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Tacumbú, buque insignia del infierno penitenciario paraguayo

Tacumbú emblema de un sistema penal desbordado y atravesado por la corrupción. Foto: Marcelo Ameri

Tacumbú emblema de un sistema penal desbordado y atravesado por la corrupción. Foto: Marcelo Ameri

“Esta cárcel es un infierno, no hay nada”, así concluye el corto documental “Sin Condena. Voces desde el encierro”, de 2019, del periodista Santi Carneri. Lo dice un interno de Tacumbú, en una afirmación con un enorme poder descriptivo de una realidad desconocida para la mayoría de la población, y ninguneada por todos los gobiernos.

Tampoco es una realidad exclusiva de este penal que volvió a ser noticia el martes con el sangriento motín que se saldó con una masacre, donde hasta hubo decapitaciones. Tacumbú es el buque insignia de un sistema penal desbordado en sus posibilidades de reinserción social de la población carcelaria, y permeado hasta la médula por la corrupción.

“Si sos muy bueno te juegan todo, y si sos muy malo te aniquilan. Yo no le recomiendo ni a mí peor enemigo que llegue por acá”, dice otro de los reclusos cuya voz está recogida en la cinta, pintando también su retrato del infierno del que habla su compañero.

Pero la violencia no es el único drama en la prisión, facilitada acaso por el hacinamiento que hizo de las cárceles paraguayas verdaderos sumideros humanos, gobernados por diversos cárteles, que tienen comprado a buena parte del personal penitenciario.

“En todas las cárceles de nuestro país el hacinamiento es normal”, dice un interno en la película. “Cuando llueve no hay lugar para dormir, todos los pasilleros se tienen que levantar; dormimos parados”, agrega otro. La escena es imaginable a simple vista en una recorrida rápida por el patio y el famoso tinglado, donde conviven quienes quedaron excluidos de los pabellones, que tampoco son gratis. Las crónicas periodísticas recogían ayer las declaraciones de una mujer que dijo haber pagado G. 1,2 millones para que su hijo vaya a una celda y no termine convertido en “pasillero”, nómade del infierno.

Según el Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura (MNP), la población penal paraguaya es de poco más de 15.000 reclusos. El 80% de ellos no tiene condena firme, y pueden pasar años encerrados hasta que la Justicia los declare culpables o los encuentre inocentes, como el caso de Ricardo Noguera, que estuvo más de un año preso, precisamente, en Tacumbú, y fue liberado en octubre del año pasado, luego que un tribunal lo encontrara inocente en un episodio de violencia sexual.

Esta superpoblación dejó obsoleta toda la infraestructura sanitaria del penal. El patio de Tacumbú es permanentemente atravesado por hilos de agua servida, que corren entre deshechos de naturaleza diversa, en una especie de putrefacto humedal habitado por humanos desesperados, algunos de ellos yaciendo inconscientes de tanto crack, la droga más popular entre los presos.

Los denominados «pasilleros», presos nómades que se ubican en cualquier parte del patio de la prisión. Foto: Marcelo Ameri

“Y acá la droga, todos los días yo consumo; me agarra una aflicción tremenda, me duele el alma, el corazón me duele. Intento salir de este problema que tengo, pero no puedo por mi propia fuerza. Yo antes no consumía ninguna clase de droga, y acá en la cárcel vine a consumir todas clases ya. Ninguna clase no hay ahora que no consuma”, cuenta un recluso jovencito en el documental de Carneri.

La prácticamente nula atención médica, los peajes para llegar a las consultas, acceder a un defensor de oficio, o llegar a un juez; los sobornos, las coimas para dejar entrar o salir un determinado “algo”, completan un cuadro que afuera es invisible y que solo asoma a la luz de alguna tragedia que gana las portadas de los medios.

En Tacumbú, es un secreto a voces que la mayoría de los guardias penitenciarios trabajan para el Clan Rotela, de Armando Javier Rotela, que junto a su primo Oscar Rotela, recluido en la Agrupación Especializada de la Policía Nacional, son los reyes del microtráfico en el Bañado Sur. Antes, el rey era Jaime Andrés Franco, una especie de pequeño Jarvis Pavao, que como Rotela tenía montado todo un esquema de tráfico de drogas y sobornos que le permitía manejar la prisión.

El motín del martes fue el resultado de un plan de fuga traicionado, y del traslado del supuesto cabecilla, soldado del Clan Rotela, Orlando Efrén Benítez, a la Agrupación Especializada, que la Fiscalía y el Ministerio de Justicia creen que contaba con la complicidad del personal penitenciario.

Según testimonios que pudo recoger El Nacional, la íntima relación entre el personal penitenciario y el crimen organizado dentro la prisión comienza por lo general con favores de los reclusos poderosos a los guaridas: préstamos de dinero por cuestiones de salud de algún familiar, generalmente; al estilo de “yo te voy a ayudar con la internación de tu hijo, de tu mamá”, hasta que después el intercambio va subiendo de nivel. Es un esquema que se repite en casi todos los penales del país, y más en aquellos que alojan a integrantes de las bandas criminales brasileñas PCC y Comando Vermelho, como Encarnación, Ciudad del Este, Coronel Oviedo Pedro Juan Caballero, Concepción, Misiones.

Volver a empezar

Según la ministra de Justicia Cecilia Pérez, la única manera de enfrentar la situación es construyendo por lo menos dos o tres nuevas penitenciarías, de manera a descomprimir la población penal; depurar del registro a quienes se encuentran hace mucho tiempo recluidos sin condena; y profesionalizar la carrera penitenciaria, utilizada históricamente como cupo político para los ahijados menos preparados.

“Hay que comenzar de cero, con formación nueva; el personal no tiene formación, muchos de ellos ni terminaron el colegio; todo el mundo sabe que los políticos ofrecen ser guardiacárceles a cambio de votos”, señaló Pérez. “La idea es crear una carrera penitenciaria, ir jubilando a todos los que están, para que vayan retirando, y reemplazarlos por funcionarios de carrera”, explicó.

La basura y el agua servida son parte del paisaje cotidiano de Tacumbú. Foto: Marcelo Ameri

Pérez cree que este sistema podría comenzar a experimentarse a partir de la apertura de la nueva penitenciaría de Minga Guasú, cuyas obras registran un 65% de avance. “Va a llegar un punto en que los dos sistemas van a coexistir, y el viejo sistema va a ir terminando; como se hizo en República Dominicana, donde la academia penitenciaria comenzó con un maletín; se iba a enseñar cárcel por cárcel”, argumentó.

Dijo que “por el momento tenemos que contener la situación; establecer mecanismos de control más estrictos; aplicar sumarios, desvincular al personal hallado en flagrancia; todo mientras se consigue implementar la carrera penitenciaria, porque está demostrado, en Brasil por ejemplo, que es una manera para bajar los índices de corrupción que tenemos en las cárceles”.

 

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