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Cultura

Silvia, la niña que sobrevivió a la Guerra Guasu

Silvia Cordal vivió la Guerra contra la Triple Alianza desde una posición privilegiada, pues pertenecía a una familia cercana al poder que luego cayó en desgracia. Sus memorias de niña iluminan aspectos poco conocidos de la vida de la población civil durante el conflicto, especialmente de las mujeres conocidas como “destinadas”.

Silvia Cordal, según imagen de época. Cortesía

Silvia Cordal, según imagen de época. Cortesía

“Estos primeros apuntes [roto] para mis tres hijos, Francisco, Fernando y Pepita”.
—Apuntes de Silvia Cordal

“No solo considero que la memoria es vulnerable a los engaños de la imaginación, sino también que los eventos que se inscriben en la memoria —incluso los eventos más íntimos y traumáticos— son inseparables de ciertos códigos culturales, dinámicos y fluctuantes, que los matizan de significados sociales y psicológicos”.
—Jennifer French sobre Tradiciones del hogar, de Teresa Lamas Carísimo

A las memorias de Silvia Cordal llegué con el emblemático libro escrito por Manuel Peña Villamil (Asunción, Criterio Ediciones, 1987) en alguna clase de historia del Paraguay, siendo estudiante en la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica. He perdido la cuenta de las veces que las he leído, para mí, y ante cualquier público donde me haya tocado dar algún aspecto relacionado con las mujeres y la Guerra contra la Triple Alianza.

De hecho, como mi interés sobre la guerra está relacionado con las mujeres como temática, las miradas y perspectivas han estado siempre guiadas por los testimonios de aquellas que vivieron el conflicto; muchos de ellos, sabemos, fueron dictados o escritos, antes de la finalización en marzo de 1870 o inmediatamente después. Quizás en este sentido, el más conocido sea el de la francesa Dorotea Duprat de Lasserre, dictado a un oficial brasileño y publicado —por la riqueza de sus detalles— en la obra de Jorge Federico Másterman Siete años de aventuras en el Paraguay, apenas terminada la guerra.

“La mujer paraguaya [la marcha del ejército]”, Cabichuí, año 1, n. 66, 1867. Colección CAV/Museo del Barro.

Claro que La Regeneración también publicó, entre diciembre de 1869 y los primeros meses de 1870, el testimonio y la declaración de muchas mujeres “destinadas” que huyeron de los campos de Espadín. Estos, mucho más cortos, además de los detalles estaban —y se entiende perfectamente— llenos de juicios de valor hacia Solano López. Durante mucho tiempo esos testimonios fueron la prueba fehaciente de las barbaridades que el mariscal había hecho y que inequívocamente llevaban a confirmar que era —con justa razón— un enemigo de la civilización, tal como fuera declarado por el Gobierno Provisorio.

Sin embargo, hace poco la historiadora Bárbara Potthast los estudió más allá de simplemente servir como acusaciones para Solano López. La historiadora alemana nos enseñó a leer los testimonios de mujeres como expresiones de ellas nunca alejadas de su propio sitio dentro de la sociedad y del contexto —al fin— político y económico. Así, leer, por ejemplo, las memorias de Encarnación Bedoya, más que acusaciones al “tirano de López” o la “Linche” eran ejemplificadoras en cuanto a la posición de clase, a las posibilidades sociales, como saber leer y escribir, y/o a la percepción de la coyuntura.

“The paraguayan mother”, Harper’s New Monthly Magazine, abril de 1870. Cortesía

De hecho, son pocos los historiadores que no pierden de vista esto. Incluso cuando utilizan las memorias, el testimonio, los recuerdos, en fin, eso que llamamos “datos”, para concebir y linear la historia del Paraguay, tantas veces narrada solo por varones. Las memorias de Silvia Cordal poseen algunas características que, aunque hablen del mismo hecho, las hacen muy diferentes de otras. La primera no fue escrita inmediatamente. En realidad, habiéndolas leído tantas veces no me había preguntado cuándo o en qué contexto fueron anotadas. Luego de releerlas, pero con el fin de descubrir la intencionalidad subyacente de la autora, más allá de la narrativa, de su experiencia sufrida, me parece que ellas pudieron haber sido el estímulo que propició la famosa polémica de 1902 y 1903 entre el Dr. Cecilio Báez y el periodista y profesor Juan E. O’Leary —quien firmaba como Pompeyo González— sobre las bases en las que estaban cimentados la nacionalidad y el heroísmo paraguayo, y una posible relectura de la historia que habían forzado los vencedores. Sabemos que todo se inició a través de artículos periodísticos donde ambos fueron debatiendo conceptos, ideas, corrientes, pero también hechos históricos y nuevas narrativas.

