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Cultura

“Dificultades paraguayas”: la Guerra de la Triple Alianza vista desde el Norte

En marzo de 1869, mientras a miles de kilómetros la Guerra del Paraguay entraba en su fase final, el Congreso estadounidense inició una prolongada investigación sobre los sucesos que dieron lugar al retiro del ministro residente en Asunción, Charles A. Washburn, y la prisión de dos funcionarios de la legación, Porter C. Bliss y George F. Masterman, acusados de conspiración por el gobierno del Mariscal López. Los principales testimonios y hallazgos de ese proceso fueron traducidos y publicados recientemente en el libro “Dificultades paraguayas”, de Cristóbal Duarte Miltos, del cual compartimos aquí un fragmento.

Cortesía

Cortesía

A las once de la mañana del 10 de setiembre de 1868, el Honorable Charles A. Washburn, ministro residente de los Estados Unidos en el Paraguay, salía por última vez de la legación norteamericana en Asunción, flanqueado por el cónsul italiano y el francés. Había enviado a su familia más temprano para que no fuera alcanzada por la violencia que temía se desatara a su salida.

A poca distancia le seguían un norteamericano y un británico: Porter Cornelius Bliss y George Frederick Masterman. Ambos eran miembros de la legación, pero estaban acusados de participar en una conspiración para asesinar al presidente Francisco Solano López y terminar así con la Guerra de la Triple Alianza. Washburn había sido acusado de participar también. Pero mientras el ministro estadounidense, protegido por su inmunidad diplomática, logró llegar hasta el vapor que lo devolvería a su patria, sus compañeros fueron inmediatamente prendidos y permanecieron por tres meses detenidos, interrogados por los jueces —entre ellos el padre Fidel Maíz—, sometidos a torturas o a la amenaza de ellas.

Una vez a salvo, Washburn luchó por conseguir la liberación de Bliss y Masterman, informando a sus superiores del atropello a la bandera estadounidense y el arresto de los dos miembros de la legación, que se encontraban —aseguró— en peligro inmediato de muerte. Y aunque finalmente logró su rescate, el proceso evolucionó de una manera imprevisible, mostrando amargas rivalidades entre el Departamento de Estado y la Marina de los Estados Unidos.

Ya fuera de peligro, Bliss y Masterman solicitaron al Congreso de los Estados Unidos que realizara una investigación sobre su prisión en Paraguay y tratamiento posterior mientras eran transportados por la Marina norteamericana, para lo cual presentaron un Memorial con las declaraciones de ambos. La Cámara de Representantes hizo lugar a su petición y creó un comité investigador que sesionó de marzo a diciembre de 1869. El informe resultante, de más de 300 páginas, contiene los testimonios completos de numerosos protagonistas y testigos, y contribuye a echar algo de luz sobre uno de los episodios más oscuros de la guerra: el juicio y ejecución de cientos de paraguayos y extranjeros acusados de participar en un complot para asesinar a López y poner fin al enfrentamiento. El fragmento que se reproduce a continuación es la declaración jurada de Masterman, incluida en el Memorial que puso en marcha la investigación.

Charles A. Washburn y George Frederick Masterman.

Charles A. Washburn y George Frederick Masterman. Cortesía

Testimonio de George F. Masterman

Soy inglés y serví en Crimea en el cuerpo médico del regimiento 82.º de Su Majestad Británica. En octubre de 1861 firmé un contrato en Londres con agentes del gobierno paraguayo para servir por un período de tres años en ese país como boticario en jefe del ejército, manteniendo, como lo había tenido en el servicio inglés, el rango de teniente y al comienzo del año siguiente comencé mi trabajo. En 1863 me nombraron profesor de materia médica y a comienzos de 1866, cirujano asistente del hospital general militar en Asunción y frecuentemente recibí, personalmente y a través del cirujano mayor, la seguridad de que el presidente estaba satisfecho con la forma en que desempeñaba mis funciones.

En noviembre de 1866, mis colegas, el doctor Rhind y el Sr. Fox, fueron arrestados y enviados a prisión por no obedecer un telegrama que llegó muy tarde para ser ejecutado; y una noche después el Sr. Cochelet, el cónsul francés, me trajo un paquete de cartas de Inglaterra para el Dr. Rhind que habían sido enviadas a través de las líneas enemigas por su excelencia el ministro francés; el comandante de Asunción me ordenó que se las diese, lo cual yo rehusé hacer a menos que recibiera una orden por escrito del Dr. Rhind; me arrestaron esa misma noche, me arrojaron en prisión y me trataron con la más dolorosa crueldad. Me mantuvieron preso once meses y entonces me liberaron por intercesión del Sr. Washburn, quien se había interesado mucho por mí y deseaba que tratara a su esposa. Mis colegas, al recuperar su libertad, habían vuelto al servicio del gobierno; pero yo, no deseando hacerlo, acepté el ofrecimiento del Sr. Washburn de convertirme en su médico privado y residir en la legación y me alojé ahí alrededor del 10 de octubre de 1867.

