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Cultura

Hakuna matata: ¿Quién fue Ernesto Giménez Caballero?

Aproximación a la figura del embajador de Francisco Franco en Paraguay, un diplomático para quien la hispanidad era no solo un elemento de propaganda para consumo interno —como manera de concebir y entender una supuesta esencia histórica de España—, sino un verdadero proyecto de regeneración dirigido allende las fronteras del Estado.

Ernesto Giménez Caballero, acabada la Guerra Civil Española, ya como procurador en las cortes franquistas, 1943. Cortesía

Ernesto Giménez Caballero, acabada la Guerra Civil Española, ya como procurador en las cortes franquistas, 1943. Cortesía

Hace unos días, el colega historiador Ignacio Telesca bromeaba conmigo y me espetaba: “Tenga usted cuidado cuando estudie el nacionalismo, el franquismo o el stronismo, mejor pasarlo rápido antes de que anide en uno”. ¡Quién sabe, querido Ignacio! En la vida todo puede ser.

Hay una frase que se atribuye a Nelson Mandela —en la era de la desinformación eso de las frases atribuidas siempre tiene su miga— que traducida a la lengua de Cervantes y de Roa Bastos dice algo así como “siempre parece imposible hasta que se hace”. Visto lo visto, apreciado Telesca, yo solo puedo contestarle una cosa: como dijo el Maestro Zen, “ya se verá”.

Sé lo que están pensando: ¡noo pueeeeh seeeerrr! ¿un historiador de guasa? Pues sí, porque a pesar de que las leyes educativas y la estrecha mirada de los políticos hayan conseguido convertir nuestra materia en la más aburrida de la parrilla escolar, los historiadores e historiadoras intentamos ser bastante más graciosos de lo que pueda parecer en las clases y conferencias.

Pero volvamos sobre el asunto. Lo cierto es que muchas veces esa tendencia a no querer afrontar los episodios oscuros y tenebrosos del pasado se erige en el pensamiento de una buena parte de la ciudadanía (algo que no ocurre entre la mayor parte de la academia, que sí los aborda). La instrucción es clara: es mejor no ensuciar hoy con cosas que ya son solo historia, no hay que investigar lo que no queremos revivir, o la frase estrella, es mejor no remover el pasado.

Para la generación boomer eso de olvidarse del pasado autoritario con la excusa de construir un presente sin rencor ni venganza no es un concepto nuevo en muchos de los países latinoamericanos, y tampoco lo es en sus naciones hermanas de Europa, en España y Portugal, países que también padecieron altas dosis de tiranía en su historia reciente. Estas generaciones vivieron las transiciones de la tercera oleada de democratización con el precepto impuesto —o autoimpuesto, según cada cual— de la desmemoria dictatorial como condición de posibilidad de la democracia. Sin olvido, decían quienes heredaban el aparato y el universo ideológico autoritario, no será posible el proceso de apertura política y social. Aquello les valió la expiación de incontables crímenes y el aprovechamiento político, social y económico de su posición privilegiada en los regímenes dictatoriales de la Guerra Fría.

Hakuna matata: vive y deja vivir

Ese ejercicio de olvido o desmemoria es algo más novedoso para una generación de millenials —en la que sospecho me toca ejercer, aunque sea de hermano mayor— quienes, ciertamente, no vivimos o no recordamos la vida en dictadura ni la conquista democrática. Para estos, los millenials, el mensaje nos llegó a través del cine —traducido a lengua swahili— en boca de dos de los grandes referentes intelectuales de nuestra generación, los entrañables Timón y Pumba: hakuna matata.

En swahili, “hakuna matata” significa “no hay problema”, algo parecido a “no te preocupes”. Aquel desenfadado suricata y el valiente facóquero que lo acompañaba —cual Don Quijote y Sancho Panza animados y africanos— nos dijeron “vive y deja vivir, no te angusties, hay que dejar lo pasado en el pasado, debes dejar el pasado atrás”. Quién nos iba a decir, alguna década después, que la razón no la tenían ellos, sino aquel mono sabio y solitario —con una agilidad asombrosa— que cuidaba del futuro de la selva, un viejo babuino que se aplicaba como chamán en su baobab; fue Rafiki quien le enseñó a Simba que “el pasado puede doler, y que tienes dos opciones: huir de él, o aprender”.

