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Editorial

Un nuevo modelo de liderazgo

En todos los ámbitos de la vida social resulta común hablar de la necesidad de liderazgo. Más allá de la retórica, el tema tiene profundas implicancias. Actualmente ha cobrado relevancia el concepto de “liderazgo de 360º”, es decir, un tipo de liderazgo atento y lúcido, cimentado en una percepción amplia de la realidad.

Si bien la figura del líder que ha trascendido, y la más popular, es la del conductor (del inglés “lead”), las nuevas reflexiones en torno al fenómeno del liderazgo llevan a concebir al líder como un agente social capaz de generar crecimiento a su alrededor, tanto en las personas como en las instituciones con las que interactúa, no desde una posición de verticalidad autoritaria, sino desde el diálogo y el consenso.

Para el escritor John Maxwell, liderazgo es influencia. Es importante tener esto en cuenta ya que, según este autor, el 99% de toda la responsabilidad del liderazgo se encuentra en la zona intermedia de las organizaciones. Para Maxwell, una persona con condiciones de líder puede influir en todo su entorno sin necesidad de estar en un sitio de mando o supervisión. De ahí la figura radial de los 360º: el nuevo liderazgo se ejerce desde cualquier posición en que la persona se encuentre.

Esta clase de liderazgo exige preparación en cada uno de los campos donde se aplica. Esta preparación no solo debe ser técnica o intelectual, sino también ética. Las cualidades que un líder contemporáneo debe reunir son válidas tanto para el sector privado como para el público: inteligencia, conocimiento, integridad, perseverancia, honradez y autodisciplina. A ellas hay que sumar la empatía necesaria para responder adecuadamente en cada situación y la disposición a compartir el conocimiento con los demás.

La realidad que nos toca vivir es muy compleja y cambiante. La humanidad ha sido sorprendida por una pandemia que ha obligado a los gobernantes del mundo a ensayar respuestas urgentes, que no siempre han sido rápidas y eficaces. La crisis política que vivimos estas últimas semanas como resultado de la crisis sanitaria y del endémico mal gerenciamiento de la salud pública, ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de las instituciones estatales.

En un editorial anterior hablábamos de la necesidad de formar a la clase política en la administración del Estado. No se trata de propiciar la emergencia de líderes verticalistas que terminan tentados por el discurso populista, sino de fomentar el crecimiento de todas las personas que componen el sector público.

Si las instancias encargadas de gobernar contaran con miembros preparados, capaces de influir positivamente en su entorno, especialmente en las zonas intermedias, del intercambio de ideas y pareceres podría surgir un modo más eficiente de resolver los asuntos públicos, desde los más sencillos hasta los más difíciles. Desde luego, esto exige un cambio cultural en todos los niveles, una gran transformación que el Paraguay hace mucho tiempo tiene pendiente.

 

DDW-S

 

 

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