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Cultura

Claudia Casarino: Microrrelatos del cuidar y la posibilidad del error

Reflexiones sobre la muestra de la artista, habilitada en Galería Fuga Villa Morra.

Claudia Casarino, “Kuñakarai vosa”, 2022. Lienzo mosquitero. Medidas variables. Cortesía

Claudia Casarino, “Kuñakarai vosa”, 2022. Lienzo mosquitero. Medidas variables. Cortesía

POR Sofía Gotti *
Desde Cambridge

Esta exposición presenta el nuevo cuerpo de trabajo de Claudia Casarino realizado en 2022, basado en sus más recientes investigaciones en torno a cómo la formación de género está imbricada en las políticas del cuidado. El trabajo expuesto culmina una amplia trayectoria de investigación en torno a cuestiones de género y su performatividad (Butler), la abyección (Kristeva) y el trabajo doméstico no remunerado (Federici). En todos los casos, lo que ha fundamentado su práctica es una preocupación general por las historias de violencia contra las mujeres, que articula a partir de imágenes y anécdotas personales y utilizando tejidos con una gran carga histórica. Como sugiere el título de la exposición, las obras expuestas ahondan en los recuerdos fragmentados de la infancia, que indican cómo aprendió a cuidar a través de una representación de la adultez femenina ya desde pequeña (en la exposición encontramos el primer autorretrato dibujado de Casarino). Más que metafóricos o alusivos, los microrrelatos representados en cada obra contienen, visual y textualmente, esos testimonios de violencia que caracterizan su obra.

 Claudia Casarino, Aeropuerto, 2022. Dibujo a carbonilla y lápiz de ojos. Cortesía

Claudia Casarino, Aeropuerto, 2022. Dibujo a carbonilla y lápiz de ojos. Cortesía

La instalación central de la exposición, Kuñakarai Vosa, está compuesta por 8 piezas de tela. En el estilo característico de Casarino, parecen poder llevarse como chaquetas de bolero a las que se une una cola alargada. A los objetos fantasmales les faltan los cuerpos que los llevarían, presumiblemente femeninos, aunque los artículos serían totalmente imprácticos para vestirlos. El tejido ancho y fino no tiene ninguno de los adornos de la ropa elegante. Al mismo tiempo, el bolso/cola no sería útil para llevar nada (aparte de los materiales para contar historias). En consonancia con la obra de la artista, es la historia material de las piezas la que revela su significado más profundo. Están hechas de una tela de mosquitero de algodón, un textil común que se utilizaría para limpiar, proteger los alimentos de los insectos o para los procesos de cocción (producción de queso). El significado de la obra se sitúa en el entorno del hogar y la cocina, donde las mujeres de las sociedades patriarcales realizan el trabajo no remunerado necesario para cuidar de la familia y el hogar, un punto de inflexión recurrente en la obra de Casarino.

Las tensiones entre las formas de cuidado y el trabajo no reconocido o la opresión se manifiestan también en las serigrafías agrupadas en el espacio de la exposición. Una serie de 7, cada una representa una imagen que sale a la superficie a través de cuatro capas de lienzo de uso doméstico. Una cuchara y un cuchillo nos trasladan inmediatamente al entorno de la cocina. La rama de la flor de hibisco dormido, en cierta disonancia, imagina el jardín. Una vez más, es el material de la obra el que nos guía hacia una comprensión multicapa de las historias que impregnan las imágenes. La cuchara, para Casarino, es un símbolo de alimentación y amor, materializado en el acto de dar alimento físico y emocional. Al mismo tiempo que es un homenaje a los recuerdos maternos de los cuidados, esta imagen también conlleva profundas conexiones con la historia y la morfología natural de Paraguay. La cuchara está impresa con tierra roja rica en hierro, elemento por excelencia dentro del paisaje paraguayo con el que Casarino ha trabajado constantemente en los últimos años. La tierra roja invoca sus orígenes en la región del Caaguazu de Paraguay, en un pueblo cuya calle principal lleva el nombre de su bisabuela materna Bárbara Barreto, una partera, y donde su bisabuelo cultivaba yerba mate a principios del siglo XX. La tierra pigmentada manchaba sus ropas del mismo modo que se filtra a través del lienzo en los grabados de Casarino.

