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Sanando nuestras heridas

POR Mónica Petrochelli
Psicóloga social.

¿Cuáles son las situaciones que te suelen desestabilizar, sacar del eje, abrir la puerta a que salga lo peor de vos? Desde diferentes disciplinas, y con más o menos palabras, se menciona a nuestras “heridas primarias”, la del rechazo, la del abandono, la de la traición, la de la humillación, la de la injusticia.

No siempre hacen alusión a situaciones reales, sino a cómo es la percepción que tenemos de la vida al momento de nacer, recordando que,  mientras estamos en el útero materno, vivenciamos la UNIDAD. Somos uno con nuestra madre, no hay división, no hay dolor, por lo que el momento de nacimiento es nuestra primera experiencia de dualidad.

Esta situación de corte afectivo, da lugar a las llamadas “heridas primarias”.

Desde la mirada del eneagrama, herramienta que me encanta por su claridad y profundidad, se describen 3 heridas primarias: la de la soledad, la del rechazo y la del abandono.

Cada persona, identificada con rasgos de los 9 eneatipos, resuena con alguna de estas heridas.

A veces, a partir de situaciones concretas de vida; otras, parte de su estructura y modo de mirar la vida ya desde el momento de nacimiento.

Estas “escenas temidas y construidas en el imaginario” que, de no reconocerlas, pueden aparecer casi con el mismo dolor que sentimos allá y entonces en el momento del nacer, solo que actualizado en situaciones de la vida adulta, generalmente con un otro que, sin saberlo, “nos las toca”.

Por eso cuando tenemos un poquito de consciencia de la existencia de esta herida, tenemos mayores posibilidades de no re-accionar ante un hecho externo, pasando “de la reacción a la acción más consciente”.

En el peor de los escenarios, cuando somos ignorantes de nuestra herida, nos cruzamos con otro que -claro, sin saberlo-, propone alguna escena en la que queda la herida “a flor de piel”,  y como  una profecía autocumplida, confirmo que el mundo (o ese pedacito del mundo) está ahí para recordarme lo que eso dolía.

En el mejor de los casos, de “tenerla vista”, de saber más o menos por dónde va mi herida, se  encuentran  posibilidades de elegir en conciencia modos de actuar que no emerjan desde la herida, sino desde el adulto consiente de sí.

Algunas tipologías del eneagrama, (eneatipo 1, 3 y 8), tienen como herida en común el “haber sido agredidos”, con su correspondiente miedo a no ser queridos y un mecanismo de enfrentarse para protegerse.

Algunos, como es  el caso del “organizador”, enfrenta a partir de su exigencia, de poner orden, de controlar. Como lo aprendido es “portarse bien, ser responsable y hacer lo correcto”, ajustándose a las normas, decide reglamentar el mundo y todo lo que lo conforma.

El 8, el potente “líder de líderes”, manda, lucha, exige, tiraniza y pierde empatía. Como su herida es haber sido profunda e injustamente herido, tiende a lastimar a los otros, antes que ser lastimado. Y el 3, el hacedor y exitoso del eneagrama, compite y demanda. Este personaje “carismático”, como recibió premios por sus logros y fue amado por ellos, decide reprimir sus emociones y alcanzar las metas para garantizarse la aceptación de los demás.

En los casos de las esencias 2, 6 y 7, la herida es “la falta de amor”, entonces, ante situaciones en donde la persona puede sentir amenazada su herida, el 2 puede dar compulsivamente (con falta de amor propio). Este “benefactor”, como obtuvo amor y seguridad complaciendo y conquistando a los demás, niega sus propias necesidades y asiste a los que acudan a él. El 6 se acerca  “para cumplir” y se enoja porque sostiene. Como sufrió la falta de un apoyo sólido emocional, decide buscar amparo en lo externo, convirtiéndose en sumiso y rebelde frente a  la autoridad. Y el 7, protege su herida agrandando o divirtiendo a los demás. Como sufrió crecer y dejar la infancia, puede tender a comportarse como un niño y jugar en la vida.

