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Cultura

Arquitectura del paisaje en Asunción. Escenarios ausentes en la historia

Jardín original de la plaza IndependencIa, 1920, diseñado por Juan Samudio. Cortesía

Jardín original de la plaza IndependencIa, 1920, diseñado por Juan Samudio. Cortesía

Paraguay no cuenta con leyes –menos aún ordenanzas municipales– que aborden específicamente la protección de jardines históricos, reconociendo su valor estético y expresivo. De hecho, la Ley 5621/16 de Protección del Patrimonio Cultural no incluye en su redacción la palabra “jardín” y menciona una sola vez los términos “paisaje” y “paisajístico” como conjunto, sin exponer sus alcances ni particularidades. Tampoco existen tratados, normativas o descripciones que señalen las características y elementos que hacen singulares a los antiguos jardines de la capital. ¿Quiénes los crearon, cuáles han sido sus motivaciones, sus referentes? ¿Cómo justificar su protección –más aún, concebir su restauración– sin antes identificar estilos, tipologías, rasgos de diseño, materiales, mobiliario, especies vegetales?

En las últimas décadas, en Asunción se ha acelerado el deterioro de sus espacios públicos más antiguos y representativos. El reclamo ciudadano apunta al mantenimiento insuficiente, las ocupaciones y la inseguridad. Estos tres síntomas tienen en común un momento de origen, durante la década de 1990.

Sin embargo, este proceso se inició mucho antes, pudiendo identificarse claramente al menos tres fases, desde el principio hasta hoy. Entender esto es importante para responder a preguntas básicas y necesarias como ¿qué debe ser rescatado, preservado, protegido? Y ¿de qué manera hacerlo?

Jardín de la ex plaza del Mercado, 1940. Cortesía

Jardín de la ex plaza del Mercado, 1940. Cortesía

La primera –y también la más destructiva– de estas fases de degradación se inicia a mediados de la década de 1940, en el contexto de las fuertes pujas políticas durante el gobierno de Higinio Morínigo. Es en esta época en que la mayoría de los diseños neoclasicistas de jardines públicos de la capital son directamente reemplazados por otros de características muy distintas, en lo que bien puede considerarse un acto de amnesia inducida de toda una sociedad, eliminando del imaginario colectivo un elemento de identidad urbana asociado a una de las facciones políticas de la disputa, un caso extremo que no conoce antecedentes similares en toda la región. Desaparecieron en ese contexto los jardines de las plazas Constitución (actual Independencia) y del Mercado (actual O’Leary), de la antigua Costanera, además de los del Palacio de Gobierno.

Aquellas acciones de cambio de diseño estuvieron acompañadas en los años siguientes por otros procesos para nada menores, entre ellos, la desconsideración progresiva de especies nativas en espacios públicos. Muy lejos en el tiempo quedaron aquellas décadas de 1920 y 1930 en las que el vivero municipal de la capital las cultivaba en abundancia y que en su momento llevara a la Municipalidad a enunciar que “el caranday como el pindó, y otros representantes de la flora indígena, ocuparán un lugar en la arboleda de Asunción”.

Jardín de la plaza Juan de Salazar, 1920. Cortesía

Jardín de la plaza Juan de Salazar, 1910. Cortesía

Otras acciones que también caracterizan esta primera fase son la implantación de monumentos –sin criterio estético alguno– en medio de los parterres (porciones de jardín) de los pocos ejemplos supervivientes y el cercenamiento de superficie, siendo los casos más notables la entrega de una hectárea del parque Carlos Antonio López a un canal de televisión, el enajenamiento de una parte del parque Caballero por parte de la Municipalidad para destinarla a una de sus dependencias, la cesión de casi la mitad del Jardín Botánico a diversos entes (FFAA, ex Antelco, Asunción Golf Club, entre otros) y el de la plaza Independencia, segmentada en varias partes para la apertura de calles asfaltadas. Todos estos casos sucedieron durante la década de 1960.

