior) y también de su pertenencia como un eslabón más al entramado de intereses capitalistas globales: el Acuífero Guaraní, las posibilidades extractivistas en el Chaco, la producción del agronegocio en el interior, las particularidades comerciales y financieras de Ciudad del Este, las rutas y actividades del narcotráfico en el norte del país, la situación de las víctimas de trata y otros fenómenos ilegales de sus permeables fronteras, la lucha de las actuales comunidades de pueblos originarios en defensa de sus culturas y por el respeto de los derechos indígenas y cómo todo esto choca con el sistema productivo contemporáneo… ¡El sistema capitalista en sí mismo se puede estudiar perfectamente investigando Paraguay!

No solo se trata de un país interesante para los investigadores de letras: la biodiversidad de Paraguay lo convierte, además, en un destino de ensueño para biólogos de toda índole y naturalistas en general.

— Y no solo se trata de un país interesante para los investigadores de letras: la biodiversidad de este territorio lo convierte, además, en un destino de ensueño para biólogos de toda índole y naturalistas en general; un país con una relativamente baja densidad poblacional, que aún deja mucho espacio a la naturaleza. Paraguay aún está a tiempo de salvar, para todos y para todas, la natural exuberancia de su territorio, y probablemente deba apostar por ello, no solo por la imperiosa visión ecologista que se nos impone en este tiempo ante los efectos evidentes del cambio climático y la sistemática destrucción de ecosistemas a la que asistimos, sino incluso como actividad económica sostenible. Paraguay puede convertir su naturaleza y su biodiversidad en un activo turístico en sí mismo, protegiendo y explotando sus espacios naturales (siempre de manera sostenible y con el debido cuidado de las necesidades animales y vegetales de los ecosistemas). Conozco pocos españoles o españolas que no quedaran impresionados recorriendo el interior de Paraguay, pero ninguno de ellos sabe dónde queda el país, y apenas acertarían a nombrar su capital. Hay que decirlo alto y claro: el reto turístico paraguayo es enorme, pero el rédito también puede serlo. Lo importante es que las decisiones y la responsabilidad de llevar a cabo ese reto no caigan en las manos equivocadas…

— ¿Cómo ves la evolución de las relaciones diplomáticas entre Paraguay y España, desde Ernesto Giménez Caballero embajador del gobierno de Francisco Franco hasta nuestros días? ¿De qué modo se vieron afectadas las relaciones bilaterales con la creación, en los años 70, del Centro Cultural Juan de Salazar?

Franco ganó durante los años sesenta un aliado estratégico en el régimen de Stroessner, que a menudo se manifestó con claridad a su favor en los organismos internacionales.

— Debe reconocerse que la labor de Ernesto Giménez Caballero como embajador fue óptima desde un punto de vista estrictamente diplomático; obviamente el personaje es controvertido, y su ideología política representó probablemente una de las innovaciones políticas más detestables del siglo XX: el fascismo. Pero asumiendo que Giménez Caballero era el embajador de un régimen dictatorial autoritario y militarista –como era el del general Francisco Franco en España–, huelga decir que su actividad en un país remoto como era Paraguay a los ojos de la política exterior española de mediados de la pasada centuria fue amplia, intensa y muy fructífera para ambas partes. Franco ganó durante los años sesenta un aliado estratégico en el régimen de Stroessner, que a menudo se manifestó con claridad a su favor en los organismos internacionales cuando España tuvo algún inconveniente, y ese aliado le fue fiel hasta el fallecimiento del dictador (en 1975). Prueba de esta confraternización entre ambos autócratas y sus regímenes dictatoriales fue la visita oficial en julio de 1973 de Stroessner a España, cuando acompañó a Franco durante una semana; y no fue una semana cualquiera, pues la visita se produjo coincidiendo con los festejos del 18 de julio, efeméride del denominado como Alzamiento Nacional (fecha en la que se produjo en 1936 la sublevación militar-fascista contra la República Española que dio al traste con el régimen democrático en el país e inauguró una dictadura de cuatro décadas). Por su parte, Stroessner se beneficiaba con el apoyo de España de un puntal diplomático exterior que, a pesar de que apenas tuviera peso internacional en los años cincuenta y sesenta, sí acumulaba un cierto reconocimiento regional en el ámbito iberoamericano; tener el apoyo directo, sincero y decidido de la Embajada de España debió de significar para Stroessner un factor políticamente conveniente –al menos para su propia tranquilidad– desde finales de los cincuenta y durante los primeros años sesenta, en plena consolidación de su régimen personalista y autoritario.

