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Cultura

Godard, la Nouvelle Vague y “Al final de la escapada”

“El cine es un signo para interpretar, para jugar con él, y hay que vivir con él”, decía Jean-Luc Godard, el director que cambió para siempre la historia del cine y que hace unos días, por voluntad propia, dejó de existir. Aquí lo recordamos a través de una de sus grandes películas.

Jean-Luc Godard. © Kazuhiro Nogi

Jean-Luc Godard. © Kazuhiro Nogi

El cine se hizo libertad

En Francia, en los años cuarenta y cincuenta, se realizaban películas que se caracterizaban por su academicismo, los guiones pulidos y la subordinación a las fuentes literarias y a las estrellas. Los críticos de la revista Cahiers du Cinéma, llamados cahieristas, reprochaban este cine llamado cinéma de qualité (cine de calidad) por ser complaciente con el poder: un cine que privilegiaba a los artesanos en detrimento de los artistas, formulado y sin compromiso con la realidad política. Así también, el cine francés no experimentaba en ese momento una renovación estética como el Neorrealismo en Italia. Los cineastas que podían filmar necesariamente debían tener años de experiencia, impidiendo el acceso a la nueva generación. Por otro lado, existían directores respetados por los cahieristas, como Melville, Tati, Renoir o Bresson, entre otros, que se manifestaban como autores, pero que representaban una minoría.

También el nacimiento de los cineclubes, el fomento del cortometraje antes de las funciones de cine, la publicación de revistas especializadas y la creación del Festival de Cannes fueron preparando la antesala para el nacimiento de uno de los movimientos más importantes del cine. Así, cuando en el Festival de Cannes de 1959 es premiada Los cuatrocientos golpes, de François Truffaut, y se presenta Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais, se siente una brisa de aire fresco, y esa fecha es considerada como el momento inaugural de la Nouvelle Vague, que realmente duraría aproximadamente entre 1958 y 1962, ya que son los años de iniciación de los jóvenes cineastas.

Estos jóvenes directores, en su mayoría, carecían de formación técnica y nacían más bien de una cultura cinéfila y antes que nada tenían en común la búsqueda de renovación del lenguaje y la libertad de expresarse con el cine.

Entre estos directores, como Truffaut, Rohmer, Chabrol, estaba Jean-Luc Godard, estudiante de etnología que frecuentaba la Cinemathèque, quien luego de licenciarse empieza a escribir críticas en Cahiers du cinema, capitaneada por André Bazin, y empieza a experimentar con cortometrajes, hasta que en 1959, con un guion de François Truffaut, dirige su primer largometraje: À bout de souffle (Al final de la escapada).

Fotograma de Al final de la escapada de Jean-Luc Godard (1960). Archivo

Fotograma de Al final de la escapada de Jean-Luc Godard (1960). Archivo

La película y su importancia

Paradigma del cine moderno y manifiesto rupturista de lo clásico, Godard quería con esta película “tomar una historia convencional y rodarla de manera completamente distinta a lo que se había hecho antes…”. Tomando como base el género policial, Godard juega con el relato entrecortado y abierto, propone saltos de eje y continuidad. El montaje se vuelve a hacer visible y esta visibilidad forma parte del discurso sobre la película. En una de las escenas iniciales el personaje de Jean Paul Belmondo se dirige al espectador, habla con él, rompiendo la cuarta pared, creando conciencia de que se trata de una película. El cine empieza a hablar de sí mismo, entra en la dimensión metalingüística.

Fotograma de Al final de la escapada de Jean-Luc Godard (1960). Archivo

Fotograma de Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, 1960. Archivo

La trama base se diluye en largos diálogos entre los personajes, diálogos casuales y fuera de interés a nivel dramático, alejándose de la causalidad clásica. Hay una escena en la cual Godard, en una conversación en el auto entre Belmondo y Seberg, elimina todos los planos de Belmondo, realizándose el corte en el plano. Cuenta la leyenda que realizaba los cortes al azar (con los dientes). En otro momento, como si nada, Belmondo pide a un taxista que lo lleva, que se detenga para poder correr a levantarle la falda a una chica y luego volver al auto, y esta escena nada tiene que ver con el resto de la trama. ¡Eso es libertad!

Las calles de París son tomadas de rehén, se puede ver a sus habitantes mirar a la cámara, el cine es urbano. El homenaje al cine americano, característica de la Nouvelle vague, está presente con posters de cine y, en especial, en el diseño del personaje de Belmondo, una especie de Bogart rebelde, inmaduro y desprolijo. La luz es natural y se favorecen los planos secuencia. La presencia de Faulkner y su frase “Entre la pena y la nada prefiero la nada, porque la pena es un compromiso” describe toda la película y sus personajes.

Película que particularmente considero, junto con Los cuatrocientos golpes, un sinónimo de libertad. Su influencia es innegable en el cine contemporáneo.

 

* Sergio Colmán Meixner es máster en Escritura para cine y televisión–UAB. Realizador, guionista, script doctor. Fue director de la carrera de Cinematografía de la Universidad Columbia de Paraguay.

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