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Editorial

¿Qué pasa con la educación en Paraguay?

Es evidente que luego de la pandemia nada será igual. En los países desarrollados los expertos ya anticipan las características de una nueva sociedad global, mediada por las tecnologías digitales, cuyo rasgo más pronunciado será la virtualidad inmediata. Todas las transacciones, desde las económicas hasta la simbólicas -es decir, todo intercambio humano, ya sea para la enseñanza y el aprendizaje, el cuidado de la salud o el entretenimiento- se realizarán (ya se realizan) online, a pesar de la ilusión que todos tenemos de recuperar el contacto físico pleno lo más pronto posible.

El confinamiento obligado por la pandemia reveló hasta qué punto se puede prescindir del encuentro presencial en las relaciones laborales, así como las ventajas y desventajas del teletrabajo. Desde la perspectiva empresarial, es un buen momento para replantear las dinámicas en busca de mayor eficiencia. Desde el punto de vista de quienes ofertan al mercado su fuerza de trabajo, el panorama es muy oscuro si no se cuenta con las herramientas ni las destrezas para afrontar el nuevo momento.

Mientras el primer mundo se prepara para un cambio de paradigma basado en el desarrollo cada vez más avanzado de la inteligencia artificial, así como en la competencia de los sujetos para desenvolverse en la autopista digital, en países como el nuestro, donde gran parte de la población no tiene las necesidades básicas satisfechas y otro gran segmento se debate críticamente para poder sostener mínimamente su nivel de vida, las nuevas formas de relacionamiento y de trabajo parecen inciertas.

Uno de los factores decisivos en este proceso de cambio es el educativo. Pero ¿qué pasa con la educación en el Paraguay? Mientras algunos sectores minoritarios ofrecen a sus niños y jóvenes una formación acorde con las exigencias del mundo contemporáneo, la educación pública, esa que debiera proporcionar a toda la población lo necesario para “salir adelante” está cada vez más deteriorada, fruto de décadas de abandono sostenido.

Decir esto, desde luego, no aporta nada a lo que ya todos sabemos. ¿Qué hacer si la propia cabeza del Estado encargada de esta área neurálgica de la sociedad, además de incompetente, solo actúa con negligencia? Se ha dicho siempre que la única salida a la crisis económica, global y localmente hablando, pasa por la educación. Una educación que no solo sirva para el trabajo, sino para la vida. Una educación que no solo proporcione conocimientos intelectuales o técnicos, sino también valores cívicos, democráticos. Una educación que propicie la autoestima y la solidaridad. Una educación inclusiva, que permita la superación de estereotipos y ayude a afrontar la nueva realidad. Una educación que sensibilice en torno a los problemas ambientales y las preocupaciones ciudadanas, una educación de encuentro con el prójimo y con la naturaleza, que debe ser entendida no solo como fuente de recursos sino como el hábitat primordial que todo ser humano debe respetar y proteger.

¿Cómo plantear todo esto en el estado de precariedad que vive la educación paraguaya? No se trata solo de acceso a internet o a los dispositivos digitales, o de mejoras en la infraestructura edilicia. El paso de la educación presencial a la virtual ha terminado de evidenciar las profundas falencias del sistema, que ya había sido reiteradamente calificado como ultra deficiente en numerosos diagnósticos.

La magnitud del problema amerita un gran debate nacional sobre la educación en todos los niveles -primario, secundario y terciario-, considerando la importantísima variable del bilingüismo. En los 90, a pocos años del inicio de la transición democrática, el Paraguay se planteó la necesidad de una reforma educativa, y la llevó a cabo, con aciertos y errores. En ese momento el proyecto reunió a especialistas de diversas disciplinas en un consejo asesor que analizó la situación del país para trazar un plan de intervención. Y tuvo consecuencias importantes, si bien no se realizó como algunos intelectuales hubieran querido (Vicente Sarubbi, ministro de Educación entre 1997 y 1998, sostenía que la reforma debía “empezar por la cima”, es decir, por la universidad).

Todo hace pensar que ha llegado el momento de buscar nuevamente el concurso de los especialistas para proceder a un análisis exhaustivo, sistemático, de nuestra realidad educativa, que no solo permita comprender sus necesidades sino también ensayar propuestas rigurosas e innovadoras para adecuar la educación al tiempo presente y a los que se avecinan.

 

DDWS

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