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Proclamación del Evangelio y vocación de los primeros apóstoles

“Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la buena noticia de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”. Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres”. Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él”.

[Evangelio según san Marcos (Mc 1,14-20), 3er domingo del Tiempo Ordinario]

Marcos, el evangelista, comienza mencionando Galilea. Desde Galilea Jesús se había dirigido a Juan en el Jordán para retornar, después a Galilea. Esta región del norte, en los límites del país, está separada de Jerusalén, la capital hostil a Samaría (ciudad emblemática de Galilea), ámbito en el que Jesús se mueve libremente en su misión pública. El texto del evangelio da cuenta del retorno de Jesús “después que Juan haya sido entregado” (Mc 1,14); es decir, después de que Juan haya sido metido en la cárcel, en la prisión del tetrarca Herodes Antipas. La misma expresión usada aquí para indicar el arresto de Juan el Bautista (“ha sido entregado”) se emplea para indicar el apresamiento de Jesús y de sus discípulos con la intención de señalar el destino común del precursor, del Mesías y sus seguidores.

Juan es el precursor de Jesús no solo por su obra de preparación del advenimiento del Cristo sino también por la forma violenta de su muerte (Mc 6,17-29). Jesús, en efecto, asume su propio destino presentándose como el “Hijo del hombre que será entregado en las manos de los hombres” (Mc 9,31). Hay una secuencia en la entrega de Jesús que comienza con Judas que lo entrega (Mc 14,44), pasa a través del Sanedrín (Mc 15,1), Pilato (Mc 15,15) y termina a cargo de los soldados que reciben la orden de flagelarlo y crucificarlo. De este modo, Jesús se solidariza con todas las personas que han sido entregadas para la muerte. Nada hay más doloroso que, inermes, indefensos, ser entregados a la crueldad de los hombres.

Así Jesús inicia su ministerio bajo el signo premonitor de la “entrega” para la muerte de su precursor (Juan el Bautista). De esta manera, desde el inicio se tiene referencia a la pasión y muerte del Mesías. Pero puede surgir la pregunta provocadora: ¿Cómo es posible que Jesús no haya empleado su potencia, su poder, para salvar al Bautista? Él, simplemente, regresa a Galilea. Entonces, ¿de qué se trata el Reino de Dios qué anuncia el Mesías? Evidentemente, su rol apunta a otra dirección.

Lo primero que Jesús hace no consiste en enseñar o en predicar sino en “anunciar”, es decir, “proclamar en voz alta”, como lo hacían los antiguos mensajeros, los heraldos o proclamadores. Lo que Jesús anuncia es el “evangelio de Dios”, la gozosa noticia que procede de Dios. El no anuncia un “mandamiento” o una “prohibición”, una suposición o una teoría, un mensaje amenazante o el propio pensamiento sino aquello que escuchó de Dios y que es un bien para la humanidad. Con expresiones concisas, Jesús anuncia, en primer lugar, lo que Dios ya hizo: “el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se ha acercado”. El cumplimiento del tiempo consiste en el advenimiento del Reinado de Dios. Aquello que se ha anunciado en el Antiguo Testamento, en toda la historia de Israel, y que se ha esperado con entusiasmo ahora ha llegado. Se trata del kairós (griego), es decir, del tiempo excepcional en el que Dios actúa, tiempo de resolución, de decisión y determinación. ¿Qué implicancia tiene esta decisión? Que Dios ha decidido dar por concluido el dominio de tantas potencias negativas, el gobierno de tantos señoríos para que Él sea el único Señor. Así, el Reinado de Dios consistirá en el empeño por instaurar definitivamente la benevolencia, la justicia, la misericordia, la paz, el amor, la verdad, el perdón para toda la humanidad. Ya no hay retroceso; no se podrá retornar hacia atrás. Cualquier reino o intento de establecer un nuevo orden distinto será en oposición a Dios, será un anti-reino – como el de la Bestia del Apocalipsis – que terminará irremediablemente en el más rotundo fracaso.