El 21 de febrero del año siguiente los habitantes de Asunción recibieron la orden de evacuar la ciudad en 24 horas. Los cónsules francés e italiano fueron a Luque —un pueblo que se encuentra a unas 12 millas al Este de Asunción y había sido declarado capital provisoria— pero el Sr. Washburn se quedó, y por tener una casa grande, ofreció asilo condicional a todos los que quisieran acogerse al mismo y recibir sus objetos de valor. El mayor Manlove, el Sr. Bliss, John Duffield, y …Carter, ciudadanos de los Estados Unidos, vinieron y ocuparon los edificios exteriores de la legación, en compañía de alrededor de ocho artesanos ingleses que con sus esposas y familias habían obtenido permiso del comandante de Asunción para permanecer allí. El señor doctor Carreras, ex primer ministro de Montevideo, y el señor Rodríguez, secretario de la antigua legación oriental, también vinieron como invitados de Washburn; y el 16 de junio, el señor Leite Pereira, cónsul portugués, cuyo exequatur había sido revocado por López, recibió con su esposa asilo en la legación.

El 22 de febrero, el Sr. Washburn envió a Relaciones Exteriores una lista nominal de su comitiva e invitados, pero en la cual mi nombre fue omitido; al día siguiente se envió una nueva lista corregida y se reenvió, creo, luego de unos días a Luque, en la cual mi nombre figuraba como cirujano, y no hubo objeción. Dos meses más tarde, el mayor Manlove dejó la legación y mientras llevaba su equipaje hacia la casa del Sr. Lasserre, que había quedado a su disposición, fue arrestado por la policía por entrar en una casa deshabitada sin permiso, y lo encerraron en prisión; sus comidas eran enviadas por el Sr. Washburn por medio del Sr. Carter, hasta que este también fue preso por salir a la calle sin permiso. A finales de junio de 1867, el gobierno paraguayo exigió la entrega de Leite Pereira, Carreras y Rodríguez con el argumento de que habían cometido actos de traición por los cuales debían ser juzgados por el tribunal entonces situado en San Fernando. El Sr. Washburn se resistió en forma enérgica a estas exigencias, pero a la vez informó a los acusados que no podía brindarles protección activa. Por lo tanto, sabiendo ellos que eran inocentes, y temiendo ser prendidos por la fuerza y recibir un tratamiento peor, dejaron la legación el 11 de julio y fueron enviados inmediatamente engrillados a San Fernando, donde estaban los cuarteles generales de López. Dos días después, el Sr. Bliss y yo mismo fuimos igualmente requeridos, él acusado de traición y conspiración y yo de “haber cometido crímenes de igual gravedad”.

El Sr. Washburn se negó a entregarnos y a continuación mantuvo una larga correspondencia [1] con Gumesindo Benítez, ministro interino de Relaciones Exteriores, que tras la caída de ese caballero continuó con el coronel Caminos, quien le sucedió; las cartas del lado paraguayo consistían principalmente en extractos de las declaraciones por escrito de don Benigno López, don José Berges, Carreras, Rodríguez y otros, que acusaban de conspiración para asesinar a López y derribar el gobierno del Paraguay al Sr. Washburn, a Bliss, a mí mismo, a ellos mismos y a muchos otros. También contenían la exigencia de entregar un paquete de documentos presuntamente confiados al Sr. Washburn por don José Berges, ex ministro de Relaciones Exteriores.

Desde la fecha del ingreso del señor Leite Pereira la legación había sido vigilada por grupos de policías armados, suplementados luego de su arresto por una cadena de centinelas que aislaban completamente a la casa y su terreno, mientras que los sirvientes nativos actuaban como espías dentro de ella; sin embargo, López expresaba su temor y fingía creer que intentaríamos escapar a pesar de la atenta vigilancia que mantenía sobre nuestros movimientos dentro y fuera de la legación; por lo tanto el Sr. Washburn ofreció mantenernos como prisioneros hasta que él pudiera enviarnos fuera del país para ser juzgados por los gobiernos de nuestras respectivas nacionalidades, y de hecho así lo hizo, deteniéndonos con nuestro acuerdo hasta que se le notificó que tal curso de acción no era aceptado por el gobierno paraguayo.

El 11 de julio, se ordenó a los mecánicos ingleses y sus familias abandonar la capital, a pesar del permiso formal que habían recibido para permanecer allí, y así lo hicieron; dos de ellos fueron tomados prisioneros y el resto fue enviado a San Lorenzo, un pueblo del interior.

