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Cultura

Stevenson: La isla y las voces

Ayer se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de Robert Louis Stevenson, autor de libros inolvidables como “La isla del tesoro” y “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”. Aquí lo recordamos con una nota sobre “La isla de las voces”, relato escrito durante sus últimos años en Samoa e inspirado en leyendas orales de los aborígenes de la isla.

Stevenson en la galería trasera de su casa en Vailima. Cortesía

Stevenson en la galería trasera de su casa en Vailima. Cortesía

[…] de día y de noche surgían sobre la playa pequeñas hogueras que se extinguían poco después; y a nadie se le ocurría cuál pudiera ser la causa de aquellos prodigios.

Robert Louis Stevenson. La isla de las voces

 

Imaginación, enfermedad, viaje

La infancia de Stevenson, como la de otros fecundos artistas, estuvo marcada por la enfermedad. Una temprana tuberculosis lo confinó a la cama e hizo de él un niño acostumbrado a la fiebre, el insomnio y la tos sangrienta. Numerosas biografías consignan este hecho como una de las raíces de su inclinación por la lectura y su afición a imaginar historias, sobre todo inspiradas en la interminable inventiva nocturna de Shahrazade.

El tiempo, sin embargo, le concedió algo de vigor: pudo ponerse de pie y vivir una vida que, en principio, le sería dictada por su padre, ingeniero náutico que deseaba que su hijo lo emulara en la construcción de faros. Una seguidilla de inconveniencias y discusiones lo condujeron a estudiar finalmente Derecho, aunque nunca realizó el mínimo esfuerzo por ejercer la profesión. La tuberculosis, como un secreto mal guardado o un coqueteo con la muerte, continuaba manifestándose intermitente, pero quizás también punzaba las fantasías del escritor, su tendencia a mirar en una ventana el mar o en un libro un portal a mundos exóticos.

Muchos aseguran que su encuentro con Fanny Vandegrift Osbourne –una mujer algo mayor que él, casada y con dos hijos, quien se divorció para unirse al escritor (aventura que merece un artículo aparte, pues implicó una travesía casi suicida por parte de Stevenson a Nueva York)– fue un episodio decisivo en los diversos viajes que Stevenson, acompañado de su nueva familia, emprendería por distintas regiones del mundo, pese a sus graves complicaciones de salud, con las que debía cargar como si se tratara de duendes malignos, inseparablemente unidos a su cuerpo.

Robert Louis Stevenson, su familia y samoanos, en Vailima, fotografiados en 1890 por Alfred Tattersall. Cortesía

Robert Louis Stevenson, su familia y samoanos, en Vailima, fotografiados en 1890 por Alfred Tattersall. Cortesía

Las islas, la isla

Los viajes en barco de Stevenson se enmarcan en la febril ola de colonialismo europeo que surgió en el siglo XIX. Ingleses, franceses, alemanes y belgas buscaban descubrir nuevos mercados, y no tardaron en lanzarse a la “conquista” política y comercial de las islas del Pacífico. Fue un fenómeno complejo, con profundas implicaciones sociales y culturales para los pueblos aborígenes de Samoa, Hawái, Tahití y Nueva Caledonia, que se vieron envueltos en el torbellino de “progreso”, “civilización” y “evangelización” impuesto por las potencias europeas que saquearon y se repartieron las islas del Pacífico, tal como lo hicieron en África.

En medio del movimiento de comerciantes, forajidos, militares, cazafortunas y simples aventureros, Stevenson recorrió la geografía del Pacífico, seducido por su estela de paisajes, hasta que, entre todas las islas, escuchó el murmullo ancestral de Samoa. Allí, en un pueblo llamado Vailima, ubicado a unas millas de Apia, la capital de la isla, construyó una casa. Pero también, con el paso de los años, una relación de convivencia con el entorno y sus habitantes, que llegó a traducirse en un compromiso político en favor de la independencia de los samoanos, que padecían la dominación alemana.

El contacto diario con los aborígenes, que ha quedado plasmado en rudimentarias fotografías de la época y en los propios cuadernos de Stevenson, influyó de forma sugestiva en la escritura de sus relatos, que se vieron insuflados por elementos que siempre había imaginado de niño pero que, en la isla, cobraban un cariz real y concreto, como si en el oleaje, las playas, la vegetación y el cielo interminable que podía observar en medio de los vaivenes de la convalecencia y la debilidad corporal, se hicieran presentes las más insólitas fantasías: el humo de genios evanescentes, la magia sellada en una piedra, los destellos iridiscentes de seres custodiando las copas de los árboles, el correteo de diablillos emplumados. Stevenson no solo recogió muchas de las leyendas orales de las tribus asentadas en Samoa, sino que, al recibir de ellas el epíteto de Tusitala (“el que cuenta historias”), comenzó a respirar por primera vez, a escuchar las palabras del mar y del viento, del sol y las hojas.