 

Jesús no habla de omnipotencia sino del favor de Dios hacia su pueblo como un pastor que cuida a su grey. La potencia real de Dios es una fuerza benéfica porque la experiencia humana, experiencia de límite, socaba a los fieles: enfermedades, fuerzas agresivas de la naturaleza, maldad humana, sufrimientos, muerte, etc. Por eso, Jesús anuncia la intervención de Dios como una gozosa realidad que tiende a superar todos los males. Son males que permanecerán en la experiencia humana pero que se irán superando en la medida en que se instale ese Reinado de amor y de paz, de solidaridad, de opción por la vida y la justicia. De hecho, el mensaje de Jesús anunciará la definitiva superación y victoria sobre el mal, liberación total de la opresión que ejercen las potencias negativas. Jesús no dice que “el Reino ya está aquí” sino que está cerca; por eso, invita a la “conversión y a creer en el Evangelio”, en la Buena noticia. Nosotros no tenemos porque “creer” en lo que ya es patente, visible, en aquello que podemos constatar. Se cree en lo que viene, en lo que se espera. Por eso, Jesús invita a rezar en el “Padre Nuestro”: “venga (a nosotros) tu Reino” (Mt 6,10).

Aquello que cambia con la venida y con el anuncio de Jesús no consiste, simplemente, en la transformación de la dolorosa condición humana y del mundo, ejemplificada en la muerte violenta de Juan el Bautista. Lo que realmente es nuevo y que indica una transformación decisiva es la certeza de saber el empeño definitivo de Dios por hacer triunfar el bien. Jesús no dice que el Reino de Dios sea un “proyecto para la actuación humana” ni que los hombres pueden y deben construir el Reino de Dios.

El Reino de Dios viene de Dios y solo por Él puede ser instituido. Lo que los hombres pueden hacer, en relación con el Reino, explícitamente, consiste en “convertirse y creer en el Evangelio”. Lo que realmente Jesús dice es “cambien de mentalidad”, “cambien el corazón”, “cambien de modo de pensar y apuesten por el Evangelio”. Que el Evangelio sea la base de la conducta humana. Así como Jesús anuncia, el Evangelio es la base de todo. No es un simple ideal, sino el motor de la vida humana. Esto implica que la Buena Noticia no puede ser escuchada pasivamente pues, para su operatividad, necesita ser escuchada activamente, con el compromiso de hacerlo realidad en todos los ámbitos de la vida: en la vida privada y pública, en la vida familiar e institucional, en los espacios recreativos, en el mundo de la política y en toda la sociedad. No hay un solo ámbito que no deba ser evangelizado.

A continuación, el evangelista traslada la escena en los contornos del gran lago de Galilea para presentarnos la narración de la elección de los cuatro primeros discípulos: Simón y su hermano Andrés; Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan, todos dedicados al oficio de la pesca. No se trata de una invitación colectiva sino personal que requerirá, también, una respuesta personal. La “llamada” es escueta, concisa. Jesús no abunda en palabras. La respuesta es inmediata: Dejan su trabajo y le siguen. El objetivo del seguimiento consiste en cumplir un nuevo oficio, similar al trabajo en el lago (la pesca), pero ahora para invitar a los hombres a adherirse e integrarse al trabajo por el Reino. Jesús no ha tenido una conversación previa o un diálogo con ellos. El evangelista dice que Jesús los “vio”. El “ver” de Jesús implica una mirada profunda, capaz de conocer la mente y el corazón de las personas. Él les invita a un “seguimiento”. Los discípulos no seguirán un programa, una idea o ideología. Seguirán a Jesús. Él precede y establece la dirección porque Él conoce la meta y el camino. Con estos cuatro primeros discípulos, los más cercanos colaboradores de Jesús durante su ministerio, se inicia la fundación de la comunidad apostólica que tendrá la misión de continuar – durante la historia – la instauración del Reino de Dios.

Brevemente: Jesús anuncia la irrupción del Reino de Dios con el fin de establecer el régimen de la salvación de la humanidad. Para este objetivo elige colaboradores, apóstoles y discípulos, que tendrán la misión de cooperar en el ministerio del gozoso anuncio evangélico con el fin de superar los antiguos conceptos, ideologías y prácticas y pregonar un nuevo estilo de vida fundado en la Buena Noticia.  Todos estamos invitados a seguir al Mesías para ser comunicadores de la Palabra de Vida.

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