Cuando el Wasp llegó a Villeta el 28 de agosto, el Sr. Washburn exigió pasaportes para él, su familia y su comitiva, la cual nos incluía al Sr. Bliss y a mí; se los enviaron para el Sr. y la Sra. Washburn, el Sr. Meinke (su secretario privado) y dos sirvientes ingleses; y le informaron que no se nos permitiría salir del país, sino que debíamos comparecer ante el tribunal criminal para responder a las acusaciones contra nosotros. El día antes de nuestro arresto le escribí al Sr. Washburn una carta en la que le cedía la posesión incondicional de mis efectos personales, para evitar que fuesen confiscados; él se hizo cargo de ellos y los envió al cónsul de su Majestad en Buenos Aires.

Por entonces yo tenía pocas esperanzas de abandonar el Paraguay algún día y estuve de acuerdo con el Sr. Washburn en que la mejor oportunidad de lograr nuestra salvación era que él mismo escapara del Paraguay; y el resultado de nuestras muchas y ansiosas consultas entre nosotros y con él fue que había que aceptar la situación y que nada debía hacerse para retardar su partida o encolerizar más aún a López; de hecho, que ni una hora debía perderse en protestas inútiles o apelar una vez más en vano al sentido de la justicia y la humanidad del dictador.

Alrededor del mediodía del 10 de setiembre, los cónsules francés e italiano visitaron para despedirse del ministro y su familia; el segundo aceptó hacerse cargo de los bienes perteneciente a varios extranjeros depositados en la legación, y el primero, el Sr. Cuverville, me expresó su temor personal de ser arrestado y me dijo que su canciller estaba entre los acusados y que estaba esperando lo peor.

Poco tiempo después, la Sra. Washburn, acompañada por el Sr. Meinke (el secretario privado) y sirvientes dejó la legación; y entonces nosotros, tras esperar hasta perderlos de vista, caminamos rápidamente a lo largo de la plaza que se abría a la calle; al salir, unos cuarenta o cincuenta policías con las espadas desenvainadas nos rodearon, nos separaron violentamente del Sr. Washburn y los cónsules y nos condujeron hasta la policía. Tal como habíamos convenido, el Sr. Washburn no protestó en ese momento contra este ultraje; hubiese sido totalmente inútil, aún si esos hombres lo hubiesen entendido (no vi un solo oficial entre ellos) y hubiese sido una invitación a la violencia contra él mismo; mientras que las amenazas de venganza hubiesen sido absurdas, ya que el Wasp estaba esperando en Villeta, unas veinte millas o más aguas abajo.

El Sr. Bliss, yo y un negro sirviente del Sr. Carreras fuimos entregados como prisioneros al jefe de policía; él nos obligó a desnudarnos y nuestras ropas fueron de lo más cuidadosamente investigadas; nos devolvieron parte de ellas; fuimos engrillados y colocados en diferentes celdas; la mía no tenía ventanas y cerraron la puerta. Me dejaron en la oscuridad hasta alrededor de las siete, cuando tres hombres entraron con una linterna y herramientas, me sacaron los grilletes livianos y los reemplazaron con una barra pesada remachada con anillos enormes que rodeaban mis tobillos; todo tan pesado que yo necesitaba ambas manos para sostenerlo por medio de un pañuelo usado como correa. Poco tiempo después me llamaron al frente de la policía, donde encontré a Bliss y al negro ya montados. Me sentaron de costado en una mula y comenzamos nuestro largo viaje a Villeta; tan pronto como estuvimos fuera de la vista de la policía el sargento que comandaba nuestra guardia de tres hombres desmontó y me mostró cómo podía aliviarme en cierta medida del peso de los grilletes, atando los tientos de los estribos a su alrededor; me complace agregar que nos trató con toda consideración hasta que estuvimos a la vista de la última guardia, cuando ya no se atrevió a hacerlo.