Los millenials tampoco podemos desagregar de nuestra cultura ni de nuestra forma de pensar lo que han dicho, hecho o vivido los miembros de la familia más conocida del planeta: los Simpsons. Sí, ¡los Simpsons lo han vuelto a hacer! Todos sabemos que Homero —Homer en España— tiene un padre que es masón y que tiene carné del partido comunista, pero también sabemos que creció sin su madre, porque les abandonó cuando él apenas tenía nueve años. Para quienes quieran entender los motivos que llevaron a Mona Simpson —la mamá de Homero— a abandonar la familia, les sugiero que vean la serie y saquen sus propias conclusiones (les advierto de que no es corta, pero es una de las últimas obras de arte audiovisuales del siglo XX). Sin embargo, lo que no es discutible es que uno de los mejores episodios de Los Simpsons —para mí el mejor, pero sobre gustos no hay nada escrito— es aquel en que Mona Penelope Olsen —el nombre de soltera de la madre de Homero— regresa junto a su hijo (ocurrió en la temporada 7, episodio 8). Las últimas palabras entre Homero y su madre, antes de que ella volviera a partir hacia la clandestinidad, fueron estas:

— Mamá, no me olvides.
— Tranquilo Homero, siempre serás parte de mí.

En el minuto posterior del episodio se ve a un Homero abstraído, meditabundo, sentado sobre su coche —ese inolvidable sedán rosa— mientras a su alrededor anochece, mirando fijamente la carretera por la que se fue su mamá; un minuto que se hizo eterno —en el buen sentido de la palabra— para todos los seguidores de la serie. No podemos desprendernos de nuestro pasado, porque siempre —¡siempre!— será parte de nosotros, para bien o para mal. Por fortuna, tenemos una herramienta para utilizarlo a nuestro favor siempre que lo deseemos: la historia.

¿Les dije que sobre gustos no hay nada escrito? ¡Qué tontería! Sobre gustos es probablemente sobre lo que más se ha escrito a lo largo de la historia… Pero los gustos son la sal de la vida, es lo que hace que todos y todas seamos diferentes, y esas diferencias nos mantienen entretenidos durante nuestra existencia, intentando encajar o desencajar constantemente, y evitar así el aburrimiento. De lo contrario, ¿qué haríamos con tanto tiempo por delante? Mejor ser diferentes y aprender a tolerarnos, entendernos y apreciarnos, que ser todos muy parecidos y no saber después cómo resolver ningún conflicto por pequeño que sea.

Miren, hay otra frase que también se atribuye a Nelson Mandela y que yo suelo recordar a mis alumnos y alumnas en el primer día de clase con ellas: “Yo nunca pierdo: o gano, o aprendo”. Y es que para eso sirve la historia, para no perder nunca: avanzar, o aprender. Y es que del pasado siempre se aprende cuando se estudia, se analiza y se comprende desde una mirada histórica honesta con las fuentes y comprometida con los problemas presentes de la sociedad. Pero la ciudadanía también tiene que poner de su parte, tiene que escucharnos; no somos dioses, pero casi, porque los historiadores e historiadoras trabajamos con el tiempo y el espacio, igual que los dioses.

En mi opinión como historiador, para eso sirve la historia (con un asterisco del tamaño del cerro Tres Kandú, para matizar todo lo matizable). La historia sirve para que podamos explicar por qué las cosas son hoy como son (o como creemos que son), para explicar las causas y consecuencias de una estructura o un sistema determinados, para explicar cómo los distintos actores de cada periodo actuaron y los motivos que les llevaron a ello —de acuerdo al universo ideológico en el que actuaron—, para detectar los elementos que produjeron cambios en las sociedades, o que por el contrario contuvieron las transformaciones… Con todo ese conocimiento acumulado por la historia, en consecuencia, es posible —solo posible— elegir con mayor conocimiento de causa las soluciones a nuestros problemas actuales, que no son pocos; convendrán conmigo los lectores y lectoras en que hoy tenemos una maravillosa colección de problemas, a pesar de tanto progreso como siempre se (auto)atribuye al ser humano.

