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Cultura

Rainer Maria Rilke, o el gesto de alguien que se marcha

Rilke, 1905. Cortesía

Rilke, 1905. Cortesía

Praga, la luminosa y vetusta ciudad a la vera del cimbreante río Moldava que nunca renuncia al claroscuro, encendió por vez primera los ojos del poeta Rainer Maria Rilke en una pálida y enjuta mañana de 1875. Al igual que con él, Praga hizo lo mismo con Gustav Meyrink, Franz Werfel, Max Brod, e incluso con Kafka, quien varias veces intentó en vano escapar de sus tenazas de madrastra -así la llamaba el renuente Franz- para ir al encuentro de su espiritual Palestina o, en todo caso, a las selvas improbables de la Amazonía peruana.

Pero Praga, la alternativa Roma, si a todos ellos les dio la vida, nunca se las quitó. Pues todos ellos, a la primera o quinta amonestación maternal, no dudaron en lanzarse hacia otros brazos, quebrados o no, a otras tierras sombrías, escarpadas, como salidas de un cuento mágico de Ludwig Tieck, siguiendo el curso de “ese oculto y culpable dios-río de la sangre”, de quien señalaba Rilke con dedo fiscalizador en sus célebres Elegías de Duino.

Rainer Maria Rilke. Archivo

Rainer Maria Rilke. Archivo

Y fue así que el joven Rainer abandonó su ciudad natal en búsqueda de un nuevo hogar, trajinando bosques y ciudades, socavando montes y quebradas, ya entre Rusia o España, ya entre Suecia o Italia, sin hallar lo que tanto deseaba. Pero ¿qué deseaba? Para saberlo, se animó al salto, en pos de la luz cegadora de los desiertos africanos, hasta alcanzar el pardo y sabio Nilo.

Ya ahí, jadeante y muy ansioso, le preguntó a la Esfinge: “¿Dónde está mi casa?” Ni el más mínimo respiro brotó de la pétrea y displicente bestia. Y como quiera que el vate no oyese sonido alguno, tuvo para sí que el silencio era la respuesta buscada, y que solo en él debería vivir y perseverar.

Lo que no impidió que siguiera peregrinando sin cesar por el mundo, como el Judío Errante del siglo XX: “Viajar es una pena sin nombre, /una mirada que esquiva nos transita”, decía otro poeta de caminos parturientos. Pero de esa condena, Rilke lo había prefigurado muchas veces cuando le escribía poemas musicales y a veces risueñas a la austera Praga y a sus héroes muertos o no nacidos:

Y no obstante

A veces, del estante de la pared
tomo mi Schopenhauer,
la “mazmorra de la pena”
así decía este ser.

Si él tiene razón, nada
pierdo yo: en la soledad de la mazmorra
despierto las cuerdas de mi alma
feliz como antes Dalibor.

[De Ofrenda a los lares]

Así, Rilke decidió amar esta pena, esta mazmorra, persuadido de que nada más que en ella encontraría la perdida senda que habría de llevarlo a su final destino, siempre fiel a lo que su maestro danés J. P. Jacobsen le musitara en la devota lectura de uno de sus libros favoritos -el imprescindible Niels Lyhne-: “Todo hombre vive su vida propia, al igual que muere su muerte propia”.

Para saber más de esa vida y de esa muerte, para saber también si en el mundo desgarrado por la pobreza y el dolor había aún algún sentido, fue a Rusia dos veces. Quería luz y palabras sabias de León Tolstoi, quien por entonces se había recuperado de una grave crisis existencial y ahora, sin quererlo, el noble de rancia alcurnia que él fuera se había convertido, por la fe en el hombre, en un campesino comunitario para quien todo lo suyo era ya de todos los demás.

El poeta quiso volver a Rusia por tercera vez para sumarse a la comunidad de Tolstoi en su natal Yásnaia Poliana, pero esta vez la suerte no estuvo con él. La primera vez (1898) había ido allí con Lou-Andreas Salomé y su esposo; la segunda (1899), con Lou-Andreas, trece años mayor que él, y la tercera se canceló porque Salomé ya no estaba con él.

Rilke en Rusia, 1899, con el poeta ruso Spiridon Droschin y Lou Andreas-Salomé. Archivo

Rilke en Rusia, 1899, con el poeta ruso Spiridon Droschin y Lou Andreas-Salomé. Archivo

Desgarrado una vez más por cuestiones de amor triangular, primero, o dual, después, y ya sin el Dios que había conocido en la Rusia zarista, Rilke se traslada a París, con una maleta destartalada y dos libros en checo en su haber, donde descubre, con espanto y desolación, que detrás de la belleza innegable de esa ciudad, el hambre, la miseria y la desoladora muerte eran el verdadero rostro de un sueño transformado en nauseabunda pesadilla.