Las esencias 9, 5 y 4 (el pacificador, el estudioso y observador y el artista o carismático, depende cada autor) tienen en común “la herida del abandono”. Y el mecanismo que cada uno tiene de defenderse del dolor es,  en el caso del eneatipo 4, pueden caer en el dolor, en el dramatismo, en la nostalgia y en el enredo afectivo, tendiendo a la autodestrucción. Como sufrió un sentimiento de carencia y pérdida, deja de amarse a sí mismo, buscando sostén y compasión en los demás. Las personas con rasgo 5 se aíslan en los pensamientos y también tendiendo a la autodestrucción. El filósofo, como algunos autores llaman a este rasgo, como se sintió invadido, tiende a cuidar su privacidad y espacio, alejándose del mundo.

Y las personas con esencia 9, los mediadores, pacificadores, se aíslan en la comodidad, expresando su defensa muchas veces desde la terquedad. Llamado el pacificador, o el conformista, como sufrió ser ignorado, no sentirse escuchado o amado lo suficiente y antepuso las necesidades ajenas a las propias, tiende a dejarse a un lado y atender a los demás, olvidando sus propios deseos.

Decía Carl Jung que “cada  uno de nosotros proyecta una sombra tanto más oscura y compacta cuando menos presente se halle en nuestra vida consiente. Esta sombra constituye un impedimento inconsciente que malogra nuestras mejores intenciones.”

Jung afirmaba que los seres humano estamos en la tierra para iluminar toda nuestra sombra, para hacer consciente todo lo inconsciente. Y en la sombras están nuestras heridas. Por qué? Porque dolieron, porque nuestra herida es una lente desde donde vemos todo. Por eso, es tan importante hacer consciencia de esas lentes.

Las heridas son incómodas, son heridas, y paradójicamente, ahí está el Gran Tesoro. Descubrirla es encontrar la clave del porqué a veces hay situaciones que nos desestabilizan tanto.

Entonces, te pregunto y me pregunto: ¿Qué me/te  desestabiliza? En lo pequeño, en lo cotidiano. ¿Qué me/te perturba?

Siempre hay una herida que lleva la voz cantante, y cuando esa herida se va va sanando, pueden aparecer otras. Sanando, no desapareciendo, ¿eh? ¡Las heridas no desaparecen! Están ahí para recordarnos algo, y por eso, también son un tesoro…

Entonces te invito a pensar: ¿cuáles fueron los patrones repetitivos en tu vida afectiva? ¿Cuáles fueron los puntos en común desde lo que te vinculaste? ¿Te pones dependiente o demandante?

¿Te buscas personas que no están disponibles, entonces te confirmas que todos son iguales, abandonan, mienten, traicionan?

¿Te rajas ante el miedo de que el otro se raje? O, más bien, ante el miedo de que el otro se raje, ¿directamente te cierras?

¿Y en otras áreas de tu vida? Compañeros de trabajo, estudio, amigos, ¿cómo te relacionas? ¿Mejor en grupos o uno a uno?  ¿Sientes que lo grupal resulta peligroso? O al contrario, ¿es peligroso el uno a uno y en grupo sientes que puedes evitar la intimidad?

Estamos hablando de la herida de rechazo. La herida de rechazo tiende a HUIR. Incluso por miedo a que el otro se acerque demasiado. Evaden, antes de atravesar esa situación.

En las heridas hay mucha sensación de vacío interno, que se llenan de muchas maneras externas: comida, trabajo, relaciones, drogas, actividades, consumo, etc. Muchas veces, nos metemos en las metas, en los logros, en la búsqueda del éxito, y es también una forma de tapar las heridas.

Atenti, cuando estamos con heridas sin sanar, nos vamos de un extremo a otro, del “caos” al “hipercontrol”. Y claro, esto nos desequilibra. Propongo mirar, Mirar. Mirar qué es eso que  nos desestabiliza tanto. Esta fase es la más importante, porque muchas veces, ni siquiera sabemos que tenemos heridas.

Entonces, primero, las detectamos como un primer gran paso. Después viene la etapa de limpieza (¿viste como cuando nos caíamos de la bici y nos lastimábamos las rodillas? Así.).

Desinfectar la herida. Sabemos que lo que pasó ya pasó, pero todavía hay dolor, y un poco de mugre que la cubre. Entonces, en un acto de coraje, meternos ahí en eso que dolió, limpiar, llorar y patalear para darle lugar a toda la emoción atascada. Así nos vamos limpiando. Ahí aparece nuestra niña o niño herido, siempre. Y podemos desde nuestro adulto, darle la bienvenida y alojarlo. “Todo salió bien”, y acá estamos, listos para sanar a nuestro niñito. Una tarea amorosa y para mí, tan necesaria.

