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Cultura

Las otras guerras

Hace unos días el país recordó nuevamente la batalla de Boquerón. El momento ha sido oportuno para revisitar, desde otros ángulos, “Hijo de hombre”, una de las obras literarias que mejor compendió la cruenta realidad de la guerra contra Bolivia.

Emmanuel Fretes Roy. Óleo sobre tela que recrea una conocida fotografía de la guerra del Chaco. Cortesía

Emmanuel Fretes Roy. Óleo sobre tela que recrea una conocida fotografía de la guerra del Chaco. Cortesía

Hace poco releí Vivir afuera, de Rodolfo Fogwill, que habla sobre la “transa” como mecanismo de resistencia en el margen de la sociedad. Es un libro sobre la guerra por la supervivencia, por el poder en el sentido de hacer posible la satisfacción personal.

En otra de sus novelas, Los pichiciegos, aborda la guerra de las Malvinas desde el punto de vista de soldados desertores que organizan una sociedad subterránea, con sus propias reglas e intrigas de lucha por ver quién es el más fuerte e inteligente.

Como siempre que leo novelas argentinas, proyecto algunas ideas sobre la literatura paraguaya, consciente de las inconveniencias de toda comparación.

La crítica tradicional ubica a Hijo de hombre, de Augusto Roa Bastos, como una novela que retrata la realidad social de Paraguay en los años de la guerra del Chaco. Pero, releyendo algunos pasajes, me inclino a pensar esta novela desde otra perspectiva: la de un puñado de relatos que depositan la mirada en personajes comunes, en ocasiones, marginales –en términos de pobreza–, inmersos más bien en una guerra de supervivencia personal. Por esto mismo, personajes que están lejos de representar el mito del héroe romántico al que, más que criticar, Roa Bastos trataba de asignar un componente sociológico hasta entonces ausente en la narrativa paraguaya.

Hijo de hombre es un libro sobre la guerra del Chaco en su enunciación formal. Pero a mí me interesa pensarlo como uno sobre distintas guerras que libran personajes en su afán de sobreponerse al hambre, la enfermedad, la miseria y la muerte.

Pensar el libro de Roa Bastos como una mirada desde los márgenes de una guerra que nunca se refleja en forma directa, pero que permanece presente como una amenaza ubicua, me permite, además, establecer lazos con la novela de “los pichis”.

En ambos casos, son las pasiones de estos personajes alejados –por voluntad o accidente– del frente de batalla, las que articulan el discurso narrativo. Sus historias transcurren en los bordes de la guerra real, que no siempre ven de manera frontal. Ellos apenas son los utileros a los costados del escenario donde se está representando la Historia que recogerán las crónicas. Y, en ambos libros, la esencia de la novela radica en la forma en que estos hombres y mujeres, en tanto sobreviven, obedecen o desmienten la premisa homo homini lupus.

Hay, sin embargo, en el aparato discursivo de Roa Bastos, un aliento de “narrador de la Historia” que termina por desagradarme. Aliento que, en Fogwill, tiene un correlato de burla, de ironía. Como si, antes que pretender construir “la otra versión de la guerra”, nos estuviera diciendo: “¡Toda guerra es pelotuda!”.

De cualquier manera, quizás la necesidad que uno siente como lector de reparar en los márgenes de un relato bélico se vea alimentada por la comprensión de la guerra no solo como fenómeno histórico, sino como una especie de lógica del absurdo, tan perversa como inexpresable, que multiplica su cruento mecanismo aun a escalas en apariencia insignificantes.

Piénsese, por ejemplo, en el alucinante y patético proceso de excavación que narra Augusto Céspedes en El pozo.

En el cuento, el deseo desesperado por encontrar agua lleva a un grupo de zapadores a profundizar la hondura de un pozo con el que se topan de paso. Pero, al igual que toda guerra niega el más elemental sentido de humanidad, muy pronto el pozo niega a los hombres, que cavan incesantes, hasta el recuerdo de una gota bebida bajo la lluvia. En su lugar, les concede el delirio, la enfermedad, la locura, la muerte. El propio descenso a las profundidades de la tierra, practicado día a día por los cada vez más contados sobrevivientes, se transforma en una guerra contra los propios fantasmas del tormento. El texto nos deja eso: un abismo absurdo, una boca horrenda en la superficie de la tierra, una tumba colectiva.

 

* Cave Ogdon (Asunción, 1987) es escritor. Ha publicado cuentos y novelas. Algunas de sus obras son Los incómodos (Arandurã, 2015, mención honorífica certamen literario Roque Gaona), Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018) y Perros del pantano (Póra, 2021).

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