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Cultura

El látigo

Recordando a Truman Capote: “Vamos aullando por el mundo, agonizando en nuestros cuartos alquilados, en hoteles de pesadilla, eternos hogares del corazón transitorio”.

Truman Capote (Esquire)

Truman Capote (Esquire)

Miro fotos de Truman Capote y pienso: “Brillante, polémico, depresivo, amanerado”. Cualquier palabra parece irrisoria para describirlo.

A diferencia de otros escritores, pese a haber sido dueño de una portentosa imaginación y un finísimo oído para reproducir diálogos, estoy seguro de que tuvo un solo rostro: el que muestra en la contratapa de la primera edición de Otras voces, otros cuartos, haciendo gala, no sin vanidad, de un talento que parecía entonces precoz, pero que se encargó de dilucidar, años más tarde, en Música para camaleones: “¿Sorprendente? ¡Solo hacía catorce años que escribía, día tras día!”.

Y es verdad: tenía poco más de veinte años cuando publicó esa oscura novela, venía del campo y era gay.

Si bien la crítica lo consideró en su momento uno de los más grandes escritores estadounidenses, un rápido vistazo a su vida nos revela un artista habitado por demonios personales que, lejos de manifestarse en forma sobrenatural, se dedican, en cualquier tiempo o época, cuchillo en mano, a afilar cada uno de los dones y defectos que recargan la compleja personalidad de un ser humano sensible a las palabras.

Capote fue, sin dudas, un complaciente servidor de los demonios. Pero ¿quién era? ¿Por qué escribía?

La tinta derramada en torno a su personalidad es incalculable y no pretendo aquí escribir una biografía. Tampoco me interesa corroborar si es verdad que contribuyó a la escritura de la famosa novela de su amiga Harper Lee, Matar un ruiseñor, o si sus últimas palabras, antes de morir, fueron: “Soy yo, Buddy. Tengo frío”.

Solo me gustaría aproximarme al personaje, como quien habla de un amigo. Su vida estuvo marcada por la figura de la madre alcohólica: origen de sus complejos más íntimos y de su soledad. También podría verse en la adopción del apellido de un padrastro cubano, otra de esas marcas de por vida. Quizás su necesidad de afecto, su ingenio irónico, su refinada egolatría, sean consecuencias de esa niñez problemática.

Siempre creí verlo reflejado en el niño protagonista de Otras voces, otros cuartos. Joel mira cómo Randolph pinta, mientras este le relata amargos recuerdos. En un momento dado, le dice: “Pero es que estamos solos, querido niño, terriblemente solos, aislados los unos de los otros […] Vamos aullando por el mundo, agonizando en nuestros cuartos alquilados, en hoteles de pesadilla, eternos hogares del corazón transitorio”.

También me gusta una escena de la película en que Toby Jones personifica al escritor. Capote, en un paradójico contraste con el monólogo de Randolph, le dice al agente Dewey: “Cuando eres pequeño tienes que ser duro”, luego de doblarle el brazo en una reñida pulseada.

Pero estas imágenes de Capote me causan la impresión de ser cristales rotos, piezas de un rompecabezas, rastros de huellas borradas por el viento.

Me tienta pensar que adquirió de niño la noción de la exigencia literaria, percibió la sutil diferencia entre la buena escritura y la obra de arte.

Por eso no me extraña ni su precocidad narrativa ni que haya escogido la imagen del látigo para representar su proceso de formación literaria en el prólogo de Música para camaleones.

El sometimiento a una disciplina, con tal de alcanzar el perfeccionamiento técnico como escritor, no es gratuito, sino que guarda relación con su pertenencia a una generación de narradores sureños que creció a la sombra de escritores como William Faulkner, cuya influencia se puede rastrear en su primera novela.

Capote materializó su deseo de narrar historias desde adolescente y alcanzó su particular calidad técnica casi a los treinta años, al punto de que, tras la publicación de El arpa de hierba, se encontró en un callejón sin salida.

Si bien sus tentativas como guionista teatral fracasaron, el azar lo hizo embarcarse, en calidad de reportero, en un viaje a Rusia, junto con una compañía de actores. En el helado invierno ruso, escuchó el canto de las musas y comenzó a escribir un libro que contendría el embrión de lo que él consideró su gran descubrimiento como artista: la novela de no-ficción.

Esta revelación movilizó su creatividad al punto de llevarlo a extremos insospechados, como el de formar parte de la intrincada telaraña psicológica de sus “personajes reales”, Dick y Perry, un par de criminales que asesinaron a la familia Clutter.

