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¿Qué pasa con la Amazonia? El pulmón de América también está en juego en elecciones de Brasil

Un área deforestada vista desde una carretera amazónica en Careiro Castanho (Brasil), en 2021. Foto: El País

Un área deforestada vista desde una carretera amazónica en Careiro Castanho (Brasil), en 2021. Foto: El País

Con Bolsonaro, la deforestación alcanzó cifras récord. Ahora busca su reelección frente al expresidente Lula, cuyos mandatos se caracterizaron por una desaceleración de la tala indiscriminada de bosques.

Hace una semana, cuando la periodista brasileña Claudia Gaigher visitó el Estado de Pará, en la frontera con el de Mato Grosso, se encontró con un escenario desolador. “Fui testigo del desastre que dejó un incendio de 12.000 hectáreas de bosque nativo, de las cuales 6.000 estaban en una unidad de conservación”, comenta. Se trata de una imagen que dejó de ser inusual, pues en los últimos años, explica, “en la Amazonia se viene realizando una acción orquestada de devastación para destruirla por los bordes”.

Mientras que Brasil logró reducir su deforestación en un 80% entre 2004 y 2012, gran parte del periodo en el que Luiz Inácio Lula da Silva fue presidente (2003-2011), la destrucción de bosques alcanzó su pico durante el Gobierno de Jair Bolsonaro. Según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE), la pérdida forestal en la Amazonia ha sido tan acelerada que, en 2021, con 13.265 kilómetros de selva arrasados, se llegó al mayor registro en 15 años. Desaparecieron entre 2020 y 2021 el equivalente a 17 ciudades como Nueva York.

Por eso, la batalla por la presidencia de Brasil entre Lula y Bolsonaro, que se acerca a un capítulo final con la primera vuelta electoral este domingo, también es una batalla por la Amazonia y, con esto, por el destino del pulmón de América. Brasil tiene en su territorio el 60% del bioma amazónico, que se considera clave para mitigar y adaptarse al cambio climático. Sin el Amazonas en pie, también se desmontarían las promesas, los tratados internacionales y las probabilidades climáticas para evitar un aumento de la temperatura mayor a 1,5°C para finales de siglo, cifra que los países pactaron esforzarse para no superar con el Acuerdo de París firmado en 2015.

“Aunque todavía se están desarrollando estudios, se estima que la reelección de Bolsonaro podría implicar una pérdida de bosque que está entre 60.000 y 100.000 kilómetros cuadrados a lo largo de cuatro años. Eso significa empujar el Amazonas a un punto de inflexión”, asegura Marcio Astrini, secretario ejecutivo del Observatorio del Clima de Brasil. Astrini, junto a otros científicos y organizaciones ambientales, ve en la posibilidad de un nuevo mandato de Bolsonaro como el peor de los escenarios para la región.

Durante los últimos cuatro años, los investigadores han visto cómo el Gobierno desmontó varias políticas ambientales exitosas: se redujo el presupuesto ambiental, se congeló el Amazon Fund – un fondo establecido en 2008 en que Brasil recibía por parte de Alemania y Noruega donaciones de hasta 1,2 mil millones de dólares para proteger la Amazonia- y se le abrieron las puertas a parte del sector agroindustrial para que pudieran deforestar sin grandes consecuencias. Se flexibilizaron las multas ambientales.

“En promedio, en los tres años de Gobierno de Bolsonaro, el número de actas de infracción por delitos contra la flora fue de 2.963 en los nueve Estados que componen la Amazonia Legal, un número que es 40% menor que el promedio de la década anterior al actual Gobierno (4.624)”, advierte el documento La factura se ha vencido, desarrollado por el Observatorio del Clima.

Y aunque en el plan de Gobierno Bolsonaro dedica un capítulo a “reforzar el control y la inspección de quemas ilegales, deforestación y delitos ambientales”, y otro a la “defensa, protección y promoción de desarrollo sostenible del Amazonas”, los científicos lo ven con escepticismo. “Son palabras difíciles de creer, porque no se puede decir que se va a poner algo de dinero para los bosques, cuando lo que se ha hecho es relajarse y promover la deforestación”, asegura Paulo Barreto, investigador del Instituto Amazónico de las Personas y el Medio Ambiente (Imazon).

Pero con Lula en la presidencia, creen, se darían señales más esperanzadoras. Durante su Gobierno, por ejemplo, el programa contra la deforestación se desarrollaba a la par entre el Ministerio de Ambiente y el jefe de Gabinete con el fin de que los 13 ministerios estuvieran involucrados y se elevara la escala de urgencia del problema. Frente a lo nuevo que Lula podría poner sobre la mesa, Suely Araújo, experta senior en Política Climática del Observatorio del Clima y expresidenta del Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales Renovables (Ibama), asegura que “habría un avance importante si el candidato acepta e incorpora el documento que le dio su exministra de Ambiente, Marina Silva”.

A lo que se refiere Araújo es a un documento que Silva le entregó al candidato el 12 de septiembre, en el que se fortalecen propuestas como la agricultura baja en carbono, la delimitación de nuevas tierras indígenas, volver a fortalecer los organismos ambientales y crear más unidades de conservación, entre otros. De integrar estas propuestas, el plan de Lula pasaría de cumplir tres compromisos socioambientales a 13, según un análisis del Observatorio del Clima que tuvo en cuenta 25 puntos.

Pero el contexto del mundo que eligió a Lula en 2002 y 2006 y a Bolsonaro en 2018 no es el mismo que el actual. Las demandas climáticas ahora son mucho más fuertes. “Las presiones son cada vez mayores sobre el sector privado”, dice Barreto. “Tuvimos un caso en que una de las empresas más grandes de carne del país – que es uno de los sectores más asociados a la deforestación en Brasil – estaba negociando un préstamo con un banco multilateral”. Pero como la empresa no pudo demostrar que su cadena de suministro no garantizaba cero deforestación, la discusión quedó en pausa. “La gente está cada vez más preocupada por el cambio climático y dispuesta a invertir para conservar un bosque. Si un nuevo Gobierno ve esas oportunidades, el mundo estaría dispuesto a invertir”, asegura.

Fuente: El País.

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