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Cultura

“La caída”, o la farsa de Jean Baptiste

Este mes se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de Albert Camus, filósofo y escritor francés nacido en 1913, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1957 y uno de los mayores referentes del existencialismo. Aquí un comentario mínimo, casi “de paso”, sobre la última novela que publicó en vida.

Albert Camus. Cortesía

Albert Camus. Cortesía

Hace poco, trabajando en la documentación de un proyecto literario relacionado con Juan Carlos Onetti, me topé con una entrevista televisiva de 1977 en la que el escritor uruguayo, intentando salvar preguntas capciosas a las que era sometido, desliza una anécdota vinculada con Albert Camus.

Ficcionando o no (Onetti fue un artista de la mentira), el autor de La vida breve relata, con voz pastosa, que tras no animarse a conocer personalmente a Camus cuando este visitó Argentina en 1949, le escribió una carta en la que le confesaba que, aunque admirable, El extranjero no le había convencido pues el personaje “ya había nacido configurado para ser el indiferente moral, el nihilista, el extranjero”. A continuación, le proponía (“audazmente”, según sus propias palabras) la misma historia, pero invirtiendo el juego: le pedía a Camus que escribiera sobre un perfecto burgués, alguien que, ya desde su nacimiento, lo tuviera todo a disposición para triunfar en la vida, que ascendiera los peldaños sociales y que luego, en algún momento, se enfrentara a la derrota, al fracaso, al descubrimiento del angst, la angustia de una existencia que carece de sentido.

Nunca sabremos si la misiva existió o si Camus la leyó. Pero el hecho es que la prestigiosa Gallimard publicó en 1956 su última novela, La caída, cuya trama narrativa parece responder a la recomendación de Onetti.

Conocí esta historia curiosa, como tejida por ese azar juguetón que llegó a deificar Julio Cortázar (amigo de Onetti a pesar de los varios malentendidos que hubo entre ellos), tras haber leído ya dos veces la novela. Todavía hoy la considero mi predilecta y hasta puedo afirmar, desde la tiranía del mero gusto, que me parece “mejor” (si bien soy reacio a categorizar novelas en esos términos) que El extranjero o La peste.

De La caída se ha escrito mucho, ya que es un texto que admite múltiples lecturas, como todos los relatos que están concebidos a partir de una reflexión profunda de la experiencia humana en un mundo contradictorio. Acaso lo que seduce de inmediato sea la combinación de una prosa ligera, desligada de recursos y efectos, de excesos lingüísticos, con el lugar desde el cual se enuncia el discurso narrativo: un tal Jean Baptiste Clamence, otrora abogado parisino, se nos acerca en un bar de Ámsterdam y nos “elige” como interlocutores de lo que será un largo monólogo que se extenderá durante varios encuentros en distintas locaciones, la última de ellas el camastro donde terminará sus días, tal como le sucedió a Onetti.

Por otra parte,  llama la atención que el autor nos introduzca inmediatamente en la historia. La argucia está tan bien ejecutada que no pasa mucho para que nos interesemos en este hombre en el que se advierten las señales de una pasada vida mejor, el brillo de cierta gloria profesional en la cual cifró sus sueños y ambiciones más íntimas. Estamos ante alguien coronado con una diadema ya marchita, pero aún dotado del sabio uso de la palabra. Por supuesto, es un personaje que al principio se recoge en cierta actitud humilde, pero cada tanto yergue la cabeza como el más feroz monarca. Los lectores, silenciosos, lo observamos, lo animamos a hablar, renovamos el pacto de confianza. Constantemente, el hombre nos responde, agradecido, y reconstruye sus memorias, la historia de por qué abandonó París y se dedica, ya no a la abogacía (aunque confiesa que aún tiene clientes en el rubro del derecho), sino a lo que él califica estrictamente de “juez-penitente”.

Creo innecesario resumir aquí la historia completa de Jean Baptiste, pues abundan las reseñas. Prefiero, en cambio, como conejo que toma un atajo bajo la tierra, abrirme paso hacia el incidente central de la novela, que es el que da título al libro, tan delgado como ingeniosamente escrito: Jean Baptiste camina un día por las inmediaciones del Sena y escucha que algo cae al agua. Al asomarse al puente comprende, en un relámpago, que alguien acaba de arrojarse, camino a una muerte segura. Su única reacción es no hacer nada, reanudar su camino. Pero, al mismo tiempo, sin que lo sospeche al comienzo, la estructura de su pensamiento, del sistema de creencias con el que ordena y comprende el mundo, comienza a resquebrajarse. Lentamente, con el curso de los días, los muros van cayendo, con una risa estridente de fondo, que ahora lo acosa, hasta que su alma se precipita al pozo del nihilismo. “Cae” en la conciencia de que la vida carece de razones y sentido, que aquella persona (¿una mujer?, ¿un hombre?) encontró una vía para hacer frente al absurdo de la existencia. Obsesionado, comienza a rumiar otras posibles vías de salvación: las vislumbra en la neblina del escepticismo, las intuye como formas lejanas y sombrías, pero no las comprende del todo.

Así, el concepto de caída cobra una doble significación: señala el episodio clave que reconfigura dramáticamente la situación del personaje en el mundo, quien pasa de ser un defensor de los más necesitados, un incansable luchador de las causas nobles, un representante de la justicia humana, a un hipócrita que se sabe, además, un impostor, en la medida en que el absurdo le revela que sus más auténticas motivaciones para obrar como lo hacía guardaban relación con la abyecta satisfacción de su ego. ¿Cómo litigar de ahora en más, en nombre del bien, cuando en realidad lo que busca es la paz de su conciencia, el placer de ser un hombre superior que juzga a los demás desde un pedestal? ¿Quién puede juzgar en un mundo sin Dios y sin razón? Tal la farsa, el teatro del mundo en el que, hasta hacía poco, representaba un papel brillante.

Incapaz de suicidarse, Jean Baptiste se marcha y decide establecerse en Ámsterdam, donde lo encontramos un día en un bar de exótico nombre. A medida que desenrolla un soliloquio al que asistimos mudos, por instantes deslumbrados por su magnífica y efectiva forma de razonar y formular argumentos, tal como si volviera a pararse delante del estrado, también nosotros vamos comprendiendo lo que esta especie de “fugitivo de la culpa” descubrió cambiando de geografía: le fue posible vivir, pero enfrentándose a la libertad de rebelarse contra el absurdo, aceptando su transitoriedad, el vacío de carecer de dioses de ningún tipo. Al fin y al cabo, como bien nos lo explica, no todos los dioses son religiosos, sino que pueden consistir en creencias e ideales, inclusive los intereses más “humanos” o “sublimes”.

 

* Cave Ogdon (Asunción, 1987) es escritor. Ha publicado cuentos y novelas. Algunas de sus obras son Los incómodos (Arandurã, 2015, mención honorífica certamen literario Roque Gaona), Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018) y Perros del pantano (Póra, 2021).

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