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Editorial

No podemos vivir con miedo

Si hay una razón por la cual el pueblo concede al Estado el monopolio del uso de la fuerza es la seguridad. Las llamadas sociedades civilizadas que superaron la “ley de la selva” y la justicia por mano propia asientan su convivencia en la seguridad que el Estado, por mandato constitucional, les proporciona.

Los últimos días fuimos nuevamente sacudidos por noticias que violentan nuestra sensibilidad como seres humanos y nos indignan como ciudadanos. La aparición sin vida de una joven que fue obstinadamente buscada por sus familiares durante semanas, la desaparición de dos mujeres cuya fotografía circula permanentemente en las redes en busca de alguna pista, la condición delicada de un joven que, al percatarse de un robo quiso auxiliar a la víctima, así como tantos otros episodios que inundan el ciberespacio, son una muestra más de la incompetencia del gobierno en materia de seguridad.

Esta situación de laxitud y falta de respuesta frente al crimen por parte de la fuerza pública contrasta vivamente con las escenas de represión brutal que percibimos en imágenes y testimonios de desalojos de comunidades indígenas o dispersión de manifestantes durante las protestas callejeras.

Un senador puso anteayer en tela de juicio la profesionalidad de los agentes de la Policía Nacional y apuntó a su cuestionable formación, afirmando que la sensación de inseguridad en la población llega en estos momentos al 100%. Lo dicho por el parlamentario no es cuestión menor, sus colegas en el cuerpo legislativo deberían abordar el tema y empezar a preguntarse seriamente cuáles son las fallas del sistema.

Seguridad no es sinónimo de represión. Seguridad es protección, garantía de tranquilidad, atención a las necesidades de la población. El crimen no se combate solo con castigo. El crimen se combate también con políticas públicas inclusivas que alejen a los sectores más desfavorecidos de la tentación de delinquir ante la falta de trabajo y los apremios de la pobreza. El crimen se combate con educación, no solo la que se imparte en la escuela como instrucción básica, sino aquella que nos enseña a respetar al otro, a no agredir a los demás, y mucho menos a los más vulnerables, como son las mujeres y los niños.

El gobierno tiene una gran deuda con la ciudadanía. No se puede vivir con miedo. Necesitamos que todos los poderes del Estado tomen conciencia de la situación y aborden la cuestión con total responsabilidad, considerando todas las variables necesarias, entre ellas formación adecuada y presupuesto.

Pero no queremos que el dinero del pueblo termine acrecentando las filas de quienes van a reprimirlo cada vez que alce su voz porque las cosas no funcionan; queremos que nuestros impuestos sirvan para garantizarnos una vida digna, sin peligros de toda laya cada vez que salimos a la calle.

 

DDWS.

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