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Cultura

Palabras para el silencio

Edward Hopper, “Chop Suey”, 1929. Cortesía

Edward Hopper, “Chop Suey”, 1929. Cortesía

No voy a dejar de hablarle solo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo. Oscar Wilde

 

En eso iba pensando, y me preguntaba sobre las bondades y ventajas de conversar con uno mismo y, además, con la gracia y la capacidad wildeana de autovalorarse sin empacho, independientemente de si hay o no interlocutores que le presten atención o lo ignoren. Lo que sí me parece cierto es que pensar bien es repensar, es contrastar lo pensado con otro pensamiento, que se le parece pero que a la vez lo cuestiona, lo varía, lo incomoda y hasta lo purifica, de tal modo que el resultado de la convergencia de esos dos pensamientos puede ser un tercero, tal vez limpio, sea para mejor o para peor (¿?).

Lo que me lleva a la etimología de “conversar”. En latín, se trata de asociarse con alguien, con-verger, con-vertir, desembocar en algo con alguien y, por extensión, cambiar, invertir, darse vuelta. Es decir, un movimiento de dos o más fuerzas que se unen, se combinan, se distancian y hasta se enfrentan, haciendo que cada elemento inicial mute, cambie de aspecto y quizás también de esencia. Así, la conversación, con uno mismo o con otro, es una dinámica de elementos que entran en contacto y se prolonga insospechadamente hasta el punto de llegar a zonas impensadas donde lo novedoso, lo inquietante, lo aventurero, estará esperando al otro lado de la orilla.

Cuando digo “aventurero” es porque el término me hace recordar a Lezama Lima, para quien el ritmo de la conversación “es en extremo riesgoso y pocos han logrado sobrepasarlo”. Para graficar tal peligro, él se figura un ritmo entrecortado, vinculado con el arte de la pesca. De ese ritmo se sacaría un sedal, “como si la imaginación, pinchada por lo fruitivo anhelante de su reconstrucción, tuviese que unir el pez que salta con el que se dispara como una flecha, la plata miliunochesca de la sardina con el pez espada” [1]. En desnudas y pescadoras palabras, el pez muere por la boca de otro pez. O sea, una palabra que come la otra, engordándola con su pariente menor, y que lo asimila y regurgita, hasta transformarlo por completo en bolo alimenticio (véase el poema homónimo de Carlos Germán Belli), para luego pasar a otra etapa, a otra aventura, a seguir prolongando la faena de la caza… y de la conversación.

De otro lado, algunos filósofos aseveran que uno de los “riesgos” de la conversación es encontrar la verdad. Pero ¿qué verdad? ¿La de llegar a saber la esencia de las cosas, de los valores que escudriñaba hábilmente Sócrates mediante su mayéutica, es decir, actuando como una comadrona, quien ayuda a dar a luz la verdad depositada in illo tempore en el seno de los seres humanos? ¿La verdad de religiones monoteístas, panteístas, animistas; de políticas absolutistas, milenaristas, escatológicas; de autoridades cívico-militares, judiciales, burocráticas; de padres presentes, ausentes, faltantes; de familias tradicionales, modernas, desintegradas; de cada individuo en busca del sentido concreto de la vida?

Obviamente, este tipo de preguntas que suscitan nuevas preguntas y desarrollan una conversación es, como decía Aristóteles en su Ética, producto de las mejores acciones que ponen en juego las facultades de la mente (sic). Siglos después, esto quizás tenga que ver con la cortesía medieval, propia de las cortes europeas y sus áulicos, o bien de los salones modernos de la marquesa Rambouillet, de Mme. Julie D’Éspinasse, de Mme. De Stäel, que saturaban aristócratas, intelectuales, artistas y parvenus (arribistas), espacios que más tarde admiraba y frecuentaba Proust, un poco con la nostalgia del tiempo perdido.