Fiesta de cumpleaños de Robert Louis Stevenson, en Vailima. Fotografía de 1893 d e autor desconocido. Cortesía

Fiesta de cumpleaños de Robert Louis Stevenson, en Vailima. Fotografía de 1893 de autor desconocido. Cortesía

Magos, hogueras y voces

De los numerosos relatos que admiro de Stevenson, siempre tengo a mano, como una brújula en el mar tumultuoso de la existencia, los Cuentos de las noches en las islas, volumen del cual se han desprendido ediciones independientes de algunas narraciones, como, por ejemplo, El diablo de la botella. Mi gema favorita, sin embargo, es La isla de las voces, una de cuyas traducciones al español más célebres es la que Jorge Luis Borges incluyó en la colección Biblioteca de Babel, publicada por la editorial Siruela en 1985.

Nunca pude dejar de leer con admiración este relato. En sus páginas se refleja el rasgo quizás más característico de la prosa de Stevenson: su componente visual, su capacidad de desplegar una larga vela en la que se estampan imágenes variopintas, que despiertan en nosotros el deseo aventurero, el rumor de un remoto llamado pirata, marinero o explorador, mientras tenemos la sensación creciente del chapoteo del agua y de olor a pólvora quemada o leños crepitando en el aire.

La isla de las voces echa raíces en una historia cotidiana (la de Keola y su suegro Kalamake), amalgamando diversas fuentes en su composición, como si se tratase de varias narraciones superpuestas: es el cuento de una fechoría, pero también un ligero aunque preciso retrato de la situación de los samoanos en el colonialismo; es una crónica sumaria pero muy lograda de los problemas que plantea un matrimonio (particularmente cuando hay un suegro que, además de ser un brujo, simplemente no quiere a su yerno), pero también un registro de la evolución psicológica del protagonista, que avanza de un estado inicial de indolencia y pereza hasta transformarse en una especie de torpe héroe que lidia como puede con su destino; es un cuento que se articula a partir de una intriga hogareña, que proyecta sus derivaciones en una y varias islas, pero también un pasaje fantástico a otras realidades, en donde los humanos pueden teletransportarse de un sitio a otro, volverse invisibles y, en virtud de ciertos conjuros que involucran arena, fuego, conchas, amuletos y una rama verde de palmera, convertir hojas en monedas de plata.

Pero fundamentalmente parece tratarse de una tentativa de Stevenson por transmitir algunas de las creencias espirituales de los samoanos, una cosmovisión que se relaciona con la existencia de entidades que, pese a resultar imperceptibles a la vista, obran en el mundo físico alterando la disposición de las cosas según sus propios caprichos o intereses. Según sus leyendas orales, solo el brujo alcanza la lucidez total con respecto a estos fenómenos, y es capaz de participar en el ir y venir de estas fuerzas mediante sus conjuros. Sin embargo, a medida que nos adentramos en el relato, también puede observarse, ya no la desintegración, pero acaso la perversión del sentido original de la magia, quizás como consecuencia del contacto con los europeos (simbolizado por un barco a vapor que llega cada tanto a la isla con provisiones que los isleños deben comprar, para lo cual se tornan imprescindibles las monedas foráneas), que ahora se emplea con fines lucrativos para abastecerse y no morir de hambre. Es decir, no solo el brujo se ve rebajado, a su manera, a valerse de sus secretos para hacer llevadera la vida, sino el codicioso yerno, que se ve arrastrado por una serie de dramáticas peripecias por querer aprovecharse del suegro.

Al final, Stevenson nos deslumbra tanto como nos inquieta con una memorable escena de visos fantásticos, en la que los nativos caníbales de la llamada “Isla de las voces”, que alberga árboles cuyas hojas pueden convertirse en monedas, luchan contra nativos brujos de otras islas que arriban a las costas para apropiarse de su bosque. Y, aunque mediante sortilegios, los brujos pueden desplazarse entre los primeros como demonios invisibles, esparciendo el terror con sus solos murmullos, los caníbales, cansados del miedo, los enfrentan, al tiempo que echan abajo los árboles en disputa con sus hachas, en un clima de destrucción provocado por la codicia, la confusión y el lento olvido de la identidad nativa comunitaria, hendida ahora por valores extraños.

Robert Louis Stevenson, "La isla de las voces", edición publicada en 1985 por la editorial Siruela para la colección "Biblioteca de Babel" dirigida por Jorge Luis Borges. Cortesía

Robert Louis Stevenson, La isla de las voces, edición publicada en 1985 por la editorial Siruela para la colección “Biblioteca de Babel” dirigida por Jorge Luis Borges. Cortesía

 

* Cave Ogdon (Asunción, 1987) es escritor. Ha publicado cuentos y novelas. Algunas de sus obras son Los incómodos (Arandurã, 2015, mención honorífica certamen literario Roque Gaona), Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018) y Perros del pantano (Póra, 2021).

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