No habíamos tomado nada excepto un vaso de leche aquel día; algunos bizcochos que teníamos en nuestras bolsas de viaje nos fueron confiscados, así como nuestro dinero y varias cosas que mucho necesitábamos. El camino era muy irregular y las mulas habían comenzado a trotar al descender una ladera, perdí el equilibrio, caí pesadamente y fui arrastrado cabeza abajo por cierta distancia hasta que pudieron detener a la mula; la dura barra de mis grilletes me cortó los pantalones, las botas y las medias, y al colgar en carne viva me producía tal dolor que a duras penas podía soportarlo en silencio; finalmente, tras un gran sufrimiento y muchos contratiempos llegamos a Villeta alrededor de las 8 a.m., tan exhaustos por el dolor y el hambre que apenas podíamos tenernos en pie. Nos pusieron en un espacio de alrededor de 150 pies cuadrados que había sido limpiado de malezas y cerrado por sogas altas y una cadena de centinelas, pero a cielo abierto; dentro había unos 50 prisioneros, algunos engrillados, pero la mayoría sin cadenas; entre estos últimos estaban el Sr. Alonzo Taylor, el albañil inglés, y varios alemanes e italianos, anteriormente comerciantes en Asunción; pocos tenían alguna protección contra el clima, excepto por las ropas que llevaban puestas —un grupo de ocho sacerdotes con sus sotanas eran los que estaban mejor en ese sentido— muchos estaban prácticamente desnudos y yacían como yo sobre la tierra calcinada, expuestos al candente sol tropical. A mi derecha había un hombre miserable, sucio y manchado de sangre; tan horriblemente desfigurado y escuálido que me llevó mucho tiempo reconocerlo como el ex ministro Carreras, y a mi izquierda había un brasilero casi desnudo que era, como supe más tarde, el teniente coronel Campos.

Sin comida y habiendo bebido un solo trago de agua sucia, estuve yaciendo en tal estado de postración hasta el atardecer, cuando me ordenaron presentarme ante el tribunal. Caminé hasta allí, una distancia de cerca de media milla, dolorido y débil, con mis pesados grilletes; el soldado que me custodiaba me golpeó salvajemente durante todo el trayecto con un palo y dos veces me hizo caer, porque no podía avanzar más rápido. Entre un bosquecillo encontré varios ranchos de paja; me llevaron a uno de ellos, donde me encontré con el capitán Falcón y un cura; el primero me dijo en español, “¡Ah, al fin lo prendimos! Venga, ahora confiese que usted es un conspirador; que Washburn es el jefe del complot y que usted se refugió en la legación para conspirar contra el supremo gobierno” o palabras de ese tenor; y debo advertir que no pretendo al repetir ahora esa y otras conversaciones, dar siempre las palabras exactas, ya sea en español o inglés, porque pasaron tres meses antes de que pudiera ponerlas por escrito. Contesté que no sabía nada acerca de una conspiración más que por las declaraciones de don Benigno, Carreras y otros, que habían sido enviadas por el ministro de Relaciones Exteriores al Sr. Washburn y nos habían sido leídas en voz alta; que no me había refugiado en modo alguno en la legación; y que era inocente de cualquier designio contra el gobierno y creía firmemente que el Sr. Washburn también lo era. Él me escuchó con impaciencia y dijo en voz alta, amenazante: “entonces no confesará; veré si puedo lograr que lo haga”. Llamó a dos hombres y les dijo que me llevaran afuera y me aplicaran el potro, literalmente el colgadero, pero usado por él en el sentido de tortura en general. Rogué en silencio, mientras ellos se preparaban, recibir ayuda y fortaleza para soportarlo, pero estaba enormemente debilitado por la mala salud y el nerviosismo de los últimos tres meses y temía que a pesar de mi determinación de cumplir con mi deber como hombre y cristiano, pronto me vería obligado a rendirme. Al final me ataron de pies y manos y me aplicaron el cepo de Uruguayana, que no necesito describir aquí. El dolor era muy severo y lo soporté en silencio; mientras tanto el cura me exhortaba en voz alta a confesar y salvar mi vida, y tal vez ganar gran honor y un premio del “misericordioso y generoso Mariscal López”. Luego de cierto tiempo, que me pareció muy largo, me sacaron las ataduras y en pocos minutos volvieron a atarme agregando el peso de un tercer mosquete; mis labios se cortaron terriblemente contra mis dientes y la sangre casi me ahogó; y cuando ajustaron las correas me desmayé del dolor. Cuando recuperé la conciencia estaba echado en el suelo, tan exhausto que sentí que ya no podía resistir más, prefiriendo la muerte como conspirador confeso a la repetición de tan horrible sufrimiento.

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Me vi fortalecido en mi resolución por el capitán Falcón, quien para entonces se había sumado al grupo y me dijo que el Sr. Bliss ya estaba confesando como se deseaba sin que se le aplicara la tortura y sentí, como último testigo y con la única excepción del negro, que se aferraba a la verdad, que ya había sufrido lo suficiente en aras de mi consciencia, y podría, como el Sr. Washburn lo hubiese querido, “decir cualquier cosa contra él para salvar mi vida”. Por lo tanto, les dije, cuando estaban listos para someterme al interrogatorio otra vez, que confesaría todo lo que sabía, y ellos me desataron inmediatamente. Tragué algo de agua y un poco de caldo y al volver a entrar al rancho conté, con un sentimiento de la más amarga humillación, el mismo cuento miserable que había sido arrancado a mis compañeros.