En el siglo XX, dos de estos problemas fueron, sin duda alguna, el fascismo y el nacionalismo; antes —y también después— lo habían sido el colonialismo y el imperialismo, y todos ellos estuvieron en gran parte fundamentados en concepciones racistas (otro de nuestros grandes problemas, también en la actualidad). Ahora, un siglo después de la emergencia del fascismo y mucho tiempo después del surgimiento de los nacionalismos, algunos elementos ideológicos de aquellas doctrinas llevan varios años recuperando fuerza entre nosotros (más o menos soterrados y más o menos visibles, según el momento y el lugar). Se trata de unos fantasmas que regresan desde ultratumba con otros ropajes, pero que hoy vuelven a recorrer el globo impunemente, amparados precisamente en la libertad de expresión que esas mismas doctrinas negaron hasta la muerte, y lo hacen sosteniendo sus mitos y sus falacias gracias a las posibilidades de desinformación que ofrece el mundo de la comunicación interpersonal y colectiva en la actualidad. Espinoso problema.

¿Dejar el pasado atrás?

Ernesto Giménez Caballero es, sin duda alguna, uno de los personajes más controvertidos —y también más influyentes— en la historia de las relaciones hispano-paraguayas durante la segunda mitad del siglo XX. Antes, algunos de mis paisanos llegados a Paraguay fueron también actores destacados o referentes de esa vinculación (y alguno muy controvertido); pienso, por ejemplo, en Ildefonso Antonio Bermejo, en Matías Alonso Criado, en Viriato Díaz Pérez —madrileño como yo—, en Rafael Barrett, en Fernando Oca del Valle, o en la siempre recordada Josefina Plá, figuras influyentes sobre todo en la cultura y en la producción artística e intelectual paraguayas de la última centuria, aunque poco o nada —por desgracia— en su política nacional.

Ernesto Giménez Caballero (izq.) junto a Joseph Goebbels (der.) en la ciudad alemana de Weimar (octubre 1941)

Ernesto Giménez Caballero junto a Joseph Goebbels en Weimar, octubre de 1941. Cortesía

El poder en Paraguay tuvo, sin embargo, mucha más conexión con otro español —también madrileño— que acabó por Asunción como embajador del dictador Francisco Franco: Ernesto Giménez Caballero. GeCé, como le decían sus allegados, conectó muy bien con Alfredo Stroessner cuando llegó a Asunción en 1954, actuando como agregado cultural de España. Stroessner encontró al instante el amigo perfecto para un dictador latinoamericano: un nacionalista como él, de verbo y verborrea incontenibles, anticomunista, católico hasta las trancas, intelectual fascista y que había sido encargado de la propaganda del bando sublevado en la Guerra Civil Española (ese grupo de militares y políticos de derechas —muchos de ellos fascistas también— que se levantaron en armas contra el régimen constitucional y democrático en la España republicana de los años treinta).

Giménez Caballero se desenvolvió particularmente bien en el régimen stronista, gracias especialmente a su amistad personal y convergencia ideológica con el dictador paraguayo y varios de sus acólitos. Con el tiempo, no solo fue un servidor leal a la causa de la hispanidad desplegada por el régimen dictatorial de Francisco Franco, sino que se esforzó por construir una estrecha relación entre Franco y su homólogo paraguayo, Stroessner; una afinidad y simpatía entre dictadores que fue también el reflejo de una notable sintonía ideológica entre ambos regímenes. A constituir y consolidar esa relación contribuyó sobremanera el propio GeCé durante los casi doce años que ejerció como embajador de España en Asunción.

Stroessner y Giménez Caballero, junto a Gregorio Marañón y López Rodó, en una recepción de delegados del Instituto de Cultura Hispánica (julio 1973)

Ernesto Giménez Caballero y Alfredo Stroessner, junto a Gregorio Marañón y López Rodó, en una recepción de delegados del Instituto de Cultura Hispánica, julio de 1973. Cortesía

En su libro Paraguay, la cárcel olvidada. El país exiliado —la última edición fue publicada por Arandurã en 2019—, Martín Almada, activista de derechos humanos que fue torturado en las cárceles de Stroessner, afirma que Ramón Bécker —opositor colorado con quien Almada coincidió en dependencias de la Comisaría Primera de Asunción (no confundir con La Técnica, Comisaría Tercera)— le contó que entre las decenas de torturadores y verdugos que recordaba de su experiencia carcelaria, Ernesto Giménez Caballero —a la sazón embajador de España en Paraguay— estuvo en alguna ocasión presente en la comisaría, y que “gozaba asistiendo a las sesiones de tortura”. De ser ciertas las insinuaciones de Ramón Bécker a Almada, deberíamos ciertamente replantearnos el término “controvertido” —que se quedaría muy corto— para referirnos a la figura de Ernesto Giménez Caballero que, no olvidemos, ocupaba un cargo diplomático.