¿Cómo se permitió tal degradación sin elevar voces de protesta? Sin dudas el contexto autoritario de las dictaduras de Morínigo y Stroessner tuvo mucho que ver. A eso se suma lo referido al aspecto; durante este período, la constante fue el mantenimiento y limpieza frecuentes. Así, la pulcritud reemplazó a la noción de estética.

La segunda fase se inició en la segunda mitad de la década de 1990, en el contexto de sucesivas crisis gubernamentales y movilizaciones populares que se desarrollaron en varios de los sitios emblemáticos de la ciudad, como las plazas Uruguaya, Italia, Juan de Salazar, Independencia y de los Héroes. Esta afluencia masiva de personas (agravada en muchos casos por escaramuzas entre facciones o con la policía) duraba desde una jornada a varios meses, generando importantes daños a la infraestructura, que desde entonces ya no recibió la misma atención de la Municipalidad por falta de garantías, ante la posibilidad real de que se reiteren situaciones similares en el corto plazo.

Plaza Uruguaya, ca. 1920. Cortesía

Plaza Uruguaya, ca. 1920. Cortesía

En esta segunda fase –aún vigente– resalta, además, la permisividad municipal respecto a ocupaciones comerciales en espacios públicos, como puestos de comida rápida (paseo central de Quinta Avenida), de artesanía (plaza Libertad) e incluso librerías (plazas Uruguaya y Mayor Infante Rivarola).

La tercera fase del proceso –también vigente– se inicia en el año 2003. Tanto los ejemplos históricos supervivientes como los diseños superpuestos en las plazas céntricas, se encontraban a inicios del presente siglo ya en malas condiciones de mantenimiento, cuando la Municipalidad impulsó una serie de intervenciones sin ninguna contemplación historicista, como es el caso de la enorme fuente de agua insertada sobre el parterre mayor de la plaza Juan de Salazar. A estas acciones siguieron otras que también han pasado por alto cualquier criterio básico de intervención en jardines históricos, alterando de manera significativa las plazas Italia, Gaspar Rodríguez de Francia o Uruguaya, y alcanzando –incluso– a algunos de los jardines históricos del Botánico, como el Kamba’i y el Rosedal, cuyo diseño original fue ignorado en la ejecución de los proyectos de puesta en valor, hacia el año 2010.

Otro rasgo distintivo de esta tercera fase es la incorporación de enrejado en diversas plazas (Italia, Mayor Infante Rivarola, Uruguaya, entre otras). Elemento que, con el pretexto de resguardar la integridad de la infraestructura y de sus visitantes, generó un corte en lo que debería ser espacio público fluido y abierto, sin que la Municipalidad haya ejecutado hasta la fecha un solo proyecto serio de restauración ni haya logrado recuperar la frecuencia de uso propia del siglo pasado.

Jardines de la Costanera, 1930. Cortesía

Jardines de la Costanera, 1930. Cortesía

Esta secuencia planteada de tres fases pretende una primera aproximación a posibles respuestas a las preguntas antes formuladas, referidas a lo que –en materia de jardines históricos de la capital– deba ser reconocido, protegido, restaurado y la manera de abordarlo. Las pocas leyes y ordenanzas que atienden a algunos de los espacios públicos antiguos de la ciudad, los consideran como soporte, como escenarios donde ocurre la historia, sin reconocer que sus diseños originales están integrados a ella porque retratan una época, una manera de ver y entender pasado, presente y futuro; una aspiración, un proyecto de ciudad, de país, de sociedad. Recuperarlos es restablecer la memoria ciudadana. Los escenarios de la historia son parte de la historia.

 

* Carlos Zárate es arquitecto, docente, investigador, magíster en Restauración y conservación de bienes arquitectónicos y monumentales, coordinador de Área de Teoría y Urbanismo (FADA-UNA) y miembro del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas (CPCH).

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