A sangre fría fue su experimentación más notable, la de mayor logro artístico y recepción por parte de los lectores, quizás debido precisamente a sus contradicciones internas con respecto a las ideas de la no-ficción celebradas por su autor.

Ese libro, a su vez, representa toda la decadencia que trae aparejado el éxito comercial, el punto a partir del cual se inicia un descenso terrible al infierno.

Muchas veces, pensando en Capote, me pregunto dónde radica la sugestión que me produce su lectura.

Puedo encontrar un indicio en la carga emocional que está presente en determinados pasajes de Otras voces, otros cuartos, El arpa de hierba y algunos cuentos de Un árbol de noche.

Las dos primeras obras son, en efecto, novelas que Capote desarrolló a partir de su portentosa memoria, a la cual se mezcla la imaginación, situaciones inverosímiles, casi fantásticas.

En la primera, por ejemplo, este procedimiento se evidencia en la aparición intermitente de la mujer de cabello blanco y rostro brumoso que le sonríe a Joel al llegar a la casa de su padre y que reaparece al final de la novela como un símbolo de la fuga de su imaginación.

Esa mujer fantasma no solo representa la fantasía que despierta en Joel ese pueblo rural al que se ve obligado a mudarse, sino el elemento que actúa de contrapunto a la realidad.

De Un arpa de hierba se llegó a decir que era una obra muy semejante a la primera novela, pero en realidad tiene una trama bastante diferente.

Sus páginas contienen muchas escenas construidas desde la nostalgia: un rasgo visible de la forma de narrar de Capote.

Esas pinceladas dictadas por la memoria y la emoción también están presentes en Un árbol de noche, pero en este libro adquieren un tinte más sombrío, acaso como producto de la vida en una ciudad en donde la individualidad es irrisoria: los días de absoluto delirio que atraviesa Sylvia, luego de haberle vendido sus sueños al Profesor Miseria, en un cuarto “azul de frío, más frío que el frío de los cuentos de hadas”; los sentimientos encontrados que se adueñan de Walter durante el errático recorrido que emprende por varias ciudades, escapando del fracaso de una vida de falsas amistades, para terminar relegado en un sórdido cuartucho, desquiciado por el azote de las aspas del ventilador y de unos puños que aporrean la puerta; el terror creciente de Kay al viajar encerrada en un vagón junto a una pareja de desconocidos, a todas luces marginales, que la obligan a beber y se aprovechan de ella hasta dejarla inconsciente, con “el impermeable sobre el rostro […] como una mortaja”.

Encuentro otro indicio de mi gusto por Capote en el dominio que tenía para manejar los hilos de algo que puedo llamar “el corazón humano”.

Prueba de ello es su notable capacidad para inducirnos a determinados sentimientos en el clímax de una historia ―la confusión paranoica en “Miriam”, la tristeza inesperada en “Un recuerdo navideño”―, o bien la empatía que genera en nosotros su voz narradora, como ocurre en “Mi versión del asunto”.

Cualquiera que lea ese cuento odiará a la familia política del protagonista y se instalará junto a él en la barricada que construye en el interior de la sala, donde “de vez en cuando interpreto una melodía al piano para que sepan que estoy contento”.

Ese manejo de hilos invisibles le permitía a Capote inventar máscaras sugestivas, y es lo que explica que sus personajes, tan ridículos, desequilibrados, dramáticos, descritos con una minuciosidad fanática, a veces cruel, nos seduzcan de inmediato.

En particular, me interesan los personajes de sus cuentos, que se agruparon en tres libros que permiten rastrear con bastante claridad su trayectoria narrativa en ese género: Un árbol de noche, los cuentos que complementan la novela corta Desayuno en Tiffany’s y los contenidos en el heterogéneo Música para camaleones.

Puedo mencionar a dos de mis personajes favoritos. Uno es Oreilly, portador de toda la sabiduría urbana que permite aprender la calle, que se dedica a “viajar por el azul” en los insondables túneles del metro, con una maleta y una botella de whisky. La otra es Miss Bobbit, una niña de insólita madurez, que parece ejercer su autoridad sobre todo un pueblo, mientras supervisa desde el porche el trabajo de sus ingenuos pretendientes, capaces de insolarse en largas jornadas de trabajo gratuito.

