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Cultura

El Sida en la literatura

Alfredo Castro personificando a Pedro Lemebel (muywaso.com)

Alfredo Castro personificando a Pedro Lemebel (muywaso.com)

La plaga nos llegó como
una nueva forma de colonización.
Reemplazó nuestras plumas por jeringas, y el sol por la gota congelada de la luna en el sidario.
Pedro Lemebel

¿A más de cien años del inicio del sida?

Eso es lo que postulan recientes investigaciones sobre el origen del sida. Este virus –que ha ocasionado la muerte de más de cuarenta millones de personas–, habría surgido a principios de 1920 en Kinshasa (ex Leopoldville), actual capital de la República Democrática del Congo (ex Congo Belga), para luego expandirse por el resto del mundo a partir de los años 60 y ser identificada y bautizada oficialmente como VIH–SIDA el 5 de junio de 1981. Desde entonces hasta la fecha muchos ríos de todo tipo han pasado bajo los puentes, entre ellos los hechos de tinta y papel transformados en libros de literatura de ficción (sic) sobre este candente tema, que abarrotan los anaqueles de las librerías en todos los confines del planeta. 

Por cierto, pese a la reciente pandemia del Covid-19 que nos ha puesto en serios aprietos hasta que surja una vacuna que la controle, el sida sigue presente entre nosotros, aunque para muchos su demoledora existencia ya es casi un asunto pasado. “Pero yo no hablaría de ningún modo de falta de vigencia del sida”, protesta George Stambolian, profesor universitario y editor de antologías de gay fiction. “Diría más bien que, por ejemplo, en lo concerniente a la guerra de Vietnam –sobre la que las primeras novelas decentes aparecieron diez o quince años después–, los tiempos de reacción han sido mucho más rápidos. Y poco antes de esta serie de novelas, ha habido textos teatrales, poesía y cuentos”. Hay que suponer que algo similar sucedería dentro de algunos años, cuando el Covid haya sido controlado luego de haber asolado medio mundo, o casi. De la misma manera que, por ejemplo, en el Perú, a partir de la década de 1990 empezó a desarrollarse una narrativa que hasta hoy está tratando de dar cuenta de la devastadora violencia ocasionada por Sendero Luminoso y el MRTA, desatada una década antes.

George Stambolian. Cortesía

Pero volviendo a Stambolian, este retoma el aire y añade: “Después de la Segunda Guerra Mundial, muchos escritores se preguntaban cómo hablar de los campos de concentración (seguramente él pensaba en Adorno, quien en su momento se preguntaba si era válido escribir poesía luego de Auschwitz). Pues bien, el sida es como Auschwitz: un tema imposible. Para llegar hasta el horror, se corre el riesgo de caer en lo melodramático”. Pero también es cierto que escribir sobre el sida resulta peligroso porque es un asunto muy politizado, de manera especial en países con regímenes teocráticos y autocráticos, sean de derecha o izquierda. Con todo, quien escribe sabe que no solo sería juzgado únicamente a partir de la eficacia de su prosa, sino también según los criterios de lo políticamente correcto.

Tema y variaciones

Pero ¿cuáles son los temas de este género literario? En principio, preguntas como: ¿por qué estamos en el mundo? ¿por qué debemos morir? ¿por qué nosotros? ¿por qué ahora? Existe también un fuerte sentimiento de pérdida de la comunidad dionisíaca, basada en el placer, mientras dicha comunidad se transforma mediante la aparición de “variables” como la compasión y la fraternidad, las cuales hacen que se estrechen los lazos entre los caídos en el campo de batalla del amor sin barreras.

Sin embargo, si nos limitamos a los primeros autores que se estrenaron en este asunto, ha habido y aún hay quienes no se solidarizan con la delicada situación. Tal es el caso de David Leavitt, de El idioma perdido de las grullas, en donde se menciona solo una vez al sida. Aunque en la perturbadora novela Salón de belleza, Mario Bellatín calla estupendamente ese término en todos los idiomas. “Para mí no ha sido, como para ellos, una invasión que ha arrasado con mi vida”, se defiende Leavitt. “Lo que no significa que no esté interesado o comprometido. Pero desde el punto de vista artístico, un escritor responde a lo que le toca personalmente. De hecho, no escribo como si el sida no existiera. Todo lo contrario. En la novela que he escrito se cuenta acerca de una pareja monógama, lo que es significativo: cuando uno de los dos traiciona, lo hace dejándose caer obsesivamente en el sexo vía la computadora todas las tardes en su oficina”.