Creo que podemos afirmar que GeCé se convirtió en el crush político de Alfredo Stroessner. Obviamente, lo fue a su manera, del modo en que se aman los fascistas: copiando métodos represivos, dando mucho poder al ámbito castrense, introduciendo la violencia en la política, metiéndole mucha testosterona a todo y poniendo muchas banderas por todas partes. Giménez Caballero era un Goebbels hispano con la capacidad operativa de un diplomático europeo en suelo paraguayo; en esas condiciones, resulta hasta comprensible que Stroessner quedara prendado de este hombre, logrando que el Rubio —no confundir con el Rubius— solicitase al propio Franco que lo ascendiera y lo colocase como embajador en Asunción, cosa que ocurrió en 1958. Mucho tiempo después, cuando a Giménez Caballero le tocó jubilarse —allá por diciembre de 1969—, Stroessner volvió a escribir a Franco para pedirle que lo mantuviera más tiempo en el cargo, pero en aquella ocasión ya no pudo ser: “ya fue”, debió de pensar el viejo dictador español.

Stroessner saluda a Franco durante la visita oficial del dictador paraguayo a Madrid (julio 1973)

Alfredo Stroessner saluda a Francisco Franco durante su visita oficial a Madrid, julio de 1973

Revisitar en estos tiempos la figura y la obra de un controvertido personaje como Ernesto Giménez Caballero —el primer fascista español— no debe confundirse con ensalzar sus ideas ni con una reivindicación de lo acertado o desacertado de sus actos o de sus escritos como diplomático, en absoluto. El objetivo de la historia como disciplina es interpretar las fuentes de que se dispone en cada momento con el fin de explicar las causas, condiciones, decisiones y consecuencias de los distintos actores que intervinieron en los acontecimientos, fenómenos y procesos del pasado. Y a ese fin debe servir, dando como resultado un conocimiento del pasado que proporciona algunas herramientas o instrucciones sobre qué ideas pueden generar colaboración, solidaridad y progreso, y cuáles, por el contrario, suelen producir dolor, intolerancia y retrocesos. Tomar esos caminos, u otros, es ya decisión de la ciudadanía y del ámbito más concreto de la política.

Sin embargo, la historia no puede dejar de ocuparse de estos elementos oscuros e indeseables de nuestro(s) pasado(s): no se puede dejar el pasado atrás, así sin más. Como le dijo Mona Simpson a Homero, nuestro pasado siempre será parte de nosotros, y más vale que nos vayamos acostumbrando a esto porque, lo queramos o no, ese pasado regresará una y otra vez. Más nos vale que lo haga para bien.

Un fascista estrafalario

Este mes de julio ha sido publicado en la revista especializada Historia y Sociedad —de Colombia— un artículo científico bajo el epígrafe “Nostalgia por el imperio y nacionalismo paraguayo: el pensamiento del embajador español Ernesto Giménez Caballero en su obra Revelación del Paraguay”[1]. En ese trabajo abordo en mayor profundidad algunos de los aspectos que relacionan a este intelectual fascista y representante español con el régimen stronista y, particularmente, los elementos que Giménez Caballero ensalzaba del nacionalismo paraguayo —particularmente el mestizaje—, algunos de los cuales resultaron oportunamente funcionales a su actividad diplomática. El nacionalismo paraguayo quedó imbuido durante el siglo XX de un fuerte sesgo o componente hispano en el relato de su construcción nacional, algo que fue aprovechado también por España como factor de vínculo histórico con su antigua provincia colonial, favoreciendo el relacionamiento político con el Paraguay independiente.

La mentalidad colonial de Occidente había cambiado con bastante lentitud desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y el encanto, la fascinación o el atractivo por el imperialismo y los procesos de colonización de los siglos XVI al XIX se fue reduciendo y erosionando muy poco a poco; aquello permitió que una figura como Giménez Caballero pudiera realizar su labor diplomática en el Paraguay de los años sesenta apostando por un esquema de colaboración sustentado en vínculos culturales devenidos en su mayoría del proceso de colonización, con una mínima actitud crítica hacia esos procesos desde la perspectiva de la metrópoli.

Por fortuna, no soy el único que está volviendo últimamente sobre los pasos de este personaje con protagonismo propio en la historia de las relaciones hispano-paraguayas: el sociólogo y escritor Alberto Quintana, que estuvo destinado durante varios años en Paraguay por la Agencia de Cooperación española, ha publicado recientemente una trilogía —Piezas que no encajan— en la cual uno de los tres tomos, el segundo volumen, está dedicado a rescatar del ostracismo a Ernesto Giménez Caballero, un libro titulado El fascista estrafalario (publicado por Bubok Editorial [2]), que tuve el honor de presentar en Madrid en marzo de este mismo año.