Ambos personajes me resultan entrañables porque comparten destinos tragicómicos. A Oreilly el destino le impone el vagabundeo por la ciudad. Uno termina de leer ”Profesor Miseria” con la certeza de que Oreilly morirá congelado en alguna madrugada intrascendente. En el caso de Miss Bobbit, un autobús trunca su partida del pueblo al atropellarla de una manera injusta y estúpida.

Al margen de su lectura, siempre lo veo tendido en un largo sofá, descalzo, arrellanado en un nimbo de elegancia hecho a la medida de su cuerpo.

No puedo imaginarlo escribiendo en una posición distinta que la horizontal; no después de familiarizarme con muchas de las respuestas que dio en su encuentro con Pati Hill, quien escribió un extenso reportaje sobre su mundo creativo para la revista The Paris Review.

Como todas las cosas, quizás el reportaje era injustamente tardío y la entrevistadora observaba al autor de un best-seller y no al muchacho campesino que había emigrado a la gran ciudad a abrirse camino con la sola ayuda de su inteligencia y de las historias que era capaz de escribir. Los ojos de Pati, al igual que los ojos de miles de lectores, estaban deslumbrados por la venta masiva de A sangre fría, la novela que convirtió a Capote en una celebridad, es decir, en un remedo de sí mismo, ajustado a las exigencias del mercado literario estadounidense.

Es probable que, en medio de frenéticas entrevistas y lujosas cenas y estancias cada vez más dilatadas en países extranjeros, hasta el mismo Capote haya olvidado que un cuento suyo, alguna vez, ganó un premio realmente importante: el O. Henry. Pero el triunfo literario, al menos a nivel social, siempre ocasiona algún tipo de farsa.

Bueno, no importa; lo imagino así: escribiendo en una cama o en un sofá de hotel, con el torso apenas levantado por una almohada. En ese momento, para él no existe máquina de escribir ni dudas ni arrepentimiento: solo una soledad exquisita, saboreada como un cóctel.

Ninguna de sus respuestas en el mencionado reportaje me parece del todo original. Hace malabares con ideas como que el estilo literario es el hombre mismo y que la escritura se asemeja a la artesanía [1].

Sin embargo, en una parte, describe su método de trabajo, algo que sí me interesa.

Tiene la manía de utilizar papeles de diferentes colores, además de la máquina de escribir, y de no salir de la cama para no alterar la comodidad que le proporciona la posición horizontal. El alcohol y los cigarrillos también son imprescindibles. Escribe un primer borrador a mano, sin apuro, pensando las palabras, y, luego de revisarlo, reescribe el manuscrito. Para esto, utiliza hojas blancas. El tercer borrador es transcripto en un papel de color amarillo, para lo cual balancea la máquina sobre sus rodillas mientras aporrea las teclas siempre recostado en la cama. Transcribe el cuarto borrador, el definitivo, cuando ha pasado el tiempo suficiente como para leerlo con cabeza fría.

Las ideas implícitas en este pasaje me parecen indudables: la escritura no solo es un aprendizaje, sino la lenta construcción de un estilo y su cada vez más atinada ejecución en X páginas. Esa noción de perfección, de belleza estética hábilmente manipulada, solo puede perseguirse mediante el estímulo constante de la propia exigencia.

Escuchándolo hablar, Pati Hill habrá observado fumar a un personaje casi caricaturesco, locuaz y divertido, ingenioso e irónico, pero que, por debajo de esa apariencia de bufón refinado, era un artista con cicatrices, con años de tenaz y silenciosa entrega a su oficio, con demonios y obsesiones personales.

¿Pero qué demonios eran ésos? ¿De dónde provenían?

Como al principio, vuelvo a preguntarme con insistencia: ¿quién era Capote? ¿Por qué escribía?

Quizás la subjetividad de un artista, su intrincada historia personal, sea inexpresable.

En lo personal, me basta hojear cualquiera de los libros de Capote para comprobar que su alma se despliega en ellos como el cielo al final de la ruta: claro, presente, real.

El escritor logró eso: un traslucimiento casi perfecto, obtenido a latigazos durante toda una vida.

Nota

[1] Siempre que leo alguna frase alusiva a que el estilo es el hombre mismo, me gusta oponerla a estos versos de Enrique Lihn: “el estilo que por cierto no es el hombre / sino la suma de sus incertidumbres”.

 

* Cave Ogdon (Asunción, 1987) es escritor. Ha publicado cuentos y novelas. Algunas de sus obras son Los incómodos (Arandurã, 2015, mención honorífica certamen literario Roque Gaona), Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018) y Perros del pantano (Póra, 2021).

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