Mario Bellatín (ciudadsi)

Mario Bellatín (ciudadsi)

El sida como experiencia auténtica

De otro lado, ocurre que muchos le hablan a Paul Monette de su libro Amor en soledad como “tu libro”, mientras que en realidad se trata de un informe desgarrador sobre la enfermedad y la muerte de su compañero. Es como para recordar la película del Filadelfia de Jonathan Demme, basada en una novela homónima de Christopher Davis (ahí lucen la pareja Tom Hanks—Antonio Banderas y su abogado Denzel Washington), con una trama parecida. Y muchos otros han pensado que el mencionado Davis, autor también de Valle de las sombras, estuviera de veras enfermo. El hecho, por ejemplo, de que el libro se interrumpa en las palabras “Yo recuerdo”, sin el punto, indicaría que el escritor ha muerto. Sin embargo, no lo está y más bien defiende la así llamada promiscuidad de los 70 y 80 del siglo pasado. Dice: “Es innegable que aquel estilo de vida se ha hecho peligroso, pero ello no debería ser medido con un criterio moral. Había allí un sentido extraordinario de fusión, lo que me hace recordar que los momentos sexuales más memorables de mi vida han sido con desconocidos”. Y a esto viene a cuento la estremecida canción con que cierra la película mencionada: The fuse (La fusión) de Bruce Springsteen.

Paul Monette. Cortesía

Paul Monette. Cortesía

Algo semejante ocurría con el dramaturgo y novelista francés Cyril Collard, quien llevó al cine su propia vida con el título Las noches salvajes (1993), que ese año obtuvo el premio César de la Academia Francesa, solo que tres días antes de su entrega murió por causa del sida. En la intensísima cinta, Collard se representaba a sí mismo, bisexual portador del VIH como en realidad lo era, y donde la pasión, el desenfreno y la autodestrucción iban de la mano. Tremenda esa escena en la que se le ve bajo un puente casi derruido del Sena, donde tenía sexo con grupos de otros hombres como él, totalmente desconocidos y cuyos rostros ocultaba la penumbra.

Pero no siempre las cosas son melodramáticas. Se dan también melodramáticas, nostálgicas o de negro humor. Es el caso de la reciente novela-cómic Trapicheos en la Segunda Avenida (2018) de la norteamericana Joyce Brabner. En ella se muestra la historia real de un grupo de artistas y activistas neoyorquinos que subían a una furgoneta con dirección a la frontera mexicana con miras a conseguir, mediante el contrabando, una medicina ilegal que todos consideraban como la única manera de curar a sus amigos y compañeros.

Trapicheos en la Segunda Avenida (2018), novela gráfica de Joyce Brabner. Cortesía

También hay episodios macabros y a la vez desopilantes; la rivalidad y la vanidad no se detienen ni siquiera al pie del lecho de muerte. Como aquel escritor que viendo al “rival” en la portada de una revista, estalla de rabia, diciendo. “¡Pero quién se cree este! ¡Yo tengo más sarcomas de Kaposi que él!” O el chiste que en su película le cuenta Collard a su amante: de un tipo moribundo que aparentemente tiene tatuado en su pene la palabra “AIDS” (SIDA), pero cuando empieza a masturbarse y crece su miembro aparece el tatuaje completo: ya no decía “AIDS” sino “ADIDAS”, la marca olímpica. 

Como se puede ver, la narrativa sobre el sida tiene muchas tonalidades, algunas de las cuales son por lo demás fantasiosas y alucinantes, lo que no necesariamente las dota de especial calidad literaria. Tomemos, por ejemplo, El segundo hijo de Roberto Ferro. En ese libro no se profiere la palabra sida, solo se le llama “eso”, pero narra la historia de dos amantes que sueñan escapar de él participando en una expedición gay espacial hasta la estrella Sirio, sometiéndose a una cura que supone vampirescas transfusiones de sangre por parte de padres y hermanos; mientras tanto se dirigen a una cabaña en donde los visita un gato negro que es tal vez la reencarnación de un ex amante de uno de los dos. 

