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La obesidad no es un problema solo para nutricionistas

La obesidad causa gran número de muertes. Foto: El País

La obesidad causa gran número de muertes. Foto: El País

La responsabilidad del exceso de peso no es individual; la prevención debe ser un cometido social que combata este asunto de salud pública.

“Menos plato y más zapato”. Este refrán, tan simplón como manido por muchos expertos, vuelve a hacer recaer la responsabilidad del exceso de peso sobre el individuo. La culpa de tu obesidad la tienes tú. Este es el mantra que hemos terminado aceptando como sociedad.

En 2019, más de cinco millones de personas murieron de manera prematura a causa de la obesidad. Es decir, cinco veces más que el número de muertes causadas por el VIH/SIDA, o cuatro veces más que las causadas por los accidentes de tráfico. España tampoco es ajena a esta epidemia: la prevalencia de obesidad en las mujeres ha pasado de un 7,9 % a un 15,5 % en los últimos 30 años. En los hombres, de un 6,9 % a un 16,5 %. Y las previsiones indican que estas cifras seguirán creciendo en la próxima década.

Así que no, la culpa no es nuestra. Pero tampoco de nuestra genética, que no ha cambiado tanto en las últimas décadas como para impulsar esta deriva. Aunque las causas de la obesidad son variadas, complejas e interrelacionadas, mucho tiene que ver con la desigualdad social.

El sobrepeso en los grupos más vulnerables no se debe ni a su falta de conocimientos ni a una falta de conciencia.

La prevención de la obesidad es un problema social que ha pasado a ser un problema de salud pública. La  mayor prevalencia de sobrepeso en los grupos más vulnerables no se debe ni a su falta de conocimientos ni a una falta de conciencia sobre su salud o la de sus hijos. Y más allá de la alimentación y la actividad física, tiene mucho que ver con el aumento del precio de los alimentos, la pobreza energética, o el acceso a una vivienda y a un empleo dignos.

Y es que las desigualdades socioeconómicas producen importantes desigualdades en salud. En nuestro país, esta relación —injusta— entre desigualdad y obesidad llega a ser tal que la prevalencia casi se triplica en mujeres de menor clase social (21,3 %) frente a aquellas de mejor posición socioeconómica (7,9 %). De hecho, la OMS Europa estima que las desigualdades por nivel educativo pueden llegar a explicar un 26 % de la obesidad en los hombres, y hasta un 50 % en las mujeres.

Ocurre algo muy similar con la población infantil: la prevalencia de obesidad se duplica en los hogares de menores ingresos en comparación con los que más tienen. Además, estas variables personales y familiares interactúan entre sí y con otras a nivel más del entorno residencial. Porque no es casualidad que, como pasa en Madrid, los barrios de menor renta sean los tienen menos instalaciones deportivas, al tiempo que una mayor oferta de consumo y ocio no saludable.

¿Y qué hacemos?

Aunque la solución no es fácil, sí sabemos que podemos hacer —y dejar de hacer— ciertas cosas. Por ejemplo, dejar de plantear las soluciones a la obesidad en el plano de lo personal y/o familiar. En nuestro país se acaba de aprobar el plan estratégico nacional para la reducción de la obesidad infantil, que aborda la problemática desde lo colectivo, y que promete medidas también en el entorno urbano y macrosocial.

O dejar de abrazar —a nivel poblacional— las medidas farmacéuticas y centrarnos en financiar políticas contra la obesidad que reduzcan el gradiente social. La obesidad tiene consecuencias a corto, medio y largo plazo para el estado de salud de las personas, pero también para los sistemas de salud. Dejemos de centrar el debate en una cuestión individual.

En resumen, la obesidad es una cuestión ética y política. Revertir la situación actual de obesidad en la población infantil y adulta pasa por entender que es una problemática social, no de personas que se hinchan a torreznos. Y que necesitamos cambiar las políticas sociales para conseguir reducir tanto la prevalencia como la brecha de desigualdad de la obesidad. No es ideología, es ciencia.

Fuente: El País.

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