Para no mencionar los cafés, cabarés, bulines y restaurantes de los siglos XIX y XX: Le Procope, Moulin Rouge (París), Els Quatre Gats (Barcelona), Café Gijón (Madrid), Café Odeón (Zúrich), Café Central (Viena), A Brasileira (Lisboa), Antico Caffè Greco (Roma), The Attendant (Londres). O los de esta parte cafetera del mundo: Tortoni (Buenos Aires), Haití, Cordano (Lima), El Brasilero (Montevideo), El Floridita (La Habana), Café La Habana (Ciudad de México), Café Windsor, El Automático, Windsor (Colombia). Muchas, seguramente, demasiadas palabras, charlas, discursos, panegíricos, debates (¿pero también conversaciones?) se han mezclado, y siguen haciéndolo, con café, humo, alcohol, ajenjo, por saecula saeculorum.

Aunque hay dignos ejemplos de fecundas conversaciones (vocablo que no puede ser remplazado con palabras como “charlas”, “discusiones”, “debates”, que las percibimos como didácticas, polémicas, batalladoras), como las de Adam Smith-David Hume, de este con el doctor Samuel Johnson, el mismo que pergeñó el primer diccionario de la lengua inglesa, hasta hoy saludada y utilizada; las de Goethe-J.P. Eckermann, pura luz y sapiencia; o las incombustibles de Guattari-Deleuze y Coetzee-Auster, quienes desarrollaron una gran amistad y temas importantes mediante cartas demoradas, paseos (sauntering) y descansos de sobremesa (lounging).

Como sea, aún sigo pensando en lo dicho por Wilde y en otros tantos artistas y filósofos, maestros del lenguaje y ufanos de su competencia verbal, sin que importe mucho a quiénes su discurso puede llegarles tarde o temprano y mucho menos a los que se han esforzado para decir lo supuestamente importante que ellos dan por sentado. Demasiadas palabras hay en el mundo, muchas de ellas huecas, torpes, inútiles. Son moles que obstruyen el paso natural del aire y de la luz que aún existe y por eso deberían ser removidas.

En lo particular, añoro mis años transcurridos en los bosques de Finlandia donde uno podía encontrarse con amigos, estos a su vez amigos del buen vodka y del vino para abrir bocas y corazones. A decir verdad, las largas veladas eran traspasadas por silencios, extensos como el tiempo, y solo preponderaban susurros de monosílabos que no alcanzaba a escuchar ni entender. Y cuando por fin llegaba la hora de la despedida, todos se abrazaban y, risueños, decían: “¡Qué buena conversación! ¡Tenemos que repetirlo!”

O cuando, solo, vivía recluido en una universidad china en plena decadencia, circundada por montañas de esmeralda, tachonadas con arroyos de agua y de marfil. Desde la ventana de mi cuarto recoleto, hablaba conmigo mismo y veía las montañas del fondo. Impensadamente, establecía una línea recta entre ellas (punto A) y yo (punto B), que las miraba y remiraba, nada más. También pensaba, ¡sí, aún podía pensar, elaborar e hilar ideas! Entonces –siguiendo a Euclides–, una voz interior me decía que así como una línea recta está compuesta de infinitos puntos, del mismo modo, también me advertía de que entre mis ojos y esas montañas distantes debían de mediar infinitas cosas que sin embargo no conseguía ver. Pero lo bueno es que desde esa advertencia asumo la tarea imposible de identificar esas cosas, esos interminables e indeterminados puntos intermedios, para tratar de hacerlos visibles con imágenes, sonidos, palabras que nunca dejarán de actuar. Ese, creo, es el arte supremo de distinguir tanto y enriquecerse a escalas inconmensurables. Pero ¿para decirlo? ¿Para contarlo? ¿Para decir mi verdad? ¿Para conversarlo? ¡Pero a quién le importa! ¡Mejor me callo!

Nota

[1] José Lezama Lima, “De la conversación”, en Tratados en La Habana, La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2014, pp. 106-110.

 

* Renato Sandoval Bacigalupo (Lima, 1957) es profesor de literaturas europeas, doctor en Filología Románica. Es poeta y traductor; también ha publicado ensayo. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura, Perú, en 2019, mención especial en Poesía. [email protected]

 

 

 

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