En esa obra, paradójicamente, el miedo se acaba porque ambos protagonistas tienen la enfermedad y ya no se atormentan con el riesgo de contagiarse o de ser contagiados. “Me planteé el problema de si tenía o no el derecho a escribirlo”, señala Ferro. “Pero a la postre decidí que sí, porque estaba demasiado involucrado en el asunto y porque no soportaba lo que se decía o escribía sobre el sida; quería luchar contra la tendencia a culpar a las víctimas, como si un vicio tuviese criterios morales. Había también un motivo un tanto supersticioso en mi vacilación. Temía que escribir me hiciese vulnerable, como si en el fondo uno se diera el permiso de enfermarse”.

Roberto Ferro. Cortesía

Asimismo, hay historietas cruciales dirigidas a niños o adolescentes, como es el caso de La cometa rota de Paula Fox, que cuenta sobre un padre homosexual que en la última fase de la enfermedad pugna para que su hijo acepte su condición, algo que este rechaza y que sigue rechazando aún después del deceso de su padre. Otros autores se destacan más bien por el furor y la ferocidad con que desarrollan el tema, pero no con un afán autodestructivo sino para denunciar la marginación, la injusticia y el desprecio de la sociedad pacata, hipócrita y despreciable que los alberga. Notables en ese sentido son los casos del estadounidense Tom Spanbauer, del español Luis Antonio de Villena y del chileno Pedro Lemebel. Del primero es conocida su “escritura peligrosa” (dangerous writing) que busca siempre producir en los lectores miedo, vergüenza y conmoción aristotélica, lo que sin embargo a veces puede ser efectista y sencillamente manipulador. Casi en la misma línea, aunque con más autenticidad y desenfado, y por lo mismo más eficaz, se encuentra la obra de de Villena, uno de los más reconocidos del epicureísmo homoerótico en España. 

Pero es en el caso único del chileno Pedro Lemebel donde todas las rabias, las furias y los dolores producidos por la enfermedad entre travestis, potenciados al infinito en el submundo urbano de su natal Santiago, se transustancian en una belleza inconmensurable, intensa y alucinante como pocas, y que se inflama a raíz de un lenguaje barroco, lleno de metáforas que deslumbran por mostrar la íntima conexión que puede haber entre lo más pestífero del mundo con las ganas eternas de supervivencia y quizás también de una pizca de amor. En Loco afán: crónicas de un sudario, entre las muchas frases que dejan sin aliento al lector, encontramos, por ejemplo: “Agradezco a Dios por tener sida porque así me da más ganas de vivir.” O “El sida, para la Loba trastornada, se había transformado en promesa de vida, imaginándose portadora de un bebé incubado en su ano por el semen fatal de ese amor perdido. Ese príncipe le había plantado la fruta una noche de galera romana, y después, al alba, se había marchado dejándolo preñada de naufragio.” O aún: “Unos glúteos asomados por el drapeado de las sábanas, goteando el suero proletario de la tropa soldadesca. Una mano abierta que soltó la matraca para agarrar el caño desinflado de la eyaculada guerra”.

Pedro Lemebel.

Pedro Lemebel, 1986. Fotografía de Claudia Román, Colección Museo Reina Sofía (El País)

Develamiento y gueto

Por su parte, George Whitmore, autor de Nebraska, hablaba con extremo pudor de su mal, que lo llevó a la muerte en 1989, a los 44 años. Entonces él aún conservaba la belleza que siempre le había sido característica. “Admitir que se tiene sida es como salir al frente con tu homosexualidad por segunda vez. Corres riesgos emotivos y riesgos sociales, y los primeros son los peores. Pero he creído que debía violar mi privacidad porque pensaba que era inmoral pedir a la gente que pusiera su alma al desnudo y no hacerlo después yo. Tengo la presunción de que mi libro no sea motivo de propaganda ni de polémica. Mi objetivo es llevarle al lector un mundo que no conoce. ¿No es este en el fondo el propósito de toda novela? Aún estamos tratando de decidir qué lenguaje usar. La cultura gay urbana no está a un nivel respetable.” Pero considerando que hoy, a leguas de las sombrías palabras de entonces, el movimiento LGTBI+ ha ganado fuerza y reconocimiento en gran parte del mundo, a Whitmore este hecho le habría tranquilizado y alegrado.

