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Editorial

El costo de la improvisación

El exabrupto que el candidato del Partido Colorado a la Intendencia de Asunción dirigió a su adversario político hace unos días en medio de la campaña electoral y que fue duramente condenado por la ciudadanía en las redes sociales debiera llamarnos a reflexionar seriamente, como país, sobre la necesidad de una renovación urgente de la dirigencia política.

Desacreditar al oponente por su origen familiar y cultural es no comprender el verdadero espíritu de la democracia ni sus reglas de convivencia. Esta actitud evidencia una clara ignorancia de los procesos históricos que llevaron a la inclusión de los inmigrantes en la vida nacional como un factor de desarrollo y crecimiento.

Las comunidades de inmigrantes asentadas en el Paraguay no solo han dinamizado la economía sino que se han integrado culturalmente, compartiendo sus costumbres y adoptando muchas de las ya existentes en el país. Un historiador publicó en sus redes, a propósito de las declaraciones del ex intendente, una lista con la ascendencia de una treintena de sus predecesores en la Municipalidad, que exhibía una gran variedad de orígenes, demostrando así lo lejos de la realidad que están las expresiones del ex titular del ejecutivo municipal.

Las palabras del candidato colorado manifiestan su desconocimiento del cuerpo legal, ya que la Ley Orgánica Municipal Nº 3966, en su artículo 23, indica claramente que para ser intendente municipal se requiere ser ciudadano paraguayo, mayor de veinticinco años de edad, natural del municipio o con una residencia en él de por lo menos cinco años. Asimismo, establece que los extranjeros con radicación definitiva tendrán los mismos derechos que los ciudadanos paraguayos. De modo que cualquier crítica a la condición de origen de su oponente resulta fuera de lugar.

Asimismo, lo dicho por el ex funcionario también revela su falta de preparación cívica. El cargo público es un servicio a la ciudadanía, no el ejercicio arbitrario del poder. No se trata de “mandar” sino de “servir” al pueblo. Pero esta falta de formación en los deberes ciudadanos y, por ende, para gobernar, no es privativa de este funcionario ni de su partido, sino de gran parte de quienes están en lugares de decisión y de muchos otros que pretenden acceder a ellos por la vía electoral. Es un mal que aqueja a todo el espectro político.

La gestión pública exige inteligencia, conocimiento, probidad e idoneidad. En la antigua Grecia, donde tiene sus raíces la práctica política que hoy conocemos, el ciudadano se preparaba desde pequeño para cumplir debidamente sus obligaciones con la polis. En la primera mitad del siglo pasado era impensable que un legislador no tuviera formación académica en leyes. Si para operar a un enfermo se requiere haber estudiado medicina y para construir un edificio se exige un título de ingeniero, ¿por qué cualquiera cree que puede gobernar un país, solo porque puede reunir los votos suficientes?

Desde luego, para orientar las acciones de gobierno están los asesores (que debieran ser siempre altamente calificados) y para ejecutarlas están los técnicos. Pero para que la cosa funcione como debe ser, en beneficio del mandante, que es el pueblo, debe existir una clara conciencia política antes, durante y después de cada acción, es decir, conocimiento del horizonte al cual se dirigen las medidas ejecutivas, atención al proceso y evaluación de las consecuencias sociales. Y eso se aprende. En los países desarrollados hay “escuelas de gobierno” que preparan a los jóvenes para la gestión pública. Por otra parte, los partidos políticos, en tanto asociaciones programáticas que intentan –por lo menos en teoría– llegar al poder para servir a la República, tienen la obligación de preparar sus cuadros para el ejercicio de la función pública según sus contenidos doctrinarios.

Para gobernar no basta la simpatía popular ni la prebenda. No solo cuenta la legitimidad de origen, fundamentada en los votos obtenidos; también cuenta la legitimidad de gestión, que siempre se pierde por los actos fallidos acumulados, fruto en gran medida de la falta de preparación. (Dejamos para otra oportunidad el tema de la corrupción). Hemos visto cómo figuras que accedieron al poder por amplia mayoría terminaron defraudando a todos sus electores. Mientras se privilegie lo mediático por sobre la capacidad, y la viveza por sobre la honestidad, seguiremos cuesta abajo. Mientras los partidos políticos no se renueven con cuadros debidamente preparados y capacitados, seguiremos pagando el costo de la improvisación.

                                                                        D.D.W.S.

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