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La popularidad de Petro se dispara antes de empezar su mandato

Mural con Gustavo Petro. Foto: El País

Mural con Gustavo Petro. Foto: El País

La aprobación del presidente electo marca el 64 % tras las elecciones del 19 de junio, el dato más alto de un mandatario desde 2005.

En política se llama luna de miel al periodo que va desde que arranca el mandato de un presidente recién elegido, en el que todos sus actos lucen y son bien recibidos, hasta que llega el primer batacazo. El tiempo puede ser más o menos largo. Y en parte viene impulsado por el desgaste que deja el presidente saliente. Gustavo Petro ha comenzado su etapa incluso antes de empezar a mandar. Sus primeros movimientos y el giro hacia el centro ha alejado la imagen que proyectaba en muchos. El castrochavismo que se le achacaba al candidato ya no se usa para referirse al presidente electo y poco tiene que ver con algunas de las figuras que formarán el próximo gabinete, políticos conocidos y respetados, con dilatada experiencia, y de corte moderado. La última encuesta semestral ha disparado a Petro al 64 % de aprobación, 22 puntos más que en febrero.

“Ha demostrado ser una persona mucho menos radical y polarizada que antes. Ha mandado mensajes de unión, ha escuchado a sus antiguos adversarios políticos y he puesto en marcha una agenda social que estaba pendiente”, opina Eugenie Richard, docente e investigadora de la Universidad Externado de Colombia. Considera que la posición de Petro respecto al informe de la Comisión de la Verdad —que abrazó a diferencia de Iván Duque—, la reunión con Uribe, los ministros escogidos hasta ahora y anuncios como el impuesto sobre las bebidas azucaradas tienen una gran potencia simbólica. “Marcan un estilo de Gobierno diferente al anterior, con una agenda propia, más social”, añade.

Los números hablan por sí solos: Petro nunca había sido tan querido en Colombia. Este es su máximo histórico. En 2011, cuando estaba a punto de ser nombrado alcalde de Bogotá, llegó al 59 %. Además, ahora ha rebajado su desaprobación a un 22 %, 18 puntos menos que en marzo, el momento en el que se celebraron las primarias y empezó la carrera electoral. Hasta ahora todo han sido buenas noticias. Al frente de economía ha colocado a un prestigioso economista como José Antonio Ocampo, docente en Harvard y Yale; ha dejado en manos de la respetada Cecilia López la reforma agraria, un avispero; puso al conservador Álvaro Leyva al frente de la Cancillería; y al intelectual progresista Alejandro Gaviria en Educación. En general, todos esos nombramientos han sido bien recibidos incluso por la oposición.

Petro y sus asesores sabían que tenían que desactivar la petrofobia para alcanzar la presidencia. Durante dos décadas, el discurso político dominante era el conservador y desde ahí y algunos acercamientos que tuvo él mismo con la izquierda latinoamericana tradicional se ganó la fama de extremista con la que acudió a las urnas en 2018. Entonces le derrotó el delfín de Álvaro Uribe, Iván Duque. En estos cuatro años, el fallido Gobierno conservador le colocó como el favorito a ser el próximo presidente. Del estallido social del año pasado salió la necesidad de un cambio. Petro lo representaba, aunque generaba todavía muchas resistencias en algunos sectores.

En los últimos 18 meses ha moldeado mucho su imagen, acercándose más a la idea de un dirigente que tienen los colombianos, un país muy presidencialista. Ganó por un margen muy estrecho a Rodolfo Hernández, y fue consciente desde el principio que tenía a una parte importante del país en contra. Por eso, en su primer discurso como ganador tendió la mano a los que no le habían votado y dijo que sería presidente de Colombia, no de una de las dos colombias. A la vista de los resultados de las encuestas, el discurso ha calado.

Para el analista Jorge Restrepo, Petro ha sabido leer el momento político. “Tiene él un enorme habilidad personal para interpretar las necesidades de los ciudadanos, y representarlos en el discurso público; habilidad que le han reconocido sus adversarios. Y encarna una necesidad de cambio no solo sobre los líderes políticos sino sobre el sistema político pues representa un grupo de personas que nunca había accedido”, explica. Eso, señala, debe traducirse ahora en fundamentar una relación entre la ciudadanía y los dirigentes basada en el servicio. “Veremos qué tanto sirve”. El próximo 7 de agosto tomará posesión de su cargo y empezará la hora de la verdad.

Fuente: El País.

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