Me interesa pensar la muestra a partir de los viajes de Yaluk. Me acercaré a estas obras no intentando leerlas, sino rodeándolas. Escribir lo que estas obras han leído de mí.
Quizás la huella de un momento alejado, cercanísimo.
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Una mujer recolecta. Al principio no está del todo segura de si hay una razón detrás más allá de su fascinación. Lee sobre animales marinos, pulpos, calamares.
-Ambos tienen sacos de tinta negra -me dirá un día.
Los compra en un mercado en Italia, más tarde en su estudio los abre, curiosa por lo que en su interior esconden.
Escamas luego. Las adquiere, las guarda. Ahora las perfora con ayuda de otra mujer.
Durante horas perfora escamas; es una tarea meticulosa, no demasiado sencilla. Lleva años. Le es difícil encontrar alguien que sepa cómo, o esté dispuesta a asistir.
Repetidamente una aguja atraviesa delicada la piel diferente a la nuestra.

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Recuerdo un texto de Yaluk. En él, alguien vestido con satén negro baja las escaleras a la noche para encontrar que su casa está inundada, repleta de peces. Pregunto por la obsesión de lo acuático en su obra.
Ella me habla del origen en el agua, de peces que aprenden a habitar otro territorio, del útero materno. Para Maurice Blanchot “el lenguaje en el que habla el origen es esencialmente profético” [1], profético no porque hable necesariamente de un futuro, sino porque lo llama, porque en esto profético se condensa lo que no ha tenido lugar de inscripción en el presente, o lo que en el presente no ha sido presente en absoluto.
¿Llaman estos restos acuáticos a un lugar donde el origen de un presente sea posible?

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Una mujer investiga la seda.
-Qué curioso que sea necesaria una metamorfosis para que ella exista -dice.
En el Camino de la Seda, una vez, un vendedor de gusanos vio horrorizado cómo su adquisición se convirtió en otra cosa. Al abrir la caja no tenía ya los filamentos delicadamente imbricados a los insectos que esperaban envueltos, sino mariposas.
Ella viaja a una isla en Túnez, busca seda marina.
-Ahí estaba la guardiana del biso -dice ella.
A la artista le extraña que esta tela pareciera no tocar la piel. Ella se encanta por el brillo, por un tejido que está pero no está. Está en la piel, y sin embargo. “Lo más próximo a la piel mía”, piensa.
Luego, en Paraguay, no podrá encontrar nunca alguien que la ayude a bordar escamas con seda.

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Aquello que en el presente fue derrotado. Lo que las exuvias -restos de cambio- quizás incuben aún. Tal vez eso se guarde en la noche. Toda la obra de Yaluk transita lo nocturno, lo abisal. Indicios de criaturas extrañas, hipnóticas.
-Todos los animales abisales destellan donde no llega nadie -me dice la artista.
Destellos de un presente a porvenir. Idea del origen. A la manera de una sibila, Karina Yaluk ha ido coleccionando vestigios en donde algo aún sin presencia pueda leerse. El canto de la sibila “nunca es escuchado en el ahora, y este lenguaje que abre la duración, que desgarra y comienza, no tiene sonrisa, ni adorno, ni disfraz, es la desnudez de la palabra primera”, dice Blanchot [2].
Palabra primera. Origen de la palabra.

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Una mujer lleva tres años recogiendo exuvias en Brasilia.
Un día adhiere dos. Luego pega otra, una más, otra, otra. Parece haber encontrado algo. Obsesivamente continúa.
Cuando se da cuenta, tiene una esfera demasiado grande para incluso poder ella levantarla.
Una mujer piensa sobre los cantos de las cigarras en la capital brasileña durante el verano.
Pareciera imposible no escuchar tanto canto y frenar la pulsión de recoger los objetos que su metamorfosis dejó.

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-El futuro llegó. Y no estábamos ahí -me dice la artista.
El futuro llegó y era imborrable porque en él no estaba nada escrito. Pienso en la noción de irrevocabilidad de Blanchot. La idea de que lo que ha tenido lugar ya ha tenido lugar para siempre jamás o, en sus propias palabras:
Con la irrevocabilidad, lo que apenas acaba de tener lugar resbalaría y caería inmediatamente (nada más rápido) en “lo espantosamente antiguo” [...] La irrevocabilidad, desde esta perspectiva, sería el deslizamiento o la frágil caída que abole el tiempo en el tiempo, que borra la diferencia de lo próximo y de lo lejano, los indicios de referencia, las medidas llamadas temporales (todo lo que vuelve contemporáneo) y sepulta todo en el no-tiempo de donde nada puede retornar, menos por falta de un retorno que porque nada cae en él, salvo la ilusión de caer [3].
Algo se ha escapado de un presente, lo ha evadido. En esa evasión otra cosa cayó, por desajuste de lugares. Quizás haya otro territorio a porvenir en el que podamos tener sitio de inscripción, puede que sea posible.
Puede que los restos de futuro de Yaluk, pequeños poemas que ha sabido soltar, señalen, tímidamente, la posibilidad de ese territorio. O llamen a un deseo de éste.
Hasta que lleguen futuros menos terribles, el poeta es el centinela de la imagen.
Notas
[1] Blanchot, M. (2001). La bestia de Lascaux. Madrid: Tecnos, p. 29.
[2] Íbid, p. 30.
[3] Blanchot, M. (1994). El paso (no) más allá. Buenos Aires: Paidós, p. 43.
* Andrés Vásch es escritor e investigador independiente de arte. Masterando en Artes por la Universidad do Estado de Minas Gerais, donde integra el grupo de investigación Arte, Crítica y Política. [email protected]