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Lifestyle

“La pecora nera”

POR Mónica Petrochelli
Psicóloga social.

Cuando dije “me voy”, fue la única frase segura. Todo lo que vino después estuvo cargado de ¨no-sé”. No sabía ni adónde, ni si podría vivir de mi trabajo, qué buscaba con el viaje, cuál era el sentido, ni cuánto tiempo duraría.

Solo sé que después de años de añorar vivir en Italia, y después de haber transitado el Covid, que me ayudó a tocar fondo,  y de intentar tapar el sol con un dedo, una fuerza -juro más fuerte que yo- me impulsó a tomar la decisión.

Todo lo que era cómodo, seguro, confortable, acogedor, claramente quedó en Neuquén. Por lo menos, hasta volver a acomodarme. Ni los no sé cuántos pares de botas, zapatos, sacos, saquitos, tapados, perfumes, mis libros, cuadernos  y todo lo ¨contable¨, se redujo a dos valijas gigantes, que incluso, los más desapegados insisten, podría haber sido solo una.

En fin, 9 de abril de 2022, y casi con un apuro como si el tiempo se fuera a terminar para mí, partí.

Por esas cosas que suceden –entendamos o no-, todo mi registro del primer mes de esta experiencia se fue junto a la notebook que ¨plantó bandera¨, sin previo aviso. Será que sigue siendo un desafío para mí el desapego. Mi computadora era uno de los elementos más estables que me acompañaron. Abrir mi compu y empezar a escribir era como abrir la puerta de mi oficina un rato. En fin, nada nuevo para nuestros tiempos, todo puede cambiar de un momento para otro. Y lo más maravilloso de esto para mí es confirmar una y otra vez que finalmente, podemos seguir viviendo. Que nada es tan imprescindible como en algún momento creímos. Lo que tanto creí(mos) “necesitar”, en este momento pasaba a un plano tan poco significativo, o por lo menos, nada urgente.

Italia es bella. Es mágica. Es antigua y actual a la vez. Voy conociendo rincones soñados, historias de todos los colores, personas que me abrazaron como si me conocieran de mil vidas, y experiencias indelebles. No sabía a qué venía, aunque voy encontrando mucho más de lo que hubiera imaginado. No lo busco, me encuentra. Y excede el paisaje. Va llegando a mí una información que “me hace match”, como dicen mis queridas amigas paraguayas. Ese darme cuenta que es como si de repente me prendieran un gran foco que me ayuda a entender un poco más algunas dinámicas de mi familia (y seguramente de todas).

Salí de mi casa sin saber muy bien para dónde, ni por cuánto tiempo, ni para qué. ¿Sola?, la pregunta obligada. Sí, sola por ahora. Esta experiencia facilitó que cabeza y corazón se abrieran a nuevas comprensiones. Mi formación como consteladora familiar en 15 días se volvió praxis. Italia tiene una cultura muy fuerte en relación a “la famiglia unita”, el trabajo y a la comida. Si te parás un ratito a escuchar las conversaciones, casi todo gira alrededor de estos temas.

Sabemos que el clan tiene creencias, valores y una conciencia sutil de lo que está bien y lo que no está bien. Y que cualquier integrante que decida ser, hacer, sentir y pensar distinto a eso, pagará algún costo, generalmente, bastante caro.

En algunas familias, las exclusiones son más o menos explícitas, más o menos condenatorias. Ser leal al clan en pos de no sentir que quedamos afuera nos hace sentir por una parte, “inocentes y buenos”, tomando la terminología de Bert Hellinger, y por otra, en muchos casos, tremendamente infelices, encarcelados por la sensación de que no podemos hacer con nuestra vida lo que decidamos.

Sentirnos que quedamos afuera del clan ( que eso nunca sucede, ya que la pertenencia al clan no se pierde), desde nuestra posición infantil, es casi desesperante. Desde nuestro adulto, sabemos que honrar al clan, es poder hacer una vida que elijamos con responsabilidad de quienes querramos ser. Honrar a los que nos precedieron no implica hacerlo igual que ellos, sea como sea que vivieron. Que no vinimos a esta vida a cumplir las expectativas de nadie (y viceversa), y que en todo caso, el clan, lo único que cuida, es que la vida se siga perpetuando.

Y esto de sentirnos inocentes o culpables, da para mucho más, que podemos seguir compartiendo. Lo maravilloso fue entender desde donde la figura de la bendita Oveja Negra es tan sentida y reivindicarla, ¡honrarla y sostenerla! (¿qué sería del mundo sin Ovejas Negras?).

Me vine a un país en donde lo familiar, el trabajo y la cocina son lo más importante. Y acá están mis orígenes, la mayor parte. De acá vienen mis bisabuelos, con el peso y fuerza de todas estas creencias. Todo eso dio como resultado “vida”. Y todo lo que en un clan en algún momento dio como resultado Vida, tiende a repetirse por muchas generaciones.

Salí de mi casa sin saber muy bien para dónde, ni por cuánto tiempo, ni para qué.  Y yo oso viajar sola, trabajar menos de lo esperable, ¡on line!, venir sin mi pareja y tomar decisiones de (mi) vida, que de ninguna manera el “gran clan” aceptaría. Y como frutilla del postre, no distingo la espinaca de la acelga. Quemo huevos duros. Como sin problemas comida recalentada. Sono veramente una pecora nera.

Y no obstante eso, pagando los peajes correspondientes, estoy siendo una feliz Oveja Negra.

No sé todavía cuándo vuelvo, y si vuelvo, adónde, y para qué.

Voy andando, ya habrá tiempo de volver.

¿Seguimos?

Te abrazo. (y abrazo muy especialmente a mis queridas Ovejas Negras).

¡¡¡Importante!!! No ir por lo que queremos por sentirnos inocentes en el clan, también tiene un costo, tal vez, mucho más alto. Vale el trabajo de sacar bien la cuenta.

 

Sitio web: www.monicapetrochelli.ar

Instagram: @monicapetrochelli

 

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