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Cultura

George Orwell: una buena taza de té

El próximo 21 de enero se cumplen 72 años de la muerte de George Orwell, escritor especialmente recordado por “1984”, novela distópica por excelencia, y “Rebelión en la granja”, brillante sátira acerca de la Unión Soviética. Hoy lo recordamos a través de “A Nice Cup of Tea”, un curioso ensayo que escribió acerca del té y la rigurosa delicadeza de su preparación.

Cortesía

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Nunca sabremos si el ojo del Gran Hermano llegó a espiar a George Orwell bebiendo una taza de té, pero sí sabemos que, en 1946, el escritor publicó un ensayo sobre esta infusión milenaria en Evening Standard.

Como un dragón ambarino, el té se desenroscó desde China, al principio desde la región del mito: el emperador Shen-Nung hervía agua bajo un árbol y, por casualidad, unas hojas cayeron en el líquido. El aroma desprendido por la infusión le hizo descubrir una bebida que penetraría en lo más hondo de la cultura oriental.

El consumo del té no solo fue asiduo con el paso del tiempo en Asia, sino que desarrolló, como en el caso de China y Japón, todo un universo de rituales destinados a lograr su preparación perfecta y su absoluto disfrute en consonancia con la naturaleza. Pensemos, siquiera de paso, en el vínculo profundo entre las ceremonias del té y filosofías espirituales como el taoísmo o el budismo zen.

En El Libro del Té, Kakuzo Okakura escribió que este no poseía la arrogancia embriagadora del vino, ni el individualismo del café, ni la inocencia afectada del cacao, sino que su esencia radicaba en un sabor sutil, susceptible de ser idealizado. Con el tiempo, sin embargo, el té llega al mundo occidental, y se evapora drásticamente esa aura mística oriental. La infusión se convierte en una bebida popular en sociedad, cuyo consumo se extiende a todas las clases sociales, particularmente en Inglaterra.

El té desembarcó en las islas británicas hacia mediados del siglo XVII, como una infusión china de exótico encanto. Tan popular se volvió su degustación que, un siglo después, las cafeterías de Londres servían más té que café, aunque solo a hombres. Habría que esperar hasta la época victoriana para que las mujeres también disfrutaran de sus placeres. De hecho, la costumbre inglesa del té vespertino tiene su origen en un desmayo de Diana Russell, duquesa de Bedford, quien se recobró gracias a una reconfortante tacita preparada con urgencia en horas de la tarde.

Un año después de la Segunda Guerra Mundial, encontramos a Orwell bebiendo una taza de té delante de una máquina de escribir. Aún no ha escrito su célebre 1984, pero en este momento, acaso por gusto o como parte de su labor periodística, se propone enumerar una serie de “mandamientos” para beber té de una forma decente. Lo curioso es que lo hace recobrando algo de aquella concepción del té como una expresión cultural y como una ceremonia de la vida cotidiana, visión tan presente en el libro de Kakuzo.

Como quien explica pacientemente a un discípulo, Orwell indica que la taza de té perfecta se basa en el uso de té de la India, país en el que nació. Sobre el té chino, barato en aquella época, escribe: “No lo encuentro muy estimulante, no te sientes ni más sabio, ni más valiente ni más optimista después de beberlo”.

En cuanto a los preparativos previos, Orwell aconseja, con la complicidad de quien revela un secreto milenario, que se debe calentar un poco la tetera antes de verter el agua en ella. Solo luego se debe llevar la tetera al hervidor y no a la inversa, para que el agua esté hirviendo en el momento del contacto con el té.

Páginas de A nice cup of tea and other essays, Fernando More Publishing Limited, 2013. Cortesía

La infusión debe prepararse en pequeñas cantidades, empleando una tetera de porcelana para cuidar el gusto. No obstante, el sabor debe ser fuerte. “Todos los amantes verdaderos del té no solo gustan del té fuerte, sino que, a medida que pasan los años, les gusta un poco más fuerte. Un hecho que lo ratifica es la ración adicional que se les pone a los jubilados”. Por ello, las hierbas se deben poner directamente en la tetera.

Una vez preparado, también debe observarse la forma de beberlo. Hay que remover el té, permitir que las hojas se asienten y, acto seguido, verterlo en la taza. El toque final es la adición de leche, según costumbre británica.

Por supuesto, al hablar de té, Orwell presupone uno amargo, sin endulzar. “¿Cómo puede denominarse amante del té de verdad si destruye su sabor poniéndole azúcar?”, exclama, como un caballero desairado. “Si le pone azúcar, sería igualmente razonable ponerle pimienta o sal. El té es amargo, al igual que la cerveza. Si lo endulzara estaría perdiendo el sabor auténtico del té”.

 

Cave Ogdon (Asunción, 1987) es escritor. Ha publicado cuentos y novelas. Algunas de sus obras son Los incómodos (Arandurã, 2015, mención honorífica certamen literario Roque Gaona), Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018) y Perros del pantano (Póra, 2021).

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