Torturaron al negro por mucho tiempo, como era evidente por sus chillidos y gritos de “No sé nada” y ruegos de misericordia, que yo escuchaba claramente, porque el pobre muchacho no tenía idea de las acusaciones contra su dueño y el resto, y no era capaz de salvarse a sí mismo mintiendo. Declaré que había habido un complot para destruir el gobierno, pero no podía dar los detalles, más que aquellos que ya habían sido divulgados por don Benigno López, Carreras y el resto, porque el Sr. Washburn no había estado en buenos términos conmigo, y aunque me habían invitado a unirme con los conspiradores, yo me había rehusado. Tuve grandes dificultades para contar un cuento conectado, porque había prestado muy poca atención a las declaraciones, creyendo que habían sido forzadas, y que ellos fabricarían una por mí, así que estaba en constante temor de decir algo que complicara a inocentes que todavía estaban libres, y hablé tan lentamente y con tan evidente confusión que los fiscales perdieron toda la paciencia, y el cura, especialmente, estaba instando al otro a cada rato a volver a aplicarme “el cepo y poner fin inmediatamente a este diablo obstinado”, como me llamaba. Para contribuir a mi confusión, varios otros oficiales del tribunal me examinaron en forma cruzada, y un tal capitán Jara vino a preguntarme qué había dicho el Sr. Washburn acerca de pagar el alquiler de la casa y los terrenos que ocupaba en Asunción. [2] Por él me enteré incidentalmente de que el ministro estaba a salvo a bordo del Wasp, y sentí mucha menos aversión a continuar con las pretendidas revelaciones; pero yo no podía satisfacerlos; ellos querían nuevo material y pormenores, no las vagas generalidades con las que yo intentaba aplacarlos. Tarde en la noche, el padre Román vino y leyó mis declaraciones, que habían sido considerablemente alteradas y mejoradas en sus transcripciones. “Qué disparates”, dijo él, despectivamente. “Ahora atienda, voy a dar corto paseo y, si a mi vuelta no encuentro que usted ha confesado claramente que la gran bestia, Washburn es la cabeza de la conspiración, y que se proponía asesinar al Presidente, voy a ponerle en el potro y torturarlo hasta que lo haga”. Lo consideré por un tiempo, y entonces simulé que mis dudas sobre mi deber de defender o traicionar a un hombre que había sido mi amigo se habían resuelto, e hice lo que me habían dicho que hiciera. A la medianoche el examen estaba terminado y volví al campamento y me ataron, como lo hicieron luego cada noche, con una gruesa correa de cuero que estaba anudada alrededor de los tobillos de todos los prisioneros y en los extremos a estacas cavadas en la tierra. Dormí profundamente, pero me desperté totalmente mojado, ya que había llovido durante la noche. Descubrí que el coronel brasilero se había liberado de sus sufrimientos; yacía muerto a mi lado.

Esa mañana me quitaron los pesados grilletes que estaba usando y los sustituyeron por otros más livianos. A la noche enviaron por mí y me exigieron que escribiera una carta a mi madre en inglés que el Mayor Aveiro dictaba en español. En ella me hicieron decir que había confesado libremente la veracidad de las acusaciones contra el Sr. Washburn, había reconocido mi propia culpa y me encomendaba a la misericordia de López. Esa carta fue examinada cuidadosamente y revisada en mi presencia por el teniente Lavalle, un paraguayo que se había educado en Inglaterra.

