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¿Qué hacemos cuando el contexto se hace texto?

Imagen de referencia.

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POR Mónica Petrochelli
Psicóloga social.

La psicología social llegó a mi vida por casualidad, aunque confieso que creo más en la sincronicidad que en la casualidad. No nací con una marcada vocación, de esas que a los 15 ya saben qué van a estudiar o a qué se van a dedicar. Sabía que me gustaban los idiomas, hablar con la gente, la complejidad de las relaciones y el arte en unas cuantas de sus formas. Con semejante abanico, terminé quinto año de la secundaria y empezó la etapa de ¨probar¨.

Me hubiera encantado que sea de otra manera, pero así fue. Desde turismo hasta unos cuantos años de abogacía, pasando por contabilidad y maestra jardinera. Cuando supe que en Neuquén estaba la Escuela de Psicología Social, sentí un entusiasmo que hacía mucho no sentía, así que proyecté comenzar al siguiente año lectivo. Trabajaba, me casé y meses antes de comenzar la formación de Psicología me sorprendió la maternidad, con lo que puedo decir que mi hijo, el mayor regalo que esta vida me pudo dar, nació y pasó sus primeros 5 años de vida en medio de libros de Pichon Rivière, Ana Quiroga y todas las interciencias que conforman la psicología social, interdisciplinaria, sin dudas.

La psicología social marcó un hito en mi vida en todos los sentidos imaginables. Y sin saberlo en aquel momento, sentó las bases incluso para el trabajo en las empresas, con los equipos, y con las persona como coach y consteladora. La psicología social es un intento de comprender y explicar cómo el pensamiento, el sentimiento y la conducta de las personas son influidos por la presencia real, imaginada, o implícita de otros, y unos de los conceptos nodales, es el de vínculo. Es decir, estudia cómo lo que hacemos, pensamos y sentimos está vinculado a nuestro contexto, más o menos conscientemente. En ese sentido, nos comprendemos como sujetos sociales, y ya esta  definición, casi literalmente, remite a entendernos como parte de una gran red en la2 que sujetamos y nos sujetan. Red en la que somos “sujetados” por otros, llámese personas, instituciones, leyes, normas, y a la vez “sujetamos” con nuestro hacer, a otros. (Acá es donde aparece tan fuerte la importancia del vínculo, con toda la complejidad que conlleva, tema que tal vez podamos compartir en otra nota).

Comprender esto, nos pone en la responsabilidad de, por lo menos, pensar “quién soy, qué aporto a mi contexto, cuál es mi cocreación”, ya que somos el contexto. Con todo esto, vamos arribando a la obvia confirmación de que somos sistémicos, no somos solos, no podemos constituirnos solos. Nuestra supervivencia depende exclusivamente de la atención primaria de otros, en los inicios de nuestra vida, y en las diferentes etapas, de las relaciones que generan diferentes resultados en nuestra vida y en la de los otros. Participamos de muchos sistemas. Desde nuestro propio cuerpo físico, que es el sistema más cercano que tenemos, nuestro sistema familiar de origen, y desde ahí todos los sistemas en los que de alguna  manera somos parte: laboral, social, religioso, deportivo, comunitario… y así, ¡tantos, tantos!

Por más individualistas que pretendamos ser, no hay forma de poder solos, en ningún sentido de la vida. Siempre necesitamos de otros. Y así vamos construyendo contexto, con mayor o menor consciencia de ello.

¿A qué nos referimos con contexto?

El contexto constituye en sí mismo un macro sistema de elementos e interrelaciones dinámicas que influye y, en muchos casos, condiciona las distintas formas de actividad humana que en él se desarrollan. Nunca es inocuo, nunca indiferente, estamos todos en la misma red, sepamos o no, nos guste o no.

Nuestro contexto está formado por muchos subsistemas que se interrelacionan. El social, el económico, el sistema de creencias o cultural,  el político, el geográfico, y todos tienen incidencia en el  contexto, ¡hasta el clima! El contexto seria como “el marco del cuadro”, en el que la vida de cada persona, sería la pintura, la tela, la obra.

¿Cómo pensar que no nos incide el contexto? Estamos profundamente atravesados, influidos y condicionados por el contexto. Somos parte de él, y aunque no nos determina, nos condiciona.

¿Y qué pasa cuando el contexto se hace texto? En este tiempo, tuvimos un ejemplo claro de cuando el contexto se nos hizo texto. Hablo de la pandemia. Fue un evento en el que el marco del cuadro se hizo situación para todos, de alguna manera, ya sea como beneficio o como dificultad, pero nos atravesó. La pandemia atravesó EL GRAN contexto. Nadie quedó afuera. Más sistémico que esa situación no se me ocurriría. ¿Por qué se hace texto? Porque justamente todos somos parte de lo mismo, porque lo que impactaba en un ámbito, afectaba a otros, y así, aquello que se originó en Oriente, más o menos rápidamente afectó en todo el mundo.

La pandemia ya pasó, pero el contexto global cambió y sigue cambiando. Aunque claramente hubo un momento en que texto y contexto eran casi imposibles de distinguir.