Contener, limpiar, sanar, reparar, soltar lo que ya no tiene sentido seguir abrazando, acompañarnos con paciencia. Lo hacemos, como podemos, mirando y siendo constantes con eso. Esa es la clave del trabajo personal. Es un entrenamiento, es como ir al gym, es todos los días un poquito, a veces con más ganas que otras.

¿Cómo te relacionas mejor y más cómodamente? La herida de rechazo, mucha huida… Miedo a que me rechacen, a que me abandonen, a que no me quieran. Finalmente, es lo mismo. Huyo, por las dudas, Cierro, por las dudas. No leo el mensaje, por las dudas.

La herida de rechazo se ha formado, por ejemplo, cuando somos abiertamente rechazados. Esos castigos silenciosos de mamá o de papá, el típico “no te quiero más”, a veces hasta en chiste.  Te dejo de hablar, comer y no salir de la habitación, las no miradas. Esa invisibilización, marca la herida de rechazo.

¿Para qué sanar las heridas? Para salir al mundo, para dejar de negarnos a relacionarnos, que es una necesidad humana muy básica. Para dejar de rajarnos y alguna vez quedarnos. Para accionar en vez de reaccionar como cachorros heridos. Para sentirnos fuertes y no víctimas, para todo eso es necesario sanar. Para darnos y dar lo que nos hubiera gustado tener, y no seguir reclamando o esperando. Para eso es importante sanarnos.

En los golpes y castigos, castigos de cualquier tipo, hay herida de humillación, además de abandono y rechazo. También en los abusos, claro. Habernos sentido invisible marca esta herida. Herida de rechazo. No queremos que nadie nos vea, pero contradictoriamente, necesitamos ser vistos. Entonces, nos vamos a encontrar huidizos, tal vez “casualmente”, relacionándonos con personas emocionalmente no disponibles. ¿Por qué? Porque replico la dinámica para que esta herida se vea, salga a la luz para que la miren.

Todos tenemos heridas y siempre están ahí. Y saberlo es una buena noticia, ya estamos más listos para que una situación no nos “toque la herida”. O sí, pero ya lo podemos gestionar mejor.

Para quienes tenemos el regalo de tener hijos, es un regalo hermoso que podemos hacer trabajar en nuestras heridas. Para que ellos estén más libres de eso que es nuestro. Sanar nosotros para poder acompañarlos en su crecimiento un poquito más sanos y livianos. Recordando que no se sana desde el pasado, ni reclamando, ni victimizándonos. Tampoco entendiendo ni recordando, ni sabiendo. No. No hace falta entender y saber para sanar.

Hay que hacer un trabajo con la emoción de allá y entonces hay que asentir a todo lo que fue tal cual fue. Papá y mamá no cambian. Yo cambio de lentes para verlos.

Entonces, el proceso hoy es incómodo, perturbador, doloroso, aunque también posibilitador por ser de autoconocimiento. De sanación y liberación. Contigo, conmigo, con nosotros, con ellos.

Te invito a hacer un viajecito, ¿quieres? Te invito a cerrar los ojos, conectarte con tu respiración y apoyos, y trasladarte hasta alguna situación en donde sientas que allí quedó una herida. Visualízate, métete un ratito en la piel de aquel entonces, y como si tuvieras la posibilidad de entrar a esa escena, hazlo y recuérdate que, “a pesar de todo, acá estás, y todo salió bien”. “que con lo que nos dieron fue suficiente, y que ahora de lo que te-me-nos falta, ya podemos ocuparnos cada uno”. “Que elegimos renunciar a juzgarlos y así los liberamos de nosotros, y nos liberamos de semejante trabajo”. Y, esencialmente, recuérdale a tu-mi niñita, niñito, que de ahora en más, tiene quien lo respete, proteja, reconozca, trate amorosamente, acepte, y se ocupe. Y eres tú, yo de la mía, de ahora en adelante, prométele que tú te ocupas de todo lo que necesite.

Y de a poco vas tomando consciencia de tu lugar de adulto hoy, reconociendo toda tu fortaleza y, esencialmente, que estás con todas las posibilidades de autosostenerte, cuidarte, mimarte, respetarte  y darte todo lo que necesitaste y necesitas. Y este es un trabajo de todos los días.

Y desde acá honro tu historia, tus heridas, y también tu capacidad de sanarte y volver a surgir una y otra vez. Y también honro las mías.

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