Permanecimos en la misma parte del campamento por alrededor de 10 días. El tiempo era húmedo y tormentoso, y, como el resto, yo yacía en el barro y protegido por una alfombra; pero yo sufría mucho más porque los guardias nos daban tan poca agua que mi lengua y labios estaban resquebrajados como los de aquellos que tenían una fiebre leve. Luego de ese tiempo el avance de los aliados hizo necesario levantar el campamento. Se lo hizo en forma mala, y varios grupos de prisioneros fueron juntados. En la confusión pude hablar sin ser observado con el Doctor Carreras. Él dijo : “¿Se ha ido el Sr. Washburn?”. Yo contesté “Sí”, y agregué “¿como podía usted contar tantas falsedades sobre él?”. Retiró algunos trapos sucios de sus manos y me mostró que las primeras falanges de sus dedos habían sido trituradas y estaban todavía supurando. También tenía una profunda herida de aspecto poco saludable que le atravesaba la nariz. El extendió sus manos mutiladas y dijo: “ese terrible padre Maíz me torturó por tres días seguidos y entonces trituró mi dedos con un martillo, como puede ver. ¿Ha confesado usted?”. “Sí”, dije tristemente. “Ha hecho bien; ¡Dios nos ayude!”. Mientras estábamos descansando conseguí hablar con él otra vez y le pregunté cuánto dinero había dicho él en su declaración que había recibido. Él dijo $15.000 y agregó “¡mentiras, mentiras, todas mentiras!”. Esa fue la última vez que tuve la oportunidad de hablar con él, porque nos pusieron bajo guardias separados. Entre los prisioneros vi a varias mujeres, pero no pude reconocer a ninguna de ellas excepto a Josefa Begueline [sic]; y frecuentemente oía el llanto de niños pequeños. Tres o cuatro días después hicimos otra caminata, más larga, creería que de alrededor de cinco millas. Antes de comenzar, nos apartaron al Sr. Bliss y a mí temporalmente en la cima de una colina donde encontramos a Don Venancio y Don Benigno López, Don Gumesindo Benítez (este último con dos grilletes), Don José Berges, el capitán Fidanza, el Doctor Carreras y el señor Leite Pereira. Una inmensa multitud de prisioneros nos acompañó en la marcha, y presencié tales escenas de crueldad durante esa terrible jornada que no encuentro manera de describirlas. Debe recordarse que casi todos los prisioneros estaban engrillados; que el camino era escarpado y montañoso y el calor era sofocante. Vi a débiles ancianos, hundidos bajo el peso de sus grillos, golpeados con palos o cortados despiadadamente por las espadas de los oficiales si no se movían lo suficientemente rápido. Vi a delicadas mujeres pertenecientes a las mejores familias del Paraguay avanzar a duras penas, descalzas y encadenadas, expuestas a toda clase de indignidades. Vi a un oficial pegarle a un anciano alto de aspecto noble que se había desmayado de cansancio, hasta que su blanca cabellera se llenó de sangre. Vi a otros, demasiado cansados para mantenerse parados, arrastrados por los pies para ser tirados, cubiertos de sangre y polvo, en las carretas.

Fue mucho tiempo después del anochecer que llegamos a nuestro nuevo campamento. Llovió fuertemente toda la noche y sufrimos miserias indecibles, pero nos trataron mejor; construyeron pequeños ranchos de paja para protegernos del sol; nos dieron nuestra ración de carne hervida sin sal en forma regular, con pequeñas tortas de mandioca seca. El 23 de setiembre vi a Don Benigno, el hermano menor de López, ser torturado y el 27 el Dr. Carreras y al señor [Gumesindo] Benítez fueron llevados para ser ejecutados.

Los fiscales me examinaron varias veces después de esto y el padre Román, quien era el más inmisericorde de ellos, constantemente me amenazaba con hacerme matar o volver a ponerme en el cepo de Uruguayana porque no estaban satisfechos con la historia corta y vaga que yo les había contado y no creían que yo me hubiese enemistado con el Sr. Washburn, pero un día, para mi gran sorpresa, me confrontaron con el Sr. Bliss, quien hizo una minuciosa narración de las peleas que yo había tenido con el ministro, y de una carta grosera que él me había escrito en respuesta a un pedido de pago por mis servicios médicos; también me indicó que el camino a seguir era hablar tan mal del Sr. Washburn como fuera posible, y echarle a él toda la culpa. Este incidente me resultó de gran valor porque me facultó a exponerles que a un hombre que me había escrito una carta así, y que me había tratado con tan poca generosidad, nunca se le hubiese ocurrido poner su vida en mis manos para confiarme maquinaciones traicioneras, de forma tan convincente que desde ese día ya no me acusaron de ser un partícipe principal en el complot, sino un testigo involuntario, y me dijeron que si escribía un panfleto similar al que Bliss estaba escribiendo recomendarían a López que salvara mi vida. Acepté el ofrecimiento con gusto, porque esperaba que al relatar muchas conversaciones reales y algunas ficticias con el Sr. Washburn abriría los ojos del pueblo, habiéndome prometido los fiscales que sería impreso y distribuido entre ellos. Traté de imitar el estilo del Semanario, el periódico de López; en forma extravagante los alabé a él y a su pueblo; hice un gran aparato sobre lo que iba a revelar del complot, del cual, desde luego, no tenía nada que revelar; hice que el Sr. Washburn explicara lo que el país ganaría, sin perder su libertad, al ser conquistado por el Brasil; hablé de que no había esperanza en la lucha, y cosas así, mezcladas con copiosos insultos a él por su rudeza, falta de tacto y refinamiento, pero principalmente por actos de los que una aparente acusación era en realidad una alabanza. Era un juego difícil y peligroso, pero como me imaginaba que la posibilidad de mi rescate era poca, estaba justificado en tratar de salvar mi vida, yo creo, mediante artificios; porque había visto a tantos de mis compañeros ejecutados que temía que no quedaría nadie para testimoniar la verdad, y que las declaraciones por escrito, suyas y mías, serían exhibidas luego de nuestra muerte como evidencia concluyente contra nosotros y el Sr. Washburn. El teniente Lavalle, quien me ayudó a revisar mi español, me contó que López había expresado gran satisfacción con mi actuación, pero yo vi que él mismo había detectado el subterfugio y que temía una venganza de los Estados Unidos —lo cual yo frecuentemente prometía en el panfleto—, sentimiento que yo esperaba que comunicara a otros.