Claudia Casarino. Piezas de serigrafía de tierra colorada, de tinta dorada al agua y de tierra negra, sobre lienzo de uso doméstico, 2022. Cortesía


Claudia Casarino. Serigrafía en tierra colorada, tinta dorada al agua y tierra negra sobre lienzo de uso doméstico, 2022. Cortesía

Otro utensilio de cocina, el cuchillo, tiene una connotación más explícitamente ambivalente como arma, utilizada con demasiada frecuencia en escenas de violencia doméstica. El cuchillo está impreso con tierra negra, obtenida en la región del Chaco de Paraguay. Este territorio fue desgarrado por la infame Guerra del Chaco (1932-1935), en la que peleó el abuelo de Casarino. Se sabe que fue desencadenada por una lucha por los derechos de extracción cuando Royal Dutch Shell y Standard tenían intereses contrapuestos, y que la guerra causó la muerte de aproximadamente el 3% de la población, la mayoría perteneciente a comunidades indígenas. La tierra negra, de hecho, es una característica definitoria de la arcilla utilizada en gran parte de la cerámica tradicional indígena/mestiza, lo que subraya aún más una conexión en capas con la complejidad más amplia de la historia cultural y política del Chaco. Tanto en los grabados de cuchillos como en los de cucharas, el barro es el archivo material de esas narrativas, tanto personales como colectivas.

La última imagen de la serie, la rama de hibisco, está impresa en dorado, lo que Casarino explica como símbolo de gratitud por haberse librado de la violencia que atravesó la historia de su familia y de su país. Como el título general de la serie de grabados, esta obra refleja un microrrelato de su infancia, cuando las flores de esta planta ofrecían el ingrediente esencial para sus juegos favoritos: ensayos de la adultez femenina como madre que cocina y limpia para cuidar a sus seres queridos. En esta obra, con el reconocimiento de los privilegios de la infancia, Casarino hace aflorar literalmente una reflexión sobre las implicaciones de género de sus recuerdos. Su objetivo es cuestionar cómo hábitos aparentemente inocuos pueden ser síntomas de formas sistémicas de opresión, por las que los roles de género asignados generan una compulsión a asumir, ya en la infancia, el papel de cuidadoras.

Claudia Casarino. Hibisco dormido y Ramas de guayabo, 2022. Dibujo a carbonilla y lápiz de ojos. Cortesía

Claudia Casarino. Hibisco dormido y Ramas de guayabo, 2022. Dibujo a carbonilla y lápiz de ojos. Cortesía

Enmarcando lo que las obras de la exposición aluden a través del simbolismo y el materialismo, los tres dibujos a gran escala en carboncillo sobre lienzo son los primeros en yuxtaponer imagen y texto. Representan, respectivamente, una flor de hibisco, una rama de guayabo y el autorretrato de Casarino cuando era niña. En los bordes del dibujo a carboncillo, con lápiz de ojos, la artista anotó fragmentos de recuerdos que nos ayudan a descifrar el significado de las imágenes representadas. En el dibujo de la flor de hibisco, que se hace eco de la estampa, la historia de una niña en la Noche de Reyes, que desea no recibir como regalo una cocinita de juguete. Finalmente recibe el juguete y decide no jugar nunca con él. A través de la alusión mnemotécnica a una cocina, aparece de nuevo el tema de los ensayos de género del cuidado, recordando con fuerza la importancia de los más pequeños (micro) gestos en el proceso de formación del sujeto desde la infancia. Mientras que estamos acostumbradas a interpretar la combinación de la palabra escrita junto con la retórica visual como un intento de fijar el significado de una imagen, las palabras de Casarino buscan, por el contrario, desestabilizar este significado, abriendo un espacio para cuestionar las convenciones y las normas. Lo que podríamos leer como una representación directa y hermosa de una flor y una fascinación incorrupta por la naturaleza se complica por la incursión de la memoria, un après-coup o la nachtraglichkeit freudiana, un reconocimiento posterior y una superación del trauma.

El contenido emocional y las características táctiles/materiales de cada obra ponen de manifiesto los vínculos simbólicos entre los gestos ordinarios y las formas de poder patriarcales. En un gesto de autocrítica, Casarino ha comentado la sencilla “obviedad” de su contenido. Lo que realmente encontramos es una “inmediatez pura, intraducible y sensual”, que Susan Sontag ha denominado la “erótica del arte”, materializada en las respuestas instintivas, afectivas y corporales engendradas por la obra. Además, el uso que hace la artista de la tierra (roja/negra), o de tejidos específicos (en esta exposición, vestidos estampados de flores de uso común en el país), sitúa inequívocamente su obra en un contexto socio-histórico discretamente paraguayo. Los recuerdos de su infancia, o las historias de vida de sus antepasados, zigzaguean temporalmente por la memoria histórica del país. De este modo, la obra de Casarino fomenta una lectura en la “superficie”, definida como “lo que insiste en ser mirado en lugar de lo que debemos entrenar para ver a través” (Best y Marcus). La cuestión es que las obras de Casarino están inscritas por las relaciones de poder, que siempre están a la vista.

 

* Sofía Gotti es historiadora del arte y curadora independiente. Trabaja como Affiliated Lecturer/Leverhulme Early Career Fellow en la Universidad de Cambridge, donde se especializa en arte latinoamericano moderno y contemporáneo.

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