Definir la obra El fascista estrafalario es complicado, es casi inclasificable: a veces biografía histórica, a veces autobiografía, de tanto en cuanto relato casi novelesco, otras veces libro de autoayuda, ensayo político, enciclopedia, crítica literaria, poesía… y todo ello trufado por el humor que caracteriza a este autor. Se trata de un libro que a la vez de ingenioso y perspicaz, constituye también un excelente recorrido por un siglo XX español, paraguayo e hispanoamericano que fueron, cuanto menos, complejos. Hay muchas maneras de contar la historia, y esta que presenta Alberto Quintana es poco común, siendo difícil encontrar autores que cuiden con tanto equilibrio el aspecto documental, el aspecto personal y el aspecto contextual al hacer una biografía histórica, sin llegar a caer en el estilo más puramente academicista del historiador profesional (algo que Alberto no es de formación).

Quintana se refiere en su obra a la desmemoria sobre la figura de GeCé en los siguientes términos: “A pesar de todo, me sigue pareciendo que el olvido es injusto, y aunque sea para tomar de inmediato distancia, Ernesto Giménez Caballero merece ser recordado”. Y es que, afirma, “de quien tiene en verdad peligro olvidarse es de los verdugos, no vaya a ser…”. Por eso, apuntala que “hay que volver a hablar de GeCé, para que no se olviden las consecuencias que tuvieron sus bobadas”.

Lo cierto es que las relaciones hispano-paraguayas estuvieron profundamente marcadas desde finales de los años cincuenta por su labor como embajador en Asunción. Su posición de poder le permitió reforzar y consolidar en el discurso nacionalista paraguayo el carácter hispano del país, de acuerdo con el pensamiento imperialista y la retórica de la hispanidad en su concepción franquista. La retórica imperialista de la hispanidad reincidió en el relato de un Paraguay fundado nacional y consanguíneamente sobre la base de un mestizaje con unas características muy concretas, que además del ensalzamiento acrítico del colonialismo redundó también en la subordinación nacional de la figura de la mujer paraguaya.

En la España franquista, ciertos representantes de la élite del régimen de los años cuarenta y cincuenta —entre los que sin duda puede inscribirse a Giménez Caballero— entendieron que la hispanidad no era solo un elemento de propaganda para consumo interno —como una manera de concebir y entender una supuesta esencia histórica de España—, sino que representó un verdadero proyecto de regeneración dirigido allende las fronteras del Estado. Sin embargo, mientras que en España la retórica de la hispanidad aportó un universo de imágenes y símbolos de gran pervivencia en el discurso oficial del Estado y en la mentalidad colectiva, en el exterior adoleció de un relativo fracaso como aspiración política y cultural. De ese fracaso no participó el Paraguay, donde el discurso de la hispanidad fue ampliamente asumido por el nacionalismo paraguayo, reforzado durante el régimen stronista, entre otras circunstancias, por la labor diplomática y propagandística de Giménez Caballero, quien, por otra parte —es justo reconocerlo—, llegó probablemente a ser seducido por el país hasta el punto de apasionarse por este.

Franco, Stroessner y el Príncipe Juan Carlos toman café durante la visita oficial a Madrid (julio 1973)

El príncipe Juan Carlos, Francisco Franco y Alfredo Stroessner durante su visita oficial a Madrid, julio 1973. Cortesía

Al César lo que es del César: GeCé era un trabajador incansable, escribía mucho, muchísimo; documentaba todo lo que ocurría en la pequeña aldea de ambiente pueblerino que por entonces era Asunción —en palabras de Jesús Ruiz Nestosa en su libro Madre de ciudades: la del no me acuerdo y la del no sé (2016)— y lo enviaba a Madrid. Concluye Alberto Quintana en su trabajo que Giménez Caballero “se ocupaba de todo y debía de trabajar como veinte horas al día… a cada uno lo suyo: fascista, sí, pero aplicado”.