El 3 de diciembre volvieron a llamarme y luego de una larga exhortación del padre Maíz a que siempre sostuviese las afirmaciones que había realizado en mis declaraciones, me informó que había sido juzgado digno de la muerte, pero que, si prometía nunca negar la verdad de esas declaraciones y me empeñaba en traer al Sr. Washburn a la justicia, me exiliarían del país. Yo contesté que lo que estaba escrito no podía desescribirse; y lo que había dicho no podía desdecirse; lo cual pareció satisfacerlo, porque me sacaron los grilletes.

Al anochecer me llamaron y me dijeron que vería a dos oficiales de los Estados Unidos y que debía verificar mis declaraciones en presencia de ellos. El padre Maíz otra vez, solemnemente, me advirtió que mi vida dependía de que me ajustase al texto de las confesiones y suplicó que nunca negara la veracidad de las afirmaciones que había realizado en ellas, ya fuera allí o en cualquier otro lugar, aunque nadie sabía mejor que el propio padre que muchas de ellas eran totalmente falsas.

En el mismo rancho en el cual yo había sido tan frecuentemente interrogado y amenazado, y del cual el Sr. Bliss salía cuando yo llegaba, encontré a tres curas, el mayor Aveiro, el teniente Lavalle y el capitán Ramsay, de la Marina de los Estados Unidos; el teniente comandante Kirkland estaba parado afuera ante una mesa, en la cual había licor y unos vasos, conversando con un paraguayo, quien, como Lavalle, hablaba francés e inglés.

Al entrar, el capitán Ramsay me preguntó si mi nombre era Masterman. Contesté “sí”, y agregué precipitadamente en tono bajo “esperaba librarme de esta humillación, pero no me juzgue ahora”. Dudo que me haya entendido, pero en ese momento vi a Lavalle y no osé repetirlo. El Comandante Kirkland entró directamente después con su acompañante y se sentó. Entonces se leyeron las declaraciones y me preguntaron al final de cada una si era correcta y si la firma era de mi puño y letra (¿Está conforme y es esta la firma de usted?). Yo contestaba “sí”. El capitán Ramsay se volvió hacia mí y dijo “¿es realmente verdad?”. Estaba por decir no, pero como los intérpretes se sentaban cada uno a mi lado, y como los fiscales que estaban sentados al frente nunca sacaban la vista de mí, me contuve y contesté “le ruego que no me haga preguntas”, confiando en que tal respuesta le indicaría que no me atrevía a decir la verdad. Buscaba ansiosamente la oportunidad de hablar a solas con ellos, pero los fiscales y especialmente Aveiro, quien se sentaba frente a mí con la espada en la mano, estaban demasiado vigilantes. Llegué a la conclusión, además, por la conducta de los oficiales de los Estados Unidos para conmigo, que habían venido a liberar únicamente al Sr. Bliss, y por lo tanto puse el mayor cuidado en no decir o hacer nada que pudiera poner mi vida en peligro sin beneficiarlo a él. Cuando se iban, le dije al capitán Ramsay: “esperaba ir a bordo con ustedes”. Él contestó fríamente: “desde luego, usted será liberado”. Ellos estuvieron riendo, bebiendo y haciendo bromas en la forma más cordial con los fiscales antes y después de la verificación, y aceptaron un regalo de encaje de uno de ellos.