Eduardo Tamayo. Cortesía

Eduardo Tamayo Belda

— Es también sumamente interesante el análisis del periodo posterior a la salida de Giménez Caballero de la Embajada en Asunción, desde el inicio de la transición democrática en España –tras la muerte del dictador español en 1975– hasta el derrocamiento de su homólogo paraguayo (en febrero de 1989). Esta etapa está marcada por una cierta ruptura –extraoficialmente– de la relación política entre ambos países; podríamos hablar más bien de un enfriamiento de las relaciones –sobre todo a partir de 1982, con la victoria electoral del Partido Socialista en España–, con una interrupción de la firma de varios acuerdos comerciales y de cooperación, así como instrumentos jurídicos internacionales y bilaterales firmados en este periodo por España con otros Estados latinoamericanos y que, sin embargo, no se firmaron con Paraguay hasta los años noventa (finalizada la dictadura paraguaya). España nunca rompió ni amenazó con descomponer las relaciones formales con Paraguay y, de hecho, este país siempre mantuvo para los representantes españoles de Exteriores la condición de nación estratégica, en cuanto nación de la comunidad iberoamericana.

 El (Centro) Juan de Salazar vino a resolver, para los primeros gobiernos democráticos españoles, el problema de los vínculos con Paraguay.

— A pesar de ese distanciamiento político o enfriamiento de los lazos de amistad entre España y Paraguay entre 1976 y 1989, la acción exterior española en la república sudamericana tuvo durante este periodo un aspecto nuclear en el Centro Cultural de España Juan de Salazar, que se convertiría en el elemento catalizador de la acción exterior española en Paraguay, con base en una línea de política exterior que los gobiernos españoles fundamentaron en esta época en el respeto internacional de los derechos humanos, el impulso de la pluralidad y la libertad políticas, y el fortalecimiento de la cooperación al desarrollo. Como ya expresé con mayor profusión en mi artículo sobre el Centro en la Revista Paraguaya de Historia, el Juan de Salazar vino a resolver, para los primeros gobiernos democráticos españoles, el problema de los vínculos con Paraguay, dando solución de continuidad a la relación bilateral durante la etapa que Samuel Huntington denominó la tercera ola de democratizaciones, de 1974 a 1990 (a la que España llegó pronto –quince años antes que Paraguay– gracias al fallecimiento del dictador español en 1975).

— Sobre las relaciones hispanoparaguayas más recientes –las de los últimos treinta años– me voy a permitir esperar un poco antes de opinar, al menos como historiador. Allá por la década de 1950 le preguntaron al primer ministro chino Zhou Enlai qué pensaba sobre la Revolución Francesa de 1789…, y, a más de siglo y medio de haberse producido esta, la respuesta del líder comunista no pudo ser más prudente: “Es demasiado pronto para opinar”. Obviamente, en el estudio de las relaciones bilaterales hispanoparaguayas más recientes, caben análisis desde la perspectiva de la Historia del Tiempo Presente, los distintos enfoques de la Ciencia Política, o también análisis de política exterior desde la disciplina de las Relaciones Internacionales pero, en términos históricos –como comúnmente los entendemos–, aún parece prematuro aventurarse a brindar conclusiones.

— Esto se debe no solo al hecho de que pueda faltarnos perspectiva o distancia cronológica con los sucesos analizados –que también– sino, sobre todo, a que el propio objeto de estudio –las relaciones oficiales, extraoficiales e informales entre estados, sus instituciones y sus representantes– constituye un elemento de máxima confidencialidad para los gobiernos y para los estados implicados –siendo materia reservada muchos de sus aspectos durante años e incluso décadas–, lo que deviene en una protección especial de los archivos sobre la cuestión (acervos que constituyen las fuentes principales para los investigadores e investigadoras en la materia).

— Sin acceso a ese tipo de documentación, cualquier acercamiento investigativo al fenómeno de las relaciones entre Estados estará siempre apoyado en una silla de tres patas y no podrá profundizarse más allá de lo que permitan las fuentes basadas en lo aparecido en medios de comunicación, en declaraciones o documentos oficiales públicos de los Estados, y algunas entrevistas a representantes destacados de esa relación (que, en todo caso, serán muy prudentes y conservadores a la hora de verter sus opiniones e información sobre lo acontecido durante su actividad profesional). Tendremos que esperar un poco para seguir trabajando en ello; por ahora, en ese sentido, nuestra labor como académicos debe ser la de exigir a los gobiernos la debida protección de la documentación –que constituye una fuente de estudio fundamental para el futuro– y reclamar decididamente el acceso de los profesionales de la historia y de la ciudadanía en general a esos acervos para su investigación y para democratizar nuestra historia y la historia de las relaciones entre nuestros países.

 

* Adriana Almada es escritora, crítica de arte, editora, curadora, miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte.

 

 

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