Edmund White, autor de la muy exitosa El cuarto hermoso está vacío, comparaba el estado de esta literatura en Estados Unidos y Francia. Él está felizmente casado desde 2012 con Michael Carroll, con quien –dice, ufano– se lleva mucho mejor luego de dos infartos que White sufrió durante su matrimonio. “En Estados Unidos todo funciona con guetos. La novela judía, la negra, la femenina, la cultural y, claro, la gay, que se exhiben con sus respectivos cartelitos en los estantes de las librerías. Esto desbarata una de las mayores ambiciones de la literatura que es la de ligar diversas experiencias. La verdad es que en este país yo soy leído sobre todo como gay, mientras que en Francia, donde he vivido muchos años, escritores como Reynaud Camus, Ives Navarre, Dominique Fernandez, por completo gays, son reconocidos por el establishment literario”. Así se expresa White, sin tratar de disimular su contrariedad y embarazo. Y añade: “Solo desde hace relativamente poco tiempo las novelas gay aquí son comentadas en los grandes diarios, y a menudo con la pregunta: ‘¿Pero por qué todo este sexo? ¿Pero por qué casi todos los personajes son gays?’; como si uno preguntase a un escritor determinado la razón por la que todos sus personajes son heterosexuales”.

Edmund White. Cortesía

Camino al holocausto

Por último, el ya mencionado Paul Monette y con varios libros taquilleros en su haber, hasta poco antes de su muerte por el virus en 1995 a los 49 años, espetaba siempre con urgencia y atrabiliario humor: “El sida es sangre y es mierda… Yo escribo para aquellos que leerán dentro de cincuenta años. Ellos verán la mayor parte de la producción gay actual y no entenderán su ‘frivolidad’. Es un poco como ir a la Ópera de Mónaco durante la segunda guerra mundial. Yo tenía muy en claro que quería escribir el equivalente a El diario de Ana Frank. Pues lo que está sucediendo es ni más ni menos que nuestro holocausto”.

Si eso en realidad sucede o sucederá, se espera que mantendremos vivo el arte. Él nos dará fe de las vicisitudes y prerrogativas del ser humano y revelará que alguna vez hicimos lo mejor para lograrlo todo, aunque a la postre no pudimos conseguir nada. 

 

Loco afán. Crónicas de un sidario (1996), de Pedro Lemebel [Fragmento]

Lemebel, película de Joanna Reposi Garibaldi, 2018. Captura

En uno de estos lugares, al calor delirante de la farra marucha, es fácil encontrar una loca positiva que acceda a contestar algunas preguntas sobre el tema, sin la mascarada cristiana de la entrevista televisiva, sin ese tono masculino que adoptan los enfermos frente a las cámaras, para no ser segregados doblemente. Más bien jugando un poco con el aura star de la epidemia, así, revertir el testimonio, el indigno interrogatorio que siempre coloca en el banquillo de los acusados al homosexual portador.