Me llevaron de vuelta al campamento y hasta el 10 me trataron peor que antes y me pusieron como era usual en el cepo de lazo desde las 4:00 pm hasta el amanecer. Tarde a la noche de ese día me llevaron con el Sr. Bliss a caballo a Angostura y nos embarcaron en el Wasp, llegando cerca de la medianoche. Poco después, el capitán Kirkland vino a cubierta; avancé para saludarle; él nos ignoró y llamó al capitán, a quien dijo: “Tome a estos hombres, póngalos adelante y colóqueles un centinela”. Respetuosamente reaccioné por la forma en que se refirió a nosotros. Él contestó bruscamente: “¿Cómo quieren que los llame? ¿Querrían que los llamase ‘señoritas?’”. Yo dije “No, ciertamente no; pero el Sr. Bliss es hijo de un ministro, y yo he mantenido el rango de teniente al servicio de Su Majestad y el Paraguay por diez años; espero que no nos mande a la parte de adelante”. Él le repitió al capitán “llévelos adelante y no les permita deambular”. Yo dije: “es cierto, señor, que cuando usted nos vio la última vez fue como criminales; espero que no nos considere como tales ahora”. Él contestó: “los recibo como criminales y los trataré como tales hasta que se pruebe su inocencia”. Nos acostamos en la cubierta esa noche con un centinela vigilándonos; al día siguiente lo retiraron y nos dijeron que podíamos movernos libremente. Pedí al oficial ejecutivo si podía conseguirme un colchón y me mandó un par de botas que yo no necesitaba y le devolví. El Sr. Bliss intentó en vano mantener una entrevista con el general McMahon y fuimos tratados en forma muy grosera y comimos lo mismo que los marineros de proa. Al llegar a Montevideo nos transfirieron al Guerriere y otra vez nos pusieron bajo vigilancia, y dos de los suboficiales mayores, en cuya mesa nos ubicaron, se rehusaron a comer con nosotros. Nos prohibieron comunicarnos de ninguna manera con la costa, y enviar o recibir cartas excepto con la aprobación del almirante. Le escribí al chargé d’affaires de su Majestad en Montevideo, quien me contestó que no podía interferir porque yo había sido rescatado bajo la bandera americana, pero me aconsejó que apelara personalmente al contralmirante Davis. Por lo tanto, el 4 de enero de 1869 le mandé una nota rogando el favor de verle. Así lo hice y en el curso de una conversación privada me explicó por qué no podía ponerme en la cámara de los oficiales. Me dijo además que López había estipulado que debía ser recibido como prisionero y enviado a los Estados Unidos para ser juzgado por traición y rebelión y que no se me permitiría comunicarme con la costa mientras nos encontráramos en aguas orientales o brasileras. Me quejé de la deshonra y la molestia de estar bajo guardia, y a su contestación de que él no me consideraba un prisionero respondí que así se me designaba en las cuentas de la mesa de ese día, y por lo que había oído entre la tripulación, y que los oficiales del barco, muy naturalmente, no querían asociarse conmigo. Entonces ofrecí mi libertad bajo palabra, que él me hizo el honor de aceptar y además llamó al capitán de marina y le dijo que debía ser tratado como un huésped. Para entonces yo había pasado 17 días como prisionero.

Cuando llegamos a Río de Janeiro me presentó al Sr. Buckley Mathew, ministro británico allí, y tuvimos una conversación de unas dos horas durante la cual yo, cuidadosamente, evité hacer alusión a la deshonra y el tratamiento cruel que había sufrido a bordo del Wasp, y la posición menos humillante, pero todavía desagradable, que había soportado en el Guerriere; porque yo consideraba que el almirante había actuado como lo hizo como consecuencia de interpretaciones falsas e información imperfecta, y también porque hubiese sido poco generoso referirme, en presencia de la Sra. Davis, a temas de los que no podía hablar sin condenarlo.

Al día siguiente el contralmirante Davis me envió una carta preguntándome si tenía el deseo de seguir en el Mississippi rumbo a los Estados Unidos. Contesté aceptando la propuesta, y como era la primera carta oficial que tenía el honor de dirigirle, consideré un acto de simple cortesía aprovechar la oportunidad de expresar, en pocas palabras, el sentido del servicio que me había prestado.

George F. Masterman
Jurado y transcripto ante mí, el 5 de marzo de 1869.
N. Callan, escribano público.

 

Notas

[1] El gobierno paraguayo publicó una versión en español de esta correspondencia: Correspondencias cambiadas entre el Ministerio de Relaciones Esteriores de la República y el señor Charles A. Washburn, Ministro residente de los Estados Unidos de América, sobre la conspiración fraguada contra la patria y el gobierno en combinación con el enemigo, y el atentado de asesinato a la persona del Exno. Señor Mariscal López por nacionales y extranjeros, Luque, Imprenta Nacional, 1868.

[2] El capitán Jara era hijo y heredero de D. Luis Jara, propietario de la casa de casi una manzana que ocupaba la legación de los Estados Unidos en Asunción. En sus memorias, Washburn afirma que Jara lo había exonerado del pago de alquiler porque siendo residencia de una legación extranjera, la casa se libraba de ser expropiada por López para ser usada como hospital militar, y por creer que una vez que Asunción cayera en poder de los aliados —como se esperaba que sucediera de un momento a otro—, los saqueadores la respetarían por su carácter de sede diplomática (aunque finalmente no fue así). Véase Washburn, The history of Paraguay…, pp. 139 y 163-164.

 

Nota de edición: El presente fragmento ha sido extraído de Cristóbal G. Duarte Miltos (comp.) (2022), Dificultades paraguayas. La investigación del Congreso estadounidense sobre los sucesos de 1868. ¿Fueron conspiradores Bliss, Masterman y Washburn? Asunción: Tiempo de Historia, 302 páginas. El texto corresponde a las páginas 71-77.

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