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Nunca lo que sucedió pudo ser de otra manera

¿Te pasó alguna vez torturarte con el “por qué, por qué, por qué?”.

La búsqueda del porqué nos lleva a castigar/nos, victimizar/nos, y nos llena de impotencia ya que no solo no podemos cambiar los hechos concretos del pasado, sino que las explicaciones del por qué son infinitas, subjetivas y la mayor parte de las veces, no dependen de nosotros.

Si pudiéramos cambiar del “¿por qué?” al “¿para qué?”, seguramente nos encontraremos con que aquello que sucedió nos impulsó (aun con incomodidad o dolor), a algo mejor.

El para qué nos ayuda a salirnos de la victimización para pasar a considerarnos potentes, capaces, como así también merecedores de ir aprendiendo lo necesario para tener una vida más plena.

El por qué nos suma flagelo y resentimiento. Castiga y condena, a nosotros mismos y a otros.

El para qué abre las puertas a las posibilidades, aprendizaje y esencialmente, a la paz.

¿Para qué bueno viviste o hiciste aquello? ¿Lo pensaste?

En algunas situaciones nos cuesta encontrar el “para qué bueno”, la patada que nos impulsó a partir de esa situación, aunque si podemos trascender eso, está ahí, esperando que lo tomemos como un nuevo recurso.

Es un ejercicio que funciona precioso también para dejar de rumiar pensamientos y mirar para adelante en vez de estar enredados en lo que ya pasó.

Y en última instancia recordar que “nada de lo que pasó, pudo ser de otra manera”.

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