—¿Por qué portador?
—Tiene que ver con puerta.
—¿Cómo es eso?
—La mía es una reja, pero no de cárcel ni de encierro. Es una reja de jardín llena de florcitas y pájaros.
—¿Barroca?
—No sé lo que es eso, puede ser, una verja llena de cardenales.
—¿Y adónde conduce?
—Al jardín del amor.
—¿Se abre?
—Siempre está abierta de par en par.
—¿Y qué hay en el jardín?
—Un asiento también de fierro, igual que la reja llena de…
—Pájaros y florcitas.
—Y también corazones.
—¿Partidos?
—Bueno un poquito, alguna trizadura por aquí, otra por acá, pero sin flechas. Eso del angelito cupido es cuento hétero, en vez de flechas, jeringas.
—¡Uy qué heavy!
—¿Qué tanto? Si los pinchazos ahora me excitan.
—Bueno, estábamos en el amor. El jardín portador del amor. ¿No crees que te corres del tema?
—Siempre, nunca tienen que saber lo que estás pensando.
—¿En qué estás pensando?
—Yo no pienso, soy una muñeca parlante. Como esas Barbys que dicen I love you.
—¿Hablas inglés?
—El sida habla inglés.
—¿Cómo es eso?
—Tú dices Darling, I must die, y no lo sientes, no sientes lo que dices, no te duele, repites la propaganda gringa. A ellos les duele.
—¿Y a ti?
—Casi nada, hay muchas cosas por las que vivir. El mismo sida es una razón para vivir. Yo tengo sida y eso es una razón para amar la vida. La gente sana no tiene por qué amar la vida, y cada minuto se les escapa como una cañería rota.
—¿Es un privilegio?
—Completamente, me hace especial, seductoramente especial. Además, tengo todas las garantías.
—¿Cómo así?
—Mira, como portador, tengo médico, sicólogo, dentista, gratis. Estudio gratis. A quien le cuento el drama se compadece y me dice al tiro que sí a lo que pido.
—Menos al amor.
—Bueno, a la gente le gusta que tú te mueras, se sienten más vivos, más seguros. Pero los portadores estamos más allá del amor. Sabemos más de la vida, pero por descuentos. Este mismo minuto yo soy más feliz porque no habrá otro.
—Nunca hay otro para nadie.
—Pero no es lo mismo; tú verás nevar alguna vez si vas a Farellones o a otra parte donde van los ricos. Pero yo nunca, porque puede que ya no esté. Y esa nieve se derrite siempre antes que yo llegue. Es un sueño que siempre tengo. Pongo la mano para recibir un copo y me cae agua. ¿Te fijas? Algo siempre está partiendo.
—¿Cómo una carrera contra el tiempo?
—Se me evapora el alma antes de llegar.
—¿Cómo la canción?
—Claro, pero sin música. Los deseos, las ganas. Ahí estamos tratando de agarrarlos.
—¿Y ser viejo?
—Bueno, ahí tienes otra garantía. Nunca seré vieja, como las estrellas. Me recordarán siempre joven.
—¿Y si encuentran el remedio?
—Me muero igual, porque de aquí a que llegue a Latinoamérica, y a qué precio. ¿Te imaginas lo que va a costar? Como siempre, se salvan las ricas primero.
—Como el AZT.
—Sí, pero para mí, el AZT es como la silicona, te alarga, te agranda, te engorda, te pone unos tiempos más de duración. Hay travestis que se lo inyectan ellos solos.
—¿El AZT?
—No, la silicona. En la Sota de Talca, un travesti me dijo que estaba esperando la bencina para el avión. Y yo pensé que era el AZT. No niña, me dijo, es para las pechugas. ¿Y cómo lo haces? En una clínica supongo. Nada que ver, no tengo plata para eso. Me compro dos botellas de pisco, me tomo una, cuando estoy raja de curá con un gillete me corto aquí. Mira, abajo del pezón. Ahí no hay muchas venas y no sangra tanto. ¿Y? Cachay que la silicona es como jalea. Como esas lágrimas de mar que hay en la playa. Bueno, te la metes por el tajo y después con una aguja con hilo te hacís la costura. ¿Y la otra botella de pisco? Te la echaí en la herida y te tomaí el resto. Quedaí muerta de cocida, después el peso de la silicona cae y te tapa la cicatriz, no se nota. ¿Veí?
—Eso era en Talca. ¿Hay mucho sida por allá?
—Igual que en todas partes. Ahí supe que los travestis le dicen la sombra.
—¿Cómo?
—Se pegó la sombra dicen. Es bonito fija té. Es como la sombra de los ojos. ¿Te fijas que todos los que tenemos sida tenemos una mirada matadora?
—Sin regreso…
—¿Te fijas que algo se va cuando dejas de mirarme? Algo se rompe. Mírame.
—Te estoy mirando.
—No, no me estás mirando a mí, estás mirando mi muerte. La muerte tomó vacaciones en mis ojos.
—¿Por qué tanta poesía? ¿Te ablanda el drama? ¿Es más soportable?
—Mira, yo no hablo de poesía, más bien de poseída.
—¿Y escribes?
—A veces, en esos días abochornados cuando está a punto de llover. Me gustaría que estuviera lloviendo cuando… Cuando me llegue la hora pues, las flores duran más tiempo con el agua.

 

* Renato Sandoval Bacigalupo (Lima, 1957) es profesor de literaturas europeas, doctor en Filología Románica y traductor. Ha publicado poesía y ensayo. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura, Perú, en 2019, mención especial en Poesía.

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