Debo confesar que en los últimos años algo me perturba mientras desarrollo mi tesis doctoral sobre las relaciones hispano-paraguayas de la Guerra Fría, en las que Giménez Caballero tuvo tanto peso. Al investigar el periodo, los discursos, los relatos, las justificaciones, al estudiar a un personaje como GeCé… ¿no me estaré contagiando, como me advertía el amigo Telesca? ¿Será que el fascismo, el stronismo o el franquismo están anidando en el risco más elevado de mi cabeza o en lo más profundo de mi interés por esa figura histórica? Al estudiar estos episodios y estos personajes, inevitablemente coadyuvas al fomento de la relación entre Paraguay y España, pero lo haces, también, por vía de la recuperación histórica de su pasado común, un pasado en el cual están muy presentes tanto el colonialismo como Giménez Caballero… Dice Quintana que “intranquiliza pensar que podamos ser herederos inconscientes del fascismo”, y sin duda es algo para preocuparse.

Sin embargo, me tranquiliza pensar que otros investigadores de la región, como el historiador uruguayo Tomás Sansón Corbo —de la Universidad de la República, en Montevideo— están estudiando también en estos tiempos aspectos relativos a las similitudes, las aproximaciones y las relaciones entre el franquismo y el stronismo. Saber que uno no está solo en esa batalla consuela, aunque sea un poco, porque siempre cabe la duda al investigador de pensar que si no remueves ese pasado, este terminará por irse, por abandonarse, por olvidarse definitivamente…

En 2015 falleció de cáncer Melissa Marie Mathisson (casi nadie la conoce). Ella desarrolló el guion de E.T. (personaje basado en un amigo imaginario de la infancia de Steven Spielberg). En 1981, ambos escribieron y dirigieron una película que pasaría a la historia (estrenada en 1982). Hay que decir que E.T. es uno de los pocos extraterrestres —quizá junto con Alf— que llegaron a la gran pantalla de nuestro planeta sin malas intenciones (salvo por ese impulso de comerse a los gatos que tenía el personaje televisivo).

Todos los nacidos en los ochenta recordamos a E.T. y a Elliott, y desde entonces nunca dejamos de mirar hacia arriba, aunque sea de reojo (que deje de leer el que no recuerde la imagen de ambos, volando en la bicicleta de Elliott con una inmensa luna llena de color blanco en el fondo). Cuando E.T. y Elliott se despiden durante la película, el alienígena enciende su dedo, señala en la frente del niño, y pronuncia estas palabras: “estaré aquí mismo”. Después recoge su planta, sube a su nave, y se pierde en la inmensidad del espacio. Estoy seguro de que Elliott siempre recordó a E.T., y al pasado le ocurre igual: siempre estará aquí mismo, en nuestra cabeza, y volverá una y otra vez.

Por eso, el olvido —consciente o inconsciente— de personajes como Ernesto Giménez Caballero, no es una opción. Si lo olvidamos ahora, nada puede asegurarnos que no volverá en algún momento, pero recuperado no por aquellos —como los investigadores citados en este artículo— que quieren abordar su vida y obra en Paraguay desde la rigurosidad académica, la honestidad intelectual y una buena dosis de compromiso social, sino por quienes vendrán a reivindicar como válido y regenerador el proyecto de personas con ideas similares a las de Giménez Caballero.

A Ernesto Giménez Caballero no hay que olvidarlo, hay que investigarlo bien. Como dijo Rafiki en El Rey León, el pasado puede doler, pero tienes dos opciones: huir o aprender. Lo que no va a ocurrir es que tu pasado se desprenda para siempre, porque siempre será parte de ti, y antes o después volverá. De nosotros depende que nunca perdamos, ya sea ganando, o aprendiendo.

 

Notas

[1] Puede leerse y descargarse gratuitamente el artículo completo en el siguiente enlace:
https://revistas.unal.edu.co/index.php/hisysoc/article/view/99931

[2] Puede adquirirse el libro en papel y en formato digital en el siguiente enlace:
https://www.bubok.es/libros/269391/El-fascista-estrafalario—Volumen-II-de-la-trilogia-Piezas-que-no-encajan

 

* Eduardo Tamayo Belda (Madrid, 1984) es historiador por la Universidad Autónoma de Madrid (España) y magíster en ciencia política por la Universidad Nacional de Asunción (Paraguay). Entre 2015 y 2017 trabajó como docente en varias universidades paraguayas, y desde 2017 realiza una tesis de doctorado sobre la historia de las relaciones hispanoparaguayas contemporáneas como investigador de la Universidad Autónoma de Madrid, institución en la que ha impartido docencia sobre historia del siglo XX y política internacional.

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