Sabemos también que ello tuvo un antecedente muy importante: la coyuntura política y la fuerza que tenían el caballerismo y sus hombres. La campaña, que llevó adelante el Ministerio de Guerra y Marina buscando censar a los excombatientes de la guerra, a fin de reconocerlos como veteranos y asignarles, en primer lugar a los lisiados, una pensión vitalicia por parte del Estado. Como explica el historiador Luc Capdevila, los soldados sobrevivientes de la guerra de repente tenían su vida para contar esa parte que no se condecía con haber muerto en el campo del honor, sino con haber permanecido junto con Solano López.

La sociedad paraguaya en todos sus pueblos se vio sacudida por los recuerdos de un momento extremadamente dramático y muchos oficiales de alto mando, con más o menos facilidad de palabra, también se propusieron escribir, cada uno, “su verdad” de los acontecimientos. En este sentido, las memorias o reminiscencias históricas sobre la Guerra del Paraguay, del Cnel. Juan Crisóstomo Centurión, marcaron un hito importante.

Así, no sorprendería entender que el periódico La Patria (de inclinación colorada), donde escribía O’Leary, organizó el 4 de enero una manifestación ciudadana frente a los “ofensivos” dichos del Dr. Cecilio Báez, quien a su vez escribía en El Cívico (periódico liberal). Luc Capdevila explica el alcance de este acto: el centro de esa manifestación fue el veterano de guerra Florentín Centurión quien le puso palabras, básicamente al cuerpo de un “héroe”, en días posteriores; como La Patria había publicado íntegramente el discurso, empezó a recibir desde el interior notas de apoyo a la causa. A medida que avanzaban los meses, el debate dejó de ser intelectual y fue no solo más claramente político, sino que incluía a toda la sociedad, mayores y jóvenes; hombres y mujeres.

“Coming from the front”, Harper’s New Monthly Magazine, abril de 1870.

En el caso de las mujeres, la participación no lo fue desde un debate escrito. No estoy segura si estaban entre algunos de los 255 notables que firmaron su adhesión a Báez en diciembre de 1902 y señalaron que condenaban la tiranía como forma de gobierno y en especial todos los actos cometidos por Solano López, a la vez que expresaban preocupación de que “a pretexto de ensalzar sus glorias, se eduque al pueblo en el culto de sus verdugos, acostumbrándolo a la adoración de falsos ídolos”, de acuerdo con Luc Capdevila. De lo que sí estoy segura es de que, unos cuatro años antes, las mujeres de la élite presentaron ante el Senado una queja formal y el pedido de retiro de todos los cuadernos que tenían en la contratapa el rostro de Solano López. También, que en el marco del intenso debate Báez-O’Leary, las mujeres se organizaron en comisiones “pro víctimas de la guerra” para mandar a hacer oficios religiosos en memoria de quienes murieron en ella, pero también ajusticiadas por Solano López.

Este es muy probablemente el escenario que movilizó a Silvia a contar también “su guerra”. Pero, desligada hasta de la corriente política de su marido —el liberal Francisco Soteras— y de su posición como “destinada”, su narrativa no está centrada en Solano López. De hecho, es como si una niña lo estuviera contando: su recuerdo tiene que ver más bien con la incertidumbre, la falta de comprensión y el alcance de la situación, del dolor de la pérdida, de la muerte y de la esperanza del regreso a través de las selvas, desde Espadín hasta Asunción. Este es, desde mi punto de vista, el enorme valor de sus memorias. Las memorias de una niña que sobrevivió para contarlo.

 

*Ana Barreto Valinotti es historiadora, docente y gestora cultural. Es miembro fundador del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas y miembro correspondiente de la Academia Paraguaya de la Historia. Su campo de estudio y producción académica está centrado en la historia de las mujeres, la historia social y la historia de la fotografía.

 

Nota de edición: Ana Barreto Valinotti (2020). Silvia Cordal, la niña que vivió para contarlo. Asunción: Grupo Editorial Atlas, Colección Protagonistas de la Guerra Guasu. El presente texto corresponde a la introducción del mencionado volumen.

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