Como somos sistémicos, y estamos atravesados también por esas leyes sutiles, invisibles pero    contundentes de la mirada sistémica, se puso en el tapete una de las leyes fundamentales que es justamente “es lo que es”.

¿Por qué traigo esto? Justamente hay eventos, situaciones, que cambian abruptamente la vida de una familia, una población, una comunidad, y en este caso, al mundo. Claro que hay una diversidad inmensa de particularidades, pero nada quedó igual. Hubo elementos que, entiendo, son claves para momentos en los que el contexto cambia y por supuesto, aparece la incertidumbre, el miedo, el enojo, el desconcierto. (Y aquí podemos dimensionar cómo nuestras emociones también inciden en el contexto y condicionan las posibilidades de adaptarnos activa o pasivamente).

Ante lo que es más grande, vale tener en cuenta:

  • Tener la humildad para reconocer que no podemos controlar casi nada.
  • La flexibilidad, apertura y empatía para poder escuchar lo que también a otros les sucede, validando eso, tal vez desde paradigmas distintos a los propios.
  • Renunciar a seguir esperando que las cosas sean como antes.  (esto, es una fantasía que lo único que hace es quitarnos fuerza, dilatar decisiones y acciones y cerrarnos a nuevas posibilidades).
  • Disposición a  construir con otros nuevas posibilidades.
  • Cuando estamos más permeables  a los cambios, podemos adaptarnos activamente.
  • Pensar, cuestionarnos todo lo necesario, sin caer en el rechazo a lo que está pasando tiene mas fuerza que resistir lo que sea que está pasando. (muchas veces, como no nos gusta lo que pasa, o no lo terminamos de entender, racionalizamos, nos rigidizamos, juzgamos como bien o mal, y lo único que logramos es adaptarnos Pasivamente. Es un acomodamiento incómodo, ya desgastados, a veces hostil,  cuando ante lo nuevo, hacemos tanta fuerza para que no sea así, que terminamos rompiéndonos o rompiendo relaciones o quitando fuerza a los equipos, en el caso de lo laboral,

Entonces, integrar los cambios por sobre el rechazo.

Adaptación activa por sobre adaptación pasiva, y finalmente recordar que el contexto nos incluye, nos condiciona, pero no nos determina, y que como dice el gran Viktor Frankl en uno de sus textos legados: El hombre puede perder todo, menos la libertad de elegir quién quiere ser ante cada circunstancia.

Justamente, el contexto se hace texto. Entonces, lo más lógico sería incluir, reconocer, darle lugar a esto que pasó, justamente porque no es que pasa afuera, a otros. Nos pasa, nos atraviesa, y en ese atravesar, moviliza a todos los sistemas; familia, trabajo, instituciones.

Cuando por ejemplo, en algunos lugares de trabajo, o en algunas instituciones educativas, por los motivos que sean: a veces, negación, otras, la fantasía de que nada cambió, la urgencia por volver a la tarea o a la producción, la disociación emocional para que no duela tanto, en fin, lo que sea,, cuando no se le da lugar a este contexto (que ahora, es texto), se generan un montón de síntomas a posteriori, y en lo inmediato, seguramente: alumnos que no pueden abocarse de lleno a lo académico (¿se imaginan los niños, después de meses de encontrarse con otros niños, llegar a la escuela e ir directamente al grano con los contenidos?). Esto también vale para los papás, que en su preocupación por lo académico, en algunas ocasiones, pretendían un rendimiento igual a un momento “normal”. Claramente imposible. Sería negar lo innegable.

Y es que simplemente, hasta que no se le da el lugar al evento traumático, en este caso, no es posible avanzar. Podemos hablar también de qué es esto de darle lugar. A veces es simplemente dar el espacio para hablar, para mostrar las emociones, para contar como cada uno lo vivió, cuáles fueron sus pérdidas, sus miedos, también sus logros, pero darle lugar a esa experiencia para que a partir de eso puedan movilizarse las emociones que se generaron y ahí sí avanzar con la tarea o con la vida misma. Lo mismo vale para los equipos de trabajo. Se perdieron compañeros, se perdieron personas de la familia, se quedaron sin trabajo, tuvieron miedo, compañías quebraron, se fusionaron, y también crecieron, claro. Claro, en este caso, no es lo mismo.

Darle lugar a este texto que se hizo contexto. Y así, hacer síntesis del viejo contexto (tesis), la situación emergente (antítesis), y lo que resultó de todo eso (síntesis). Ahora sí, con todo esto nuevo, ¿qué si podemos y puedo hacer? Porque si soy productor y producido, también tengo incidencia. También habrá algo que sí puedo hacer. “Tal vez las cosas no están como me gustaría, pero así están”, ¿qué puedo aportar desde mi lugar? ¿Cómo cocreo en este nuevo contexto?

Por último, ante nuevas situaciones, te invito a preguntarte: ¿Qué es lo que te cuesta aceptar? ¿A qué te resistes? ¿Qué cambiaría si aceptas? ¿Qué cosas distintas podrias hacer? Aún en las peores circuntancias, podemos elegir quienes queremos ser.

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