Es ahí que Rilke escribe la tercera parte de El libro de las horas (las dos primeras, más luminosas y esperanzadas, las había escrito tras los dos viajes realizados con Lou-Andreas), así como su intensísimo y perturbador Apuntes de Malte Laurids Brigge, ambos transidos de angustia, desconcierto y consternación. “¡Hay en el mundo dolor, demasiado dolor como para poder soportarlo!”, se lamentaba, con razón, su coetáneo y compatriota Georg Trakl, muerto tempranamente con ayuda de una gran dosis de veronal, en pleno frente de batalla en Grodek, Polonia.

Como sea, el autor de los Sonetos a Orfeo repitió tantas veces, y bien, esta dura y singular lección, ya sea amando a tanta mujer que hiciera su paso menos tormentoso, como anhelando con melancolía el regusto por las viejas moradas donde lo esperaban infaliblemente el amor divino (el arte) y el amor profano (todo lo demás).

Rilke vive padeciendo y padece cuando ama y escribe, porque para él solo la verdadera obra de arte (lo mismo que el verdadero amor) es tal si resulta de una infinita necesidad. De ahí que el único modo de vivir con autenticidad es cuando el amor y la muerte se hacen imprescindibles, y no son un bien superfluo:

Señor, da a cada quien su propia muerte.
El morir que de cada vida brota,
donde él tuvo amor, sentido, apremio.
Pues solo somos vaina y hoja.
La gran muerte que todos llevan en sí,
fruto en torno al cual todo gira.
Por ella se alzan las muchachas
y como un árbol salen de un laúd,
y los muchachos aspiran a ser hombres;
y en las mujeres los jóvenes confían
ante miedos que nadie más asumiría.
Y por ella sigue lo contemplado
como eterno, aun cuando se marchó hace tiempo;
y quien formaba y construía
se hizo mundo por ese fruto, se heló y derritió,
y se enredó con él y le dio luz.
En él ha entrado todo calor
del corazón y el blanco ardor de los cerebros.
Pero tus ángeles pasan como bandadas
y vieron que estaban verdes todos los frutos.

[De El libro de las horas – Tercera parte]

Retrato de Rainer María Rilke, 1862 (detalle), realizado por Leonid Pasternak. Cortesía

Retrato de Rainer María Rilke, 1862 (detalle), realizado por Leonid Pasternak. Cortesía

La vida de Rilke fue para la muerte, la encarnación perfecta del Sein-zum-Tode (el ser para la muerte) de Heidegger, un impulso de fuerzas encontradas lidiando ciegas y furiosas, un nunca hallarse en casa, un estar de espaldas, “de modo que por más que hagamos, tengamos el gesto de alguien que se marcha” (Octava Elegía), una no respondida pregunta en la canción de amor. Es Rilke, el remiso exiliado, el poeta errante que jamás nadie pudo del todo poseer y a quien ahora pocos insisten en redescubrir y emular.

Por algo sería que varios años antes de despedirse de su “vida propia” para ascender a la Montaña el Dolor Primigenio, escribiera para sí este epitafio: “¡Oh, Rosa; pura contradicción, deleite de no ser de nadie bajo tantos párpados!”

Rainer Maria Rilke. Archivo

Rainer Maria Rilke. Archivo

Dos frases sobre Rilke

“Era, en cierto sentido, el poeta más religioso desde Novalis, pero no estoy seguro de que en realidad tuviera alguna religión. Él veía de otro modo, de una manera nueva e íntima” (Robert Musil).

“Y en cada etapa él logra milagros; su persona delicada, dubitativa y necesitada queda atrapada en el sonido y reverberada por la música del mundo, convirtiéndose a la vez en oído e instrumento” (Hermann Hesse).

 

* Renato Sandoval Bacigalupo (Lima, 1957) es profesor de literaturas europeas, doctor en Filología Románica y traductor. Ha publicado poesía y ensayo. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura, Perú, en 2019, mención especial en Poesía. Ha traducido Elegías de Duino (tres ediciones) y El libro de las horas (Amotape Editores: Lima, 2019, 246 pp.), así como muchos otros poemas de Rilke.

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